🫀⏳ Geraldina Cura, cardióloga: presente de corazón

Publicado el 31/05/2026.

Producción y texto: Belén Uriarte | Editora de 8000

Fotos: Fran Appignanesi

Videos y edición audiovisual: Eugenio V.


Estaba todo ahí, desde chica: le gustaba ir al médico. El ritual completo. El consultorio, el “olor a limpio”, incluso la espera y las conversaciones:

—Me encantaba mirar qué pasaba, escuchar. Se ve que ya desde esa época había algo —le dice a 8000 Geraldina Cura, que hoy tiene 44 años y es cardióloga.

Estaba todo ahí, hasta en el apellido. Más de una vez le hicieron bromas por la coincidencia, pero ella nunca sintió que hubiera un destino marcado.

En su núcleo familiar no había tradición en la medicina. Su papá Edgardo (“Pirucho”) era comerciante; su mamá Christiane, ama de casa. (Tiene 3 hermanos: Carla es docente; Guillermo, escribano, y Jaco, contador). Sí hubo alguien cercano y decisivo: su tío César Cura, un médico apasionado, de esos que “hacían de todo”:

—Podía pasar horas escuchándolo hablar.

Así, la decisión profesional llegó temprano y nunca cambió. Estudió en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de La Plata y, ya avanzada la carrera, encontró el camino de su corazón.

Fue durante una guardia de hospital público. Un cardiólogo le explicó arritmias de una manera simple y brillante. Y se terminó de convencer.

—Me empezó a gustar muchísimo, y ahondé.

Hoy Geraldina lleva casi 2 décadas ejerciendo su especialidad: trabaja en el Municipal y en el ámbito privado. Y fue la segunda residente de Cardiología del Penna.

Cada vez me gusta más lo que hago —nos cuenta, en un consultorio de Chiclana al 1.600, en el barrio Villa Mitre.

Observando los cambios en la salud cardiovascular en los últimos años, nota que las enfermedades coronarias siguen siendo las más frecuentes (infartos, anginas, accidentes cerebrovasculares), pero después de la pandemia comenzaron a aparecer en edades más tempranas y con cuadros más avanzados.

Cree que hay varios motivos: estrés, consumo de drogas, tabaquismo, vapeo y desigualdades sociales.

—¿Hay diferencias entre las patologías en el sector público y en el privado?

—La enfermedad coronaria se ve en todos los ámbitos. Pero el consumo de drogas aparece con más frecuencia en el público, y también hay otros factores de riesgo asociados a lo social: el acceso a actividad física, alimentación más balanceada o incluso una nutricionista para acompañar una dieta adecuada.

Otra transformación generalizada es la económica: cuenta que ahora muchos pacientes no pueden sostener tratamientos y comprar medicamentos.

—Antes indicábamos un estudio y listo. Hoy preguntamos si lo pueden pagar.

Y ahí aparece una gran frustración de la profesión: los límites de un sistema de salud enfermo, colapsado, en crisis:

—Hay cosas que no podemos ofrecer porque no están, porque nadie las cubre o porque el paciente no puede acceder.

—¿Se pueden prevenir las enfermedades coronarias? ¿Qué le recomendás a la gente joven?

—Mucho tiene que ver con los factores de riesgo. Algunos no se pueden modificar, como la edad, la genética o el sexo; por ejemplo, los hombres tienen mayor riesgo. Pero después hay varios factores sobre los que sí se puede trabajar. El control de la diabetes, de la hipertensión y del colesterol es fundamental. También el sobrepeso y la obesidad, que cada vez vemos en personas más jóvenes. Y hay hábitos clave: no fumar, evitar el sedentarismo y hacer actividad física. Todo eso se puede fomentar desde edades tempranas y hace una gran diferencia en la prevención.

Para Geraldina, lo más lindo de la profesión está en el día a día. A veces hace cuentas y se sorprende: ya lleva 19 años como médica, pero siente que no pasó tanto tiempo.

Como contracara, la cardiología convive permanentemente con situaciones límite. Habla de la muerte con naturalidad, aunque nunca deja de doler.

—Dar malas noticias es difícil. Uno con el tiempo aprende, pero es difícil no involucrarse y no llevarse a la casa los problemas del trabajo. La línea es muy finita.

Asegura que no existe una fórmula, y corresponde decir lo que pasa sin quitar toda esperanza:

—La persona del otro lado necesita saber la verdad, pero con palabras que pueda entender. Tiene que saber la gravedad, pero también qué opciones hay y qué camino se puede seguir. Y después, acompañar.

—¿Hay cuadros que parecen irreversibles y después mejoran?

—Generalmente es raro que un cuadro muy grave vuelva para atrás. Pero sí hay pacientes que mejoran mucho gracias a nuevas medicaciones que van surgiendo de estudios muy complejos. A veces no cambia el diagnóstico ni el pronóstico, pero sí cambia muchísimo la calidad de vida. Y nosotros hacemos mucho foco en eso. Después hay cosas irreversibles, claro, y esas son las más difíciles.

Entre las enfermedades que más llaman la atención asoma el síndrome del corazón roto o miocardiopatía de takotsubo (en japonés, “trampa de pulpos”).

Sí, existe.

Sucede tras situaciones de estrés emocional o físico intenso, y muchas veces se parece a un infarto.

—Puede aparecer después de un duelo, una separación abrupta… Por suerte, generalmente es reversible.

(El corazón roto se parece al implemento japonés para cazar pulpos: de ahí el nombre. Imagen: redalyc.org)

—¿Una enfermedad cardíaca puede manifestarse también a través de cambios de humor o de personalidad?

—Sí. La patología cardiovascular no afecta sólo al corazón; también están involucrados el riñón y la parte neurológica. Por eso, a veces vemos cambios en el carácter o en la personalidad, sobre todo cuando hay afectación de pequeñas arterias del cerebro. También es bastante común que los pacientes cardiológicos tengan perfiles más exigentes o que, después de un infarto, una cirugía o una angioplastia, aparezcan cuadros de depresión o angustia.

En esos casos también es importante el acompañamiento:

—Derivamos mucho al psicólogo y al psiquiatra, sobre todo después de procesos agudos. Ahí muchas cosas cambian para el paciente.

La pandemia le marcó el desafío más grande de su carrera. Recuerda ese tiempo como una etapa extrema para el personal de salud, que además debía sostener la vida familiar, las casas y los hijos.

Al principio fuimos sostén, pero después necesitábamos que nos sostuvieran.

  • 💧 La inundación que nos aguó tanto no afectó su casa en La Reserva, pero sí el consultorio de Villa Mitre, donde entraron unos 60 centímetros: “Por suerte, pudimos salvar muchos equipos”.

La maternidad transformó la manera en que Geraldina ejerce la profesión. Tiene 3 hijas: Matilda (15), Alma (12) y Faustina (10). Y por ellas fue acomodando horarios, dejando guardias, buscando más equilibrio.

—Llegó un momento en que no quería dormir más fuera de casa.

Su marido, Emiliano Dolcemascolo, también es médico: traumatólogo. Entre los 2 fueron encontrando formas de organizarse.

—¿Alguna de sus hijas muestra interés por la medicina?

—La más grande. Está muy decidida y, si eso es lo que quiere, la vamos a apoyar. Igual le digo que hoy hay muchísimas más carreras que cuando estudiamos nosotros, y que mire todas las opciones. Pero crecieron viendo esto todos los días… En casa tratamos de hablar poco de trabajo y de pacientes, porque si no se hace pesado. Pero a Matilda le encanta, así que por ahora parece difícil hacerla cambiar de idea.

La rutina de Geraldina empieza temprano. Se levanta cerca de las 6 y enseguida arranca la dinámica familiar: desayunos, preparativos, la salida de las chicas al colegio. A las 7 ya están todos rumbo a sus actividades.

La mayoría de los días trabaja por la mañana en el Hospital Municipal y desde el mediodía sigue en su consultorio. Con el tiempo fue acomodando horarios para terminar alrededor de las 16 y dedicarle espacio a la casa, al gimnasio y a la familia.

La medicina me enseñó algo muy fuerte: que la vida es hoy. Uno puede hacer muchas cosas para prevenir, y yo trato de aplicarlo en mi vida, con mi familia, con amigos y también con los pacientes. Pero esta profesión te enseña que no tenemos garantías de lo que va a pasar mañana. Entonces trato de vivir más el presente.

La inteligencia artificial ya llegó a la salud y Geraldina considera que puede convertirse en una herramienta muy útil.

—Las nuevas generaciones vienen con esto incorporado. A nosotros nos cuesta un poco más, y hay que abrir la cabeza. Pero creo que lo que viene está bueno y no pienso que nos vaya a sacar el trabajo. Siempre aparece esa duda, si la IA va a reemplazar algunas tareas, pero la interpretación final sigue siendo fundamental y eso, en medicina, todavía no lo puede hacer.

Según Geraldina, la gente no se enferma más hoy, pero sí consulta mucho antes. Y en cardiología eso cambió la forma de trabajar:

—Antes los pacientes llegaban cuando ya no había mucho más para hacer. Hoy se consulta más desde la prevención, incluso cuando todavía están sanos.

Ahora se pueden detectar patologías que solían quedar en el terreno de la sospecha.

—Antes pensábamos que alguien podía tener determinada enfermedad, pero no lo sabíamos con certeza. Hoy la tecnología, la genética y todos esos avances ayudan a hacer diagnósticos mucho más precisos.

En los últimos años también cambiaron bastante las perspectivas de los pacientes cardiovasculares, gracias a los avances:

Hoy tenemos un poco más de sobrevida, pero sobre todo mejor calidad de vida. Para nosotros, eso es fundamental. La sobrevida es un número; la calidad de vida es cómo vive esa persona.

Y añade:

—Antes los pacientes con insuficiencia cardíaca la pasaban muy mal hasta el final. Hoy tenemos muchas herramientas para que puedan vivir mejor y atravesar la enfermedad de otra manera.

Sobre la frustración dentro de la profesión, afirma que el paso de los años también le cambió la mirada.

—Antes me enojaba más, sobre todo cuando veía cosas que se podían hacer y no se hacían. Después la maternidad también me ayudó a entender que no todas las personas tienen la misma realidad, los mismos tiempos o las mismas posibilidades.

Geraldina aprendió a acompañar más los procesos de cada paciente y a comprender que muchas veces las dificultades exceden lo médico.

—¿Sentís que existe un reconocimiento real hacia la profesión?

—Desde la sociedad, sí. La gente es muy agradecida. Obviamente, no deja de ser un trabajo, aunque le pongo mucho corazón.

Nacida en Pedro Luro, lleva casi 2 décadas acá.

—Nunca había vivido en Bahía hasta que me vine a hacer la residencia, pero era un lugar que nos quedaba cómodo por distancia, por familia. Es una ciudad grande, pero a veces es chiquita, nos conocemos todos y eso me gusta. Además, tiene muchas cosas cerca, podés hacer escapaditas.

Cuando piensa en el éxito, no habla de títulos ni de dinero:

—Es poder disfrutar lo cotidiano. Trabajar de lo que te gusta, estar con tu familia y acostarte a dormir tranquila.

—A lo largo de todos estos años, ¿cuál fue el mayor aprendizaje?

—En medicina, la formación nunca se termina. Todo el tiempo estamos estudiando, haciendo cursos, congresos, leyendo. Pero creo que lo más importante que aprendí no tiene que ver sólo con lo intelectual, sino con conectar con el paciente: aprender a empatizar, a entender qué necesita la otra persona y cuál es su realidad. Porque cada paciente llega con una historia distinta, desde lo social, lo económico y lo emocional. Y muchas veces necesitan más que información teórica. El gran aprendizaje es poder adaptar lo que uno sabe a la realidad que tiene enfrente.

—¿Para ser buen médico hay que tener algo en particular?

—Creo que la medicina es una de las pocas carreras que realmente necesitan vocación. Es difícil sostener esta profesión sin eso. Después, obviamente, hay que estudiar muchísimo, no hay demasiada vuelta con eso. Pero la medicina también tiene un abanico enorme: hay quienes trabajan todo el tiempo con pacientes y otros que hacen investigación o laboratorio. Médico puede ser cualquiera, pero la vocación es lo que te ayuda a sostenerlo en el tiempo.

—¿Sentiste diferencias por ser mujer?

—No en el trato ni en la capacidad profesional, pero el rol como mamá es distinto. Me planteé la maternidad desde muy joven; tuve mi primera hija durante la residencia porque quería ser mamá en ese momento. Sabía el esfuerzo que implicaba, pero mi deseo de maternidad era más fuerte.

Geraldina piensa más allá de la medicina, claro.

—Mis hijas se ríen porque siempre digo que soy una peluquera, una decoradora de interiores, una arquitecta frustrada… Haría mil cosas más.

No obstante, reconoce que después de los 40 empezó otra etapa, atravesada por el crecimiento de las chicas y la búsqueda de un equilibrio entre el trabajo, la familia y los sueños pendientes, como viajar más.

Y entonces vuelve aquella chiquita que disfrutaba del olor a consultorio y escuchaba fascinada a su tío médico:

—¿Qué le dirías hoy a esa nena?

—Que haga lo que quiera. Hay que hacer lo que uno siente. Si algo te gusta de verdad, hay que ir para adelante.


🤗 En 8000 ofrecemos un periodismo bahiense, independiente y relevante.

Y vos sos clave para que podamos brindar este servicio gratuito a todos.

Con algún cafecito nos ayudás un montón. También podés hacer un aporte mensual, vía PayPal o por Mercado Pago:

¡Gracias por bancarnos!

👉 En esta página te suscribís gratuitamente.

💁 Quiénes somos, qué hacemos y por qué.


👀 #SeresBahienses es una propuesta de 8000 para contar a nuestra gente a través de una serie de retratos e historias en formatos especiales.

La estrenamos para nuestro segundo aniversario. Estos son los episodios anteriores:

Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec

Relacionado:
Las últimas

🫀⏳ Geraldina Cura, cardióloga: presente de corazón

🫀🏪 Donar, recuperar, cerrar y más

🏫🧮 Jardines, matemática, laburo y más

🏊‍♀️🎭 Thiago, coliseo, homicidios y más