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💄 Damián Segovia, maquillador: hacer bien lo que te pinta

Nuestra gente, nuestra mirada, nuestra ciudad.

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—El maquillaje es todo. Cuando estoy muy mal, me reconvierto al arte. Me hace bien agarrar ese momento feo y transformarlo en algo mucho mejor. Es como una resiliencia.

Así se planta Damián Segovia, de 38 años y maquillador artístico.

Esto que hace es un amor que nació de chiquito: ya en el jardín se sentaba en una mesita a pintar y dibujar mientras los demás corrían atrás de la pelota.

Y otros 2 episodios lo acercaron al maquillaje:

  • cuando le rayó el ropero a su mamá con un delineador y un lápiz labial, y
  • el día que abrió un cajón del baño de su abuela y agarró el lápiz color rojo bermellón.

Andaba por los 7 y 8 años.

—Hice trac, trac, trac —dice Damián, simulando que se pinta los labios—. Dije: “¡Ay, qué lindo!”. Y empecé a sacarlo, porque no sabía si estaba bien o mal.

Ahora lleva 15 años maquillando y asegura que si bien la profesión no le marcó una diferencia económica, la volvería a elegir:

—Lo que me da en cuanto a felicidad, experiencias, anécdotas, no tiene precio. Puedo decir que me acuesto con una sonrisa y me levanto con una sonrisa: no hay momento en que diga “No me gusta lo que hago”. Lo que no me gusta, no lo hago.

Pero antes de llegar a este momento tuvo que hacer un largo recorrido, por supuesto.

Cuando terminó el colegio se vino desde Tres Arroyos para estudiar Ingeniería en Alimentos. Se recibió, dio clases particulares y hasta trabajó en laboratorios privados. Pero había cosas que no le gustaban y dio un paso al costado. Recién entonces decidió apostar 100 % al maquillaje.

—Tuve la suerte de que como soy muy cabezón, yo digo â€œMe gusta lo que hago” y le pongo onda, no le aflojo â€”le cuenta a 8000 Damián, que al comienzo sostuvo un trabajo en una panadería para poder comprar los materiales que necesitaba.

No eran de primera marca, pero le permitieron empezar.

El tiempo no espera, dice: si te detenés, no crecés. Por eso, si bien hoy en sus clases aconseja buenos productos, también pide no dejar de hacer cuando la plata no alcanza. Hay que seguir, con lo que se pueda.

—Mientras quede prolijo, me pueden maquillar con el dedo del pie que a mí no me interesa. El mundo del maquillaje es muy elitista: tenés lo mejor y sos lo mejor, o es esto. Y a mí eso nunca me gustó: siempre fui en contra de la corriente, en todo.

También dice que fue de atrás para adelante: “cabezón y autodidacta”, arrancó con el maquillaje artístico y se enamoró por completo del trabajo, aunque después entendió que para vivir de esto necesitaba dar un paso más.

—El maquillaje social es el que te da de comer y el artístico es el que te permite ser feliz. Cuando me di cuenta de eso dije: “Voy a tener que estudiar”.

Ya recibido, hubo un episodio que lo marcó mucho. En una especialización a cargo de Gervasio Larrivey ligó un tremendo elogio: â€œMe parece fantástico lo que hacés, pero te faltan herramientas”.

Y le regaló su primera brochera profesional y una paleta: eran 12 pinceles y 5 polvos para hacer la técnica de esculpido que permite modelar el rostro. 

—¡Yo, feliz de la vida! â€”dice Damián—. Ese día subí a Facebook una foto maquillado (que es por eso que me conocen acá, por el automaquillaje) y mostrando la paleta. 

Foto: Gentileza.

Andrea Pellegrino, la marca de la paleta, vio la publicación, le gustó y lo invitó a una exposición con maquilladores de todo el país. No había plata de por medio y Damián no tenía ni idea de cómo llegar a Buenos Aires, pero fue: tenía que hacerlo.

Al tiempo, dejó su puesto en el centro de estética bahiense Piaff: se puso por su cuenta y Andrea Pellegrino le propuso un contrato por períodos. Así empezó a repartirse entre acá y allá.

—Capital es una puerta a un montón de cosas y la aproveché. Mi profesión depende de mí, por eso dije: “Bueno, chau, empiezo a viajar”.

Trabajó 10 años con esa firma, siendo técnico maquillador de la línea, viajando por toda la Argentina e incluso representando al país y capacitándose afuera. 

Para Damián, el maquillaje como profesión es una herramienta de reconversión; podés mutar y después llegás a tu casa, te lavás la cara y volvés a lo que eras: podés explorar otras cosas y crecer.

El buen gusto y la técnica se pueden entrenar, dice, pero hay algo fundamental que el maquillador debe tener: motricidad fina. 

—Tenés que tener muy buen manejo de las manos, algo que tuve desde chico, para poder trabajar con todo esto en miniaturas y luego maximizarlo y llevarlo al cuerpo.

Y hay que entrenar, claro.

—Soy bueno porque practico, más allá de que tengo una condición para el arte y la pintura, y de que tuve una madre que fue mi primera maestra y me enseñó todo.

Damián agarra un pincel y con su mano derecha maquilla el ojo de su modelo, mientras mantiene el párpado hacia arriba con la izquierda. Camina de un lado al otro y cada tanto relojea el espejo para ver cómo va quedando y le pregunta: “¿Te gusta?”.

Le encanta tener libertad para trabajar, pero hay algo muy importante que el maquillador debe lograr: la comodidad de quien tiene enfrente.

Muchas veces son hombres. Cada vez consultan más:

—Hay una sed de querer expresarse que acerca a los chicos a buscar el maquillaje como herramienta de transformación, porque se expresan y muestran lo que son.

Se inspira con la naturaleza. Y la clave es detenerse y contemplar, porque si bien “todo está inventado, el artista debe darle un vuelco distinto”: poner su impronta.

—Yo me baso en eso y en la frase que dice: â€œSi lo puedes imaginar, lo puedes lograr”.

Este camino artístico asume ciertos sacrificios. Y no se arrepiente de ninguno.

—Los sábados, por ejemplo, trabajo hasta las 9 de la noche y por ahí me están esperando en una cena y cuando llego me dicen: “¿Por qué tenés que trabajar tanto? ¿No te cansás?”. Y no, no me canso. Me cansaría si trabajara como químico.

Ya instalado en el ambiente, con un nombre hecho y cierto estilo propio, también puede dedicarse a otra debilidad: la enseñanza.

Y agradece haber llegado a lugares antes impensados, y trabajar con famosas y celebridades como Moria CasánLizy Tagliani y Lourdes y Lissa de Bandana.

Damián cuenta que Lizy vino hace unos años a una fiesta gay, y le canceló su maquillador justo antes del show:

—Me preguntan si la puedo maquillar. Y digo: “No, tengo que terminarme a mí, tengo que terminar a la gente…”. Me dicen que me pagan lo que sea, pero otra vez: “No”.

Le cortaron. Pero al rato sonó otra vez el teléfono: “¿Y si ella va a tu casa?”.

—Les dije: “No tengo ningún problema, estoy maquillando en la cocina y está llena de gente. Si ella no tiene ningún drama y se banca todo esto, excelente”. 

Y Lizy terminó sentada en la cocina de Damián, su salvador de la noche.

Años más tarde le devolvió la gentileza: volvió a Bahía para una función en el Teatro Don Bosco y fue Damián quien la maquilló, como un autorregalo por su cumpleaños.

—No soy de contar estas cosas —dice Damián—. No me interesa que se sepa de mi vida, porque lo que quiero dejarle al mundo es esto: podés maquillarte, podés ser varón y que te guste el maquillaje, y está todo bien.

Y no se anda quejando, Damián:

—Me termino de maquillar y me duele un montón la cintura, cada vez estoy más grande, se me acalambran las manos, pero sinceramente es súper satisfactorio. Nada que no se puede arreglar con un masajito, un buen vino, una comidita y ya. 

💪 Bien de acá

Damián se declara bahiense por elección: al terminar la secundaria en Tres Arroyos, su mamá le señalaba Tandil porque allá había parientes y era más económico. Y él se negó:

—“Yo me quiero ir a Bahía”, le dije. Y mi mamá: “Pero nosotros no te podemos pagar”… “Voy a arrastrarme y me voy a ir a Bahía Blanca; voy a comer arroz, no me importa”. Y de cabezón me vine acá.

Le parece una ciudad fascinante, que tiene un ritmo y un montón de cosas que “quizás al bahiense le quedan cortas porque nació acá, pero para mí es un montón”. Por eso siempre la vuelve a elegir.

—La ciudad está enorme. Hay mucha más población y hay muchas más opciones. Tiene universidades, parques, shopping, teatros… Para mí, es como un parque de diversiones, con el condimento de que puedo ir a mi ritmo.

Si bien le parece muy cara, también reconoce que “no se puede el oro y el moro”. Lo importante es que acá puede ser y hacer lo suyo: 

—Sólo hay que saber entender al bahiense: cómo se mueve, qué es lo que quiere, y conectarse con la gente. 

Damián siempre supo lo que quería y hacía ahí fue, con su impulso y el incansable apoyo de su mamá Nancy y de sus hermanos Nicolás, Matías y Ezequiel:

—Han aguantado de todo y me han defendido cuando me gritaban “trolo”, “maricón”…

Con Mario, su papá, fue otra historia y recién recompuso la relación a los 30 años, tras “procesar y entender que hizo lo que pudo con lo que tenía”.

—A la edad mía ya tenía 4 pibes, ¡tremendo si me lo pongo a pensar! Pero yo lo sané y lo perdoné, por así decirlo, y esos prejuicios que yo sentía que tenía se fueron por la cañería, porque eran miedos…

Así pudo disfrutarlo un tiempo al padre que jamás había tenido.

—Y se fue de gira… Vos hoy me preguntás “¿Cómo fue tu papá?”, y te digo que fue una gran persona: se ha sacado las zapatillas para dármelas y que pudiera ir a la escuela.

—¿Y tu mamá?

—De mi vieja no hablo porque se me caen las lágrimas. No es un ser de este planeta.

Damián anda con las expectativas bien definidas: seguir trabajando con el maquillaje, que lo llamen por su nombre y no por pertenecer a determinada línea, viajar y enseñar más.

—Quiero fomentar desde muy chiquitito que si te gusta algo, lo hagas, porque eso no dice si sos buena o mala persona. Te podés poner lo que se te antoja, mientras no interfieras en la vida del otro y digas “buen día”, “permiso”, “por favor”, “gracias”…

—¿Qué le dirías al Damián de los 7 años?

—Que se puede, que no tenga miedoQue no se preocupe, que va a estar todo bien en la vida â€”dice, con la voz entrecortada—. Que está bien como es, que no tiene por qué rendirle cuentas a nadie y que como existe está perfecto.


Producción, videos y edición audiovisual: Tato Vallejos

Producción y texto: Belén Uriarte

Fotos y videos: Eugenio V.

Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec


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👨‍🚒 Vicente Cosimay, bombero voluntario: 24 horas al servicio

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Vicente Cosimay nació en la localidad de General Daniel Cerri, tiene 45 años y es bombero voluntario. Entró al cuartel cerrense en 1999 y 1 año más tarde empezó a trabajar en el cuerpo activo: es decir, a hacer salidas en el autobomba.

—Es un estilo de vida. Vos estás 24 horas de servicio y tu vida está reglamentada: sí, te anotás por propia voluntad, pero una vez que estás en este sistema tenés que organizarte en las líneas y todas las cosas que hay acá —le cuenta a 8000.

Ser parte de bomberos voluntarios implica cumplir con guardias de handy en casa, estar preparado para salir si suena la sirena, saber que por ahí vas a tener que interrumpir una juntada, una fiesta o cualquier otra actividad.

También supone estar listo para pasar varias horas en el cuartel. Vicente cuenta que, por ejemplo, cuando hay tormentas grandes con inundaciones por ahí les toca hacer hasta 30 salidas. Entonces se quedan ahí, comen ahí…

Y en medio de toda esa vorágine es importante no perder el equilibrio.

—Todos tenemos nuestro trabajo, porque de algo tenemos que vivir. Yo, por ejemplo, trabajo en una casa de repuestos. Y tenemos que equilibrar ese trabajo, la familia y bomberos. Algunos no llegan a equilibrarlo y ven que no es para ellos.

—¿Y qué pasa si estás en tu trabajo y hay una emergencia?

—Podés salir. Hay una ley nacional que ampara al bombero para que no haya ninguna sanción económica y no tengamos ningún tipo de problema. 

Sin embargo, la realidad suele ser diferente: Vicente cuenta que, en general, es difícil que el empleador les permita irse cada vez que suena la sirena.

—Tampoco queremos generar eso de “no voy a tomar a un bombero porque no sé cuándo va a venir”. Por eso, nos organizamos para respetar los horarios de trabajo.

Hacen todo tipo de servicio. Van a accidentes, incendios de casas y forestales, rescates de personas y animales, y también responden a otras necesidades del pueblo cerrense.

—Cualquier cosa que no se puede hacer, “llamemos a los bomberos”. Y nosotros vamos y tratamos de resolverlo. Es una satisfacción poder ayudar

—¿Por qué elegiste ser bombero voluntario? 

—Muchos ya nacen con esa vocación, otros porque los papás han sido bomberos… Y el caso mío es totalmente distinto: yo trabajaba en los gimnasios y me llamaron para preparar una brigada de bomberos que iba a competir a Santa Fe; entonces los preparé, fuimos a la competencia, me encantó el ambiente de bombero y quise competir, pero te pedían que tengas 1 año de bombero, así que vine y me anoté.

Desde entonces es bombero voluntario: jamás se alejó. Dice que el cuartel lo llamó para trabajar y siente una enorme satisfacción por todo lo que pudo lograr.

Fue instructor, subdirector y director en la escuela de cadetes. Después pasó a ser coordinador nacional de cuarteles en representación de la Federación Centro Sur. Y en la carrera fue bombero, ayudante, subayudante, oficial y hoy es segundo jefe.

Su trabajo consiste en ocuparse de todo lo que ocurre con el personal, la instalación, los vehículos, los equipos, y a su vez organizar, delegar, reunirse, llevar la necesidad de la comisión directiva y colaborar con los eventos que haya.

También puede hacer salidas, pero en general está para coordinar la emergencia.

El bombero voluntario no tiene sueldo. Para Vicente, la paga es esa satisfacción que se siente en el corazón cuando estás volviendo y decís â€œwow, lo pudimos hacer, pudimos ayudar, pudimos sacar a una persona”. Aunque no siempre es así, lamentablemente…

—Hay veces que uno no llega porque fue un accidente grave y no podemos hacer nada… Lo más difícil de ser bombero es cuando uno empieza a recorrer ese lugar y puede ver todas las pertenencias tiradas, puede ver un poco la música que escuchaba, el libro que leía, la fe que tenía… Todo eso es impactante para nosotros.

En esos momentos se cuestiona por qué se detuvo el tiempo de esa persona, qué es la vida, qué es el amor, qué es la familia…

—¿Te tocó despedir a alguien? 

—No. Sí me pasó de situaciones donde tenemos que sacar a una persona y se nos complica. Nos pasó una vez cerca de Rodovía: no la podíamos sacar, tenía los pies atrapados en una combi. Fue uno de los rescates más difíciles, pero lo logramos.

Cuando el bombero tiene una emergencia, “fracciona su vida”, dice Vicente: estás comiendo con tu familia, de repente suena la sirena y salís corriendo al cuartel, te cambiás, subís al autobomba y vas, sin saber con qué te vas a encontrar.

Y el tránsito no siempre ayuda: no todos ceden el paso. De ahí la importancia del chofer, que tiene que tener un temperamento especial para manejar la situación. Tienen que llegar lo más rápido posible a asistir, pero tienen que llegar

—Además de rescatar a alguien, todos tenemos familia. Tenemos que cuidarnos para seguir adelante. Esto no es un juego: es algo que lo tomamos muy en serio.

Una vez en el lugar, todo se vuelve acción. En el caso de un accidente tienen 60 minutos, llamados “hora dorada”, para sacar a la persona de ahí. Cuanto más eficiente es el trabajo del bombero, más probabilidad de que esa persona viva.

Ya en el cuartel, limpian todo, guardan, se cambian la ropa, registran toda la actividad y después se juntan con la psicóloga, que emplea la técnica defusing, una técnica para manejar el estrés, una especie de barrido emocional para no llevarse toda la carga a casa.

—Nos sentamos y empezamos a hablar: “¿Cómo te sentiste?”, “¿cómo trabajaste?”. Se permite expresar todo tipo de emoción porque muchos venimos en shock, de ver cosas que no estamos acostumbrados. Y después tenemos que armar lo que se fracturó de nuestra vida: nos preguntamos qué estábamos haciendo, qué vamos a hacer al llegar. Es una forma de armar otra vez tu historia y que no quede ese vacío, ese trauma.

—¿Siempre te recuperás? 

—Yo nunca he tenido problemas. Nosotros sabemos que cuando empezamos a soñar todas las noches con lo mismo o se produce algo en la emoción que altera el comportamiento, ya se produjo el trauma, y lo tenemos que tratar con la psicóloga.

Vicente también encuentra sostén en la fe, que le permite ver las cosas de otra manera: son “llamados para esto” y hacen lo posible, pero no son superhéroes.

—Somos personas con sentimientos, con emociones, con necesidades. A veces estamos bien, a veces estamos cansados.

—Para los chicos sí son superhéroes, ¿no?

—Sí, eso sí. Yo siempre digo que saluden a los chicos, que estén atentos a sus necesidades, porque el día de mañana ellos pueden ser bomberos.

Es tal la admiración que continuamente reciben dibujos de los más chiquitos. Y no salen de su asombro cuando van de visitas a los jardines: ahí les enseñan a no tener miedo ni al traje de bombero, ni al tubo para respirar, ni a la sirena.

—Les enseñamos que los bomberos son sus amigos. Les compartimos la ropa para que ellos se la prueben y los ponemos en una camilla para que vean cómo es. Los preparamos por si algún día tienen un accidente, que sepan que puedan confiar.

Y son cosas que a los chicos les quedan. Les ha pasado que después de algunos años aparece alguno en la escuela de cadetes con un solo deseo: ser bombero.

—Me acuerdo de un chico que venía con sus cartas, que lo teníamos que convencer para que vaya al campamento en la escuela de cadete y hoy es oficial. Es algo muy lindo, siento que el progreso de cada uno de los chicos es también mi progreso.

El cuartel de Cerri se fundó en 1987 por las necesidades del pueblo: los bomberos de Bahía no siempre llegaban a tiempo cuando había un incendio, entonces los vecinos impulsaron el cuartel.

Hoy hay 70 bomberos en el cuerpo activo y los cupos femenino y masculino están equiparados. Está a cargo Andrea Tumminello, que entró hace más de 20 años y en 2019 se convirtió en la primera jefa del cuartel.

Los gastos del cuartel se solventan con subsidios estatales, aportes de vecinos e iniciativas propias del cuerpo de bomberos para generar recursos.

—¿Creés que esta actividad debería profesionalizarse y que haya sueldos?

—Nuestro cuerpo está profesionalizado con respecto a las técnicas y todo lo que hay que hacer. Pero el bombero voluntario es el vecino que se capacitó para ayudar a otros vecinos. Ese es el concepto y mientras se pueda sostener, está bueno que sea así. Sí necesitaríamos un cuartelero las 24 horas, que por supuesto debe ser pago.

Vicente detalla que el bombero voluntario tiene que cumplir al menos 2 horas semanales de guardias y otras 2 en la sección que le corresponda, que puede ser automotores, capacitación y ayudantía, entre otras.

Pero no tienen una cantidad definida de horas: nunca se sabe qué puede ocurrir.

El cuartel se divide en 2 brigadas y cuando suena la sirena, va la que está de guardia. Si no hay emergencia, suele coordinarse por handy. Pero cuando hay un accidente grave o un incendio de casa que requiere más gente, tocan la sirena.

—El que escucha tiene que venir. Son 3 toques que indican que tenés que venir. Y una vez que llegás, tenemos un cartel que dice qué tipo de siniestro es y ahí se organiza.

Mientras se coloca el equipo, Vicente cuenta que hay 2 tipos de vestimenta: el traje estructural y otro más liviano para los incendios forestales. Y los cascos difieren de color: blanco para oficiales y jefes, rojo para suboficiales y amarillos para bomberos. 

—¿El equipo aísla el calor?

—¡Noooo! Te morís de calor… En una época sufrí un problema respiratorio por tanto incendio: estábamos expuestos a mucha temperatura mucho tiempo y me agarró como un asma crónico. Ahí aflojé un poco.

El incendio que más lo marcó fue en el pueblo, un verano con temperaturas altísimas. Según los recuerdos, todo arrancó con un vecino queriendo quemar basura y terminó con “una tormenta de fuego” producto de las fuertes ráfagas de viento.

—El fuego cruzó todo el pueblo, no lo podíamos parar. Tuvimos que pedir ayuda a los cuarteles vecinos y se llenó de autobombas. Me acuerdo de haber llevado compañeros acalambrados de tanto luchar.

Esa noche se superó la capacidad de respuesta. Pero con la ayuda de varios cuarteles y los vecinos de Cerri, pudieron extinguir el fuego cerca de las 3 de la mañana.

También recuerda como si fuese hoy la noche en que despertó a una parte de Cerri.

Fue por el año 2000. Había una sirena de baja potencia y como los handies eran caros, la mayoría tenía bíper, un dispositivo que mostraba mensajes como “Personal de guardia presentarse en el cuartel”.

—Donde vivía, a veces por el viento no se sentía la sirena. Y una noche suena el bíper a las 3 de la mañana: decía que había un accidente en la ruta 3 sur. Agarré la bicicleta, me vine con todo, llegué y no había nadie. Era imposible, ¡yo vivía a 10 cuadras!

Vicente pensó que había leído mal. Volvió a mirar, pero no: el mensaje decía “Accidente en la ruta 3”. Entonces tocó la sirena, y enseguida sonó el teléfono. Del otro lado, un comisario le preguntó qué pasaba. “Tengo un accidente en la ruta”, devolvió Vicente.

—Llegó uno de los oficiales y preguntó qué pasaba. Le dije que me había sonado el bíper y me respondió: “No, están andando mal, suenan desparejo”.

Se trataba de un incidente viejo: los bomberos ya habían ido y vuelto…

—Al otro día preguntaron: “¿Quién tocó la sirena a las 3 de la mañana?”. “Vicente, vení para acá”, y me dieron unos coscorrones… ¡Naaaa, de buena manera!

En medio de las corridas, la emergencia y los contratiempos, también se disfruta. A Vicente le causa enorme placer ver crecer a los más chicos, que formen familia y que perduren en la institución. Y también, la respuesta y el amor de su pueblo.

—Cada vez que compramos un autobomba damos la vuelta tocando la sirena y todo el pueblo sale a saludarnos. El Día del Bombero se llena de jardines, de tortas, de cartas. Son cosas muy satisfactorias, que a medida que uno crece las siente más.

Y así también pasa con los actos: se vuelven más emotivos. 

—Ves gente que no está, gente que daba órdenes y ahora está en reserva… Mirás para arriba y ya no queda nada, mirás para abajo y están los chicos que veías en la escuela. Parece mentira que en estos 24 años pasó la vida así, en un abrir y cerrar de ojos.

La vida del bombero va cambiando: no es lo mismo cuando arrancás, con toda la juventud, con toda la polenta y el tiempo del mundo, que cuando ya sos más grande, tenés más compromisos, formás una familia.

—Cambia tu forma de pensar: antes eras impulsivo, te subías al autobomba, llegabas rapidísimo. Ahora los chicos llegan mucho más rápido que vos, y vos tenés más precaución, más conciencia del peligro, pensás más en que todo vaya bien.

Insiste en la importancia de volver sano y salvo a casa. Es padre de Angelina, de 9 años, y Jazmín de 14: siempre están presentes en sus pensamientos.

—Cuando tengo un tiempo me gusta estar con ellas, con mi señora (Gabriela)… A veces hay semanas enteras que casi no puedo verlas. Es tremendo. Siempre soñé con tener una familia, por eso siempre digo que hay que tratar de tener un equilibrio y no dejarles ese vacío de “papá no estaba nunca”, aunque a veces pasa… 

—¿Ser papá te ha hecho dudar de continuar? 

—No, aunque cuando uno va creciendo se va poniendo más difícil. Uno se pone en el lugar del familiar o la persona que tuvo un accidente, y dice: “Podría ser mi hijo”, “podría ser mi familia”. 

Vicente asegura que Cerri es el ambiente justo para este tipo de actividad:

—Este lugar es hermoso, nuestro cuartel es hermoso. Cuando hay un proyecto, se apoya. La escuela de cadetes surgió para sacar a los chicos de la calle, y gracias a este cuartel y a este pueblo hoy tenemos un montón de chicos y nunca nos cansamos de recibir bomberos.

Al pensar en su retiro, dice que le gustaría irse a tiempo: viendo con satisfacción cómo todos siguen el camino, cómo crecen, cómo se capacitan cada vez mejor.

—Quisiera terminar mi carrera y decir: “Hasta acá llegué, hice las cosas tratando de que salgan bien”. No todo es perfecto, pero quiero que me juzguen por mis intenciones de haber querido hacer las cosas bien cada día que estuve acá.

—Y mirando hacia atrás, ¿qué le dirías a tu yo de los comienzos?

—Que hay un camino por transitar fantástico. Si volviera a nacer, haría lo mismo.


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🏉 Stephania Fernández Terenzi, ingeniera y rugbier de selección: actitud ante todo

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—No importa la contextura física, la actitud es todo para mí —le dice a 8000 Stephania Fernández Terenzi, que tiene 27 años, es ingeniera química, hace un doctorado y practica rugby 7 en el club Palihue.

Stephania mide 1,49 y es wing. Es decir, juega en una punta y su función consiste básicamente en agarrar la guinda e ir para adelante, pasar rivales y correr y correr y correr para hacer un try.

—Y festejarlo con una compañera es lo que más se disfruta —cuenta—. O cuando metés un buen tackle, que sacás a alguien de la cancha.

Para ella, el rugby es liberación: cuando tiene un mal día, entrena, juega y descarga. 

—También me genera mucho amor. Este club es como mi segunda casa y me llena de cosas buenas: el tener a mis compañeras al lado mío entrenando día a día, el poder presionarte siempre un poquito, porque siempre un poquito más podés dar…

Y también es cosa bien fraternal: son 4 y a excepción de su hermana mayor, Micaela, todos son rugbiers. Inició la pasión Alexis, el menor de Stephania: empezó a jugar a los 8 años y toda la familia acompañó.

—Recuerdo de adolescente ir todo el tiempo al club a ayudar en los terceros tiempos, cocinarles a los chicos, servir mesas. Desde que mi hermano arrancó, empezamos a mirar rugby los fines de semana, se hizo parte de nuestra rutina.

Stephania empezó a finales de 2018, por insistencia de su hermana Anael, la más pequeña de la casa, que jugó en el club Palihue antes de dar el salto a España.

Y se enganchó rápido:

—Me llamó la atención el juego en equipo y la inteligencia que tenés que poner, ya que va en contra de todo lo que uno espera: el pase va para atrás, no tenés que golpear la pelota para adelante porque es un knock-on, la velocidad de juego…

—¿Y cómo fue jugar con tu hermana? 

—Es lo que más disfruté de jugar. Tenerla al lado, compartir viajes… Se genera un vínculo más profundo, porque es terminar un partido e ir a charlar de lo que hicimos, que ella meta un try y salir corriendo a felicitarla o que meta uno yo y venga ella.

Ya sin su hermana en el plantel, Stephania atraviesa un momento deportivo de mucha plenitud: en diciembre de 2022 fue convocada para entrenar con el seleccionado nacional y vivió “una verdadera locura” junto a 25 chicas de todo el país.

—Me encantó la exigencia, el nivel, la manera en que se juega. Conocés otra realidad, ves otra dinámica… Fue una experiencia completamente enriquecedora.

Su sueño es poder jugar un circuito mundial con Argentina. Reconoce que es muy difícil, pero no imposible. Y seguirá esforzándose para alcanzarlo.

—Ponerse la casaca con el yaguareté es lo máximo que te puede pasar con el rugby femenino acá. Me encantaría que todas las chicas tuvieran la posibilidad de poder vivirlo al menos una vez en la vida, porque la motivación que te da es increíble. 

Stephania camina con la pelota por el medio de la cancha de césped de Palihue y luego se posiciona para explicar cómo dar pases hacia atrás. Confiesa que no patea muy bien: sus virtudes están en la aceleración y el try. También tacklea: si bien es de contextura chica, ya se acostumbró al roce.

—Nunca me golpeé feo. Una sola vez me quebré un dedo, pero no fue un golpe feo. Es más, me lo vendé y seguí jugando, o sea… ¡a ese nivel de locura!

Los golpes son lo peor del rugby, dice, pero también suelen ser indicadores del rendimiento: si el día posterior al partido “los hombros te matan de dolor, quiere decir que jugaste un partidazo y que lo diste todo”.

—Este mes comenzó el juicio por el asesinato de Fernando Báez Sosa y los autores son rugbiers: ¿qué te produce la asociación rugby-violencia?

—Siendo jugadora, duele escuchar que se diga eso de nuestro deporte, pero también hay que hacer mea culpa, quizás en los entrenadores que a veces uno tiene, en las bajadas de línea… Este tipo de cosas no pueden pasar. Desde los clubes tenemos que aumentar las charlas respecto a la violencia. Nuestro deporte nos hace tener una fuerza que puede afectar al otro; hay que evitar las peleas, incluso dentro de la cancha.

—¿Cuáles son los valores del rugby? 

—El compañerismo, el trabajo en equipo, el respeto… Por más que uno es rival dentro de la cancha, afuera somos todos compañeros y compartimos un tercer tiempo donde nos olvidamos de lo que pasa en la cancha y estamos todos unidos. 

Ese momento pospartido en el que comen y charlan es muy valioso para Stephania:

—Ahí es el momento en el que te sentás y podés conocer a la persona, ¡está buenísimo! A veces te das cuenta de que un rival con el que te llevás mal en la cancha es una persona increíble afuera. 

Según dice, la victoria sirve y motiva pero se aprende más en la derrota, a pesar del enojo momentáneo que aparece cuando las cosas no salen bien.

—Cuando te va mal en un partido, y más si sabías que podías ganarlo, es cuando te sentás y hacés un mea culpa más grande. Decís: “Acá tendría que haber tackleado”, “acá me tendría que haber reposicionado”…. 

—¿Qué considerás que es el éxito? 

—Creo que es relativo y depende de cada uno. A veces puede ser algo deportivo, a veces puede ser algo personal, pero creo que el ser exitoso viene de la mano de alcanzar algo que uno sueña. Uno es exitoso cuando cumple sus sueños.

Stephania nació en la localidad chubutense de Trelew y vino a Bahía para estudiar Ingeniería Química en nuestra Universidad Nacional del Sur: se recibió hace 5 años y hoy hace su doctorado.

La clave para cumplir con todo, dice, es la organización

A la mañana, muy temprano, entrena la parte de gimnasio, luego trabaja; a la tarde tiene algún tiempito libre y a la noche hace la parte de cancha o sale a correr.

Y con la comida, como no tiene mucho tiempo, va a lo práctico: porciones cortadas, comidas en el freezer ya listas, y “así logras que la rueda siga andando”.

Está enamorada de Bahía y piensa seguir acá: 

—Fue un gran cambio. Trelew es una ciudad más chica, tuve que acostumbrarme pero la verdad, me encanta. Tengo que agradecer a la universidad que me dio mucho en estos años. Es una ciudad hermosa, que tiene muchos lugares verdes para entrenar, como la pista de atletismo, o clubes como este, casi en el centro, ¡es increíble!

—¿Creés que Bahía es un buen lugar para desarrollar el rugby femenino? 

—Sí. Hay mucha gente trabajando por el rugby en Bahía; tengo que mencionar a Elo Teófilo, que hoy forma parte de la Comisión de la Unión de Rugby del Sur. Creo que Bahía da para tener clubes de rugby femenino y para seguir desarrollando el deporte; hay mujeres y tienen ganas de jugar.

Para ella, no fue complicado unirse al rugby siendo mujer por su entorno familiar, pero reconoce que hay familias que dejan jugar al nene y no a la nena porque “es muy violento para mujeres”.

—Estamos todo el tiempo peleando con ese estereotipo. A mí siempre me gusta decir que si yo con mi tamaño puedo jugar, cualquier mujer puede jugar al rugby.

Stephania resalta que no hay deportes de mujeres ni de hombres: hay deportes, y gente que tiene ganas de hacerlos, divertirse y jugar.

—¿Qué le dirías a una nena que le gusta el rugby pero no lo practica? 

—Que se acerque a un club y empiece. Que es una actividad hermosa, que se va a llenar de amigas, de compañeras, que va a aprender un montón y se va a armar de un grupo que le va a durar para toda la vida. Y que cada vez que tenga la oportunidad de entrar con la camiseta a representar a su club, se va a sentir completamente plena.

El camino de Stephania está lleno de anécdotas. Recuerda una muy particular en uno de sus primeros partidos, cuando fue a tacklear a una rival pero no pudo bajarla y entonces apareció su hermana.

—No tuvo mejor idea que venir y tacklearnos a las 2 juntas. Hay una foto en la que se ve que yo estoy agarrada a una jugadora y viene mi hermana para bajarnos a las 2. Quedó como una anécdota divertida, ¡no me quiero imaginar si es mi rival!

Hoy ya no comparten equipo: Anael juega en España, donde este deporte es más profesional. A ella, por ejemplo, le pagaron pasajes y le dieron trabajo: “Algo que acá es muy difícil, pasa a veces con el masculino pero no con el femenino”.

—¿Te gustaría que esta actividad fuera profesional y dedicarte 100%? 

—Nunca me lo había planteado, pero me gustaría. Tenés muchos torneos y poder dedicarte de manera exclusiva hoy es el problema más grande. El entrenamiento de rugby demanda mucho: nutricionista, gimnasio, entrenar en el club, y si además tenés que trabajar es un poco difícil.

Su recorrido no hubiese sido posible sin el apoyo de la familia. Stephania asegura que es muy importante:

—A todos nos gusta hacer algo bien, mirar a la tribuna y tener a tu papá, a tu mamá, a tu tío, a quien a quien vos quieras ahí, alentándote.

Es que el aliento juega un rol trascendental: a veces, las piernas ya no te dan y ese grito de “es la última” o “dale que podés” se transforma en combustible puro.

Las críticas funcionan a la inversa. Pero a Stephania no le afectan: se cierra tanto durante el partido que ni siquiera las escucha.

—Creo que si te está abucheando toda una tribuna sí te va a afectar, pero en el rugby eso no pasa y si en algún momento alguien lo hace, en general el resto lo frena porque no es la idea. La idea es que nos divirtamos. Todos nos podemos equivocar.

Su mayor aprendizaje es el trabajo en equipo, que permite llegar más lejos que las individualidades. Sola no puede hacer nada, asegura: si la pelota no le llega, no puede lucirse; si una compañera no va y limpia cuando ella va al piso, no puede jugar…

Y ya mirando al futuro, piensa que el mayor desafío es sumar más mujeres a la disciplina. Están desarrollando un grupo juvenil y quieren tener infantiles, porque “la pirámide arranca desde abajo: si tenés nenas que arrancan a jugar a los 4 o 5, cuando lleguen a primera van a tener 14 años de rugby y van a ser jugadoras increíbles”. 

—¿Qué le dirías a tu yo de los comienzos en el rugby? 

—Probablemente le diría que lo logró. O sea, que arrancó jugando para divertirse con su hermana y logró más de lo que podía haber imaginado en toda su vida deportiva. Le diría que valió la pena el esfuerzo, esos entrenamientos con frío, con calor…


Producción, videos y edición audiovisual: Tato Vallejos

Producción y texto: Belén Uriarte

Fotos: Eugenio V.

Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec


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👱‍♀️ Alicia D’Arretta, auxiliar de educación: la vida por sus chicos

Nuestra gente, nuestra mirada, nuestra ciudad.

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Alicia Susana D’Arretta tiene 64 años y en abril cumple 26 como auxiliar de educación en la escuela N° 74 de Panamá y Eduardo González, su “segunda casa”.

—Siempre estoy pensando en la escuela. Vivo y respiro por la escuela —dice Alicia, parada en un rincón del patio, donde un grupo de nenas y nenes juegan a la pelota.

Asegura que no cambiaría por nada esas 4 horas diarias que pasa con los chicos de la primaria. No sólo les hace el desayuno: también los escucha, los cuida, los contiene…

—Tengo la idea de que la vida es servicio y sé que aportando mi granito de arena estoy haciendo algo bueno para ellos. 

Si bien trabajó unos años en comercio, desde que entró en educación siempre estuvo en la escuela 74, a la que ya conocía porque sus hijos habían estudiado ahí. Es que Alicia vive a apenas 6 cuadras de ese establecimiento del barrio Santa Margarita.

—En 1997, ¡oh casualidad!, me inscribí para auxiliar y mi primera suplencia fue acá —le cuenta a 8000—. Creo que fueron 20 días y cuando llegué a mi casa tenía un telegrama. Me presenté a los 2 días y justo había un cargo a la tarde.

Recuerda que la escuela era mucho más chiquita, había menos personal… Y que la adaptación fue fácil: sus compañeras eran sus vecinas, muchas docentes habían sido maestras de sus hijos, así que “no me resultó para nada pesado”. 

Estuvo 21 años en el turno tarde y lleva casi 5 a la mañana.

Pero algunas cosas se mantienen desde el inicio. Cada día del ciclo lectivo, Alicia abre la escuela, ventila, limpia aulas y dependencias y luego prepara el desayuno.

Y también está ahí por si algún docente la necesita y le pide, por ejemplo, “cuidame un momentito a los chicos que voy hasta Dirección”.

—La actividad que más disfruto acá es hacer el desayuno para los chicos, llevarlo, que ellos abran la puerta y pregunten: “¿Hoy qué hay?”. ¡Esa carita de sorpresa!

También se emociona con las muestras de cariño que recibe de los nenes que tienen entre 6 y 11 años, con sus dibujos, cartas, corazones, frases como “te quiero”…

—Recuerdo una carta, ya hace tiempo, de un chiquito que había perdido a su mamá y la cocina era su lugar de desahogo. Cuando terminó, que se iba de la escuela, me escribió. Si te digo lo que me puso, empiezo a llorar… Unos sentimientos hermosos.

En su casa tiene una caja repleta de esos dibujos y cartas.

—Los guardo para mi vejez —asegura Alicia, que aún no piensa en su retiro—. Al principio fueron como mis hijos y ahora, por mi edad, son como mis nietos.

Con su guardapolvo azul, recorre los pasillos de la escuela y muestra con orgullo cada rincón. Cada tanto se acuerda de su compañera y quiere ir hasta la cocina para ver si necesita ayuda con el desayuno. Está en todo: no puede desprenderse de su rol.

Dice que siempre trata de colaborar. Sobre todo si se trata de los chicos.

—Si necesitan algo ellos vienen a la cocina. Por ahí tienen un día malo o les pasó algo lindo y vienen y te lo cuentan. A veces nos cuentan más cosas que a las propias señoritas porque ellas están atendiendo a todo el grupo. 

En ese vínculo radica la enorme satisfacción que le produce su trabajo.

—Si lo pensás como venir a limpiar, ordenar, hacer la leche, no. Pero si a todo eso le ponés amor…

Los chicos son su debilidad.

Admira su inocencia, su bondad, su honestidad: hacen o dicen lo que sienten, “si no te quieren, no te quieren; pero si lográs el vínculo, es para siempre”.

Y a todo eso, se suman las enormes satisfacciones que el trabajo le dio por fuera de la escuela. Remarca que, por ejemplo, le permitió pagar la carrera universitaria de su hija, algo que la llena de orgullo. 

Por supuesto, en educación también hay momentos difíciles. Para ella, lo más complicado es ver partir a los chicos: cada promoción a fin de año le cuesta horrores.

—Uno crea vínculos. Los conoce cuando tienen 6 años, los ve crecer y es difícil despedirlos. Pero bueno, uno trata junto con los docentes de inculcarles cosas lindas, de ayudarlos a crecer y de acompañarlos más que nada.

Dice que los chicos también son sus grandes maestros: todos los días le enseñan algo con su cariño, su solidaridad y ciertas reflexiones que la dejan “con la boca abierta”.

Guarda también muchas anécdotas de quienes pasaron por la escuela hace años y cada tanto vuelven al presente. Alicia cuenta que es bastante habitual ver en la puerta a mamás y papás que tiempo atrás encontraron refugio en la cocina de la 74.

—¿Qué sensación te produce verlos tan grandes? 

—Yo ya no los reconozco porque los dejé de ver cuando tenían 10 años y hoy son hombres, mujeres, algunos profesionales… Pero ellos se acuerdan. ¡Es emoción!

Alicia destaca que la escuela 74 es un establecimiento inclusivo, que supo adaptarse a las necesidades de la comunidad: tiene, por ejemplo, rampas en distintos sectores y baños acondicionados para las personas con discapacidad.

Y también resalta el esfuerzo de madres y padres para que la escuela “esté linda”. 

—Lograron poner aire acondicionado en todas las aulas y así, todo: las cortinas, la pintura, todo el tiempo vienen a trabajar. Los chicos también tienen un quiosco que solventa muchísimo los gastos de materiales de limpieza, de todo lo que se necesita…

Oriunda de Bahía, describe a la ciudad como un lugar “un poquito raro”, sobre todo para la gente de afuera, ya que “de entrada no es muy cálida”. Aunque remarca:

—Tenemos un poquito de alma de pueblo también, porque si bien la ciudad es grande, muchos nos conocemos. Aunque crece cada vez más, no es como las grandes urbes.

Cuando ella arrancó en esta escuela, que está frente a la plaza La Madre, donde el sonido de las cigarras puede resultar ensordecedor, el barrio estaba compuesto por unas pocas casas bajas. Hoy las viviendas son “más suntuosas, cambió mucho la fisonomía”.

Cuenta que lo que más le gusta de la ciudad son los espacios verdes, como las plazas, donde los chicos se juntan a jugar. Mientras que el viento es lo menos agradable, sobre todo cuando se combina con “ese calor agobiante en verano”.

—¿Bahía es un buen lugar para desarrollar tu actividad?

—Sí, hay muchos establecimientos y muchos chicos que buscan este trabajo porque tiene horario de corrido y les da tiempo para estudiar. Incluso hay muchos casi profesionales en esto porque los ayuda para sobrevivir y seguir estudiando.

La trayectoria de Alicia no hubiese sido igual sin el apoyo de su familia. Madre de 2 hijos, dice que no fue difícil cumplir con los 2 roles porque cuando ingresó a la escuela sus chicos ya estaban en la secundaria, “no requería estar tan encima”.

—Más me lo reclaman mis nietos —dice entre risas—. Por ahí quieren venir y les digo “no, la abuela tiene que ir a trabajar”. Ellos siempre dicen “la escuela de la abuela”

Una abuela que va marcando caminos: cuenta que la más grande de sus 4 nietos acaba de terminar la secundaria y quiere estudiar la carrera para maestra inicial.

Alicia asegura que la educación atraviesa un momento complicado: la escuela antes “era mucho más aglutinante, las familias acompañaban más”, mientras que hoy se ve más individualismo y “muchos chicos están prácticamente solos”, diferencia.

—Los papás tienen que trabajar y hacen lo que pueden con el tiempo que les queda… Hay muchos chicos que tienen acompañamiento y otros no tanto, entonces hay que trabajar más en la escuela. Gracias a Dios siempre tenemos un equipo.

—¿Qué creés que hace falta en nuestra educación para que los chicos estén mejor? 

—Que todos puedan tener un lugar cálido, lindo, confortable. Hay escuelas que están muy deterioradas… Acá logramos, después de unos cuantos años, hacer todos los baños nuevos y ahí ando yo vigilando que nadie rompa nada porque costó mucho esfuerzo. Es como la casa de uno: hay que pintarla, cuidarla, arreglarla.

—¿Qué le dirías a la Alicia de los comienzos?

—¡Qué suerte que te tocó venir acá! 

Es que ahí conoció gente “maravillosa” y pudo cumplir sus sueños. Por eso hoy sólo disfruta y agradece el respeto y el cariño que recibe a diario.

—Es cierto que siempre le dediqué mucho al colegio. Y eso se cosecha después.

—¿Te preparás de alguna manera para el momento en que ya no estés acá? 

—No, porque no lo quiero ni pensar. Además creo que para que a uno lo despidan  hay que partir, y yo no creo que me pueda ir nunca: voy a quedarme por acá haciendo algo, viniendo, mi corazón siempre va a estar. Amo este lugar.


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