👩‍👧‍👦💟 Paula Bobbiesi, directora de un hogar para chicos: techo para grandes dolores

Publicado el 22/02/2026.

Producción y texto: Belén Uriarte | Editora de 8000

Fotos: Fran Appignanesi

Videos y edición audiovisual: Eugenio V.


Las risas frescas llegan desde el fondo y rebotan contra las paredes llenas de dibujos que fueron dejando otros chicos que pasaron por acá. Por ejemplo: un árbol oscuro, sus ramas extendidas, el horizonte más claro y acogedor.

Parece una metáfora de lo que sucede bajo este techo: no se borra lo vivido, pero puede doler menos.

Ahí aparece la tarea de Paula Bobbiesi.

Paula tiene 47 años, estudió psicología social y dirige este hogar bahiense: se llama Rincón de Nuestros Sueños, nació en 2009 tras el cierre del Patronato de la Infancia (para alojar a esos chicos y que no quedaran en la calle) y hoy funciona en Villarino 860, en el barrio Pedro Pico. Ahí llegan adolescentes con un denominador común: por distintos motivos, sus familias no logran garantizarles cuidado y acompañamiento.

  • 👉 Esa situación puede estar vinculada a distintas realidades, como consumos problemáticos, violencia, abusos (en algunos casos intrafamiliares), abandono, situación de calle o incluso vínculo con delitos menores (por ejemplo, cuando un chico empieza a robar y la familia no logra poner límites ni sostenerlo).

Paula empezó hace 8 años como cuidadora y lleva 2 al mando. Su oficina no tiene horarios fijos ni silencios largos. El teléfono suena desde las 8 de la mañana, y cada llamada plantea una necesidad distinta: escuelas, familias, servicios locales, trámites…

—Es muy difícil dividir trabajo y casa —le dice a 8000.

Pero elige estar.

De chica no se imaginaba en un lugar como este: quería ser veterinaria y tener un refugio de perros. Pero en la adolescencia empezó a advertir el sufrimiento y los problemas de muchas personas a su alrededor, y llegó a una conclusión: los animales también quedan desprotegidos cuando nadie puede sostener a las personas.

En ese cambio fue clave su paso por el grupo de Acción Católica de la parroquia de Luján, donde los fines de semana participaba de los oratorios en la capilla Cristo Rey: preparaban la leche, jugaban con los chicos y compartían la tarde.

—Ese contacto cuerpo a cuerpo es de lo que más se aprende —recuerda—. Está bueno lo que se hace en los oratorios, pero hoy también me parece que funcionan como parches y no debemos quedarnos en el asistencialismo: hay que generar verdaderas oportunidades para que los chicos enfrenten la vida de la mejor manera.

Con los años se alejó de la Iglesia, pero no de esa inquietud que todavía orienta su trabajo: si hay que empezar por algún lado, es por la niñez.

—Siempre digo que los chicos sin nadie que los ampare son hijos de toda la sociedad. Lo siento así: es responsabilidad de todos los adultos hacer algo por quienes no tienen las mismas posibilidades que otros.

  • 👨‍👩‍👧 Su papá Pedro Jorge Bobbiesi y su mamá Alicia Eva Palacios tuvieron mucho que ver con su interés por lo social: “Ella estudiaba en la universidad para ser asistente social cuando comenzó la dictadura y la carrera fue cerrada. Mi papá era seminarista, hasta que conoció a mi mamá en la iglesia del pueblo”. Fue en Pérez, provincia de Santa Fe.

  • 🤗 Acá Pedro y Alicia dieron catecismo en la parroquia de Luján y ella además trabajó mucho tiempo en el hogar “Mamá Margarita”, de la recordadaNela” Agesta.

La familia llegó cuando Paula tenía 2 años porque trasladaron a su papá, que trabajaba como gerente en el área de computación del Banco Coopesur (hoy Credicoop).

—Bahía me gusta porque, si bien es una ciudad, tiene muchas cosas de pueblo. Eso es lindo: acá la gente tiene otro tiempo. No andamos tan apurados.

Tras recibirse de Operadora en Psicología Social en el Instituto de Psicología Social de Beruti 29, realizó trabajos de campo, se desempeñó como ayudante de cátedra y también dictó clases.

  • 🙋‍♀️ Ahí entendió que todos tenemos algo para aprender y algo para enseñar: estamos en permanente formación, construcción y revisión.

Luego de las aulas desembarcó en el hogar, donde hoy conviven 3 chicos de entre 12 y 18 años, pese a que hay lugar para 6.

—Uno de los motivos por los que actualmente tenemos sólo 3 es que lo que podemos ofrecer no siempre coincide con lo que ellos necesitan. Muchos aprendieron a sobrevivir por sí mismos desde muy temprano: viven en la inmediatez, y nosotros proponemos construir, de a poco, un proyecto de vida. Esa autonomía hace difícil que toleren indicaciones básicas de cuidado por parte de un adulto, por eso suelen permanecer poco tiempo en las instituciones.

Paula recuerda que en los comienzos recibían desde bebés hasta adolescentes, pero sostener realidades tan distintas resultó inviable. Además, la demanda social fue desplazando la edad hacia arriba: en la ciudad había pocos espacios destinados a adolescentes. Y a eso se suma la falta de recursos:

—Estamos atravesando una situación bastante crítica en el área de niñez. Es muy difícil sostener los dispositivos convivenciales: la falta de presupuesto afecta a todos los hogares y a los trabajadores del sector.

  • 🤝 Rincón de Nuestros Sueños se financia mediante un convenio de becas con el área provincial de Niñez, un subsidio municipal para alquiler y salarios, y aportes privados “cada vez más escasos”.

—¿Cuál es el principal cambio que notás en la relación adultos-chicos? ¿Qué es lo más complejo?

—Creo que lo más difícil es que los chicos ya no nos tienen a los adultos como su fuente primordial de información: hoy les llega desde muchos otros lugares. Eso nos deja, en parte, corridos del rol que solíamos ocupar y nos desafía a buscar nuevas maneras de llegarles. Porque, al mismo tiempo, siguen siendo chicos: necesitan que alguien los oriente, los contenga y los ayude a comprender qué les pasa.

Otro cambio: hoy no tienen menores en proceso de adopción, porque la mayoría conserva algún vínculo familiar para pasar fines de semana y además, las búsquedas suelen apuntar a los más pequeños.

Cada ingreso, cuenta Paula, implica un desafío nuevo:

—En los dispositivos convivenciales todo se vive con mucha intensidad. A veces un chico está hace un mes y parece que lo conocés de toda la vida. Es muy enriquecedor porque hay un aprendizaje mutuo y continuo: para establecer un vínculo con otro, uno tiene que correrse de las cosas que lleva fijadas en su interior, de sus propias certezas, y estar disponible para construir algo en común.

—¿Cómo cambió tu tarea desde que sos directora?

—¡Uf, ese traspaso…! Todavía siento que sigo ahí, porque hay chicos de los que fui cuidadora durante muchos años y ahora me miran desde este otro lugar; a veces incluso me hacen reclamos. Antes era más cuerpo a cuerpo: tenía más disponibilidad para salir a pasear con ellos. Hoy estoy con tantos trámites y llamadas que me queda poco tiempo para ese contacto personal. Pero también tiene algo lindo: como ya no estoy todos los días, cuando aparezco me buscan y quieren tener conversaciones privadas para contarme cómo fue su semana.

Ser una ONG define gran parte de su dinámica. Tienen menos recursos económicos que otros hogares, pero más autonomía para organizarse.

No hay cocinera ni personal de limpieza: los cuidadores realizan esas tareas junto a los chicos. No es sólo una cuestión práctica, sino también pedagógica: preparar el desayuno, ordenar, decidir qué comer o cuándo les da herramientas para la autonomía y, al mismo tiempo, sentido de pertenencia.

—Al darles espacio para participar de esas actividades cotidianas, se apropian más del lugar —asegura Paula.

  • 📓 Los chicos asisten a la escuela y a otras actividades según sus intereses: “También es parte de nuestro trabajo incentivarlos para que aprovechen las oportunidades que brinda la comunidad de acuerdo con sus preferencias”.

  • 🚶 La organización cotidiana se adapta al grado de autonomía de cada uno: en algunos casos necesitan acompañamiento, aunque la mayoría se traslada por sus propios medios a sus distintas actividades.

Otra de las cosas más difíciles en el hogar es manejar lo que las historias de los chicos despiertan en uno. Trabajar ahí exige una autoobservación constante: detectar cuándo una intervención no fue la mejor, revisar, aprender e intentar otra vez.

Es una lógica que también se transmite a los adolescentes:

—Cuando ven que estamos dispuestos a aceptar nuestras propias limitaciones, los ayudamos a aceptar las de ellos y a desafiarse a hacerlo mejor la próxima vez desde un lugar más honesto, porque nosotros también estamos en ese aprendizaje. Es algo tan simple como decir: “Nadie nació sabiendo”. A veces se enojan por alguna intervención de un adulto y yo les digo: “Hay que entender que los adultos también son personas”.

Con ese propósito, el hogar funciona con asambleas del equipo y de los chicos. Ahí se discute lo cotidiano: qué molesta, qué se puede mejorar, qué reglas hacen falta para convivir…

Los chicos llegan derivados por el organismo provincial de Niñez y el hogar pasa a ser, de algún modo, su familia. Parte del trabajo, no obstante, consiste en intentar recomponer los vínculos familiares cuando es posible y saludable. A veces ocurre; otras, no. Pero en general algo permanece: varios egresados vuelven años después para tomar unos mates y contar cómo están.

Seguimos siendo un referente en sus vidas —dice Paula, con orgullo.

  • 👉 Debido a que están protegidos por el sistema de Niñez, el hogar no puede brindar datos personales de los chicos ni difundir sus imágenes.

El momento más crítico ocurre cuando llegan a la mayoría de edad: si no lograron revincularse con sus familias, deben irse.

—Es un tema tremendo. Hoy, a los 18, siguen siendo chicos, más aún cuando vienen de trayectorias atravesadas por vulneraciones que retrasaron sus procesos de maduración y crecimiento —advierte Paula—. Tenemos uno que debería haber egresado, pero presenta un retraso madurativo. Ya nos pasó en otros casos, y no está del todo contemplado en la ley. Además, la falta de recursos es muy preocupante.

Aunque existen programas de acompañamiento, ciertas cuestiones no se resuelven:

—Uno de los principales problemas es que no se consiguen lugares de alojamiento. Los puestos de trabajo disponibles son muy pocos y, además, está la dificultad de sostenerlos.

—¿Qué impacto tiene la ausencia del Estado?

—Enorme. Nosotros, por ejemplo, no estamos incluidos en las partidas de alimentos ni de mantenimiento porque somos una ONG. Hace unos años, cuando empecé como cuidadora, llegaban donaciones espontáneas de los vecinos, en cantidad. Hoy hacés una campaña y no llega casi nada.

Para ella hubo 2 cambios centrales: el contexto económico y el avance de una mentalidad individualista que volvió a parte de la sociedad más materialista.

  • 🍞 En el hogar necesitan principalmente alimentos secos y frescos, ropa y zapatillas para varones: remeras de talle L a XXL, pantalones del 5 al 6 y calzado entre 42 y 44.

  • 📲 Podés contactarte al 2914186118, escribir a sus páginas de Facebook e Instagram o acercarte a su sede de Villarino 860. También podés colaborar al alias RINCONDENS.MP o asociándote: fijate acá.

Al rol de Paula como directora se suman 8 cuidadores y 1 administrativa. La cuestión salarial es uno de los principales problemas.

—Todo sale del mismo dinero, que no es mucho…

La mayoría del personal tiene otro empleo y acomoda sus horarios para poder sostener ambos trabajos. El valor de la hora, en turnos individuales, oscila entre 3.000 y 4.000 pesos.

La falta de recursos también impide conformar un equipo técnico (generalmente integrado por psicólogo y trabajador social) y dificulta conseguir profesionales que permanezcan en el puesto debido a los bajos sueldos.

Pese a todo, es una tarea de la que, en algún punto, uno se enamora, remarca Paula. Los vínculos que se crean son muy fuertes y se sostienen entre todos.

A ella, estar en el hogar la hace mejor persona.

—Aprendí a encontrar la distancia y la cercanía justa para encontrarme con alguien, que me parece un desafío interesante para cualquier vínculo. Aunque uno no lo haga con mala intención, involucrarse de más no está bueno porque es invasivo, y eso te enseña a contenerte, a respetar el lugar del otro. Y otra cosa que aprendí es que puedo cometer errores y siempre me dan la oportunidad de seguir aprendiendo.

—¿Qué es lo más lindo de este trabajo?

—Algo que me sorprendió muchísimo es ver cómo chicos que vienen de situaciones tan complicadas y que ha sido tan dura la vida para ellos, todavía están dispuestos a brindar afecto, todavía tienen mucha alegría y cariño para dar. Si uno está disponible, ellos se abren y eso también te da fuerza para seguir porque decís: “Mirá todo lo que pasaron y todavía están dispuestos a intentarlo, a seguir peleándola, a dar afecto a otra persona”. Vienen de tantos golpes de la vida que tranquilamente podrían estar totalmente reticentes a eso, y no.

Paula está en pareja con Fernando Landi (profesor de karate, mecánico y electricista) y es mamá de Florencia (28), Kirian (20), Aslan (16) y Lucien (14). La mayor ya no vive con ellos en el barrio San Martín.

Compatibilizar todo no es simple, pero Paula se repite una idea que la sostiene: sus hijos la van a tener toda la vida; los chicos del hogar, no. Ellos están de paso. Y ese tiempo (breve, intenso, decisivo) es el que intenta llenar de herramientas.

Cuando se le pregunta qué es el éxito, duda. La palabra no le resulta cómoda. Prefiere hablar de aprendizaje constante. Cree que quienes trabajan con personas no pueden darse el lujo de pensar que ya saben todo:

—Si creemos que llegamos, es probable que nos equivoquemos mucho.

—¿Cuál es tu mayor aprendizaje?

—Tener más paciencia, escuchar, respetar los tiempos de los chicos. Entender que no todo se puede resolver de inmediato. El exdirector Alejandro Otero (uno de los fundadores del hogar y presidente de la primera comisión directiva) solía decirnos que no trabajamos para el resultado, porque tal vez no lleguemos a verlo, sino para intentar dejarles a los chicos los mejores mensajes posibles para su vida.

Hubo situaciones muy duras, como la revinculación de 2 hermanitos con su mamá que estaba a punto de concretarse después de mucho trabajo y no pudo darse porque ella falleció.

—Se tuvieron que quedar. Fue tremendo. Pero lo atravesamos juntos. También hay chicos que luchan por no repetir su historia. Muchas veces cargan con experiencias muy difíciles y tienden a reproducirlas. Y uno los ve pelear contra eso. Están acá, sentados conmigo, diciéndome que quieren cambiar, que quieren hacer las cosas mejor, que no saben cómo, que sienten que no van a poder. Se frustran, se quiebran. Y ahí es donde uno tiene que estar para recordarles que tienen tiempo, que pueden, que cuentan con nosotros.

—¿Qué te hace confiar en ellos cuando parte de la sociedad parece no hacerlo?

—Por un lado, que se merecen todas las oportunidades que podamos darles, porque muchas no tuvieron. Y por otro, por ejemplo, que antes de pensar en bajar la edad de imputabilidad habría que preguntarnos qué estamos haciendo por esos chicos. ¿Podemos sentarnos a hablar con ellos? ¿Ayudarlos a reflexionar sobre lo que les pasó? ¿Ofrecerles una oportunidad para que hagan algo distinto con su vida? Para mí hay que intentarlo, todo lo que se pueda. Muchas veces no se logra. Hay chicos que vivieron mucho tiempo en la calle o haciendo la suya y, cuando llegan a una institución donde se intenta marcar un encuadre mínimo, no pueden incorporarlo. Pero lo que me deja tranquila es pensar que hicimos nuestro mejor intento. Tampoco hay que hacerse los héroes: no siempre todo sale bien. Aun así, creo que para ellos significa algo que alguien haya apostado por ellos, aunque en ese momento no pareciera funcionar. Nos ha pasado que chicos que se fueron enojados volvieron para reparar el vínculo, porque algo de lo compartido les quedó.

Para Paula, hay un prejuicio persistente en esa idea de que la pobreza puede convivir sin demasiadas fisuras con una vida digna: algo de verdad encierra, pero el dolor que atraviesa esas historias no se explica sólo por la falta de dinero.

—A veces hay otros problemas: salud mental, adicciones… un montón de factores que se conjugan para que un chico nazca en un contexto vulnerado por todos lados. Entonces, si un chico nace en un contexto así, ¿qué le vamos a exigir? Ya estamos viendo lo que puede pasar. ¿Y qué estamos haciendo al respecto? Me parece que ahí es donde hay que apuntar, porque somos parte de esa sociedad que los recibe.

—¿Qué le dirías hoy a esa nena que iba a Acción Católica y ya sentía esa necesidad de ayudar?

—Que sí, que es por ahí: tenemos que ayudarnos entre nosotros. Eso es algo muy de nuestra cultura: darnos una mano, hacernos una gauchada… Para mí, si hay algo que hoy sería revolucionario, es romper con el individualismo.


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