Producción y texto: Belén Uriarte | Editora de 8000
Fotos: Fran Appignanesi
Videos y edición audiovisual: Eugenio V.
—Cuando hacemos muchos tratamientos y los bebés responden, evolucionan bien y finalmente se van a su casa, te das cuenta de que tiene sentido nuestro trabajo. Es cambiar, con un trabajo muy finito y muy minucioso, la evolución natural de un bebé que nace muy chiquitito, y que antes se moría.
Así describe lo más gratificante de su labor el médico Ezequiel Trombetta, de 49 años: es el jefe de Neonatología del Hospital Penna, un servicio único en el sistema público de salud regional.
Ezequiel recuerda que en la secundaria tuvo Educación para la Salud, donde estudiaban distintas enfermedades, y entonces empezó a inclinarse.
El entorno también influyó. Su madrina Mónica Strada y su marido, Roque Marta, son médicos, hoy jubilados. Y Oscar Chernis, hermano de su padrino Darío (ingeniero civil), es bioquímico.
—En la familia se hablaba de todo eso y vos vas viendo patrones, como que tenías que estudiar en la universidad y esas cosas. Te van bajando fichas desde chico —dice—. Eso me inspiró. Y también el médico generalista Atilio Perbost, que cuando yo era chico atendía desde bebés hasta ancianos. En él encontré un poco ese médico que yo estaba buscando.
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👨👩👦👦 Su núcleo familiar está compuesto por su padre Jorge, dedicado a la apicultura (un emprendimiento del que participó toda la familia); su madre Nélida Aimar, ama de casa, y su hermano Aldo, 21 meses mayor.
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🧓👵 En sus comienzos también lo acompañaron su abuelo paterno Teodoro (apodado “Lolo”), quien falleció cuando Ezequiel tenía 9 años, y su abuela María, con quien convivieron hasta que cumplió 17.
Ezequiel estudió en La Plata, se recibió en 2003 y al año siguiente comenzó la residencia de pediatría acá en el Municipal, rotando por el servicio de Neonatología, un área que despertó su interés y lo llevó a continuar su formación en el Penna: desde el equipo de traslado neonatal hasta la jefatura.
—¿Por qué elegiste trabajar con chicos y bebés, teniendo en cuenta que muchas veces se trata de situaciones críticas?
—Sí, la realidad es que es difícil. Cuando uno decide, primero es muy joven, y segundo, como siempre digo, en la carrera vas cursando las materias y vas viendo con qué te identificás y qué querés ser. Más allá de trabajar con chicos o con neonatos, lo que me definió fue encontrar en el pediatra el médico que yo quería ser. Lo que hace el pediatra, la vinculación con la familia, la mirada más integral del paciente, el trato… Si comparás, suelen ser más cálidos, más humanos, más sensibles.
Trabajar en neonatología, asegura, tiene 2 caras: lo complicado y lo gratificante.
Lo complicado ocurre cuando no se puede dar respuesta a ciertas patologías:
—Trabajamos con muchos prematuros muy chiquititos, de 500, 600, menos de 1.000 gramos, y cuando uno se enfrenta, lamentablemente, a la muerte de esos bebés, es lo más difícil.
Lo más gratificante llega cuando los tratamientos funcionan y se inicia el camino favorable hasta el alta médica.
Por las manos de Ezequiel pasaron cientos de chiquitos, pero mantiene latente el recuerdo del primero que atendió en Neonatología, hace más de 20 años: se llama Franco y nació prematuro, con 700 gramos.
—Yo me estaba formando, haciendo la residencia, y fue muy impactante. Pero bueno, todos los bebés te dejan una marca porque son desafíos tanto para el médico como para todo el equipo de salud. Acá somos un equipo: secretaría, enfermería, limpieza y, básicamente, todos los servicios del hospital (traumatología, neumonología, nefrología, endocrinología, cardiología, psicología, fonoaudiología, nutrición), es decir, todos trabajando para lograr un objetivo. Somos un servicio muy complejo, pero con una impronta muy familiar. Si bien es grande, porque somos unas 100 personas, nos cuidamos y somos una familia de alguna manera.
—¿Te ha pasado de encontrarte de grande con algún bebé que atendiste?
—Permanentemente. Y eso es lindo porque muchas de las internaciones de estos bebés tan chiquitos son prolongadas: 3 meses, incluso hemos tenido internados hasta 1 año… Entonces, esos papás quedan con una huella en el alma, en el corazón, y el paso por neo nunca se olvida. Los bebés crecen y ya no los conocemos más, pero sí a los papás. Entonces, cuando nos reencontramos, siempre es una emoción tanto para ellos como para nosotros.
Ezequiel también trabaja en el ámbito privado, en Neonatología de la Clínica Matera, que cuenta con 17 unidades (aproximadamente la mitad de terapia y el resto de cuidados mínimos). Se trata de los espacios necesarios para asistir a los bebés: no sólo la incubadora, sino también bombas, monitores, respiradores y los profesionales, que son prácticamente los mismos del Penna.
—Hoy en día todo el equipo de salud, tanto médicos como enfermeras, tenemos pluriempleo —dice.
Hubo un episodio que marcó especialmente su carrera: la inundación del 7 de marzo de 2025.
—Tuvimos que rearmar el servicio en el Penna. Se perdió todo. Esto era barro y dijimos: “No volvemos nunca más”. Y haber vuelto en 3 meses, con el acompañamiento de todo el Ministerio de Salud de la Provincia y de la gente, fue claramente el desafío más grande.
—¿Qué recordás de aquella mañana?
—No estaba; solemos venir alrededor de las 8 y todo pasó antes, por lo que no fui parte de la evacuación inmediata. Me avisó una médica: que estaban inundados y que ya habían evacuado a los chicos, porque el agua había llegado hasta acá —señala por encima de su escritorio—. A los que necesitaban oxígeno o sueros, los más chiquititos, los llevaron a Pediatría. Y los más grandes, que estaban próximos al alta, se fueron arriba, con sus mamás.
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💧 En nuestro ciclo #Bahiensidades reflejamos a las heroínas y los héroes de esta tragedia que nos aguó tanto, entre ellos las enfermeras y médicas de Neonatología del Penna, recientemente reconocidas por la Cámara de Diputados de la Nación.
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✍️ A 1 año de la catástrofe, la escritora bahiense Sonia Budassi compartió en #LaBahíaDeSonia el texto Zombis, fantasmas, sobrevivientes y héroes.
Recuerda Ezequiel:
—Al otro día de la inundación organizamos el alta de muchos chicos. Y a los que necesitaban más internación, los derivamos a Osecac y al Italiano. Fueron 3 meses de trabajo con ambos centros. Estuvimos conviviendo en el mismo lugar el sector público y el privado, y estamos muy agradecidos. Siempre es un buen momento para decirlo, porque nos abrieron las puertas a cambio de nada.
En la recuperación de los recursos tecnológicos fue fundamental la Fundación Nacer, que trabaja por la calidad de vida de los prematuros.
—Las donaciones de la gente se canalizaron a través de la fundación y de la cooperadora, y también llegó mucho equipamiento de la Provincia. En cuanto a la infraestructura, el ministerio se hizo cargo de las obras y el servicio quedó incluso mejor que antes de la inundación. Si bien en el corto plazo fue un caos, a largo plazo permitió resolver problemas que arrastrábamos desde hacía tiempo.
Antes de la inundación, Neonatología del Penna contaba con 22 lugares (11 de terapia y 11 de cuidados mínimos y especiales). Hoy son 17, y se mantienen los 11 de terapia.
—En cuidados mínimos y especiales tenemos 5 unidades menos, principalmente porque contamos con menos personal de enfermería.
Esta baja se venía notando, pero se profundizó después de la tragedia:
—El recurso humano es muy variable: todos los días hay carpetas por enfermedad, embarazo u otras situaciones. Muchas estuvieron con licencia tras lo ocurrido; algunas volvieron a trabajar con normalidad, otras pidieron cambio de servicio y algunas se perdieron.
—¿Qué tan importante es su tarea?
—Es vital. Trabajamos en equipo y tenemos distintas funciones, pero la enfermería está permanentemente junto al bebé, controlando lo que le está pasando. Hay casos en los que, por su complejidad, un bebé necesita una enfermera dedicada exclusivamente todo el día. Se encargan del aseo, de las vías, del respirador, de las bombas… Nosotros hacemos las indicaciones, revisamos y controlamos; en cierto modo pensamos el tratamiento del bebé, pero quienes ejecutan todo eso son las enfermeras.
En un pasillo se agolpan incubadoras que quedaron en desuso, mientras muchas de las nuevas y varios respiradores se encuentran en la habitación contigua a la sala donde pasan sus días los prematuros.
Vidriada, con la puerta abierta y un sector de higiene en diagonal, ese espacio nunca descansa: las enfermeras permanecen siempre atentas al control y al acompañamiento de mamás y papás que se acercan para el tan importante e irremplazable contacto con sus hijos.
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👶 La incubadora da calor y, al principio, también proporciona humedad, ya que el paciente no puede regular su temperatura: crea un microclima similar al del útero.
Ezequiel explica que no es fácil manipular a los bebés cuando son tan chiquitos. Hay que poner las manos firmes y, con el tiempo, se va mejorando la motricidad fina.
—¿Hay alguna forma de prevenir un parto prematuro?
—Hay situaciones que pueden mejorar y alargar la edad gestacional, es decir, que el nacimiento se acerque más al término. Los cuidados habituales del embarazo y los controles ayudan claramente a prevenir el parto pretérmino. Pero hay circunstancias que no tienen que ver con el cuidado, sino que son biológicas y hacen que sí o sí haya que finalizar antes el embarazo, porque el riesgo de que el bebé esté en la panza es mayor que estando afuera.
—¿Qué rol cumple el contacto piel a piel y el acompañamiento familiar?
—Antes las neo eran cerradas, como las terapias: se entraba a las 11 de la mañana, a las 8 de la noche se daba el informe, media hora y afuera. Pero el neonato es muy distinto y los índices de calidad de atención mejoraron con el ingreso de los papás. Desde hace unos 20 años pueden entrar de manera irrestricta. Están todo el día con su bebé: nosotros por ahí estamos reanimando a uno y al lado están los papás teniendo a upa al suyo. Una vez que el bebé está relativamente estable, se hace contacto piel a piel, y eso ha ayudado muchísimo: menos días de requerimiento de oxígeno o respirador, menos infecciones… todo es positivo. El vínculo que genera el contacto piel a piel es mágico.
—¿Mientras están intubados existe ese contacto?
—A veces sí. Si el bebé está intubado pero estable, se lo damos a la mamá. Las internaciones con respirador muchas veces son largas, y cuando lo tiene en brazos se tranquiliza, mejora, cambia… Es un trabajo demandante, porque hay que estar al lado acompañando. Están todos asustados, pero enseguida el bebé se relaja. Muchas veces es el primer contacto de esa mamá con su hijo: por ahí hace 20 días que nació, estuvo muy grave y todavía no lo había podido tener en brazos. Y siempre queda la fotito de ese momento.
Los prematuros suelen presentar problemas pulmonares, cardíacos, en el sistema nervioso central, en el intestino o en la piel:
—Todo el cuerpito está inmaduro. Bajan mucho de peso, pasan mil cosas durante toda la estadía en la neo…
—¿Se prioriza la leche materna?
—Sí. Acá hay un lugar que se llama lactario, donde las mamás se extraen leche. Se puede usar fresca, ni bien se la sacan si la necesitan o, si tienen mucha y van usando poco, se friza. Después se va descongelando y utilizando a su debido tiempo. Se le pasa por una sondita un centímetro de leche, muy de a poquito, y se va aumentando hasta que el bebé se alimente sólo con leche y no necesite ningún suero. En el suero se le administra una alimentación especial que llega todos los días desde Buenos Aires.
—¿Cuál es el peso que buscan para dar el alta?
—Primero tiene que succionar bien, ser independiente en cuanto a su alimentación y no necesitar incubadora. Y en cuanto al peso, por encima de 2,200 kilos y con 37 semanas de edad gestacional. Esas son las condiciones mínimas para pensar en el alta.
Las mamás pueden estar con sus bebés las 24 horas y los papás hasta las 21, por cuestiones de seguridad. Los lunes y martes también está permitido el ingreso de abuelos y hermanitos.
—Hay momentos en los que les decimos a los papás que vayan a descansar, porque están en un estado de alerta permanente y casi no paran. Y necesitan hacerlo, porque las internaciones acá suelen ser largas. Entonces les decimos: “Andá a descansar, desconectate un rato; cualquier cosa te llamamos”.
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🤱 Cuando el bebé ya está cerca del alta, las mamás van a una residencia especial dentro del hospital: es un espacio pensado para que puedan convivir con su hijo, aprender a cuidarlo y fortalecer el vínculo antes de volver a casa.
Ezequiel advierte cambios en las problemáticas que llegan: hay más situaciones atravesadas por la violencia familiar, los abusos y el consumo de sustancias.
—Paco, marihuana, cocaína, de todo tipo. Antes lo que más se veía era tabaquismo: si bien repercute mucho en el recién nacido, hoy tiene menos peso frente a otras drogas que afectan muchísimo.
Y lo padece el desarrollo del bebé durante la gestación.
—Muchas veces está relacionado con malas condiciones de cuidado del embarazo. También vemos que los bebés nacen más chiquititos por el consumo. No crecen bien dentro de la panza y nacen con un peso menor.
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😔 Sustancias como la cocaína pueden provocar síndrome de abstinencia en el bebé y aumentar el riesgo de malformaciones. Además, hay consecuencias que no se detectan al nacer: se evidencian con el paso del tiempo.
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🤝 El servicio de Neonatología del Penna cuenta con 2 psicólogas (Carolina Lascano y Marcela Brindo) y una trabajadora social (Emilia Martini), cuyo rol se vuelve clave en el acompañamiento.
Más allá de las cuestiones médicas, al equipo también le preocupa el contexto social:
—Muchas veces los padres que consumen están en situaciones de mucha vulnerabilidad: violencia entre ellos, violencia hacia los bebés y sin una red de contención. Entonces, se vuelve muy difícil decidir con quién se va ese recién nacido cuando recibe el alta.
En esos casos, la internación se prolonga. Cuando no aparece un referente familiar que pueda hacerse responsable, interviene la Justicia y se dictan medidas de abrigo compulsivas.
Otro aspecto que preocupa, advierte Ezequiel, es el aumento de infecciones de transmisión sexual que afectan al recién nacido. Algunas enfermedades que estaban prácticamente erradicadas volvieron a aparecer: entre ellas, la sífilis congénita.
—Básicamente, tiene que ver con la falta de uso de métodos de protección, como el preservativo, y con la falta de concientización sobre el cuidado en las relaciones sexuales.
El problema no es la falta de información, sino que muchas veces ese conocimiento no se traduce en prácticas concretas:
—Incluso existe la Educación Sexual Integral (ESI) en las escuelas. En los papeles está muy bien, pero en la práctica vemos que el aumento de estas enfermedades tiene mucho que ver con una cuestión cultural: nos estamos cuidando poco.
La caída de la natalidad también forma parte del diagnóstico. Según Ezequiel, en los últimos 10 años pasaron de unos 3.000 partos anuales a alrededor de 1.800, lo que relaciona principalmente con la crisis económica y con un cambio cultural.
—Después de la pandemia también hubo un impacto en la natalidad, se vio muy reflejado. Y, lamentablemente, por la legalización del aborto; digo “lamentablemente” porque estoy un poco en desacuerdo… Hay muchos abortos. Algunos pasan por el hospital, eso lo maneja obstetricia, y muchos se realizan en las unidades sanitarias porque son embarazos de poca gestación.
Lógicamente, los avances tecnológicos y científicos mejoraron los índices de sobrevida en neonatología, aunque no se pueden determinar porcentajes exactos porque depende de muchos factores:
—Primero, de cómo viene controlado ese embarazo, porque a veces hubo pocos controles o, por ejemplo, la madre no se enteró del embarazo. También hay madres con distintas patologías y eso influye mucho en cómo nace el bebé. Entonces, decir un número hoy es muy arriesgado. Como les decimos a los papás: cada vez es mayor y mejor la sobrevida. Es mayor porque viven más bebés y es mejor porque se van con menos enfermedad. Lo que siempre buscamos es darles un bebé sanito. La mayoría de las veces pasa, pero otras se van con patologías relacionadas con secuelas de la prematuridad, que muchas veces son inevitables.
En cuanto a la profesión, se modificó el trabajo durante la residencia: cuando Ezequiel se formó, realizaban entre 8 y 10 guardias mensuales de 24 horas; el sistema implementado hace unos 5 años establece un máximo de 8 guardias de 12 horas. Piensa que es un cambio positivo, porque ahora se descansa más:
—Porque si no, llega un momento en que ya no sos dueño de una buena calidad de atención.
—¿Alguna vez te replanteaste dejar la profesión?
—Muchas. Trabajamos mucho, estamos muy cansados. A veces salen las cosas como queremos y uno está feliz. Otras veces salen mal y decís: “¿Qué estoy haciendo acá?”. Pero vamos para adelante.
—¿Qué te hace seguir?
—Cuando ves que los chicos se van bien y están bien, cuando todo lo que vos pensaste lo pudiste realizar. Son más las cosas que nos hacen seguir que las que, en general, nos hacen pensar que no queremos estar.
Ezequiel fue papá por primera vez a los 26 años, en La Plata: el título se lo dio Bautista, que hoy tiene 22, es creador de contenidos y recorre el mundo.
—La paternidad me cambió totalmente —reconoce—. Cada vez que pinchás a un bebé, cada vez que estás asistiendo, cada vez que llora, lo llevás a tu hijo siempre. El sufrimiento de los otros nenes lo comparás con el de tu hijo; es inevitable.
Hoy su familia también está compuesta por su pareja Lorena Álvarez, que es contadora pública y con quien tiene 3 hijos: Benjamín (17), Julián (14) y Emilia (11).
Todos nacieron por cesárea, en buen estado de salud. Y Ezequiel estuvo ahí:
—Fue una experiencia linda, pero es imposible no pensar en los riesgos…
Nacido en Smith, un pueblito de unos 500 habitantes en el partido bonaerense de Carlos Casares, Ezequiel también se siente bahiense: lleva la mitad de su vida acá y 3 de sus 4 hijos nacieron en la ciudad.
—Me gusta Bahía. La verdad es que es una ciudad grande, con muchas oportunidades de trabajo. Me han tratado siempre rebién. El bahiense es particular, como en todos los lugares de zonas frías, y por ahí cuesta entrar; pero también tiene algo de la tranquilidad de los lugares más chicos. Yo estoy muy feliz.
Su rutina, dice, es complicada: lunes, martes y miércoles trabaja en la Clínica Matera de 20 a 8 y, cuando sale, arranca su jornada en el Penna hasta aproximadamente las 14. Después vuelve a su casa a descansar y a realizar las tareas del hogar y el cuidado de sus hijos. A las 20 regresa a la clínica para una nueva guardia. Los jueves baja un poco la intensidad y los viernes va al Penna por la mañana.
Para desconectar también suma a su rutina el deporte: además de correr, juega al pádel.
—El ejercicio físico es un pilar: nos permite desconectarnos, tener un hobby, hacer algo fuera de nuestras cosas; si no, hablamos de medicina nada más. Estoy convencido de que hacer actividad física me cambió mucho.
Uno de sus miedos es no estar a la altura de las circunstancias, porque de su labor depende que un bebé viva o no:
—Lamentablemente, te puede pasar: no poder intubar a un bebé, no poder hacer los procedimientos que necesite en ese momento… A veces estás solo y decís: “No puedo hacer este procedimiento, pero si no lo hago o no sale correctamente, el bebé se puede morir”. Son miedos que tenemos todos los que hacemos intensivismo.
—¿Cómo se maneja la frustración de no poder?
—No me han pasado situaciones en las que se haya muerto un bebé por no poder hacer algo. Pero sí hemos tenido frustraciones, porque lo que hacemos no funciona y la evolución de los bebés es mala. Esas frustraciones se trabajan en equipo: las decisiones no son tan individuales, muchas son colectivas. Entonces, si bien existen, al ser compartidas se llevan de otra manera.
—¿Qué creés que no le puede faltar a una persona para ser un buen neonatólogo o neonatóloga?
—Qué buena pregunta. Ser buen médico me parece que pasa por 2 cosas: hay que ser estudioso, responsable, pero me parece que la diferencia la hace la calidad humana, el ponerse en el lugar del otro, el ser empático, el escuchar. Porque por más que seas buen médico en lo que hacés con el paciente en sí, también hay que estar, acompañar… Trabajamos con el bebé, pero también tenemos que acompañar y trabajar con los papás. Es decir, ser buena persona termina definiendo lo demás.
—¿Cuál es el mayor aprendizaje que has obtenido?
—Todos los días estamos aprendiendo, literal. La realidad que manejabas y creías que tenías clara, al otro día aprendés que no era por ahí y que cada familia va necesitando distintas cosas. Y aprendemos de todos: de la enfermera, de la gente de limpieza, de la gente administrativa… Uno tiene que estar permeable, con la cabeza abierta para escuchar. Yo creo que ese es el principal desafío que tenemos, porque a veces creemos que “tengo 50, tengo 60, ya viví todo”. Y acá todos los días estamos con nuevos desafíos y aprendiendo cosas. Tenemos que estar abiertos a lo que viene.
Para Ezequiel, el éxito es acostarse, apoyar la cabeza en la almohada y sentir tranquilidad porque hizo lo mejor que podía y dio todo lo que tenía.
Y lo empujan cientos de buenos recuerdos, especialmente de gratitud:
—Los papás, cuando se van, nos aman, nos quieren mucho en general, porque son internaciones muy largas y realmente se van muy agradecidos.
En unos años se imagina jubilado, jugando al pádel y corriendo. Sin ningún tipo de responsabilidades.
—Es mucho el día a día, es heavy, y uno piensa: “¿Cuándo voy a tener menos presión?”. Pero son decisiones, y está bueno.
—¿Qué le dirías hoy al Ezequiel de la secundaria que pensaba en medicina?
—Uf… que no tenía idea de lo que era ser médico, pero que eligió bien; que siguió sus deseos, lo que él pensaba. Y que jamás se hubiera imaginado que podía ser pediatra, y menos neonatólogo. Pero que le meta, que vaya por su sueño.
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💟 Paula Bobbiesi, directora de un hogar para chicos: techo para grandes dolores
Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec








