🌎💧 René Albouy, geólogo: claves terrenales

Publicado el 26/07/2026.

Producción y texto: Belén Uriarte | Editora de 8000

Fotos: Francisco Appignanesi

Videos y edición audiovisual: Eugenio V.


Edgardo René Albouy nació en Bahía Blanca hace 65 años, pero su infancia estuvo marcada por el campo.

—Gran parte de mi disfrute era salir a caminar. Lo constante siempre fue la naturaleza y, en lo posible, egoístamente solo —le cuenta a 8000.

Hizo la primaria en la escuela rural San Francisco del Monte Nº 9 de Pelicurá (Tornquist) y la secundaria en Felipe Solá (Puan). Quería ser doctor, para ayudar a la gente. Pero un día el médico Gustavo Vera Rosas, quien le enseñaba Anatomía y Fisiología, cambió su destino:

—Me advirtió que agarrara para cualquier otro lado. Entiendo que me percibía más como un naturalista que como un médico, por mi sensibilidad —recuerda René, que admiraba al docente—. Además, yo era muy buen estudiante de Ciencias Naturales.

Y así terminó tomando otro rumbo, por un camino de tierra, rocas, acuíferos: el de la geología.

A los 19 ingresó a la Universidad Nacional del Sur. Se recibió en unos 6 años.

Eran tiempos difíciles para conseguir trabajo y durante un período dio clases en un colegio técnico de Río Colorado. Hasta que el doctor Guillermo Bonorino, uno de sus profesores, lo convocó para incorporarse a la UNS.

Y acá me quedé.

Lo que vino después fue una carrera académica de casi 4 décadas: ayudante, asistente, profesor adjunto, asociado y finalmente, titular. Obtuvo becas doctorales y posdoctorales, realizó estadías en Alemania y España, dirigió investigaciones, formó recursos humanos y participó en proyectos que trascendieron las aulas.

René es doctor en Geología, especialista en hidrogeología, investigador, docente y exdecano del Departamento de Geología de la UNS.

—¿A qué se dedica un geólogo y cuál fue tu trabajo específico en estos años?

—Tradicionalmente, cuando se habla de geología, se piensa en 2 grandes áreas: el petróleo y la minería. Desde el comienzo me orienté hacia la hidrogeología, que es la rama que estudia las aguas subterráneas. Es una disciplina que, además de la investigación y la docencia, tiene una aplicación muy concreta porque permite dar respuestas a problemas reales vinculados con el abastecimiento de agua. La geología busca comprender la historia de la Tierra y los procesos que dieron origen a los minerales, los combustibles y los recursos naturales. Pero, más allá del petróleo o la minería, siempre hay algo fundamental detrás de todo: el agua. Y en regiones como el sudoeste bonaerense, donde las lluvias no abundan y los recursos superficiales son limitados, conocer sobre hidrogeología resulta clave.

Durante años colaboró en estudios vinculados al abastecimiento y la gestión del agua en nuestra región.

—Lo lindo de lo que hacemos es que vamos conociendo cada vez más el sistema y dando respuestas cuando nos llaman.

Habla con el entusiasmo de alguien que conserva la curiosidad intacta. La geología es más que una profesión: es su forma de mirar el mundo.

Una roca puede estar contándole una historia a alguien que sepa leerla —nos dice.

En Bahía Blanca, gran parte de su trabajo estuvo vinculado al estudio de las aguas subterráneas. Y fue profundizando el conocimiento sobre los distintos acuíferos de la zona: desde los niveles más superficiales, que suelen presentar problemas de salinidad o contaminación, hasta los sistemas profundos que nos abastecieron históricamente.

Así pudo identificar alternativas para complementar el suministro de agua potable y colaborar con distintos municipios en la gestión de sus recursos hídricos.

—Actualmente, ¿cómo es la calidad del agua que tomamos? Mucha gente consume de los surgentes: ¿es recomendable?

—Sí. Cuando se trata de pozos surgentes habilitados y correctamente localizados, el agua tiene calidad certificada y puede consumirse sin problemas. De todos modos, tampoco hay razones para desconfiar del agua de red. Yo tomo agua de la canilla todos los días y no voy a buscar a los surgentes. La calidad del agua que se inyecta a la red está garantizada. Los inconvenientes suelen aparecer más por cuestiones domésticas, como la falta de limpieza de tanques o cisternas, que por el agua en sí misma.

—¿Y qué pasa con las algas o los problemas de olor y sabor que a veces surgen?

—Eso está relacionado con el agua superficial y los procesos de tratamiento, no con el agua subterránea. En determinadas circunstancias puede alterarse el gusto o aparecer algún olor particular, pero son situaciones puntuales. En condiciones normales, el agua es apta para el consumo humano.

—También suele hablarse del arsénico en el agua subterránea. ¿Es un problema acá?

—En algunas zonas del sudoeste bonaerense existen concentraciones de arsénico por encima de los valores recomendados por las normas. Sin embargo, estudios más recientes mostraron que hay distintos tipos de arsénico y que, en gran medida, el que se encuentra en nuestros acuíferos es el menos perjudicial. Además, hay localidades que cuentan con plantas de tratamiento específicas para reducir esos niveles. Lo importante es que la gente que consume agua dulce de perforaciones habilitadas puede hacerlo con tranquilidad.

René siempre quiso saber más sobre este mundo, su origen, su evolución, sus paisajes y la vida en sí. Le fascina el ambiente natural en el que vivimos, donde coexisten desde las rocas más antiguas hasta los sedimentos más modernos.

—¿Qué tiene de particular el suelo bahiense?

—Bahía Blanca tiene la particularidad de asentarse sobre un acuífero hidrotermal profundo que contiene agua apta para el consumo humano. Se encuentra a unos 600 o 700 metros de profundidad. En cambio, toda la columna sedimentaria que se extiende desde allí hasta la superficie contiene aguas naturalmente salinizadas, que pueden ser aptas para distintos usos, pero no para beber. El sistema hidrotermal profundo de Bahía Blanca constituye un caso singular dentro de la llanura pampeana. Su carácter termal está directamente relacionado con un adelgazamiento de la corteza terrestre, que favorece el ascenso del calor interno de la Tierra.

—¿Qué opinión te merece la leyenda que describe a Bahía Blanca como “la tierra del diablo”?

—Pienso que ello deriva de las dificultades climáticas y de la escasez de agua en esta zona y en el sudoeste de la provincia en general. En términos de que es un territorio “duro”, coincido.

—¿La inundación del 7 de marzo de 2025 cambió en algo nuestro suelo?

—Fue un evento que, en teoría, estaba estudiado y era predecible. Ocurrió. Y una de las características del agua superficial es que, en crecidas de este tipo, tiene mucha fuerza: es muy violenta, pero también pasa en poco tiempo. Después de la inundación, en muchos lugares se observó una suba en los niveles de agua del acuífero superior, porque parte del agua de superficie ingresó y recargó el sistema. Así funciona la naturaleza. También quedó muy claro que, cuando se producen estos eventos, los cursos de agua buscan su recorrido natural. Recuerdo haber ido al arroyo Napostá al día siguiente y ver justamente eso: el arroyo intentando seguir su cauce.

  • 📌 En nuestro ciclo #IdentidadBahiense, parte de nuestro Plan Bicentenario, te contamos más sobre el arroyo Napostá, que recorre unos 110 sinuosos kilómetros y acá tiene su barrio, su avenida, incluso su club.

—¿Qué te sigue despertando pasión de la geología después de tantos años?

—Es fascinante en sí misma, pero además tiene un campo de aplicación cada vez más amplio. Cuando uno observa lo que ocurre con el litio en el norte, con los yacimientos de oro y plata, con Vaca Muerta, con el gas, el petróleo o el agua, entiende que Argentina tiene recursos naturales extraordinarios. Tenemos todo para ser una potencia. Yo sigo creyendo en eso. No bajo la guardia. Más allá de los factores políticos, económicos o sociales, estoy convencido de que el potencial está. Muchas veces nos hemos puesto obstáculos nosotros mismos, y quizás también hubo intereses externos que influyeron, pero creo que esa etapa tiene que quedar atrás.

René se percibe como una persona reflexiva, observadora y paciente. Quizás por eso, la gestión universitaria apareció en su vida de manera natural.

Durante 7 años dirigió el Departamento de Geología de la UNS, una experiencia intensa que le permitió conocer otra dimensión de la universidad:

—No todos piensan igual, y eso es lógico. Se trata de hablar, negociar y llegar a entendimientos.

No fue una tarea sencilla, pero nunca sintió que podía correrse.

—Siempre lo vi así: si no aporto yo, seguro va a venir otro a aportar.

Geología tiene hoy alrededor de 100 estudiantes. La matrícula viene mostrando una tendencia a la baja: años atrás, solían ingresar unos 80 alumnos y ahora apenas se supera los 40. Y acompaña otro fenómeno preocupante: la deserción en los primeros años de cursada.

Muchos llegan sin conocer cómo funciona realmente el sistema universitario. Les sorprende encontrarse con un esquema donde la asistencia es una decisión personal y donde el resultado depende, fundamentalmente, de lo que puedan demostrar en las evaluaciones.

—¿A qué atribuís la caída en las inscripciones y las dificultades para sostenerse?

—Tiene mucho que ver con la preparación previa. Los estudiantes llegan con menos herramientas de las que la universidad exige, y eso hace más difícil la adaptación. Además, cada vez cuesta más captar su atención, motivarlos y contenerlos. Muchos dudan rápidamente sobre si continuar o abandonar. No creo que la carrera sea más difícil de entender que antes, pero sí veo que vienen de un sistema educativo donde, en algunos aspectos, las exigencias son distintas. Y eso se nota cuando ingresan a la universidad.

—¿Creés que existe algún mito o una idea equivocada sobre la geología?

—Sí, y es muy interesante porque la mayoría de las personas escucha la palabra y enseguida pregunta: “¿Qué hace un geólogo?”. Tradicionalmente se nos ve como personas que sabemos mucho, que contamos cosas interesantes sobre la Tierra, casi como filósofos, pero sin relacionar ese conocimiento con algo práctico. Y la realidad es que la geología está en todas partes. El papel, las paredes, los cerámicos, la tecnología que usamos todos los días, incluso la punta de un lápiz, tienen detrás algún componente geológico. Además, creo que es una profesión difícil de reemplazar por completo. La inteligencia artificial puede ayudar muchísimo, pero en geología siempre hace falta la interpretación humana. La naturaleza no es exacta y muchas veces requiere observación, criterio y capacidad de análisis. Esa mirada del geólogo sigue siendo fundamental.

—¿Qué es lo más lindo de tu actividad?

Siempre el aula. Pero la universidad no sólo es dar clases. También está la investigación, que obliga a mantenerse actualizado permanentemente y a incorporar nuevas herramientas. Hoy los estudiantes trabajan con IA y programas que resuelven en minutos tareas que antes llevaban mucho tiempo. También disfruto la formación de recursos humanos, ver cómo uno puede acompañar a los más jóvenes hasta que incluso terminan superándonos. Y otro aspecto que me gustó mucho fue la gestión: fui secretario académico, presidente de la Asamblea Universitaria y decano entre 2019 y 2026. Son responsabilidades que no se compran ni se heredan: se construyen con trabajo, compromiso y respeto.

Lo más difícil aparece justamente en esos espacios de gestión. Tomar decisiones implica dialogar, negociar y construir consensos con personas que muchas veces tienen miradas diferentes:

—Siempre creí que una de las claves es escuchar y aceptar que uno también puede estar equivocado. Dar clases tampoco es sencillo, porque cada generación plantea desafíos distintos y exige nuevas formas de comunicación.

—¿Y cómo impactan los problemas de financiamiento que atraviesan las universidades?

—Es una situación compleja, especialmente en los últimos años. Geología es una carrera costosa, porque gran parte de la formación ocurre en el campo y eso implica transporte, combustible, alojamiento y equipamiento. Hoy muchas actividades se sostienen gracias a distintas iniciativas del Centro de Estudiantes para reunir fondos.

La universidad ocupa un lugar central en la historia de René:

—Me dio todo lo que me podía ofrecer.

No es una frase menor para alguien que fue el primer universitario de su familia. Su madre, Sara, era ama de casa. Su padre, Arnaldo, se dedicó a la actividad agraria:

Era un artista con sus manos dice René.

Lo recuerda dibujando, pintando, trabajando el lienzo. Sin estudios específicos, pero con una habilidad que lo sigue asombrando.

Y yo con estas manitas lo único que hice fue escribir…

Su hermano Hugo falleció hace algunos años. René, que está soltero, reforzó en sus sobrinos Walter, Carolina, Evangelina y Germán una parte fundamental de su vida.

Soy medio un papá de reemplazo sonríe.

Habla de ellos con orgullo. Y también de Tania (hija de Walter y su pareja Fernanda), que estudia Geología en la UNS y es presidenta del Centro de Estudiantes.

No sabe exactamente cuánto influyó él en esa decisión. Pero presume:

A Tania le gusta la naturaleza, le gustan las plantas, los pájaros… y ahora también la geología.

—¿Bahía Blanca es un buen lugar para desarrollar tu profesión?

—Sí. Es un lugar estratégico para estudiar Geología; la carrera tiene un gran potencial para atraer estudiantes de toda la región. Si bien la provincia de Buenos Aires no cuenta con grandes yacimientos de petróleo o minerales visibles, ofrece sitios de enorme valor para la investigación. Un ejemplo son las Sierras de la Ventana, reconocidas a nivel mundial por sus estructuras geológicas.

—¿Existen riesgos importantes en nuestra zona?

En comparación con otras regiones del país, el sudoeste bonaerense presenta pocos riesgos geológicos. Es una zona caracterizada por la ausencia de actividad sísmica y volcánica significativa. El principal riesgo está asociado a la erosión costera, especialmente en localidades como Pehuen Co y Monte Hermoso, donde el avance y retroceso natural del mar modifica la línea de costa.

—¿Qué se puede hacer para cuidar el suelo y el ambiente?

En el caso de la erosión costera, es importante evitar construir sobre la línea de costa, ya que el mar modifica naturalmente su posición con el paso del tiempo y termina recuperando esos espacios. Más allá de los procesos naturales, el cuidado del ambiente depende de nuestras acciones cotidianas. No arrojar residuos en la vía pública, en playas o bosques, y asumir una actitud responsable con el entorno son medidas fundamentales.

—¿Se pueden prevenir los riesgos geológicos?

Los fenómenos como terremotos o erupciones volcánicas forman parte de la dinámica natural de la Tierra y no pueden evitarse. Lo que sí puede hacerse es reducir sus consecuencias mediante medidas preventivas, como normas de construcción adecuadas y planificación territorial.

—Cuando eras chico, ¿te imaginabas siendo lo que sos?

—No. Y sin embargo, hace pocos días recordé algo que me pasó cuando tenía 16 o 17 años: iba caminando hacia un circo en el Parque de Mayo y, al pasar frente a la UNS, la imagen del edificio me impactó muchísimo. Es curioso, porque recuerdo más esa imagen que el circo… No sé si fue algo inconsciente, pero evidentemente la universidad me marcó mucho antes de que yo lo supiera.

—Y terminó siendo gran parte de tu vida…

—Sí, 37 años… Me ofreció oportunidades, formación, trabajo, investigación, docencia y gestión. Por eso me siento profundamente agradecido y feliz con el camino recorrido.

Al preguntarle qué consejo le daría a alguien que piensa estudiar su carrera, vuelve a aparecer la misma idea que parece haber guiado toda su vida:

Que descubra si realmente le gusta. Y que lo haga con compromiso.

René está muy cerca de dejar atrás la actividad universitaria cotidiana.

Estoy en una transición, en un proceso de retiro, por así decirlo, porque no me gusta el término jubilación. Estoy empezando a vivir una nueva etapa.

—¿Es difícil pensar en dejar este lugar?

—Desvincularse no es sencillo. Todavía sigo conectado: tengo tesistas, becarios, participo de charlas y actividades. Pero ahora es desde otro lugar. Ya no está la gestión de por medio, que ocupó gran parte de mis últimos años, y eso hace que todo sea más liviano.

—¿Cómo imaginás la etapa que viene?

—Con mucha expectativa. Ahora me toca aprender a vivir fuera de la universidad. Es como una ovejita que vivió toda su vida en un corral y de pronto le abren la tranquera y le dicen: “Andá al campo”. Se abre una página en blanco, un campo enorme de posibilidades. Y estoy convencido de que la mejor etapa de mi vida todavía está por delante.

Por primera vez en mucho tiempo, no tiene un plan definido. Y no parece preocupado.

—El mayor aprendizaje no fue científico. Fue humano. Mi cabeza de hace 10 años no es la misma que la de ahora, ni la de hace 5, ni la del año pasado. Siempre tuve una actitud de compromiso y de respeto hacia los demás, pero todo eso también se aprende. Mi tránsito por la universidad me moldeó de una forma que hoy ya tengo incorporada. La parte humana es la que más se desarrolló. Y prueba de ello es que mucho de lo que he logrado va por ahí. Gran parte de mis logros se deben a lo que soy.

—¿Qué es el éxito?

—Estar medianamente conforme y en paz con lo que uno ha hecho. No en términos económicos, aunque para algunos eso sea importante. Podría decir que es ser feliz con lo que uno hace o, si no, hacerlo de la mejor manera posible. Con respeto y compromiso. Eso de estar en paz es fundamental.

¿Qué le dirías hoy a aquel René chico que ya amaba la naturaleza?

—Que siga explorándola. Que todo está relacionado. Un arroyo tiene mucho que ver con el agua que circula bajo tierra, aunque no la veamos. La lluvia es fundamental para el agua subterránea, pero también para los suelos y para la vegetación. Todo forma parte de un mismo sistema. Creo que la geología es una de las ciencias que mejor enseña a entender esas conexiones, a ver cómo cada componente natural se vincula con los demás.


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