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#SeresBahienses

👷‍♀ María Rosa Fernández, trabajadora de Defensa Civil: el poder de ayudar

Nuestra gente, nuestra mirada, nuestra ciudad.

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Producción, videos y edición audiovisual: Tato Vallejos

Producción y texto: Belén Uriarte

Fotos y videos: Eugenio V.

Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec


Para María Rosa Fernández, nada es más reconfortante que poder ayudar.

Tiene 50 años y trabaja en Defensa Civil desde 2013: empezó en el área de capacitación y desde hace 4 años y medio es la única mujer en la guardia operativa.

—Estamos 24 horas esperando que nos convoquen y en el caso de que haga falta, salimos a la calle a dar el primer auxilio y a coordinar. Nuestra función principal es coordinar los servicios de emergencia.

Son 4 guardias que trabajan 24 horas por 72 de franco. Aunque cuando se presenta una situación de extrema gravedad, se convoca a todo el equipo.

—Poder ayudar es lo que más nos lleva a hacer esta tarea —subraya María Rosa.

—¿Y cuando no se puede?

—El intento lo hicimos. La expectativa siempre es llegar y poder dar una ayuda. Cuando no se puede, se charla: en el grupo tenemos una forma de sacarnos las cosas que nos hacen mal, charlando entre nosotros, y hay un equipo de psicólogos.

De todas formas, reconoce que esperar algo malo se va haciendo costumbre. 

—Siempre esperamos que suceda lo menos terrible. Pero bueno, a veces nos tocan cosas fuertes…

Cuenta que los chicos y los adultos mayores son su debilidad, y que “gracias a Dios” no le ha tocado presenciar episodios trágicos como el derrumbe en Chile y 25 de Mayo ocurrido en 2015, en el que falleció una nena de 2 años y hubo varios heridos:

—El cabeza de guardia (Daniel “Pelusa” Cricelli) siempre cuenta que tuvo que sacar a la nena que estaba debajo de los escombros y eso fue lo que más lo marcó.

Algunos días salen a cada rato y en otros no suena tanto el teléfono.

Pero todas las semanas tienen un común denominador: María Rosa y sus compañeros coinciden en que los domingos las horas se les pasan más lento.

Buscan entonces la forma de apurar el reloj. Mientras esperan el llamado, toman mate, salen al patio, algunos miran la tele o se ponen con la computadora y otros aprovechan para tirarse un ratito.

Como única mujer, María Rosa tiene un sillón-cama separado del lugar de descanso de sus compañeros.

Hago fuerza como hasta las 2 o 3 de la mañana para no dormirme, pero en algún momento el sueño te vence.

Ahí es cuando se saca los botines y se acuesta. Siempre con el handy en la mano: sabe que cuando suena, automáticamente tiene que salir.

No tenemos fiestas, cumpleaños, nada: el día que te toca la guardia, es guardia —dice María Rosa.

En el baile encuentra la forma de desconectar: practica folclore desde hace muchos años.

También le ayuda estar en pareja con Rodrigo Monacci, que trabaja en otra guardia de Defensa Civil: a pesar de los desencuentros (cuando él sale, ella entra), entienden perfectamente lo que el otro está pasando.

—Cuando hay algún evento, nos acomodamos: vemos si uno puede pedir franco para tratar de estar juntos. Pero es llevadero porque la otra parte hace lo mismo; quizá en otra pareja sería motivo de choque; para nosotros, no, nos conocimos acá.

El edificio de Defensa Civil ubicado en Santa Fe al 300 tiene 2 plantas.

Abajo está la sala de guardia donde los operarios esperan los llamados y pasan la mayor parte del tiempo, y también funcionan la dirección, la parte administrativa y la cocina. Y en el primer piso está el sector de capacitaciones. 

María Rosa explica que las 4 guardias van rotando, manteniendo los mismos integrantes. En la suya son 5 personas, con Cricelli a la cabeza.

Defensa Civil tiene 28 trabajadores y sólo 3 son mujeres: las otras 2 están en administración.

María Rosa espera que pronto sean más:

—La mujer tiene mucho para aportar. Lo que hacen los hombres, que es la fuerza, la parte motriz que hay que utilizar en una emergencia, quizás la mujer no lo puede hacer a la par. Pero en mi caso, trato de ayudar y también hago la parte de contención, que quizá al hombre le falta. Muchas veces es una mujer a la que vamos a atender y los mismos enfermeros te dicen: “¿No nos acompañás?”. Entonces yo voy en la ambulancia.

María Rosa también es mamá. Y cuenta que cuando la llaman por algo grave, lo primero en lo que piensa es en sus hijas, que tienen 15 y 23 años.

—A todos nos pasa, porque estás de guardia y no sabés dónde están, o incluso sabiendo dónde están, pensás que les puede haber pasado algo… 

Una vez que se sube a la camioneta, aparece otro temor: con qué se van a encontrar. Dice que el camino se hace cuesta arriba, aunque todo pensamiento se diluye cuando llegan. Entonces, sólo hay lugar para la acción.

Aunque nació en Capital Federal, María Rosa se siente bien bahiense. Acá creció, estudió y encontró el trabajo que tanto le gusta hacer. 

¡Para mí es un orgullo ser bahiense! Bahía es un buen lugar para desarrollar esta actividad. En la provincia, somos una de las primeras que logró ser declarada guardia de emergencia: somos más operativas que otras porque vamos a los lugares y si no están los servicios que se necesitan, hacemos intervención; nos capacitan para eso.

La gente, en general, lo reconoce.

Cuenta que una vez que pasa la emergencia, la mayoría agradece. Y a veces, incluso, después de muchos años se encuentra con personas a las que asistió y aún la recuerdan.

Hoy la mayoría de las salidas son por incidentes de tránsito, muchos con alcoholemia positiva

—Vemos heridos por todos lados… Tenemos que tomar conciencia de que nos tenemos que cuidar entre todos: si uno toma, no tiene que salir.

Ante una emergencia, también es importante llamar a los números locales 107 y 109 o al 911 y dar toda la información que se pide, porque es la que realmente se necesita para derivar los recursos específicos que la situación requiere.

Con llamar y dar bien la información, ya estamos dando el primer auxilio.

—¿Y qué tan importante es saber hacer RCP?

—Muy importante, podemos salvar una vida con las manos. Hay que poner a la persona sobre una superficie dura, arrodillarse, acomodar las manos y hacer fuerza desde la cadera porque sólo con los brazos te cansás. Son 100 compresiones por minuto. Cualquiera de nosotros puede hacer RCP y salvar una vida.

María Rosa se capacita constantemente para estar a la altura.

—Mi expectativa es poder dar la mejor atención, ni más ni menos. No pienso en otra cosa que en venir, hacer mi trabajo y desempeñarme bien.

Lleva 9 años en Defensa Civil y se siente orgullosa. Llegó para hacer una tarea técnica de Seguridad e Higiene y terminó haciendo “algo mucho más reconfortante”

—El título no tiene nada que ver: es lo que uno le ponga como ser humano, como pasa con todos mis compañeros. Defensa Civil se hace entre todos.

—¿Quién fue tu gran maestro?

Aprendí de todos mis compañeros, porque al principio estuve en las 4 guardias. Si nombro a uno sería injusta. Es un grupo maravilloso de gente que muchas veces posterga un montón de cosas por un curso, por una ayuda, por el trabajo que hacemos.


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Estrenamos esta serie para nuestro segundo aniversario. Y este fue el primer episodio:


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💄 Damián Segovia, maquillador: hacer bien lo que te pinta

Nuestra gente, nuestra mirada, nuestra ciudad.

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—El maquillaje es todo. Cuando estoy muy mal, me reconvierto al arte. Me hace bien agarrar ese momento feo y transformarlo en algo mucho mejor. Es como una resiliencia.

Así se planta Damián Segovia, de 38 años y maquillador artístico.

Esto que hace es un amor que nació de chiquito: ya en el jardín se sentaba en una mesita a pintar y dibujar mientras los demás corrían atrás de la pelota.

Y otros 2 episodios lo acercaron al maquillaje:

  • cuando le rayó el ropero a su mamá con un delineador y un lápiz labial, y
  • el día que abrió un cajón del baño de su abuela y agarró el lápiz color rojo bermellón.

Andaba por los 7 y 8 años.

—Hice trac, trac, trac —dice Damián, simulando que se pinta los labios—. Dije: “¡Ay, qué lindo!”. Y empecé a sacarlo, porque no sabía si estaba bien o mal.

Ahora lleva 15 años maquillando y asegura que si bien la profesión no le marcó una diferencia económica, la volvería a elegir:

Lo que me da en cuanto a felicidad, experiencias, anécdotas, no tiene precio. Puedo decir que me acuesto con una sonrisa y me levanto con una sonrisa: no hay momento en que diga “No me gusta lo que hago”. Lo que no me gusta, no lo hago.

Pero antes de llegar a este momento tuvo que hacer un largo recorrido, por supuesto.

Cuando terminó el colegio se vino desde Tres Arroyos para estudiar Ingeniería en Alimentos. Se recibió, dio clases particulares y hasta trabajó en laboratorios privados. Pero había cosas que no le gustaban y dio un paso al costado. Recién entonces decidió apostar 100 % al maquillaje.

—Tuve la suerte de que como soy muy cabezón, yo digo “Me gusta lo que hago” y le pongo onda, no le aflojo —le cuenta a 8000 Damián, que al comienzo sostuvo un trabajo en una panadería para poder comprar los materiales que necesitaba.

No eran de primera marca, pero le permitieron empezar.

El tiempo no espera, dice: si te detenés, no crecés. Por eso, si bien hoy en sus clases aconseja buenos productos, también pide no dejar de hacer cuando la plata no alcanza. Hay que seguir, con lo que se pueda.

Mientras quede prolijo, me pueden maquillar con el dedo del pie que a mí no me interesa. El mundo del maquillaje es muy elitista: tenés lo mejor y sos lo mejor, o es esto. Y a mí eso nunca me gustó: siempre fui en contra de la corriente, en todo.

También dice que fue de atrás para adelante: “cabezón y autodidacta”, arrancó con el maquillaje artístico y se enamoró por completo del trabajo, aunque después entendió que para vivir de esto necesitaba dar un paso más.

El maquillaje social es el que te da de comer y el artístico es el que te permite ser feliz. Cuando me di cuenta de eso dije: “Voy a tener que estudiar”.

Ya recibido, hubo un episodio que lo marcó mucho. En una especialización a cargo de Gervasio Larrivey ligó un tremendo elogio: “Me parece fantástico lo que hacés, pero te faltan herramientas”.

Y le regaló su primera brochera profesional y una paleta: eran 12 pinceles y 5 polvos para hacer la técnica de esculpido que permite modelar el rostro. 

¡Yo, feliz de la vida! —dice Damián—. Ese día subí a Facebook una foto maquillado (que es por eso que me conocen acá, por el automaquillaje) y mostrando la paleta. 

Foto: Gentileza.

Andrea Pellegrino, la marca de la paleta, vio la publicación, le gustó y lo invitó a una exposición con maquilladores de todo el país. No había plata de por medio y Damián no tenía ni idea de cómo llegar a Buenos Aires, pero fue: tenía que hacerlo.

Al tiempo, dejó su puesto en el centro de estética bahiense Piaff: se puso por su cuenta y Andrea Pellegrino le propuso un contrato por períodos. Así empezó a repartirse entre acá y allá.

Capital es una puerta a un montón de cosas y la aproveché. Mi profesión depende de mí, por eso dije: “Bueno, chau, empiezo a viajar”.

Trabajó 10 años con esa firma, siendo técnico maquillador de la línea, viajando por toda la Argentina e incluso representando al país y capacitándose afuera. 

Para Damián, el maquillaje como profesión es una herramienta de reconversión; podés mutar y después llegás a tu casa, te lavás la cara y volvés a lo que eras: podés explorar otras cosas y crecer.

El buen gusto y la técnica se pueden entrenar, dice, pero hay algo fundamental que el maquillador debe tener: motricidad fina. 

—Tenés que tener muy buen manejo de las manos, algo que tuve desde chico, para poder trabajar con todo esto en miniaturas y luego maximizarlo y llevarlo al cuerpo.

Y hay que entrenar, claro.

Soy bueno porque practico, más allá de que tengo una condición para el arte y la pintura, y de que tuve una madre que fue mi primera maestra y me enseñó todo.

Damián agarra un pincel y con su mano derecha maquilla el ojo de su modelo, mientras mantiene el párpado hacia arriba con la izquierda. Camina de un lado al otro y cada tanto relojea el espejo para ver cómo va quedando y le pregunta: “¿Te gusta?”.

Le encanta tener libertad para trabajar, pero hay algo muy importante que el maquillador debe lograr: la comodidad de quien tiene enfrente.

Muchas veces son hombres. Cada vez consultan más:

—Hay una sed de querer expresarse que acerca a los chicos a buscar el maquillaje como herramienta de transformación, porque se expresan y muestran lo que son.

Se inspira con la naturaleza. Y la clave es detenerse y contemplar, porque si bien “todo está inventado, el artista debe darle un vuelco distinto”: poner su impronta.

—Yo me baso en eso y en la frase que dice: “Si lo puedes imaginar, lo puedes lograr”.

Este camino artístico asume ciertos sacrificios. Y no se arrepiente de ninguno.

—Los sábados, por ejemplo, trabajo hasta las 9 de la noche y por ahí me están esperando en una cena y cuando llego me dicen: “¿Por qué tenés que trabajar tanto? ¿No te cansás?”. Y no, no me canso. Me cansaría si trabajara como químico.

Ya instalado en el ambiente, con un nombre hecho y cierto estilo propio, también puede dedicarse a otra debilidad: la enseñanza.

Y agradece haber llegado a lugares antes impensados, y trabajar con famosas y celebridades como Moria CasánLizy Tagliani y Lourdes y Lissa de Bandana.

Damián cuenta que Lizy vino hace unos años a una fiesta gay, y le canceló su maquillador justo antes del show:

—Me preguntan si la puedo maquillar. Y digo: “No, tengo que terminarme a mí, tengo que terminar a la gente…”. Me dicen que me pagan lo que sea, pero otra vez: “No”.

Le cortaron. Pero al rato sonó otra vez el teléfono: “¿Y si ella va a tu casa?”.

—Les dije: “No tengo ningún problema, estoy maquillando en la cocina y está llena de gente. Si ella no tiene ningún drama y se banca todo esto, excelente”. 

Y Lizy terminó sentada en la cocina de Damián, su salvador de la noche.

Años más tarde le devolvió la gentileza: volvió a Bahía para una función en el Teatro Don Bosco y fue Damián quien la maquilló, como un autorregalo por su cumpleaños.

—No soy de contar estas cosas —dice Damián—. No me interesa que se sepa de mi vida, porque lo que quiero dejarle al mundo es esto: podés maquillarte, podés ser varón y que te guste el maquillaje, y está todo bien.

Y no se anda quejando, Damián:

—Me termino de maquillar y me duele un montón la cintura, cada vez estoy más grande, se me acalambran las manos, pero sinceramente es súper satisfactorio. Nada que no se puede arreglar con un masajito, un buen vino, una comidita y ya. 

💪 Bien de acá

Damián se declara bahiense por elección: al terminar la secundaria en Tres Arroyos, su mamá le señalaba Tandil porque allá había parientes y era más económico. Y él se negó:

—“Yo me quiero ir a Bahía”, le dije. Y mi mamá: “Pero nosotros no te podemos pagar”… “Voy a arrastrarme y me voy a ir a Bahía Blanca; voy a comer arroz, no me importa”. Y de cabezón me vine acá.

Le parece una ciudad fascinante, que tiene un ritmo y un montón de cosas que “quizás al bahiense le quedan cortas porque nació acá, pero para mí es un montón”. Por eso siempre la vuelve a elegir.

—La ciudad está enorme. Hay mucha más población y hay muchas más opciones. Tiene universidades, parques, shopping, teatros… Para mí, es como un parque de diversiones, con el condimento de que puedo ir a mi ritmo.

Si bien le parece muy cara, también reconoce que “no se puede el oro y el moro”. Lo importante es que acá puede ser y hacer lo suyo: 

—Sólo hay que saber entender al bahiense: cómo se mueve, qué es lo que quiere, y conectarse con la gente. 

Damián siempre supo lo que quería y hacía ahí fue, con su impulso y el incansable apoyo de su mamá Nancy y de sus hermanos Nicolás, Matías y Ezequiel:

—Han aguantado de todo y me han defendido cuando me gritaban “trolo”, “maricón”…

Con Mario, su papá, fue otra historia y recién recompuso la relación a los 30 años, tras “procesar y entender que hizo lo que pudo con lo que tenía”.

—A la edad mía ya tenía 4 pibes, ¡tremendo si me lo pongo a pensar! Pero yo lo sané y lo perdoné, por así decirlo, y esos prejuicios que yo sentía que tenía se fueron por la cañería, porque eran miedos

Así pudo disfrutarlo un tiempo al padre que jamás había tenido.

—Y se fue de gira… Vos hoy me preguntás “¿Cómo fue tu papá?”, y te digo que fue una gran persona: se ha sacado las zapatillas para dármelas y que pudiera ir a la escuela.

—¿Y tu mamá?

—De mi vieja no hablo porque se me caen las lágrimas. No es un ser de este planeta.

Damián anda con las expectativas bien definidas: seguir trabajando con el maquillaje, que lo llamen por su nombre y no por pertenecer a determinada línea, viajar y enseñar más.

—Quiero fomentar desde muy chiquitito que si te gusta algo, lo hagas, porque eso no dice si sos buena o mala persona. Te podés poner lo que se te antoja, mientras no interfieras en la vida del otro y digas “buen día”, “permiso”, “por favor”, “gracias”…

—¿Qué le dirías al Damián de los 7 años?

Que se puede, que no tenga miedoQue no se preocupe, que va a estar todo bien en la vida —dice, con la voz entrecortada—. Que está bien como es, que no tiene por qué rendirle cuentas a nadie y que como existe está perfecto.


Producción, videos y edición audiovisual: Tato Vallejos

Producción y texto: Belén Uriarte

Fotos y videos: Eugenio V.

Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec


👀 #SeresBahienses es una propuesta de 8000 para contar a nuestra gente a través de una serie de retratos e historias en formatos especiales.

La estrenamos para nuestro segundo aniversario. Estos son los episodios anteriores:


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😝 Lautaro Cisneros, youtuber: la risa en el centro de todo

Nuestra gente, nuestra mirada, nuestra ciudad.

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Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec

Producción, videos y edición audiovisual: Tato Vallejos

Producción y texto: Belén Uriarte

Fotos y videos: Eugenio V.


—Tus amigos te van a ver porque saben las ganas, el sueño, el trabajo que le ponés, pero cuando gente que no tiene nada que ver te dice “me hacés reír”, ¡guau, qué lindo! Qué lindo distraerse aunque sea un ratito de lo que cada vida va llevando.

Lautaro Cisneros es bahiense, es creador de contenidos, es youtuber.

Arrancó en mayo, casi sin pensarlo: su novio Fabrizio lo sorprendió con unas entradas para ver a Lali Espósito en el Luna Park y grabó su reacción a escondidas. Cuando Lauti supo de la existencia de ese video, no dudó: lo subió a YouTube y…

¡La mismísima Lali lo vio y lo compartió!

—Me dijo que tenía un alto novio, que se había emocionado con nosotros —le cuenta Lauti a 8000—. Y bueno, ahí dije: “Es momento de contar una experiencia”.

Mientras se prepara para grabar, recorre de un lado al otro la cocina-living-comedor del departamento céntrico que comparte con su novio. Pegado al dormitorio está el sillón donde filma. Y enfrente, la computadora donde edita.

Lauti se acerca al espejo. Se retoca la cara. Y mirando a cámara, tira:

Es un estrés bárbaro ser creador de contenidos.

Y al toque aclara:

—A mí me encanta. Es un mundo en el cual uno no deja de jugar a ser y hacer… Se trata un poco de llevar la imaginación a niveles extremos, después bajarlo a la realidad con las posibilidades que uno tiene y de ahí, que salga el producto final.

Lauti luce muy desenfadado pero hay algo que no revela, como hacen muchas celebridades: su edad.

—Vayan al Registro Civil a averiguar. ¡Siempre miento para mi cumpleaños! A todo el mundo le digo que tengo 24.

El dato cierto es que lleva más de 2 décadas amando la actuación. Ya de chico era el payaso de la familia, el que hacía reír, el que bailaba y cantaba. El que no tenía vergüenza.

Siempre me encantó ser el centro de atención: mi mamá siempre decía que tenía problemas con mi hermana Luciana, con la que nos llevamos 5 meses, porque no se quería quedar en el jardín. En cambio yo sí: el arenero, los actos, ¡amaba!

Su infancia estuvo marcada por la productora infantil Cris Morena. Era fanático de Casi ángeles (de ahí su devoción por Lali), y cuando se ponía frente a la tele se preguntaba: “¿Por qué yo no?”.

—¿Y hoy qué le dirías a ese Lautaro chiquito?

—Que siga, que de a poquito y con mucho trabajo se va a ir cumpliendo tal cual lo planeó, y más rápido de lo que pensó. Que cuesta un montón, pero que le siga metiendo porque va a llegar. Y lo abrazo, lo abrazo fuerte al Lautaro niño.

Cuando se ríe, la gente suele mirarlo y lanza una carcajada o de mínima, sonríe. Es contagioso; arranca, parece que termina pero no: vuelve a arrancar. Y tiene un sonido particular: muchos lo comparan con Bob Esponja

Y él se ríe, claro.

—De mi risa me dicen de todo… Ahora estoy trabajando en un Pago Fácil y la otra vez me estaba riendo y aparece una clienta, que es una amiga, y me dice: “Ay, escuché tu risa y dije ‘Está trabajando acá’…”.

—¿Y a vos qué te hace reír?

Me río de todo en la vida. De mí, principalmente. O sea, de mí y de las boludeces que se me ocurren y de lo pelotudo que puedo llegar a ser con las conjeturas que saco en mi cabeza, me río mucho. Todo me hace reír. El humor bueno, claro.

También llora seguido, dice. Principalmente de emoción. Por ejemplo: cuando va a clases de teatro y le sale un ejercicio, cuando ve felices a amigos y familiares, cuando pasa todo un fin de semana sin dormir y finalmente logra subir el video que tenía en mente.

—También me emociona ver que alguien se ríe con mis videos, que quiere ver más.

Lauti siente el orgullo de ser de acá.

Ser bahiense es lo más de lo más: o sea, somos lo más de lo más. Es vivir con tierra todo el tiempo porque hay mucho viento, pero es lo más… Y que un bahiense pueda salir en YouTube, para el mundo…

Dice que hace poco le escribieron desde España para felicitarlo por su contenido. Y que de este lado también lo bancan, incluso su familia, que mantiene un perfil bajo:

—Tratan de manejar todo esto de la exposición lo más tranquilos posible. A mi mamá Laura le da un poquito de vergüencita, pero igual me insiste para que siga con mis sueños.

Lauti habla de corrido, habla mucho, y va reafirmando con sus manos. Y se ríe a carcajadas: cada tanto se inclina sobre sus piernas y se aprieta la panza, que le duele de tanto reírse.

Las críticas le cambian la onda:

—¡Son terribles! Si viviéramos en un mundo más pacífico, todo sería mejor.

Sabe que exponerse implica ciertos riesgos, aunque hay cosas con las que no comulga: cuando se pasa el límite, cuando se falta el respeto… Y en momentos así, se refugia más en los suyos.

—Pienso que es muy fácil criticar sentado en una computadora, desde un celu… Por eso, si bien me afecta, no me consume todo el día. Me quedo más con los comentarios positivos, que gracias a Dios son un montón.

Su fanatismo por Lali comenzó con Casi ángeles, aquella cita impostergable de cada tarde después del colegio. Sigue con la música: le encanta el pop. Pero básicamente le gusta lo que Lali representa. 

—Me acuerdo siempre del show en el que levantó una bandera LGBTIQ+ y en vez de decir “feliz mes”, dijo “feliz vida”. Siempre tiene unas ideas muy guau sobre el tema. Y se la banca: va contra todo y nunca se traiciona. Así que, nada: la amo.

Lali es un tema recurrente, aunque no es el único contenido en su canal de YouTube. También cuenta otras experiencias, como salir a comer en Buenos Aires o ir a la cancha: no sabe de fútbol, pero su novio es fanático de Racing y hace poco lo llevó.

—Me re cuesta: a veces estamos mirando un partido y le pregunto para qué lado patean. Él me explica con una paciencia terrible.

Lauti debutó en Avellaneda, en la popular. Gritó 5 goles y armó un vlog.

Ese registro (los vlogs, videos que documentan su vida) es de lo que más disfruta.

Me encanta actuar, me encanta crear historias. Prontito van a ver en mi canal los primeros sketches de comedia, con actuaciones no tan bizarras sino más reales, profesionales, porque hay que armar un guion para que el chiste salga bien.

Y seguramente vendrán más novedades. Lauti quiere vivir de esto y tiene varios proyectos en mente, como viajar y contarlo:

—A lo Marley. Algo así. ¡Tengo muchas ganas!


🔎 Lauti en redes


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