Producción y texto: Belén Uriarte | Editora de 8000
Fotos: Francisco Appignanesi
Videos y edición audiovisual: Eugenio V.
A los 2 años tenía unos zapatos de charol negros, con un pequeño taco. Los amaba. Le gustaba caminar con ellos y escuchar el ruido que hacían.
Hasta que le creció el pie. Y nunca volvieron a comprarle unos así.
Igual, Ingrid Briozzo todavía recuerda la forma, la hebilla, cada detalle:
—Esos zapatitos fueron lo que siempre quise y nunca más pude tener.
Casi 3 décadas más tarde, atravesaba un momento de grandes cambios internos. Un día levantó la vista y vio zapatos arriba de un ropero. Muchos zapatos.
Y se vio.
—Me dije: “Tengo que hacer zapatos. Me tengo que dedicar a esto”.
Hoy Ingrid tiene 39, y lleva alrededor de 10 años como zapatera artesanal.
Se define como una persona creativa, de esas que siempre buscan una vuelta distinta.
—No me animo a decir diseñadora, porque tampoco tuve una preparación académica para eso. Pero sí soy muy curiosa y arremeto: tengo ganas de saber más, de buscar, de investigar y de encontrar el plan B de las cosas.
Empezó desarmando sus propios pares de zapatos para descubrir cómo estaban hechos. Lo que encontraba ahí adentro lo llevaba a la suelería, preguntaba cómo se llamaba cada material y después buscaba en Google sus características, para qué servían y cómo se utilizaban.
Con el tiempo, terminó especializándose en la confección de calzado e incluso realizó cursos de alta gama en Buenos Aires.
Desde hace unos 5 años tiene su propio taller, hoy ubicado en la primera cuadra de Aguado. La decisión de abrirlo llegó durante aquel momento de profundos cambios personales: atravesaba su divorcio, se sentía sola, y en este proyecto veía un modo de empezar una nueva etapa.
Desde entonces, en ese espacio de luz cálida, repleto de máquinas y cueros, confecciona calzado a medida, realiza reparaciones, enseña el oficio y sueña con una industria bahiense que recupere el valor de lo artesanal.
Antes del mundo del calzado, Ingrid había sido ama de casa, mamá y esposa. No tenía una profesión vinculada con el oficio ni antecedentes familiares directos. Aunque, cuando ya estaba metida de lleno en este universo, su papá Norberto le contó que de joven había querido ser zapatero.
—Pero en casa no se hablaba de zapatos. Él era mecánico, así que nada que ver. Y mi mamá Norma tampoco, siempre ama de casa.
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👨👩👦 Su familia hoy también se compone por su hijo Adriano, de 17 años, y por su pareja, Adrián. También es parte fundamental de su vida su amiga Lía, “la hermana que uno elige de la vida”, que es arquitecta.
Los primeros secretos del oficio llegaron gracias a Luis Ríos y Juan Torres:
—Personas hermosas que me contribuyeron un montón y me enseñaron sobre la parte de reparación.
Durante un tiempo, Ingrid trabajó en el taller de Luis (quien falleció durante la pandemia), en Villa Rosario. Ahí también estaba Juan.
Poco a poco, ella pudo armar su propio espacio, comprando sus máquinas, cueros y herramientas. Por ahora, lo lleva sola: espera que no sea por mucho tiempo.
—¿Qué encontrás en el taller?
—Paz. Es volver a mí. Creo que soy una de las personas privilegiadas que puede decir: “Hago lo que me gusta todos los días y encima me pagan”. Porque es crear, es paz, es conectarse con lo que uno es. Y tener esa posibilidad es hermoso. Te sentís muy completa.
Los trabajos a pedido suelen llegar por teléfono o por redes sociales, cuando el cliente no encuentra lo que necesita: talles muy grandes o muy pequeños, realces, calzados ortopédicos o determinadas características vinculadas con la forma de caminar.
Y ahí aparece una parte fundamental de la tarea: escuchar.
—Obviamente, charlando con la persona: qué posibilidades tiene de ponérselo de tal manera, si tiene la flexibilidad, cuál es su común denominador, cómo es su día a día, para que el zapato lo acompañe y no que le sea algo engorroso.
Por ejemplo: alguien cuyos pies se hinchan durante la tarde. Entonces, el desafío es hacer algo que funcione para esa situación concreta.
—Pensar un zapato para la necesidad de esa persona.
También fabrica sus propios calzados.
—¿Y qué es lo más importante?
—Depende de la ocasión. Si es un zapato para el uso diario, se prioriza la comodidad. Y si es algo más estético, bueno, a veces se resigna un poco de confort. Como se suele decir: “Antes muertas que sencillas”, ja, ja, ja.
A Ingrid le gusta especialmente el cuero. Puede utilizar otros materiales, pero el cuero es su preferido. El sintético no tanto: siente que le quita algo al proceso manual.
Entre los diseños que más disfruta aparecen la moda urbana y los tacos.
—No me gustan las tendencias. Es lo que siento y lo que me inspira en el período de vida que estoy transitando, y qué es lo que me pasa con eso. Es muy emocional.
—¿Siempre el cliente te indica qué es lo que tenés que hacer o vos también dejás salir tu creatividad?
—Hay de todo un poco. Tenés personas que dicen: “No, yo quiero negro, clásico”. Entonces, bueno, por ahí uno baja un poco la creatividad. Pero también hay casos en los que, a partir de lo que me piden y de la observación, se deducen diseños que pueden ser útiles.
—¿Cuáles son tus zapatos preferidos?
—Los Anna Karenina. Los hice con todo lo que a mí me gusta.
Y se ven así:
También tiene diseños que todavía esperan convertirse en zapatos. Uno de ellos se llama Ella y está inspirado en la fuerza de la resiliencia. Otro proyecto tiene como protagonista a un animal que le encanta: cada calzado de esa colección estará relacionado con un caballo.
Es parte de su identidad: así se pueden reconocer sus diseños, porque el caballo está presente en la imagen de la marca.
Hay un juego con su apellido: Briozzo suena al “brioso corcel” de la poesía épica y las novelas de caballerías. De ahí surgió la marca B-zzo, como una abreviatura.
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👢 En su Instagram podés conocer más sobre los trabajos, reparaciones y diseños personalizados. También está el teléfono 2915744781.
Ingrid tiene alrededor de 8 alumnos, hombres y mujeres de entre 30 y 60 años que quieren saber cómo confeccionar calzado.
La enseñanza comenzó por necesidad económica, pero con el tiempo descubrió que también era una forma de seguir aprendiendo. Las preguntas que le hacen la llevan a investigar, a buscar respuestas y volver sobre cuestiones que creía resueltas.
—Si ustedes ven algo que les llame la atención, compártanlo y ahí vamos juntos —les suele decir.
Ingrid cree que el oficio no termina de aprenderse jamás. Y si tuviera que elegir una condición indispensable, no dudaría:
—Ganas. Nunca hay que quedarse sin ganas. Creo que las ganas son el motor.
Después, se aprende. Se incorporan herramientas, conocimientos y técnicas.
—Si te metés en esto, es porque te gusta, no porque pensás: “Ay, acá gano plata”. Porque si tu incentivo es ganar plata, probablemente te frustres mucho. En el taller se enseña con ganas de aprender el oficio, más que nada orientado a que la persona, el día de mañana, si quiere trabajar, pueda.
También hay gajes que pueden resultar difíciles. Los tiempos, por ejemplo.
—Y la gente… —se ríe Ingrid.
Vivimos, dice, en la era de la inmediatez. Pero hacer zapatos no cuadra tanto ahí.
—Siempre digo que abrís la puerta y entrás al 1800. Es algo que está hecho con las manos, rudimentario. Y las manos tienen sus tiempos.
Con todo a favor y dedicándose exclusivamente a un pedido, puede hacer un calzado en una semana. No siempre las condiciones son esas: también hay reparaciones, otros pedidos y distintas problemáticas que atender.
Frente a la producción masiva, Ingrid no habla de competencia: hay cosas del oficio artesanal que no pueden reemplazarse con la fabricación a gran escala.
—La calidez humana, el tener un espacio de escucha, decir: “Bueno, esta es mi necesidad”, y encontrar alguien que te diga: “A ver, lo vamos a solucionar”.
Es una cuestión de vínculo:
—Uno a uno. Son cosas que no se reemplazan.
Y esa escucha también aparece cuando recuerda un pedido que decidió no aceptar.
Era un calzado ortopédico para una criatura. Ingrid quería hacerlo, quería ayudar, pero a medida que conoció la situación sintió que no podía.
La pequeña había nacido con una condición que hizo necesaria la amputación del metatarso. Su historia la conmovió profundamente.
—Y dije: “No a todo hay que decirle que sí. Ya se superará”. Pero bueno, cuando son criaturas toca otras fibras. Más cuando una es mamá.
Todavía hoy, cuando aparece un calzado ortopédico, piensa en la persona que lo va a usar, en cómo es su vida cotidiana y en qué le pasaría a ella si estuviera en esa situación.
Ingrid nació en Punta Alta pero lleva más de la mitad de su vida en Bahía. Llegó después de casarse y acá se desarrolló: acá se siente parte.
Su público es variado. Y define al bahiense con una palabra:
—Exigente.
Después agrega otra característica:
—Clásico.
Añade que el bahiense no suele arriesgar demasiado en los diseños, pero cuando quiere algo, quiere que sea bueno: “No importa si lo tengo que pagar, pero yo quiero esto bien. Que me sirva, que me guste”.
—¿Qué valores se manejan para un calzado a medida?
—Varía mucho. No implica solamente tomar las medidas y hacer la moldería, como en un calzado tradicional. Muchas veces, también hay que reformar la horma según el pie de la persona, o incluso encargar una específica. Todo eso influye en el precio. Un calzado bajo puede costar entre 150.000 y 200.000 pesos. Una bota, en cambio, requiere más materiales y tiempo de trabajo, por lo que sube el valor.
—¿Te llevás bien con la crítica?
—Depende cómo esté dirigida. Si hay respeto, obviamente. Nunca me he puesto al nivel de que yo lo sé todo. Y volvemos al tema de la escucha: o sea, lo está usando esa persona, yo no puedo decirle qué está bien o qué está mal cuando esa persona se lo está poniendo.
—Si escuchás la frase “zapatero a tus zapatos”, ¿qué pensás o qué te genera?
—¿A cuál? Tengo muchos, ja, ja, ja. Creo que puede ser una frase muy limitante o muy valorativa, según el contexto.
En su taller se hacen zapatos, zapatillas, botas, reparaciones… Entre los pedidos más frecuentes, relacionados con cuestiones ortopédicas, aparecen las plantillas, que muchas veces requieren calzados de mayor tamaño.
Mientras habla, Ingrid muestra algunas de sus máquinas. Una sirve para coser calzado ya armado y se utiliza mucho para reparación. Otra, conocida como Paulina, es principalmente para lijar y realizar terminaciones. También tiene una rebajadora para afinar el cuero, una máquina de aparar para coser y una antigua máquina a pedal que, según dice, “es un caño, porque se te corta la luz y seguís trabajando”.
Aunque las máquinas son importantes, hay una herramienta que está por encima de todas. Pinzas, martillos, yunques son parte del oficio, pero para Ingrid todo, tarde o temprano, pasa por las manos.
Su rutina empieza con un desayuno, el auto y el viaje hasta el taller. Intenta llegar alrededor de las 10. Abre las persianas, prende las luces, prepara el mate y elige la música según lo que tenga que hacer: puede ser jazz, música más activa o incluso un audiolibro.
Primero responde mensajes, organiza pagos y otras cuestiones administrativas. Después empieza el trabajo manual.
Procura dividir la jornada en bloques de 2 horas para no hacer siempre lo mismo.
A las 18 se va a su casa.
Los jueves, viernes y sábados la rutina cambia, porque se suman las clases de confección de calzado.
—¿Cómo es ser emprendedora?
—Difícil. Porque tiene mucha frustración.
Hay momentos en los que quisiera dedicarse exclusivamente a sus propios diseños, pero las cuentas obligan a aceptar trabajos que no son necesariamente los que más disfruta.
Igual, se imagina con una fábrica propia, con trabajadores especializados de Bahía, y con una industria local que no dependa tanto de Buenos Aires.
Porque detrás de un par de zapatos hay mucho más que un zapatero. Están las hormas, los carpinteros, quienes cosen, los reparadores y distintos artesanos.
Ingrid quiere recuperar lo artesanal.
—Me inclino a volver atrás, a recuperar eso que como humanidad nos olvidamos mucho: el valor de lo no monetario. El tiempo de calidad, la escucha activa, las ganas de dar una mano sin cobrarla, simplemente por sentirnos bien con el hecho de dar.
Ingrid dice que el éxito es sentirse pleno en cada etapa de la vida.
Que no haya nada que raspe. Que los vínculos sean sanos. Que las personas alrededor contribuyan y acompañen.
Y algo de eso encuentra todos los días cuando abre su taller.
En cada trabajo deja algo de ella.
—Me ha pasado que clientes te conquistan, porque tienen una historia y uno se esmera y da todo en ese trabajo. Por ahí me apasiona o me siento más orgullosa de eso que del producto en sí. De la historia que quedó en ese zapato. Creo que va más por ahí que por el producto: más que lo que hice, me gusta la posibilidad de conectar con la persona que lo lleva y saber que después lo usa. Eso es impagable.
—¿Qué le dirías a la Ingrid que decidió dedicarse a hacer zapatos?
—“Dale, nena, que vas por buen camino”.
Y ahora, va a paso firme.
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La estrenamos para nuestro segundo aniversario. Estos son los episodios anteriores:
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Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec








