Producción y texto: Belén Uriarte | Editora de 8000
Fotos: Fran Appignanesi
Videos y edición audiovisual: Eugenio V.
Jorge Mux es filósofo, pero se define como ciruja. Llegó un momento en el que ya no le alcanzaba con pensar y teorizar. Necesitaba ir a las cosas. Y entonces a meter las manos. Ese clic, cuenta, llegó en 2015, cuando, tras terminar su doctorado, empezó a trabajar en la Subsecretaría de Cultura de la Universidad Nacional del Sur: el contacto con los artistas le despertó el deseo de crear y aportar algo propio.
Hoy, con 52 años, tiene un pequeño taller en el barrio Pacífico repleto de objetos animatrónicos, es decir, piezas intervenidas con mecanismos electrónicos:
—La idea siempre es reciclar cosas y reconvertirlas, volverlas funcionales.
Desde hace 11 años inventa, crea y les da “vida”, o movimiento, a muñecos y otros dispositivos. Es su hobby, aunque también vende algunas de sus creaciones. Su trabajo formal, en cambio, es como profesor de Filosofía en la UNS y en el Instituto Juan XXIII.
—Es otra pasión que tengo y es difícil compatibilizarla con mi hobby, aunque hay puntos de contacto: trabajo en Filosofía de la Tecnología y, sobre todo, en Filosofía de la Mente, que fue el área de mi doctorado. Hay cruces entre ambos mundos, pero esto es mucho más práctico y experimental, mientras que la filosofía es, en esencia, teórica —le explica a 8000.
El problema que Jorge encontraba en la filosofía, y que lo llevó a experimentar con objetos, es que la percibía como una disciplina centrada en la cabeza y no en las manos.
—No hay un trabajo manual ni de una investigación empírica, que eso es lo que más me gustaba: meter las manos en aparatos, incluso hasta en basurales para rescatar cosas que están supuestamente por fuera del circuito.
—¿Qué te da el trabajo con las manos que no te lo da la filosofía?
—Hay teorías filosóficas que plantean que la mente no está sólo en la cabeza, sino que se extiende al entorno en el que actuamos. La filosofía, muchas veces, se piensa como un trabajo puramente intelectual, pero hay corrientes más prácticas que sostienen que el “lienzo” del pensamiento es el mundo. Desde esa idea, el trabajo con las manos cobra otro sentido. Existe una conexión muy fuerte entre mente y manos, incluso a nivel evolutivo: cuando los primeros humanos descubren que un palo puede ser una herramienta, no sólo aprenden a manipularlo, sino a establecer una relación simbólica con ese objeto. Pensarlo como herramienta es tan importante como usarlo. En ese sentido, la mano es un instrumento de la mente, pero la mente también depende de la mano. Pensamos con todo el cuerpo y en interacción con el entorno. No se trata sólo de la cabeza: el pensamiento está distribuido en lo que hacemos y en el mundo que habitamos.
La mayoría de los materiales que utiliza son reciclados: objetos que encuentra en la calle, que busca en lugares específicos cuando alguien le avisa o que recibe como donación. También trabaja mucho con muñecos: en la parte superior del taller tiene cerca de 200.
—Una de las ideas que tengo es que, cuando uno tira un producto tecnológico, el 90% sigue siendo útil. Entonces intento reutilizarlo, incluso en funciones electrónicas, no sólo como algo visual. Me gusta trabajar con sensores de proximidad, infrarrojos o de temperatura, para que las piezas reaccionen cuando pasa la gente.
—¿Cómo surgió tu interés por esto?
—Fui DJ durante unos 20 años y tenía que arreglar sistemas de iluminación y sonido sin saber electrónica: era prueba y error. Muchas veces los aparatos se rompían, pero quedaban partes que me resultaban interesantes. Además, cuando mi hija Isabella era chica, tenía muñecos animatrónicos (los que funcionan con pilas y se mueven). Un día se rompió uno, lo desarmamos y vimos que adentro había “monstruos”. Ahí empezamos a mezclar esos mecanismos con piezas que yo guardaba y cosas que veía en internet, y me fascinó.
A los muñecos se sumaron luego miniaturas, “bichos” y objetos con efectos visuales, como latas que, a través de un lente, permiten observar una especie de micromundo.
—Me gusta trabajar con luz negra, porque resalta todo lo fluorescente. Y también me fascina que, cuando desarmás aparatos, adentro hay maravillas. Lo más interesante es que, si los conectás adecuadamente, podés hacerlos funcionar otra vez. Por ejemplo, allá arriba hay un caballito que se mueve, hecho con partes de un disco rígido.
Desde que empezó a explorar el mundo de las invenciones, no paró; al contrario: cada vez investiga con más entusiasmo sobre iluminación, electrónica, soldadura y robótica.
—Hay piezas que hacen movimientos simples, pero lo interesante es cuando se vuelven más complejas y dependen de factores como la cercanía de las personas o la luz.
—Más allá del placer, ¿cuál es el fin?
—Al principio era exponer; me interesaba mucho mostrar lo que hacía. Ahora me atrae más hacer piezas más pequeñas y, eventualmente, vendibles. Pero el fin último es la exploración, volver un poco a la niñez: desarmar cosas, ver qué hay adentro y darles otro uso. Es el placer de jugar, y de ahí pueden surgir cosas creativas, incluso sin un objetivo pragmático. A veces paso meses armando algo y termino desarmándolo porque no me convence. Uno aprende a convivir con la frustración y a correrse del ego.
—¿Vendiste algo?
—Sí, algunas cosas, aunque no las más grandes o complejas: no sé bien qué precio ponerles y muchas están hechas con materiales reciclados, lo que no siempre resulta atractivo para tener en una casa. Igual, hubo interés: no fueron muchas ventas, pero sí muy entusiastas. Muchas piezas parten de objetos encontrados, de descarte, a los que después les sumo materiales nuevos.
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🤩 Para conocer más sobre sus inventos, podés acercarte a su taller en Juan Molina 192 o contactarlo a través de Instagram.
Entre sus invenciones preferidas figuran un estacionamiento para robots con 150 vehículos en miniatura (una estructura iluminada con LED y neón, con varios motores que le dan una estética retrofuturista), y unos lentes cuadrados que contienen una esfera giratoria de “forma rarísima” e iluminación LED.
—Este tipo de creaciones me pueden llevar meses, días u horas. Algunas son proyectos indefinidos hasta que, en algún momento, digo: “Esto lo puedo usar para esto”. El tiempo depende de muchos factores: hay épocas de mayor creatividad, otras de sequía y otras en las que no tengo tiempo, porque no es mi trabajo, sino un hobby al que trato de dedicarle todo lo que puedo.
—Siendo docente y estando en contacto permanente con jóvenes, ¿creés que se ha ido perdiendo un poco la creatividad?
—Creo que hay pocos espacios de creatividad. Por dar un ejemplo: las propias cátedras que uno da no son espacios de creatividad. O mejor dicho, no están pensados como espacios de creatividad, sino como espacios de entrenamiento. La creatividad se puede desarrollar, a mi juicio, con tiempo libre y con la posibilidad de que uno pueda romper cosas, equivocarse, experimentar. La creatividad muy acotada se frustra, pero creo que la creatividad está ahí pendiente.
—¿Y cómo ves la educación hoy?
—Desde el punto de vista local, o por lo menos de nuestro país, una de las cosas que hay que recordar es que en Argentina la porción del Producto Bruto Interno (PBI) para educación desde 2005 se duplicó: pasó del 3% al 6%. Y ahora es el 0,73%, lo que quiere decir que la inversión en educación es casi nula. Sumado a esto, no hay un interés institucional; me refiero a instituciones que no son educativas pero que deberían estar preocupadas por la educación. Hablo a nivel nacional. Yo trabajo en una universidad nacional, ya se promulgó una ley de Financiamiento Universitario y no se aplicó. No hablo solamente de los salarios, sino de todo lo que implica para investigación y para mantenimiento: estamos con lo mismo que había en 2023. ¿Qué significa esto? Que en realidad la educación en Argentina no está pensada, mejor dicho, no hay un pensamiento acerca de lo estratégico que implica la educación.
Para Jorge, la filosofía no es un gran termómetro para ver cómo está la educación en nuestro país, porque por lo general es una carrera “un poco marginal”.
—En los años 90, cuando yo estudié, éramos 5… Después de la crisis de 2001, pasamos a tener 200 alumnos. En épocas de crisis muy profundas hay un vuelco hacia la filosofía. Por lo menos ha sido así históricamente. Hoy estamos con un promedio de 50 alumnos, lo cual es interesante. Lo que noto es que hay un interés por el estudio, a pesar de que hay un bombardeo mediático acerca de cuestiones que son totalmente de desconocimiento público, porque la gente no sabe lo que pasa en la universidad en general y supone que hay cuestiones de doctrina, de que se desvían fondos… Lo que veo es que hay un bombardeo muy marcado para que la gente no haga carreras universitarias o terciarias.
—¿Por qué creés que en tiempos de crisis mucha gente se vuelca a la filosofía?
—Porque no queda tan claro qué hay que hacer para ganar dinero, qué carrera me va a llevar a cierto éxito económico o profesional, entonces aparecen preguntas un poco más de fondo: preguntas acerca del sentido de la vida, de hacia dónde vamos como especie, de por qué estoy acá… Es decir, la pregunta filosófica emerge mucho más en tiempos de crisis que en tiempos en los que uno no está angustiado. La angustia es una fuente de preguntas filosóficas.
Jorge decidió estudiar Filosofía en 1991, cuando aún estaba en la secundaria. Leía literatura, mucha de ella atravesada por interrogantes filosóficos, y quería ser escritor: le interesaba explorar, desde la filosofía, cómo construir historias y novelas.
—Después descubrí que la filosofía me interesaba en sí misma —admite—. Uno va mutando de intereses a lo largo de la vida y a mí me empezó a atraer mucho lo mental: qué es una mente, qué es la inteligencia.
Pero el sueño de escribir nunca lo dejó. Publicó blogs y varios libros, entre ellos Exonario (2012), a partir de una propuesta de la editorial Random House Mondadori.
—Exonario es un catálogo de palabras que no existen: palabras inventadas, pero no al azar, sino con base etimológica, para nombrar cosas que todavía no tienen nombre. Me publicaron 270, pero escribí unas 1.500. Trabajé con raíces griegas, latinas, árabes, y también con palabras que me sonaban bien, siempre vinculadas a experiencias que todos conocemos pero no sabemos cómo llamar.
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Letámara: ese momento en el que uno está muy bien, pero con una leve inquietud. Por ejemplo, disfrutar en un parque de diversiones mientras te preguntás si cerraste la puerta con llave. Una mezcla de dulzura y una pequeña amargura. El término surge de laetitia (alegría, en latín) y amarus (amargura).
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Megaloclepsia: la idea de apropiarse de algo tan vasto que no puede ser realmente poseído. Viene del griego megale, “grande”, y la raíz kleptein, “robar”.
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Cotipeniar: arrepentirse con gran pesar por decisiones menores cuyas consecuencias son mínimas. Viene del latín paeniteor, “estar arrepentido”, y de quotidie, “cotidianamente”.
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Plusmorbía: defecto físico que aumenta la belleza de una persona. Viene del latín plus, “adición”, y morbus, “enfermedad”.
En tiempos de inteligencia artificial y robótica, Jorge cree que muchas actividades humanas se van a volver obsoletas.
—Hay varias posturas al respecto. Voy a dar la que en este momento creo que es mía, mañana puede ser otra: estamos en un tiempo en el que la mayoría de los trabajos los estamos percibiendo en peligro porque la IA los hace mejor que nosotros, o los robots los van a hacer en el corto plazo mucho mejor que nosotros; entonces lo que vamos a tener es una humanidad ociosa, pero que además va a perder cierto sentido ontológico de sí misma, de qué lugar tiene en el mundo, porque uno se define muchas veces por el tipo de rol activo que cumple en su trabajo. Eso va a empezar a desaparecer. Entonces, las personas vamos a tener que buscar otras maneras de definirnos, si es que queremos definirnos, y a su vez vamos a tener que buscar otro tipo de actividades para las cuales es muy necesaria la creatividad. Pero un tipo de creatividad que quizás todavía no nació. Se me ocurre que lo que viene ahora nos obliga a una forma de creatividad novedosa.
—¿Algún caso?
—No estoy seguro de qué actividades, pero, por ejemplo, la sensación que nosotros tenemos frente al avance de la robótica o la inteligencia artificial es que van a hacer todo y a nosotros no nos va a quedar nada. Y yo quiero pensarlo al revés: quizás una de las cosas que van a ocurrir es que, en realidad, está todo por hacer. Hasta dentro de unos años, vamos a estar muy ocupados en cuestiones burocráticas, en cuestiones que son fácilmente automatizables, aburridas, pero quizás si se encargan robots o máquinas podemos estar preocupados por lo verdaderamente importante, que todavía no sabemos qué es. Puede ir por ese lado, siendo optimista. También puedo ser pesimista: no tener trabajo nos puede llevar a una pérdida de identidad enorme, pero además la pérdida de cualquier sostén mínimo de vida. Ahora tenemos una retribución por nuestro trabajo y todo eso nos da una identificación con lo que hacemos. ¿Qué pasa si mañana no tenemos trabajo? ¿De dónde obtenemos el sustento para la vida? Y una de las posibilidades es que simplemente no tengamos nada que hacer, nada que comer, ningún lugar donde vivir, y muramos. Eso es una posibilidad extrema, pero las políticas parece que nos están llevando hacia ese lugar. Lo digo de otra manera: no habrá nada, quizás para 2030, que un ser humano pueda hacer para lograr una pequeña diferencia de manera tal que obtenga algo que le permita comer, vivir, lo mínimo.
—Dijiste que en tiempos de crisis la gente se vuelca hacia preguntas más profundas. En este contexto de crisis ontológica que describís, donde el ser humano empieza a cuestionar su propia concepción de sí mismo, ¿dónde creés que encuentra esas respuestas?
—Todavía hay muchos espejismos. Me parece que hay un vuelco hacia ciertos fanatismos, por ejemplo políticos, donde se deposita la expectativa de que esta vez sí alguien va a arreglar las cosas. También aparecen fantasmas, como acusaciones totalmente improcedentes (tildar a alguien de comunista, por ejemplo) que simplifican discusiones complejas. No veo todavía un reconocimiento de la pérdida de certezas. Más bien, noto que muchas personas no están perdiendo esas seguridades, sino que están fingiendo tener una confianza irracional en ideas que, si se las examina un poco, tienen pies de barro. Como la centralidad del trabajo. En Argentina, Estados Unidos y buena parte de Europa se le asigna un valor enorme al trabajo como eje de identidad: si no trabajás, sos un vago, un mantenido. Pero, ¿qué pasa si el mundo avanza hacia un escenario en el que el trabajo, tal como lo conocemos, deja de existir o se reduce drásticamente? Se supone que podrían surgir nuevas formas de trabajo. Pero no es seguro. Sin embargo, se sigue reforzando una cultura que pone al trabajo en el centro, incluso cuando muchas transformaciones van en sentido contrario.
—¿Nos morimos y qué creés que pasa?
—Hay una cosa que dice (Jorge Luis) Borges, uno de mis autores favoritos, y es que la muerte es un alivio. Decía: “Yo quiero morir y quiero desaparecer del todo”. Hay otro autor llamado (Ludwig) Wittgenstein, filósofo, que decía: “Supongamos que yo me muero y aparezco en una especie de paraíso, con todos mis familiares, mis perritos y ‘otra vez estoy acá’. El misterio no aparece nunca. Otra vez estoy siendo yo, teniendo las mismas facultades, siendo esta identidad, verdaderamente es agobiante”. Hay algo en esa afirmación del yo que es insoportable. Yo preferiría que no hubiera algo en ese sentido. Si hubiera algún tipo de trascendencia, sí me interesaría más: si fuera una superentidad increíblemente feliz, que ya no soy yo y que no le importa ese yo que fue. Hay filósofos que hablan acerca de eso. Igual me parece, como le pasaba a Borges, que son simples fantasías. Creo que se acaba la vida biológica y se acaba todo.
—¿Encontrás la motivación en el día a día, no en una esperanza futura?
—Hay filósofos, como los epicúreos, que sostenían que sabemos muy poco sobre lo que ocurre después de la muerte: no sabemos si existen los dioses y, por lo tanto, temerles resulta absurdo. ¿Qué nos queda entonces? Cultivar el conocimiento, el arte, la amistad y los viajes; en definitiva, disminuir las preocupaciones. Son ideas que, personalmente, me resultan muy valiosas. En una línea similar, Wittgenstein planteaba que muchos de nuestros problemas metafísicos (como preguntarnos qué hay después de la vida), al ser analizados con detenimiento, pierden sentido. Hay varias razones para pensarlo: ¿qué es exactamente lo que me preocupa de estar muerto? En realidad, lo que hago es sumarme en vida una inquietud sobre algo frente a lo cual no puedo hacer absolutamente nada. Entonces, ¿vale la pena hacerse esa pregunta? Tal vez sea mejor dejarla de lado y afrontarla cuando llegue el momento.
Su camino en la filosofía está marcado por su padre, también llamado Jorge. Agrimensor de profesión y hoy artista a sus 82 años (dedicado a la narración y el teatro), siempre tuvo una enorme biblioteca, con títulos que iban desde la ciencia ficción hasta la entomología.
—Nunca me dijo: “Leé esto”. Pero en ese mundo empecé a buscar, leer e investigar, y ahí elegí este camino. Es una persona increíblemente activa y mi modelo a seguir en muchos aspectos: es quien quiero ser cuando sea aún más grande. Jamás me marcó un rumbo, pero el universo que construyó, y sigue construyendo, abre montones de puertas.
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👨👦👦 Creció con su padre y con su hermano Carlos, diseñador gráfico autodidacta y también apasionado por la literatura.
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👩🦳 Su madre, Alicia, ama de casa, falleció hace 2 años. Se había separado de Jorge cuando eran muy jóvenes y formó una nueva pareja.
Hoy su familia está compuesta por su esposa Irma, maestra de primaria, y su hija Isabella, de 17 años. Viven en el barrio Pacífico, en el mismo terreno donde montó el taller, junto a su perro Aster y su gato Tartonio.
—Este año nuestra hija termina el secundario y no queremos presionarla, sino que elija su camino —cuenta Jorge—. Pero sí me interesa que vea que su madre y yo somos personas inquietas, curiosas, a las que les gusta investigar. Creo que eso también forma a los hijos. Una carrera no te da garantías y, según el objetivo que tengas, a veces incluso puede obstaculizarte.
Nacido en la ciudad, siente que Bahía tiene “techos muy bajos” para ciertos proyectos, especialmente los vinculados al arte y la tecnología: hay poca gente trabajando en ese cruce y escasos espacios para difundir o exhibir.
—No existe, por ejemplo, un centro de convenciones, un gran salón municipal donde uno pueda hacer un evento o una muestra. Entonces, desde lo cultural hay gente que hace cosas muy interesantes, pero en términos de consumo, exhibición e intercambio de ese producto cultural, todo está muy restringido.
Otro aspecto que cuestiona es lo que define como un clima de “fascismo amable”:
—No digo nazis, pero sí cierta lógica fascista, probablemente producto de muchos años de doctrina durante la época de los militares y de la influencia de un único diario con una línea editorial muy clara.
—¿Cómo definirías el término fascismo? Porque hoy se usa mucho…
—Sí, se usa demasiado. Tiene una definición específica, la asociada al régimen de Benito Mussolini en la Italia de los años 30, y otra más amplia. Yo lo uso en ese sentido: una lógica en la que alguien se percibe superior, juzga a otros sin conocerlos y actúa en consecuencia, limitando derechos o acceso. No es necesariamente alguien violento o estridente: puede ser alguien amable, pero que, aun así, cree tener autoridad para excluir o castigar a quienes considera distintos.
—¿Qué es el éxito para vos?
—No estoy muy seguro. Lo pensé muchas veces. En realidad, los éxitos siempre son parciales y suelen verlos los demás; uno no necesariamente los percibe. Y eso que ven es, casi siempre, un espejo bastante deformado de lo que pasa. Todo éxito es momentáneo, y su contracara es que las derrotas también lo son. De adolescente sentía que, si me iba mal en algo, era el final. Con el tiempo entendí que no es tan así: si sale mal, se intenta de nuevo; y si no hay ganas, no se hace. Eso lo aprendí más de mi hobby que de la docencia. Es valioso poder decir: “Me salió mal, lo intento otra vez”. No me convenció, lo desarmo y vuelvo a empezar. Es un gran ejercicio para el ego. A veces uno se apega demasiado a lo que crea, como si por haberlo hecho ya tuviera un valor especial. Y puede tenerlo, pero también está bien usar eso como base para construir otra cosa. Solemos creer que lo importante es el producto, cuando en realidad quizá lo valioso es lo que uno incorpora al hacerlo: conocimiento, práctica, disciplina. Me gusta pensar el éxito como una serie de peldaños: sirven para avanzar, aunque no sepamos bien hacia dónde.
—¿Te sentís reconocido?
—Sí, siento que el mundo me dio más de lo que yo le di. Estoy más que satisfecho; de hecho, no busco reconocimiento, porque creo que desvía la atención de lo que quiero hacer: sentarme horas acá y ver qué maravillas hacen las cosas que tengo.
Jorge dice que no se imagina viviendo mucho tiempo: no está enfermo, pero le cuesta pensarse a futuro.
—Me gustaría armar algo lo suficientemente interesante como para hacer una exposición fuera del país. Y también generar, a través de redes sociales o lo que sea, interés en otros lugares por fuera de Bahía Blanca y la región.
—¿Cómo te gustaría que te recuerden?
—No tengo ningún interés en que me recuerden. De hecho, si mi familia quiere sacar todo a la calle, que lo haga: no me preocupa. Lo único que me importa es que mi hija tenga una vida un poco mejor que la que tuve yo y la que tuvo mi padre, que exista una pequeña mejora generacional. Por eso trabajo. Pero también sé, como dice Jean-Paul Sartre, que hay que obrar sin esperanza: hacer con entusiasmo, pero sin la ilusión de que eso necesariamente tendrá continuidad o dará frutos. Quizás no pase, y asumirlo da fuerza, porque si uno actúa esperando un resultado, cuando no llega aparece la frustración.
—¿De chico te imaginabas siendo profesor de Filosofía y teniendo tu propio taller?
—De adolescente me interesaban las cuestiones filosóficas, pero nunca pensé que iba a llegar a ser profesor en la universidad. Y esto de desarmar robots y cosas por el estilo fue como un despertar hace 11 años, una cosa de un entusiasmo arrasador. Además, dije: “Bueno, esto se me va a pasar”. Y no se me pasa nunca: al contrario, la cabeza siempre pensando en un mecanismo, en desarmar esto, armar lo otro…
—¿Qué le dirías hoy a ese adolescente interesado por la filosofía?
—No estoy tan seguro. A veces pienso que quizá debería haber dejado la filosofía en un segundo plano y volcarme más a la experimentación estética, pero no lo tengo claro. Tampoco creo que se haya equivocado. Ese adolescente hizo el camino que pudo y, para mi sorpresa, lo hizo bastante bien. ¿Por qué? Porque hoy me permite dedicarme a un trabajo que me encanta y, además, vivir de eso.
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👀 #SeresBahienses es una propuesta de 8000 para contar a nuestra gente a través de una serie de retratos e historias en formatos especiales.
La estrenamos para nuestro segundo aniversario. Estos son los episodios anteriores:
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👷♀ María Rosa Fernández, trabajadora de Defensa Civil: el poder de ayudar
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👱♀️ Alicia D’Arretta, auxiliar de educación: la vida por sus chicos
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🏉 Stephania Fernández Terenzi, ingeniera y rugbier: actitud ante todo
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👨🚒 Vicente Cosimay, bombero voluntario: 24 horas al servicio
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💁🏼♂️ Adrián Macre, colectivero y dirigente: manejarse colaborando
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👩🌾 Delia Lissarrague, productora rural: aquel amor a la tierra
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👩🍳 Margarita Marzocca, cocinera y jubilada: un gran gusto portuario
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🧐 Walter Tuckart, tecnólogo y docente de la UNS: aplicar con clase
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🚛 Evelyn Sánchez, recolectora y chofer: al volante del reciclado
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🏀 Maia Richotti, docente y basquetbolera de ley: una clase de pasión local
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🧠 Fernando Luciani, psicólogo, músico y docente: al son de los deseos
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⚽ Sebastián Candia, estudiante, cadete y líder barrial: pertenecer al club de la contención
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🚢 Andrés Castagnola, práctico de nuestra ría: guía a buen puerto
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✊ Paola Quiroga, activista trans: ser quien sos es una lucha
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🤗 Maximiliano Mazza, operario, exvendedor, cocinero: la inclusión se trabaja
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🥁 Sebastián Lamoth, baterista, sonidista y papá: tocar con todo
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🐝 Luciano Morales Pontet, apicultor y cooperativista: el enjambre productivo
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👩🏫 Myriam Cony, maestra rural: sembrar futuro para cambiar el mundo
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👩👧👦 Paola Vergara, voluntaria de la vida: hacer algo por muchos
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🏋️♀️ Marina Danei, entrenadora y deportista fitness: hambre de luchar y superarse
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📚 Laura Faineraij, bibliotecaria: un montón de páginas inolvidables
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🥊 Johana Giuroukis, emprendedora y boxeadora amateur: va como piña
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🏅 Gerardo Mancisidor, veterano de Malvinas: volver a ser visible
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🚴♂️ Kevin Jerassi, encargado de la escuela de BMX: ahí va, pedaleándola
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🎊 Guillermo “Beto” Carranza, organizador de eventos: hay que animarse
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👩🏼🎓 María Emma Santos, economista, investigadora y docente: riqueza académica
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🧙🏼♀️ María Teresa Caporicci, alma de Ayuda-Le: el hada de los peladitos
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🩰 Manuel Martínez, bailarín clásico: mucha libertad de expresión
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🏃♀️ Natalia Fechino, profesora de Educación Física y runner: alegría kilométrica
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👨🦯 Sergio Hernández, profesor y músico ciego: lo esencial está ahí
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🎨Rocco Angelicchio, ilustrador y diseñador gráfico: la dibuja y se divierte
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🌩️ María Cintia Piccolo, meteoróloga y oceanógrafa: estrella de mar climático
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👗 Inés Estrada, vestuarista y modista: mucha tela por contar
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🎸Marcelo Bray, lutier, músico y emprendedor: la curiosidad sonora
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🎭 Paola Fernández, actriz, profesora y directora de teatro: escenarios vitales
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⚱️ Juan Manuel Hidalgo, alfarero y ceramista: barros comunicantes
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🧯Ezequiel Inostroza, brigadista forestal: la ayuda nunca se apaga
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💟 Paula Bobbiesi, directora de un hogar para chicos: techo para grandes dolores
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👶 Ezequiel Trombetta, pediatra y neonatólogo: salud, chiquititos
Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec








