Producción y texto: Belén Uriarte | Editora de 8000
Fotos: Fran Appignanesi
Videos y edición audiovisual: Eugenio V.
—Para mí, el objeto cerámico es un medio de comunicación. Una cosa es la cerámica en sí y otra es el objeto, que es lo que va a perdurar: de acá a 20 años, alguien va a encontrar un objeto que hicimos con las manos y nos va a ver en eso.
Así describe Juan Manuel Hidalgo esa huella tan particular que deja su actividad artesanal. “Juanma”, como lo llama su gente, tiene 33 años y se define como técnico superior en cerámica, ceramista y alfarero.
Su primer contacto con el arte está bastante fresco. Si bien fue a sus 3 años, lo rememoró en la secundaria a pedido de la profesora Cristina Alvarado: su historia en el arte comenzó con una lechuza de arcilla que hizo en el jardín.
—Era una lechuza como modelada, pintada de azul… Obviamente, yo creía que era una lechuza. Mi abuela paterna Matilde tenía una colección de lechuzas de cerámica y se ve que asocié…
Desde entonces, ese vínculo fue mutando. En la adolescencia y los primeros años de juventud sonó la música, con el bajo como gran compañero. Luego se volcó a las artes visuales, como la pintura o el grabado.
—Me gustaba explorar las técnicas, pero no lo vivía como una cosa profesional —le aclara a 8000—. Con la cerámica, en cambio, en un momento me descubrí siendo tallerista, productor de objetos, “luthier” de instrumentos musicales… y dije: “Bueno, toda esa mirada artística que venía atrás se condensa en esto”.
Después de la secundaria, empezó a cursar Gestión Cultural a distancia, aunque al poco tiempo dejó por problemas de conectividad. En ese entonces integraba la banda musical Destilando Karma, con la que intentaba subsistir.
—No había muchos espacios para tocar… Y en un momento dije: “¿Conservatorio o Escuela de Artes Visuales?”. Me anoté en las 2 y, por sorteo, quedé en la ESAV. Y bueno, empecé por ahí. En la ESAV, la FOBA (formación básica) es una especie de popurrí de muchas disciplinas. No tuve cerámica en el sentido en que la viví después: era algo más escultórico. Luego continué por la línea del profesorado, y en un momento tuvimos una experiencia con cerámica más vinculada a la parte química y la exploración de los materiales, y dije: “Es por acá”.
Completó la Tecnicatura Superior en Cerámica e hizo el tramo pedagógico. Y pasó por distintos trabajos “más formales o convencionales”, hasta que pudo abrirse camino con un emprendimiento propio donde fusiona clases y producción.
El puntapié se dio en 2021, durante una horneada a leña: ahí conoció a Ana Luz Corral, hoy su pareja y compañera de taller. Al año siguiente abrieron Cerámica Almafuerte, que funcionó en el barrio Kilómetro 5 hasta la tragedia que nos aguó tanto. Hoy continúa en Anchorena, al lado de su casa.
—La idea era ir para el lado de la producción, pero después se pone un poco de moda la cerámica como espacio recreativo y empezamos a darle forma al taller de clases. No nos quedamos 100% con las clases ni 100% con la producción. Tratamos de mantener un balance. Seguimos produciendo, que es donde nos conectamos con lo comercial, y seguimos haciendo investigación: trabajamos con arcillas y materiales locales, investigamos esmaltes, tenemos una búsqueda de pastas. Lo hacemos por el placer del oficio y después lo incorporamos a la producción o a las clases.
El año pasado “Juanma” también empezó a dar clases en la Escuela de Educación Artística (Luiggi 208) y en la Escuela de Artes Visuales (Zapiola 247).
—Es un momento difícil de la educación pública… Siempre fue difícil, pero ahora un poco más, así que metiéndole mucha energía en esta cosa de renovar un poco la generación de docentes, porque algunos ya se están jubilando, que son los que me formaron. Es una vuelta a la institución, que para mí es como un mimo porque siempre me sentí parte de ese espacio, y ahora es volver con otro rol.
👨🎨 En la ESAV dicta Técnicas de Esmaltado de la Formación Básica en Artes del Fuego, y para la Tecnicatura Superior en Cerámica da Proyecto y Diseño Cerámico 1, y Espacio Institucional: Técnicas y Manejo de Hornos.
En la Escuela de Educación Artística tiene a cargo Taller de Cerámica de nivel secundario.
“Juanma” es bahiense e hijo de Mirta Di Francesco, contadora, y de Rodolfo Hidalgo, que era peluquero y le gustaba dibujar; falleció cuando él iba a la primaria.
—Más allá de que mi vieja no curtió el palo de lo artístico, tampoco me limitó —rescata—. Siempre fue acompañarme en el auto con instrumentos, o irme a buscar con ladrillos y cajones de verdura… La familia siempre estuvo presente, por suerte, porque si no es como otra carga. No tenía con qué acompañar económicamente, pero era: “Bueno, si vos te lo bancás, hacé lo que quieras”.
Y así fue. Siempre por el lado artístico, inspirado un poco por ese costado creativo de su papá y otro por su abuela materna Mercedes, modista:
—Era la que más me curioseaba qué estaba haciendo. De ella tengo una ojotita que hizo un día, por el 2016: tenía como 90 años ya, había una ojota en el patio y ella se puso a reproducirla. Es un momento también resimbólico: la cerámica puede ser una taza, un mate, un montón de cosas, y a veces un objeto como una ojota hecha en barro tiene un significado retrascendental, que mueve otras sensaciones.
🐈 Su familia se termina de componer por los felinos “Piqui” y “Gato”, que conviven con él y con su novia “Anita” al lado del taller.
—¿Qué tiene de particular la cerámica que te cautivó tanto?
—Es otro lenguaje: no se ve tanto, sino que se siente. Esa riqueza poética de la materialidad me empezó a llevar de la parte más visual a algo más de la motricidad fina: aprieto el pedazo de arcilla, que después se transforma en un objeto o escultura, y hago como un mensaje que queda ahí. Cuando empecé a ver la cuestión técnica, fui al lado de la investigación que me gusta. Está la parte geológica de cómo nace la arcilla en la naturaleza, la parte antropológica de los orígenes de la humanidad que podés empezar a estudiar por los objetos que quedaron y todas esas cosas que van nutriendo a ese gran abanico que es la cerámica. No lo puedo recortar a: “Bueno, hago una taza, la esmalto y ya está”, sino que hay toda una cosa atrás que acompaña. No terminás de aprender nunca, y eso me motiva. Y la otra parte, que era más divertida al principio y después se volvió una necesidad, es la cocción: empezamos a hacer horneadas a leña y ahí salió como ese pequeño pirómano que estaba escondido y dije: “Che, esto está rebueno, vamos por acá”.
👍 Un aspecto que le encanta de la cerámica es elegir y adaptar cosas a lo que pide la necesidad creativa. Es un material muy versátil.
📲 Para conocer más sobre su trabajo, podés visitar las páginas de Instagram @taller.almafuerte y @ceramica.almafuerte.
Algunos objetos se trabajan con pastas comerciales para distintas temperaturas. Otros son elaboración propia: a veces, compran arcillas y los materiales con los que se complementa; otras, van a buscar al territorio.
—Acá se suele extraer arcilla de la ría, algo que aprendí en la formación básica: la impronta de la carrera era armar tu propia pasta con recursos locales. Eso también es empezar a habitar la ciudad de otra manera. A veces encontrás arcilla viajando, otras veces la gente nos acerca materiales, y exploramos qué resultados dan. En cuanto a los esmaltes, hay una parte que se compra y se aplica directamente, y otra que implica elaborarlos desde formulaciones químicas, lo que lleva más tiempo de laboratorio y muchas pruebas. Aunque hoy hay más oferta que hace 10 años, sigue siendo limitada, por eso trabajamos con óxidos, sales y otros materiales para desarrollar nuestras propias pastas, engobes (pinturas a base de arcilla líquida y pigmentos) y esmaltes, y construir una paleta propia.
La elaboración de un objeto comienza en la mesa, con herramientas manuales: estecas para cortar, alisar y texturizar la arcilla; devastadores, que permiten retirar material y modelar volúmenes; y pinceles para el acabado. Luego, las piezas pasan al torno, donde toman su forma final.
También es un trabajo manual, aunque hay una herramienta que genera el movimiento:
—La pasta gira y uno tiene que adaptar técnicas y posiciones para generar el objeto.
Por último, la preparación se lleva al horno. El que usa “Juanma” es eléctrico.
—Hay horneadas más rápidas, pero el promedio es entre 4 y 6 horas, depende de la temperatura a la que vayas, qué es lo que estás horneando, qué tan prolijas sean las piezas… Muchas veces es prueba y error, hasta que das con la curva de cocción que hace que lo que querés salga y lo puedas repetir. Porque también está esa cosa del hallazgo único, y después: “Bueno, esto lo quiero volver a hacer”. Y probás y no sale, entonces hay que empezar a ver qué es lo que pasó en el recorrido.
🔥 Nada se desperdicia: la arcilla o la pasta cerámica, hasta que no pasa por el horno, no hace su transformación química.
👉 En el taller tratan de educar en ese sentido: “No todo lo que hacemos tiene que ir al horno: a veces la pieza se raja, no sale como queríamos, entonces se devuelve al balde”.
💰 Los talleres este año costaron entre $ 45.000 y $ 75.000 mensuales, según la técnica y la duración.
—¿Qué es lo más complejo de hacer?
—Depende qué estés priorizando. A veces lo artístico de la escultura se vuelve complejo, pero por una cuestión subjetiva, porque hay trabas más emocionales o la idea no se puede llevar adelante. Encontrarle al objeto el sentido que uno está buscando y que cumpla esa función para el que va a recibir esa obra es difícil. Después, desde lo técnico, la elaboración de un esmalte específico para una temperatura en particular se vuelve larga, pero cuando llegás al resultado es repetir. Y el tema de los platos, ¡el eterno dilema de los ceramistas! Siempre se parten o se doblan, es muy difícil de manera artesanal sacar un plato “perfecto”. También incorporar la práctica del torno es una de las cosas que más cuesta, porque uno no está acostumbrado a determinados movimientos y a pensar con ciertas lógicas, y por ahí es la que más repetición lleva. Pero bueno: es ganar confianza, tomar decisiones y ya está.
—¿Qué es lo que más sale o te piden?
—Ya no miramos tanto cerámica en las redes sociales: queremos estar en procesos de realización propia. Pero por ahí la gente que viene a los talleres mira mucho en internet y quiere lo que se pone de moda. Lo que más hemos vendido es la parte utilitaria. Vajilla, digamos. A la obra escultórica es difícil encontrarle un público comprador. Para la parte utilitaria tenés las redes sociales que sirven como vidriera, podés ir a ferias, está la gente que viene al taller y encargues específicos.
Reconoce que en la cerámica hay una cuota de lo terapéutico que genera un atractivo particular, y también hay más oferta de recursos.
—Se fue acercando mucho la materialidad a la gente. Hay ciertas cosas que cuando resolvés la parte técnica se vuelve fácil arrancar: el horno lo podés comprar, los materiales los comprás, entonces es ensamblar cosas y hacer. Y no hay un control de lo que se está vendiendo en términos de seguridad e higiene de los productos, por lo que se amplía la posibilidad de hacer negocio. En otros rubros es más difícil.
En el taller distinguen muy bien la parte artesanal de la parte emprendedora. La primera busca defender un oficio: tiene una historia y trabaja en las técnicas más manuales o tradicionales. La segunda apunta a elaborar al menor costo y vender al mayor valor para que el negocio funcione.
—Tratamos de que no se pierdan ciertas tradiciones o formas de hacer por esa veta comercial. Son cosas a las que cuesta ponerles un valor, porque estás haciendo una pieza que lleva 1.000 horas de realización, una horneada de 10 horas… y eso tiene que estar en convivencia con esta nueva etapa de la cerámica comercial.
“Juanma” y su pareja logran vivir de lo que producen y de lo que enseñan en el taller y en otros espacios educativos:
—El ingreso fluctúa mucho y no hay una previsión muy grande, pero es cuestión de organizarse y tratar de sostener una forma de hacer…. En otro momento era correr más atrás, estar todo el tiempo compartiendo cosas para que venga gente a los talleres y estar siempre ajustado. Hoy, ya después de 4 años con “la marca” del taller, vienen a buscar lo que enseñamos. Viene gente a perfeccionar la técnica: gente que tiene taller, tiene alguna duda y empezamos con una especie de nivel 2 de las clases. Esto tiene que ver con este contexto donde hay más talleres, y con un cambio de mirada en la cuestión tradicional del secretismo; cuando yo empecé era: “Tal no te tira una data, no te va a decir una receta de esmalte… tenés que ir al taller 10 años para que te explique algo”. Hoy googleás y ya está. La gente es más generosa. De hecho, nosotros compartimos todo lo que hacemos.
Cada día de clase organiza con “Anita” el espacio de taller para los grupos que asisten en los diferentes turnos: como máximo, son 5 personas y cuando toca tornear para transformar la arcilla en un objeto van 3, que es la cantidad de tornos disponibles.
—Los martes, miércoles y jueves estamos abocados a las clases. Es todo el día reorganizando para que cuando venga el siguiente grupo esté en las mismas condiciones que el que arrancó. Y los días de producción varían de acuerdo con qué tarea nos toca hacer: si es preparar pasta, si es hacer producción, si es tornear, retornear, esmaltar y todos esos procesos, y hay veces que sólo se hornea. Es cargar el horno, hornear y por ahí nos ponemos a limpiar o hacer investigación teórica.
Y todo ahí:
—Convivir con el espacio del taller tiene los pros de no tener traslados y aprovechar el tiempo, pero también abrís una puerta y ya estás en el trabajo.
—¿Cuál es tu mayor aprendizaje?
—En lo personal, la paciencia conmigo mismo. Y después eso se traduce para el afuera: a la hora de empezar a compartirlo, tenerle paciencia a la gente que viene a aprender, y entender que es un recorrido que no termina. Es pensar también en procesos: la cerámica es más procesos que resultados. Entonces, si querés el mismo resultado tenés que hacer los procesos. Eso es lo que tratamos de compartir a la gente, y hace que esa cosa de lo terapéutico y de hacer algo recreativo también funcione así, porque es no pensar tanto en lo que viene sino en lo que estás haciendo en el momento.
—No es apto para ansiosos…
—Sí, pero te va a frenar la ansiedad. O sea: vas a chocar todo el tiempo, hasta que en algún momento te adaptes. De hecho, nos pasa: gente que viene al taller recontra ansiosa y encuentra un momento en la semana donde baja. No te queda otra porque si apurás el material, te lo devuelve, y la pieza no sale como querés. Es como esa cosa de resiliencia o adaptabilidad que hay que tener porque no lo podés apurar. Hay cosas que si vas por tecnología o por nuevas técnicas podés acelerar, pero después la pieza necesita tanto tiempo para hacerse, para secarse, para hornearse, y tratamos de aprovechar eso también para que la gente esté presente en todo el proceso de su pieza y que no sea: “Bueno, pinté acá y mágicamente ya terminé la pieza”. No, tenés que hacerte cargo de ese objeto que estás haciendo. Entonces, la ansiedad te puede servir para generar más cosas, pero vas a tener los tiempos lógicos del material.
“Juanma” considera que el éxito está justamente ahí: en la constancia y la honestidad con el propio trabajo. Una forma de hacer que llena el alma y que está muy lejos de la producción en masa:
—Con el objeto de Temu, por ejemplo, no conocemos quién lo hizo, ni para qué, ni por qué, ni en qué condiciones. Es una contradicción que tenemos en el hacer: “Che, ¿es necesario hacer otra taza cuando aparece un gigante que tira 15 millones de tazas por hora?”. Y bueno, sí, porque esta taza tiene otro significado. No sé si tiene una respuesta en términos capitalistas, porque vamos a desaparecer, pero creo que en el resguardo de las tradiciones del hacer, de los oficios y de mantener vivo eso de estar involucrado con el material a fondo está el sentido. Por suerte, nos seguimos encontrando con gente que prioriza vincularse con el que hace sus objetos. Siempre que nos encargan algo, queremos que vengan al taller, que conozcan cómo hacemos las cosas y que elijan. Les mostramos distintas posibilidades de esmalte, pastas o materialidades, y pensamos un diseño que se adapte a lo que están buscando.
De chico no se imaginaba en este camino, aunque algo de su infancia persiste: su mamá suele recordarle que quería ser científico, y hoy reconoce ese deseo en su trabajo con los óxidos, los materiales, la máscara antipolvo y el delantal.
—No es un laboratorio real, pero algo que en un momento quise está. Después es más alquimia: tenemos una parte de usar la tabla periódica, sobre todo para los esmaltes, pero no es tan formal como para alguien que trabaja en un laboratorio.
—¿Qué le dirías hoy a ese nene de jardín que creó una lechuza?
—Gracias, porque creo que me acostumbré a esa mirada de ver detalles. Me pasaba de ver cosas que el resto de mis compañeros no veía. Tampoco en plan de genio ni nada de eso, pero sí de tener una mirada distinta. Esa curiosidad se la reagradezco al pequeño Juan y bueno, espero que esté conforme con lo que llegó.
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👨🚒 Vicente Cosimay, bombero voluntario: 24 horas al servicio
💁🏼♂️ Adrián Macre, colectivero y dirigente: manejarse colaborando
👩🌾 Delia Lissarrague, productora rural: aquel amor a la tierra
👩🍳 Margarita Marzocca, cocinera y jubilada: un gran gusto portuario
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🥁 Sebastián Lamoth, baterista, sonidista y papá: tocar con todo
🐝 Luciano Morales Pontet, apicultor y cooperativista: el enjambre productivo
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👩👧👦 Paola Vergara, voluntaria de la vida: hacer algo por muchos
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🚴♂️ Kevin Jerassi, encargado de la escuela de BMX: ahí va, pedaleándola
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👨🦯 Sergio Hernández, profesor y músico ciego: lo esencial está ahí
🎨Rocco Angelicchio, ilustrador y diseñador gráfico: la dibuja y se divierte
🌩️ María Cintia Piccolo, meteoróloga y oceanógrafa: estrella de mar climático
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🎸Marcelo Bray, lutier, músico y emprendedor: la curiosidad sonora
🎭 Paola Fernández, actriz, profesora y directora de teatro: escenarios vitales
Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec























