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👩‍⚕👶 Mariel Pérez, partera: la magia de recibir vidas

Nuestra gente, nuestra mirada, nuestra ciudad.

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―Me gusta la adrenalina de la guardia, la urgencia y el momento del parto, tanto acompañar a la mujer en el trabajo de parto como la parte del nacimiento ―le dice a 8000 Mariel Pérez, licenciada en Obstetricia.

Cuenta que las obstétricas tienen varias funciones: dar el curso de preparto, hacer el control del embarazo y el puerperio, acompañar la lactancia y la anticoncepción. Pero en su caso, hoy sólo se dedica al trabajo de parto en las guardias.

Nacida hace medio siglo en Cabildo, Mariel lleva 28 años (o sea: más de la mitad de su vida) en el Hospital Penna. Y también trabaja en la clínica Osecac y en el Hospital Privado del Sur.

―¿Por qué elegiste esta profesión? 

―Fue algo casual. No sabía qué estudiar a los 18 años y una mamá de una amiga me dijo: “Mi hija se va a estudiar a La Plata y hay una carrera en la que ayudás a que nazcan los bebés”. Dije: “Bueno”, y me fui a La Plata. Ahí fui conociendo pasito a pasito la licenciatura en Obstetricia y me enamoré, ¡me encantó!

―¿Recordás algo de la infancia que se relacione con los chicos o la medicina? 

―No… Mi abuela decía que tuvo los 12 hijos en el campo y mi abuelo ayudaba, capaz que de ahí viene, pero después no tengo nada. Yo viví en el campo, mis papás eran agropecuarios, mi mamá ama de casa, después hizo repostería…

Mariel estudió en La Plata, se recibió en 1993 y se quedó 2 años más, trabajando en el Hospital de Solano y en Quilmes. Luego pegó la vuelta. Su primera guardia de 24 horas acá fue el 31 de diciembre de 1995, en el Penna, sin cobrar un peso.

Estuve 11 años ad honorem, hasta que me nombraron. Era así el sistema: para que te llamen de los lugares de trabajo, tenías que hacerte conocida, y el lugar donde todo el mundo te conocía era el Penna.

En esos tiempos no había residencias. Las parteras se acercaban a la guardia, se sumaban a los equipos de trabajo y así iban aprendiendo.

―¿Cómo viviste durante esos 11 años ad honorem? 

―Vivía con mis padres en Cabildo y viajaba a hacer la guardia. En el 96 ya empecé a hacer reemplazos en los privados y abrió la clínica Osecac, así que ahí empecé con una guardia compartida. Tenía los ingresos de los privados, pero seguía viniendo al Penna.

―Arrancaste un 31 de diciembre: ¿siempre trabajaste en las fiestas?

―Al principio te toca. Cuando sos más grande, lo van haciendo las chicas más jóvenes. Pero sí, muchos años hice fiestas. Ahora ya no.

Recuerda aquellos momentos con alegría: la familia hospitalaria solía llevar a los suyos para brindar en multitud. Pero no siempre ocurría a la medianoche: a veces, el Año Nuevo llegaba con un nacimiento y el festejo se trasladaba a la sala de parto.

Hoy Mariel está a cargo del grupo de colegas:

―Obstétricas no es lo mismo que obstetras ―aclara―. Obstétricas somos las licenciadas en Obstetricia: las antiguas matronas o parteras. Y los obstetras son los médicos ginecólogos que se encargan de los embarazos normales y patológicos. 

Sigue:

―A mí me encanta el hospital. El Penna profesionalmente fue mi primera casa: acá estoy acompañada, entro y todos todos me conocen, es como una pequeña familia.

Siente lo mismo que al comienzo, aunque algunas cosas fueron cambiando, como la cantidad de compañeras. Al abrirse la residencia en 2010, el número creció: hoy son 16 y trabajan al menos 2 por guardia. Y a nivel ciudad ocurre lo mismo:

―Hay más obstétricas. Y hace 1 año se abrió la carrera en la Universidad Nacional del Sur, así que ¡va a haber un semillero de obstétricas!

El Penna atiende la mayor cantidad de partos bahienses y de la región, al ser la única maternidad pública. Pero hay cada vez menos:

Bajó un montón la cantidad de nacimientos, como un 40%. Hoy en el Penna no llegamos a los 2.000 y hace unos 9 o 10 años teníamos 3.000 nacimientos. Y en privados también, hará 1 o 2 años que se nota el descenso en la guardia.

Mariel lo atribuye principalmente al mayor control de natalidad, a la crisis económica, a la interrupción voluntaria del embarazo y al crecimiento de la anticoncepción.

Nota una gran diferencia entre públicos y privados. En los primeros se detectan más embarazos adolescentes aunque, a diferencia de años anteriores, ya no ven la gran multípara, es decir, mujeres que tienen 7, 8, 9 hijos. En los privados, en cambio, la maternidad suele llegar después de los 30.

Mariel recuerda que la paciente más chica que le tocó acompañar tenía apenas 12 años y había sido abusada, pero continuó con el embarazo y tuvo un parto natural en el Penna. Y la más grande andaba en 52 o 53 años: un embarazo complicado, atendido en el ámbito privado.

―Después de los 36 hay cada vez más riesgo. Lo que pasa en privado es que hay más cantidad de mujeres arriba de los 40 y hasta de los 50, por la fertilidad.

―¿Cambia el trabajo si tenés que atender a una adolescente o a una mujer grande? 

―Por ahí una tiene que estar conteniendo o acompañando más a la adolescente, pero la primeriza también tiene el temor a lo desconocido, así que una va viendo qué paciente necesita más. Siempre digo que una guardia con 2 o 3 trabajos de parto de primeriza te chupa toda la energía.

―¿Cómo es traer una vida al mundo?

―Es emocionante porque es un momento mágico. En un matrimonio primerizo, entra a la sala de parto una pareja y sale una familia, ¡es maravilloso! La verdad, es lindo: uno comparte ese momento con la mujer y con la pareja, y yo me siento muy, muy cómoda acompañando. Siempre la gratitud de ese momento es fantástica.

―¿Y cómo se manejan los nervios de las pacientes, sobre todo en situaciones complejas? 

―Siempre hay métodos. Se da el curso preparto, pero no todas tienen la posibilidad de hacerlo, entonces en el momento del trabajo de parto, en esas horas (porque llevamos acompañando a la mujer capaz que 6, 7, 8 horas) una le va aconsejando, la respiración, posturas… Acá en el hospital público tenemos la ducha y las metemos en la ducha, les damos distintos ejercicios, y ahí vamos acompañando a la mujer en todo el proceso.

―Hoy creció la práctica de parto en el agua, ¿en el Penna no se hace? 

―Acá todavía no. Tenemos una camilla nueva de parto y una habitación con pelotas, banquitos, para ayudar a la postura de la mujer en el trabajo de parto. No tenemos bañera, pero le ofrecemos la ducha y que se siente en el banquito: el agua relaja, acorta el período de dilatación y la mujer la pasa mejor. Parto en el agua en Bahía Blanca se está haciendo en el Hospital Italiano y ahora se inauguró la sala en el Privado del Sur. No me tocó todavía, pero debe ser maravilloso.

―¿Para el bebé también es beneficioso?

―No tiene tanta diferencia. El mayor beneficio es para la mamá. El bebé sale del ambiente líquido del útero, entra en el ambiente líquido de la pileta y sale a la superficie. El beneficio que tiene el bebé es el contacto piel a piel con la mamá.

Según Mariel, en el hospital intentan que la paciente ingrese en un franco de trabajo de parto a partir de los 3, 4 o 5 centímetros de dilatación, y que el tiempo previo lo pase en su casa porque si no terminan siendo 12 horas de internación.

―¡Se hace muy largo! ¡Es un montón! Pero si vienen a partir de los 3, no es tanto el tiempo de internación y es la parte más intensa del trabajo de parto. Ahí se internan, pasan el trabajo de parto en una habitación y pueden tener el parto ahí o pasar a la sala de parto. A veces lo hacen en silla de ruedas, otras pasan caminando.

No recuerda con exactitud el trabajo de parto más largo que le tocó acompañar, pero remarca que en el caso de las primerizas suele llevar unas 12 horas:

―Se hace largo… También está la que viene, la mirás y decís: “La mando a la casa”. Y no, está con dilatación completa y va a sala de partos. Cada mujer es diferente.

Cuando empezó, los padres no tenían permitido acompañar a las madres, pero al tiempo se modificó. Y el Penna fue pionero.

La mujer la pasa mucho mejor cuando está acompañada por una persona, por su pareja, por su mamá, por una amiga, por alguien que la contenga… Y es mágico, la emoción y el dolor de la mujer es fuerte, pero cuando el hombre se emociona y llora, ahí lloramos todos, es un momento único.

―¿Durante la pandemia las mujeres entraban solas? 

―Dejábamos pasar a la pareja. Éramos medio como astronautas, pobres mujeres, al principio venían y nosotras teníamos las antiparras, el casco, el barbijo, debe haber sido duro para ellas encontrarse con eso. Fue duro; se trabajó más porque había gente de licencia… A pesar de eso, yo recién me contagié a fines de la pandemia. 

Entre sus miles de anécdotas, aparece aquella en su pueblo, donde hacía control de embarazo e iba en bicicleta a ver pacientes: todo gratis.

―Me llamaron a mi casa, fui y cuando llegué había una señora sentada en la vereda, bajo la sombra de un árbol, con contracciones. ¡Era un gemelar y estaba con 6 centímetros de dilatación! Llamé a la ambulancia y me subí con la malla debajo del ambo. ¡La trajimos volando! Un gemelar, 6 centímetros, en Cabildo no puede nacer…

Pero la ambulancia llegó a tiempo y salió todo bien. Como la mayoría de las veces.

Cuando el desenlace es otro, se hace terrible.

―Nosotras trabajamos en la parte más linda de la salud porque recibimos vida. En un alto porcentaje, los nacimientos son naturales y sale todo bien. La gente quiere garantías del nacimiento, porque la familia se embaraza y ya proyecta la vida de su hijo. Lo duro son los malos resultados. Esa es la parte más fea. La muerte fetal es lo más terrible: el silencio de la sala de parto ante un nacimiento de un feto muerto es el silencio de la muerte.

Entonces se extiende una mano y a veces se da alguna palabra de cariño, dice Mariel. Y cree que la mujer y su pareja deben estar con su bebé y verlo, porque es un proceso que la familia tiene que pasar.

―Duele. Es el día de hoy que me moviliza. Es la parte más fea de la profesión.

La muerte materna también es un espanto, pero a Mariel nunca le tocó: en general, ocurre a los días, porque la mujer pasa a terapia y luego fallece.

Son momentos que uno nunca quiere vivir. Lo estudiamos en la facultad, lo vemos, pero vivirlo es durísimo. 

―¿Tienen un equipo de psicología para ustedes y las pacientes? 

―No, la psicóloga perinatal recién ahora se está implementando en algunos lugares, pero acompaña más a la paciente, no tanto a los profesionales. Estaría bueno, porque a nosotras nadie nos acompaña, nos acompañamos entre nosotras: es decir, hablamos, pero no hay nada escrito, no hay ningún protocolo.

―¿Pasó que llegue alguna chica en trabajo de parto sin saber de su embarazo? 

―Un montón. Se da: lo que pasa es que lo que la cabeza niega, el cuerpo no lo siente. Y sí, es una sorpresa, una revolución para la mujer, para la familia, para todos, pero generalmente esos nacimientos salen bien.

―¿Y se ven situaciones que antes no, como bebés con abstinencia por adicción de la madre? 

―Un poco más que hace unos años, pero no tanto. Y patologías se vieron toda la vida.

Mariel vive en Bahía desde 2000. Está en pareja con Daniel y tienen 2 hijos: Tomás, de 11, y Matías, de 9. Los tuvo a los 39 y 41 años, por cesárea.

―Tenía ganas pero no pude tener parto natural. Hice un desprendimiento de placenta y terminé en una cesárea de urgencia.

Su mamá Silvia, apodada “Chiquita”, y su papá Juan son pilares en su vida y fueron fundamentales en los primeros años de sus hijos, porque su marido trabajaba en el sur y ella tenía guardias de 24 horas.

―Mi mamá viajaba desde Cabildo y a veces hasta se metía en mi cama para que no se despierten, y yo me venía a trabajar. Se quedaban las 24 horas en mi casa porque… ¿cómo hacía con los nenes chiquitos? ¿A quién dejaba en mi casa?

―Saber de qué se trata, ¿te ayudó a transitar el embarazo con más tranquilidad?

―No tanto, no te creas…

―¿Tener más información es peor? 

―Sí, sí, ¡ja, ja! Es peor. En general, cuando una persona tiene un test positivo dice que está embarazada, y yo cuando me dio positivo le dije a mi amiga: “No, esperá que hay que tener la ecografía, que esté el saquito, que se vea el embrión”. Y me dijo: “¡Qué complicadas que son ustedes!”.

El miedo es parte del proceso. Mariel no sintió tranquilidad hasta parir: al principio está la amenaza de aborto; después, la posibilidad de que nazca prematuro.

Dice que no se imagina haciendo otra cosa. Sus hijos suelen preguntarle qué haría si no estuviese en el hospital, y no tiene respuesta: la obstetricia es su pasión.

Una de las cosas más lindas es el reconocimiento de la gente. Tiene pacientes que le siguen agradeciendo después de unos cuantos años. A muchas incluso las tiene en Facebook y por ahí va siguiendo el crecimiento de sus hijos.

―Siempre recuerdo a una señora de Laprida hipertensa, que vino a Osecac y tuvo un bebé de 28 semanas, reprematuro: Gabriel. Ahora manda fotos y está así ―dice, marcando con su brazo una altura superior a la suya.

El bebé más chiquito lo recibió en el Privado del Sur: tenía 23, 24 semanas, y todo salió muy bien. Y ahora es otro de los gigantes…

―¿Qué te produce ver tan grandes a esos bebés prematuros? 

―La verdad, es un milagro. Lo vemos y no lo podemos creer. También hay amigas que una ha atendido en alguna urgencia y cada vez que nos reunimos dicen: “Gracias”. Yo no hago la cesárea, pero cuando llegan a las guardias en los privados las recibimos y hacemos el diagnóstico. La obstétrica de guardia salva la urgencia, aunque después le agradezcan al médico. Pero bueno: algunas se dan cuenta y nos agradecen.

El mayor aprendizaje que le dejó la obstetricia es la empatía, saber ponerse en el lugar del otro y acompañar a la persona en la alegría y en el dolor.

―¿Qué le dirías a la Mariel que a los 18 años decidió estudiar esta carrera? 

Que siga adelante, que lo haga con la pasión que lo hizo, que está bien todo lo que hizo. Tal vez no trabajaría tanto gratis, trabajé muchos años gratis… Pero bueno, nada, fue todo aprendizaje: lo hice con alegría. Y lo volvería a hacer.


Producción, videos y edición audiovisual: Tato Vallejos

Producción y texto: Belén Uriarte

Fotos: Eugenio V.

Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec


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🚤🦐 Claudio Onorato, pescador artesanal: mar de corazón

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—Yo abandonaba la primaria por ir a pescar con mi viejo y con mis hermanos…

Así, recorriendo nuestra ría desde los 5 años, Claudio Alejandro Onorato se enamoró del mar y se transformó en pescador artesanal.

Su papá Silverio Onorato y su mamá María Romano vinieron al puerto local desde Italia, y ambos se dedicaron a la pesca: él navegaba, ella trabajaba en una pescadería y en una cantina.

  • 👉 La familia núcleo se completaba con sus hermanos Herminio José, Marcelo, Roxana, Gabriela (que falleció el mes pasado, a los 52) y Leandro.

Claudio tiene 58 años y nació en Ingeniero White. Le cuenta a 8000 que en aquellos inicios no había manera de comunicarse desde el agua, entonces antes de salir le avisaba a su mamá:

—Quedate tranquila, que vamos a pescar con papá.

Pero papá no sabía nada… Claudio iba a la lancha con sus hermanos, se acostaban a dormir y recién asomaban al llegar a la zona de pesca:

—¿Qué hacen acá? ¡Su mamá me va a matar! —decía Silverio.

Y Claudio le respondía:

—No, papá, quedate tranquilo: mamá sabe que salimos con vos.

  • 👫 Claudio está casado con Alejandra Carmen Beiza y tienen 6 hijos: Alejandro José, Jonathan JuliánEmanuel Braian, Zaira Joahana, Cintia Astrid y Venus Yoseline.

El primer viaje que tuvo a cargo fue en junio de 1991, tras sacar la licencia de patrón. Y desde entonces comandó varias embarcaciones, la mayoría de nuestra ría.

En 2000 decidió cortar la navegación en otras partes y se dedicó 100% a pescar acá. Y eso hace hasta hoy: entra y sale cotidianamente por el puerto y pasa hasta 2 días arriba de su embarcación, la San Antonio.

  • 🤲 Hay varias manos a la obra: comparte el laburo con sus hijos Alejandro, Jonathan Emanuel, con sus sobrinos Erik Joel Onorato y Jonathan Salas, y con otros 2 compañeros de años: Braian Obreque y Palmiro Gómez.
  • 🐠 Y las mujeres, Alejandra, Zaira, Cintia Venus, pelan camarones y atienden pescaderías. Una familia 100% pesquera.

—¿Por qué te dedicaste a la pesca, Claudio? 

—Porque es lo que heredé de mi papá. En 2017 fui a representar a Argentina en la fiesta San Silverio de Italia y ahí me di cuenta por qué la pesca de acá se hace como se hace: la trajeron nuestros antepasados de la isla de Ponza.

Su papá fue uno ellos, y partió haciendo lo que amaba: en 1989, un temporal dio vuelta su lancha a 2 horas de Bahía. Murió ahogado, a los 49 años.

Claudio tenía 20 y ese día estaba en otra embarcación, bastante cerca: recuerda que de un momento a otro perdió de vista a su padre y chau.

—¿Recordás alguna frase que te haya dejado? 

—Muchas. La primera, en italiano, decía: “Hijo mío, nunca dejes la vía vieja buscando la vía nueva, porque sabés lo que dejás pero no lo que encontrás”. Como diciéndome: “Seguí siempre en la pesca”… Y yo, siempre en la pesca. Siempre.

Esa no fue la única pérdida: también murieron en la pesca sus tíos Vicente y Silverio (sí, el mismo nombre que su papá, algo habitual entre italianos: en aquel entonces incluso se casaban entre primos por la herencia…), uno por un infarto y el otro, tras un ataque de epilepsia.

—¿No te dio miedo seguir? 

No. Nosotros hace 12 años también nos hundimos con un barco y el barco desapareció. Quedamos todos nadando a 12 horas y acá estamos, firmes. Yo les dije a mis chicos: “Acá se terminó, búsquense un trabajo”. Y me dijeron: “No, papi, tenemos que seguir en esto”. Así que estamos todos abocados a la pesca.

Aquella vez iban en la lancha Carlos Butti y los salvó Omar Vitelli, un compañero de toda la vida.

—Cuando la embarcación se hunde, lo primero que pasa es que te succiona, te lleva para abajo —cuenta Claudio—. Y todo lo que tiene aire, empieza a salir para arriba: yo vi una garrafa saltar más de 50 metros… Y vos no te hundís: como es agua salada, te tira para arriba; así no sepas nadar, te quedás quieto y te tira para arriba. 

De ese modo salieron a la superficie, luego de que una ola los diera vuelta.

Tenía miedo de perder a alguno de los muchachos —dice Claudio—. Mis 2 hijos mayores se agarraron de un bidón que les di y el “Colorado” (Martín Miguel Ortega) gritaba, llorando: “¡Mami, no me lleves! ¡Dejame vivir!”. Hacía 6 meses había fallecido su madre de un ACV. Le di mi bidón y le dije: “Tomá, gordo. Quedate tranquilo, yo no me voy a ahogar”. Y traté de no hablar porque cuanto más te fatigás, peor es. Cada tanto movía los pies, nadaba un poquito. Y así fui juntando a los 7 tripulantes y los fui salvando a todos hasta que llegó la embarcación después de más de 1 hora.

A pesar de cualquier contratiempo, para Claudio la pesca es todo.

Si mi esposa después de 38 años está celosa, está celosa de mi laburo. Yo vivo en el puerto noche y día y llevé a todos mis hijos a trabajar de chiquitos. Vivimos en la lancha: yo llego a las 2 o 3 de la mañana y me quedo durmiendo acá, en los bancos o en la cubierta, hasta descargar el pescado y lavar la lancha.

  • 👪 Aunque el corazón es portuario, la familia se afincó en Villa Serra, a 4 kilómetros de White. Y se sumaron 5 amores más: sus nietos Benicio, Briana, Azul, Nicole Máximo.

Hoy Claudio sigue yendo, pero sobre todo acompaña: por la edad, ya no hace tanto esfuerzo. Igual, no se le pasa por la cabeza abandonar.

Hace un tiempito llevó a pescar a su amigo el “Tano” Juan José González, que dejó la actividad hace 10 años, y llorando le dijo: 

—No sé cómo hiciste para abandonar a los 52…

—Sí, “Chupa” —le respondió el “Tano”—. Yo sueño todos los días con ir a pescar…

  • 😁 El “Chupa” es Claudio: le dicen así por su viejo, a quien le pusieron ese apodo en la lancha San José porque todos los italianos bebían vino, pero él tenía apenas 9 años y tomaba leche. Era el “Chupaleche”

—¿Qué es lo que más disfrutás? 

De la pesca disfruto todo, porque somos como los dueños del mar. El mar, cuando te quiere llevar, te lleva; se lleva todo el mar… Pero si uno le tiene un poquito de respeto, te das cuenta de que el problema es el ser humano cuando no hace las cosas bien.

  • 🎣 Para hacer las cosas bien, hay un montón de medidas de seguridad: salvavidas circulares con luces, chalecos con luces y 2 balsas para 10 personas cada una, acondicionadas con alimentos, equipamiento sanitario y dispositivos de comunicación y localización como el SAR (búsqueda y rescate), que cuando la embarcación se hunde, llega hasta el fondo del mar y emite una señal para ser recibida en el exterior.

—¿Hoy es imposible quedar incomunicado? 

—Sí. Las balsas también tienen una radio cada una y hay otro aparato que se llama EPIRB (una radiobaliza) que también larga una señal cuando te estás hundiendo. El que hoy se ahoga es porque no dio parte a Prefectura, porque salió ilegal.

—¿Cambió mucho la actividad desde que arrancaste? 

—Totalmente, 100%… 1.000 por 1.000. Antes no había medios de comunicación, no había motorcitos, no había sonda… Tenías que ir con una caña constantemente mirando cuánta agua había… Ahora tenés la sonda que es una computadora: ve el fondo, si es barro, si es arena, si es pescado, qué clase de pescado. ¡Ahora tenés todo!

  • 🦐 Lo más difícil de pescar, dice, son el camarón y el langostino: hay que buscarlos más lejos.
  • 🍤 Y además, requieren mucha mano de obra: primero los tiran en unos cajones, luego los zarandean, después los clasifican (y descartan en el agua lo que no sirve) y finalmente los hierven a bordo.

En una buena jornada, llegan a sacar hasta 150 cajones de camarones:

—Son muy pocos los días que agarrás eso. Pero cuando los agarrás, hacés mucha plata. Cuando estábamos en actividad, antes del temporal, costaba $ 900 el kilo; es decir, $ 18.000 el cajón de 20 kilos. Ahora me dijeron que estaba en $ 30.000.

  • 🤑 Así, hoy 150 cajones son unos $ 4.500.000.

Ese temporal que nos pasó por encima el 16 de diciembre de 2023 arruinó varias embarcaciones, incluyendo la San Antonio de Claudio: se soltaron los remolcadores Tehuelche y Gran Bahamas e hicieron un desastre. 

  • 😥 Casi 90 pescadores y 400 familias de peladores están sin trabajo desde hace 2 meses. Y piensan que van a estar todo el año así.
  • 💰 Estiman que son necesarios unos 10 millones de dólares para reconstruir la flota pesquera.

Según Claudio, las empresas de los remolcadores (ArTug y Svitzer) deberían hacerse cargo:

—Una cosa es la naturaleza, otra cosa es la negligencia humana. Los remolcadores no tenían los cabos correspondientes a tierra. Pesan 250 o 300 toneladas y mi lancha, 20 toneladas. Estaba atada y los 2 remolcadores la aplastaron contra el muelle. Me quería matar. Hubiese deseado morirme en ese momento.

Y dice que al Consorcio del Puerto también le cabe responsabilidad:

—Tendría que haber evitado esto, porque es el permisionario de la ría —advierte Claudio, que alguna vez fue preso—: Por luchar por lo mío, por mi trabajo.

Claudio tenía la inspección vigente hasta 2028 y esta desgracia lo dejó sin certificado de seguridad: es decir, la embarcación no está apta para navegar. 

¿Y nosotros de qué vivimos, gente? El marinero mañana puede ir a buscar un trabajo y alguno que otro puede conseguir, pero yo tengo 58 años, ¿dónde voy a ir? Toda mi vida trabajé en esto, lo único que sé hacer es pescar.

Lo peor, agrega, es que en Argentina no hay ni madera ni carpinteros para reconstruir las lanchas: la solución sería un barco nuevo de fierro o de fibra, que cuesta “entre 800.000 dólares y 1 millón de dólares”…

—¿Estas suelen ser épocas de laburo fuerte? 

—Sí. Había 40-50 cajones por día, pero con el tema de los derrames fue mermando y ahora no hay nada. No quedó pescado en toda la ría.

  • 🤦‍♀️ Ese es otro gran drama: tuvimos 3 incidentes con hidrocarburos en menos de 2 meses.
  • 🐟 Claudio y sus compañeros van hasta la Isla Verde: de ahí sacan camarones, langostinos, pescadilla, gatuzo…

—¿Cómo es el pescado de nuestra ría?

—Yo le diría al pueblo que no lo coma, francamente. Si comés 3-4 veces por semana, como come mucha gente, el pescado de la ría de acá es malo. Por más que quieran tapar todo, es malo por la gran contaminación que hay. Dicen que los niveles bajaron, pero ahora con los derrames van a estar 15 o 20 años para degradarlo.

Claudio lamenta que para contener la mancha no se haya activado a tiempo el Planacon, que es el Sistema Nacional de Preparación y Lucha contra la Contaminación por Hidrocarburos y otras Sustancias Nocivas y Sustancias Potencialmente Peligrosas (sic):

—La marea crece 6 horas y baja 6 horas: si ellos lo hubiesen activado enseguida, lo absorbían. Pero no lo absorbieron hasta que mi amigo Natalio Huerta lo descubrió y dio parte a Prefectura. Estuvo 14 horas a la deriva, o sea, 2 mareas y media: se desparramó en toda la ría y llegó a las costas, donde destruye el fondo, la fauna marina… no lo sacás así nomás. Ahora están con las bordeadoras cortando los yuyos, ¿de qué estamos hablando, gente? ¿Cómo vas a sacar eso con las bordeadoras? 

  • 🤬 “Después dicen que no contaminan, hijos de mil putas —comentó aquella vez el pescador Huerta—. El olor… si prendés un fósforo, volamos a la mierda”.

—¿Son normales los derrames acá o lo que pasó es atípico?

—Que yo me acuerde, el último derrame grande fue en el 88 o en el 92, por ahí. Y hace 4 o 5 años nos enteramos de que todo ese petróleo está enterrado en la Zona Franca, en Puerto Rosales: según la Policía Ecológica, son entre 700 y 1.000 tambores de 200 litros tirando petróleo a la ría constantemente desde hace 30 años. Nadie toma cartas en el asunto: al político de turno le llenan los bolsillos y se acabó el problema.

Claudio y su equipo suelen salir en horario de marea, a la madrugada: a las 2, a las 3 o a las 5. Prefectura les da 72 horas para navegar; a la mañana y a la tarde tienen que reportar su posición por radio. Y desde el área provincial de Pesca también los controlan: si se pasan de la zona permitida (que es hasta la boya 7, más o menos hasta fuera de Pehuen Co), los llaman y los hacen volver. 

El trabajo a bordo se cumple con turnos: hasta llegar a la zona de pesca, uno toma el timón y se encarga del control del GPS y de dar aviso a Prefectura sobre la posición, mientras los demás descansan, preparan la comida, ceban mate…

—Si no hay correntada, no pescás nada —dice Claudio—. Acá no somos de arrastre como en otros lados. Nosotros hacemos pesca artesanal: tiramos las redes y cuando hay buena correntada, el pescado se va metiendo.

—¿Encontraron algo curioso en el mar?

—Encontramos tortugas, y siempre nos acompañan los delfines y las gaviotas. ¿Curioso? Hemos visto muchas sombras en el cielo… nunca supimos de qué eran.

Otro de los grandes placeres es entrarle a lo que sacan, apenas lo sacan: por ejemplo, hierven camarones y langostinos en la cocina de la lancha y los van comiendo mientras navegan. Así nomás, con mayonesa y pan.

El pescado fresco no te cansa nunca, es totalmente distinto al de una pescadería. Lo tirás dentro de la olla, revolotean el camarón y el langostino, y sabés lo que comés.

—¿Y qué es lo más complicado que tiene esta actividad?

—Lo más complicado o lo que más miedo me da es cuando voy navegando y veo a la gente dando vueltas, porque se te cayó uno, no lo viste en el momento y se te ahogó. No me pasó nunca, pero siempre estoy pensando en cómo diagramar algo para que si alguien se cae, se salve. Porque si se cae y vos lo viste, diste la vuelta y lo salvaste; pero si vos navegaste 5 minutos, ya lo perdiste, no lo ves más por más que sepa nadar.

—¿Creés que Bahía es un buen lugar para desarrollar la pesca? 

—Muy, muy buen lugar, porque tiene una ría muy extensa, un estuario muy extenso. Vos salís de Mar del Plata, Comodoro Rivadavia, Caleta Paula, Caleta Olivia, Caleta Córdoba, Rawson, Puerto Deseado y tenés mar abierto. Acá al mar abierto lo encontrás recién fuera de Monte Hermoso, y hasta Monte tenés más de 6 horas.

—Con tanto recorrido, ¿qué le dirías al Claudio de 5 años?

—Yo nunca quise dar el brazo a torcer, pero le diría que no venga a la pesca de White, contrario a todo lo que estoy diciendo, por todos estos problemas que hay. Es una lucha muy grande, porque poco a poco nos están ahogando.

Igual, no piensa abandonar el barco: se ve metiéndole hasta los 75 u 80 años.

—No tengo otra cosa en la cabeza que no sea la pesca y mi familia. Somos todos pescadores, lo llevamos muy en el corazón, muy en la sangre.


Producción y texto: Belén Uriarte

Producción, videos y edición audiovisual: Tato Vallejos

Video: algunas imágenes de respaldo son del documental “Esas pequeñas cosas” de Néstor Maquiavelli.

Fotos: Fran Appignanesi

Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec


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🏋️‍♀️🥬 Marina Danei, entrenadora y deportista fitness: hambre de luchar y superarse

Nuestra gente, nuestra mirada, nuestra ciudad.

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―A veces es prepararse todo un año para competir 15 o 20 minutos, pero es muy gratificante ver cómo uno puede expresarse a través del deporteEs muy liberador.

Marina Danei tiene 38 años y es entrenadora y deportista fitness: compite desde hace una década y lleva 4 años en el profesionalismo, con altos niveles de exigencia en cuanto a la alimentación, la disciplina y el entrenamiento. 

―Me defino como una persona luchadora. Trabajo con mucho placer ―le dice a 8000.

A los 17 años, haciendo actividad física, descubrió la conexión entre los ejercicios y los cambios en los músculos, y se metió de lleno hasta largarse a competir.

―En mi categoría, body fitness, se busca un cuerpo atlético que tiene un cierto desarrollo muscular, pero siempre manteniendo una línea femenina.

Foto: gentileza Marina Danei.

Según Marina, la competencia es una especie de modelaje con poses reglamentarias acordes con la forma física requerida. Se puntúa la estética, el maquillaje, el pelo, la bikini…

Para llegar a ese momento, la preparación es dura.

Lo más difícil son los 6 meses previos, donde planea el cambio físico con entrenamientos doble turno y una alimentación muy estricta.

―Se necesita mucha cantidad de proteínas para mantener el nivel de masa muscular y la calidad muscular para competir. Lo divido en 8 comidas diarias, que son porciones chiquititas, junto con la suplementación de aminoácidos y regeneradores musculares.

  • 🍗🥚 Come pollo, pescado, huevo, verduras, hojas verdes.

Siempre hay un poco de hambre y de cansancio: para mantener el nivel de grasa y la calidad muscular tiene que hacer un déficit calórico.

La adrenalina del deseo genera que uno pueda aguantar esas cosas.

―¿Se puede llegar a tornar peligroso? 

―Siempre tengo controles médicos. Obviamente, uno prioriza su salud y hasta ahora no tuve ningún problema. Si la dieta es adecuada a lo que vos necesitás y lo que no ingerís en la alimentación lo complementás con multivitamínicos y aminoácidos, el cuerpo está nutrido; lo que pasa es que uno está trabajando en un déficit calórico muy grande con entrenamientos muy intensos y muy poca cantidad de comida, entonces tiene que sacar un plus de energía extra que a veces cuesta un montón.

Al tener masa muscular, lo que busca con su cuerpo es la forma. Y para eso hace doble entrenamiento: sobrecarga con el equipamiento del gimnasio y cardio.

Desde Buenos Aires, el coach Ernesto Pastelnik le ayuda a diseñar las prácticas, que no tienen mucho peso: la rutina consiste en repeticiones de ejercicios muy específicos.

―No es lo mismo que el que entrena por placer, que puede hacer de todo. Hay cosas que no puedo hacer y ciertos movimientos que tengo que hacer superconcentrada, por eso está bueno entrenar sola: te tenés que conectar con lo que estás haciendo.

La base de todo es sostener en el tiempo la alimentación y el entrenamiento:

―Es constancia, constancia, constancia ―insiste Marina, que en esos meses de extrema exigencia extraña hasta un plato de arroz.

Todo es verdura, pollo, pescado, huevo…

―Fideos y esas cosas, no las ves ni en figuritas.

―¿Nunca?

―En esos meses de competencia, no. Ahora que estoy fuera de competencia, sí. Un día quiero comer fideos, como fideos; un día quiero comer helado, como helado. Pero siempre manteniendo un control.

En tiempos de dieta estricta, en cambio, ni siquiera condimenta las comidas: prefiere comer sin sal y a la plancha, porque si hace preparaciones ricas le da más hambre. 

No es comer por placer, sino comer lo que el cuerpo necesita para lo que tenés que hacer. Eso también cansa, porque llega un punto en el que te transformás en una máquina: es comer cada 2 horas, entrenar, dormir, comer, trabajar, entrenar, dormir… Entonces la cabeza te dice: “Basta, necesito un cambio”, y ahí hay que hacer pausas.

―¿Te varía mucho el físico en esos meses intensos? 

―En realidad, la intensidad es siempre la misma, lo que varía es la alimentación: cuando vos achicás las calorías se nota un montón en el cuerpo porque bajás de peso y se marcan más los músculos, pero la realidad es que el cuerpo de competencia es un cuerpo que podés sostener 20 días. Después te podés mantener bien un par de meses, pero el cuerpo a ese nivel de exigencia mucho más tiempo no lo podés aguantar.

Marina dice que siempre está en la búsqueda de su mejor versión. Y ahí siempre están los suyos: su familia, sus amigos…

Cuando sos feliz, te ven bien y ven que te va bien, ellos están bien. Al principio es raro porque muchas cosas no podés compartir: a veces, no puedo ir a un cumpleaños o a un almuerzo, pero ellos son incondicionales. Saben que hay épocas en las que me aíslo un poco y épocas donde estoy más presente, pero es parte del deporte. En el nivel profesional, hay cosas que hay que dejar a un lado para poder cumplir con el objetivo.

  • 🐕👨‍👩‍👧‍👦 Marina vive con su perro “Ringo” en Güemes al 900. Actualmente no está en pareja. Y su familia núcleo se compone por su mamá Gloria, su papá Víctor y sus 2 hermanos menores: Agustín (28) y Juan (34), que es papá de Martina, su única sobrina.

―¿Cómo tomaron tus hermanos que hagas este tipo de actividad física, que hasta hace algunos años no era tan habitual en una mujer?

Para Agustín, mi hermano más chico, siempre fui una especie de motivación. Él también tuvo un cambio grande en su adolescencia con su peso y logró cambiar un montón su cuerpo. Traté de ayudarlo, y por eso él también se metió en la actividad. Hoy en día es un excelente profe, uno de los mejores que he visto. Y mi hermano del medio, si bien se dedica a otra actividad, siempre respetó un montón lo que yo hago.

―¿La familia influyó en tu carrera? 

―No, yo creo que fue una decisión mía, sobre todo arrancar en el deporte: una búsqueda personal de poder llegar más allá de lo que es un entrenamiento. Creo que es un deporte que uno a veces elige cuando tiene hambre de superarse en general.

Y todo esto también le generó un importante cambio interno.

―Es un deporte de mucha introspección que te ayuda a evolucionar como persona, a nivel profesional, a descubrir cosas que después aplicás en la vida diaria, y es genial. Durante las preparaciones muchas veces estás cansado, con hambre, es como que te enfrentás a lo peor de vos, a tus miedos; entonces cuando estás en estado normal tenés otras herramientas para manejarte, y ahí ves los frutos de tanto sacrificio.

Y eso es lo más positivo del deporte, dice: por eso sigue ahí, firme.

Marina ganó múltiples torneos. Es la única bahiense en este tipo de competencias y tiene reconocimiento internacional: dentro del profesionalismo, ganó un Sudamericano y participó 2 veces del Arnold Classic de Madrid, el certamen más grande de la disciplina.

―Fuimos 18 competidoras. Quedé entre las primeras 10 y entre esas 10 quedé octava, así que de a poquito voy escalando. La verdad, bastante bien.

―¿En Bahía sentís reconocimiento? 

―No soy una persona que busque mucho salir en los medios, entonces es como que tampoco puedo pedir que me reconozcan si yo no me hago a la luz; pero sí soy reconocida por la gente y eso es lo que a mí me gusta, porque son con quienes estoy a diario y también son mis pares. En la ciudad me reconocieron como deportista destacada, pero siempre creo que el logro es más de uno y lo que importa es lo que yo le pueda brindar a la gente desde mi conocimiento.

―¿Qué es lo más difícil de sostenerte en una actividad así? 

La salud mental. Mantener un trabajo, la vida cotidiana, el entrenamiento, la edad también, porque llega un punto en el que ya no tenés tanta tolerancia al cansancio, al dolor físico, a la exigencia, y el cuerpo te pide parar. Entonces, está bueno estar atento a eso y saber cuándo frenar, porque a veces es un deporte que te genera tanta gratificación que con tal de seguir haciéndolo a veces se transforma en nocivo para la salud, como cualquier deporte de alto rendimiento. Ahí es donde hay que hacer un descanso, aunque sea unos meses: no abandonás la alimentación ni el entrenamiento, pero empezás a tener una vida un poco fuera de lo que es estar todo el día entrenando; visitás amigos, familiares, buscás cosas que sirvan para cargar un poco de energía.

Alguna vez el cansancio la llevó a querer dejar todo, pero siempre le mete motivación: “Queda un tironcito más”, se dice. Y sigue. El mes previo a competir es el peor:

―Estás cansada porque estás planeando el viaje, no te puede faltar nada, estás con la exigencia del nivel profesional y tenés que tratar de mantener la mente firme y concentrada en el objetivo para que no te distraiga, porque la mente siempre trata de llevarte por el peor lado: que no podés, que estás cansado…

  • 🙋‍♀️ Marina representa a la empresa de suplementos American Force, pero no tiene sponsors ni ayuda gubernamental para viajar a competir. Todo sale de su bolsillo.
  • 💪 Si bien no definió su 2024, tiene ganas de seguir compitiendo.

Foto: gentileza Marina Danei.

Dice que el gimnasio no tiene barreras: se adapta a la edad, al cuerpo, a todo. Y genera muchas gratificaciones. No se imagina haciendo otra cosa.

―Siempre estuve trabajando en esto, que es muy amplio: no es sólo construir un cuerpo en estética, sino recuperar lesiones, trabajar con el día a día de la gente, con distintas patologías, con malestares no solamente físicos. Es como que te convertís un poco en psicólogo, que es una actividad linda también: es poder transmitirle al otro que puede cambiar, que puede encontrar algo acá que lo haga sentir bien.

―¿Cuál fue la devolución de la gente que más te emocionó? 

―Me tocaron casos de operaciones donde necesitan bajar de peso y que me digan que ayudé a cambiarles la vida o a ver todo de otra forma es lo más gratificante.

Marina lleva 15 años dando clases y desde 2015 cuenta con gimnasio propio, Evolution Fitness, en Villa Rosas:

Es como si fuese un hijo para mí: es el lugar donde puedo poner en práctica todo mi conocimiento, todo lo que fui aprendiendo a través de estos años.

Actualmente asisten alrededor de 300 personas, muchas de Ingeniero White. Y la acompañan 2 profesores: su hermano Agustín y Katherine Pérez.

La concurrencia aumentó luego de la pandemia, porque la gente tomó más conciencia de la importancia de la actividad física.

―También pasa cuando hay crisis económica. Si se pueden dar un gusto, es: “Bueno, voy al gimnasio”. Porque aparte lo necesitan, no sólo física sino psicológicamente.

  • 🏋️‍♀️ En Evolution Fitness dan clases personalizadas de musculación, que más allá de lo estético sirven como complemento deportivo y recuperación de lesiones.

Marina imagina su futuro ligado al deporte, ejerciendo como juez internacional o preparando gente para competir: le gusta mucho la cotidianidad de dar clases.

―¿Qué le dirías a la Marina adolescente que se volcó a la actividad física? 

―Que hizo bien las cosas. Me hacés emocionar… Le diría que podría haber arrancado de más joven pero que se dio así. Y que si no hubiese sido esa Marina, no habría llegado a ser esta. También, que si uno tiene un sueño, lo puede cumplir, siempre.


Producción y texto: Belén Uriarte

Producción, videos y edición audiovisual: Tato Vallejos

Fotos: Fran Appignanesi

Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec


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👩‍👧‍👦 Paola Vergara, voluntaria de la vida: hacer algo por muchos

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Yo no tengo otra utilidad en mi vida más que esto: brindar lo que soy y hacer lo que puedo. Obviamente en muchas cosas fallo, como cualquier ser humano. No soy política, no tengo un peso partido al medio, no me subsidia absolutamente nadie… Es lucharla como podemos y hasta donde podemos, con un montón de limitaciones.

Así describe su vocación Paola Vergara, una mujer de 40 años que lleva la mitad de su vida al servicio de Villa Nocito y se define como “voluntaria de la vida”. Muchos la conocen por ser la encargada de la ONG Corazones Solidarios.

―Yo no soy mamá biológica, no puedo ser mamá ―le cuenta Paola a 8000―. Cuando era chica quería ser mamá, pero después de adulta no. Creo que no nací con ese don, pero sí con el de ser mamá del corazón.

Es lo que siente con los chicos que asisten al comedor, que cada vez son más: empezó hace 19 años trabajando con 15 familias y hoy tiene anotadas 485 y recibe a 250 pibes.

―Tenemos el mar a pocos kilómetros de Bahía Blanca y llevar a 300 chicos de la periferia tiene costos increíbles, casi como comprarte un 0 kilómetro. Esas desigualdades me cansan, me ponen triste y son por las que lucho.

Los días de Paola suelen ser muy similares: se levanta con el teléfono estallado de necesidades (le piden principalmente colchones, ventiladores, pañales, leche, remedios…), durante el día trata de resolverlas y se acuesta a la 1 o 2 de la madrugada.

Me encanta luchar por los derechos de los chicos. Hasta el último día de mi respiración voy a insistir con que todos necesitan tener el mismo derecho de poder visitar un shopping, de poder visitar un parque, de poder visitar el mar…

La tarea es mucha y se cumple en equipo. Desde el inicio la acompañan su pareja Armando “Pocho” Décima y su amiga Roberta Pirchio, a los que se sumaron varios voluntarios. 

―Arrancamos un merendero en conjunto con Matías Corvatta, de la Red de Voluntarios, y después nos largamos solos con comedor, merendero, ropero comunitario, apoyo escolar ―detalla Paola―. Hoy en día es eso lo que subsiste y también tenemos actividades como cocina y costura, y una vez al mes hacemos entrega de alimentos no perecederos.

“Pocho” y Paola.

Las actividades se concentran en Francia 2.227, en la casa que era de sus padres: Paola vive ahí desde hace 21 años, cuando se juntó con “Pocho”. Antes estuvo un tiempo en Vista Alegre, junto a su hermana mayor Claudia, su cuñado Daniel Flores y sus 2 sobrinas mayores, Flavia y Rocío. (Ahora hay 2 más: Melanie y Octavio, que tiene parálisis cerebral y motora).

―¿Cómo surgió la idea de dedicarte a la solidaridad?

―Creo que la vocación de servicio la aprendí en La Piedad, junto al padre “Cuchi” y al padre Daniel. Yo estaba muy metida en ese ambiente, y a los 15 años tuve una agrupación que se llamaba “Semillas de caridad”.

Entonces: ponerse en el zapato del otro viene desde su niñez.

Paola sabe muy bien lo que es el dolor y lo necesario que es tener un hombro donde apoyarse.

A los 9 años quedó huérfana. Su papá Ludin Vergara murió en mayo de 1994 al caerse de una construcción y su mamá Claudina Rocha se fue con él: falleció en septiembre de 1995, pero su vida se había apagado mucho antes por una profunda depresión.

―Según mi psicóloga, mi mamá falleció de melancolía. Siempre cuento que cuando volvimos de enterrar a mi papá, me miró a los ojos antes de acostarse y me dijo que la perdonara, porque mi papá se había llevado su vida

―¿La pudiste perdonar?

―Qué pregunta… Ahora entiendo mucho más de la vida y del amor. No te voy a decir que no me duele, porque me duele mucho. Pero sí, sé que la perdoné. Hizo lo que pudo con los recursos que tenía en el momento.

Desde aquellos tiempos, Paola también sufre depresión. 

―¿Creés que es algo que se supera o con lo que se convive?

―Todos los días se convive con esto: un día te levantás bien y al otro día te levantás mal; un día llorás de alegría y al otro día llorás porque estás pensando si vas a estar o no vas a estar

Y esa no es su única batalla: tras la pérdida de su mamá, también empezó a pelear contra la obesidad.

Paola llegó a pesar 230 kilos. Hoy anda en 130, gracias a la operación bariátrica que se hizo en marzo.

  • 🩺 Se trata de una alteración quirúrgica del estómago y el intestino para perder peso. La clínica Antozzi le donó la cirugía. Desde entonces, recibe acompañamiento psicológico: asegura que el posoperatorio no es fácil. Y su objetivo es bajar a 70 o 75 kilos.

Ahora todo pesa el doble: o sea, los kilos que estoy perdiendo, los estoy ganando en bajones ―nos dice―. Estoy superagradecida, porque para mí fue un cambio de vida tremendo, y para mi entorno también. Pero, bueno, a veces pesan más las tristezas. Hoy estoy un poco mejor; creo que es la ansiedad de poder cambiar mi calidad de vida.

Paola se quiebra cuando nos dice que lo más difícil de vivir con obesidad es la vergüenza y el padecimiento cuando “todos se te burlan”. Y ahí siempre están “Pocho”, sus amigas, los colaboradores…

El amor lo salva todo ―remarca.

―¿Creés que Bahía está preparada para atender la obesidad?

―Para nada. Yo iba al shopping, por ejemplo, y tenía que estar alguna de mis amigas pidiendo una silla especial porque no entraba, y creo que no soy la única persona obesa… También me he descompensado más de una vez; he ido al hospital Municipal porque no tengo obra social y me he tenido que sentar afuera, en un escalón alto del estacionamiento, porque las sillas de la guardia son cerradas… Un montón de injusticias existen en Bahía Blanca, no son solamente esos 2 lugares.

―¿Notaste algún avance en el último tiempo? 

―No. Tengo ganas de hacer algo, hay que empezar… Yo siempre hablo de la inclusión, pero no de la inclusión de la propaganda que te muestran en la tele, sino de la inclusión real: pensar que el otro tiene el mismo derecho que yo. Hay muchas cosas para cambiar, no solamente sobre la obesidad, pero necesitamos gente que tenga 2 cosas: ganas de laburar y poder económico. 

Entre sus tareas solidarias figura la visita al mar que organiza cada verano: su deseo es que todos los pibes de Villa Nocito y aledaños puedan disfrutar de esa experiencia.

  • 🏖 En el primer viaje que hicieron a Pehuen Co se sumaron 35 chicos y en las últimas idas a Monte Hermoso llevaron alrededor de 300.

―¿Por qué creció tanto?

Los chicos y los adultos no vienen solamente por un alimento: a veces la contención es muy importante. Mucha gente tiene ese concepto de que un merendero o un comedor se abre solamente para asistir con comida, y no es así: hay muchas mamás, muchos papás y muchos niños que necesitan un abrazo, alguien que los escuche. Hay muchas historias detrás de cada uno.

Conseguir el dinero para un viaje no es fácil, pero se logra gracias a la enorme solidaridad de la comunidad bahiense:

―Primero hay que basarse en la confianza del colaborador, que sepa que la actividad se va a cumplir. Y después, encontrarse en el camino con un montón de ángeles. En nuestro caso, gracias a Dios, cada proyecto que hemos presentado en nuestras redes sociales o en los medios ha tenido buena respuesta.

―¿Eso ha mejorado a lo largo de los años o siempre Bahía fue solidaria?

Bahía Blanca siempre fue solidaria, aunque obviamente cada vez nos va conociendo más gente. Colabora un primo, entonces la prima o el tío se enteran y se van contagiando; lo mismo sucede con compañeros de trabajo…

  • 👧 En febrero planean llevar a los chicos a Monte Hermoso. Si querés ayudar, contactate por Facebook o doná al alias CORAZONES2023

Mientras Paola nos cuenta su historia, una vecina golpea la puerta y le pide algo. Al rato, llega una camioneta con donaciones. Los chicos van y vienen.

Así es cada día en su vida: un corazón abierto para dar y recibir.

Lo más lindo, dice, es concretar las actividades y compartir la emoción y la alegría de los pibes. Y lo más triste es saber que en otros barrios no lo pueden hacer por falta de recursos.

La ONG Corazones Solidarios no tiene el apoyo de grandes empresas: sólo dan una mano la Asociación de Empleados Fiscales e Ingresos Públicos (AEFIP), que responde ante cada solicitud, y el puerto, que desde hace unos meses paga el baño químico.

La actividad se sostiene esencialmente gracias a nuestra comunidad, sobre todo a la clase media.

A la gente que más le cuesta es la que más sabe ponerse en el zapato del otro.

―¿Esperás que alguna vez no tengas que hacer este trabajo? 

―Correcto. Espero desde hace 19 años que alguien nos escuche, como ocurrió con la movilidad. 18 años cumplimos sin movilidad: hemos perdido cantidad de donaciones porque no teníamos un peso para poder pagar un flete… Pero así como nos escuchó la gente de la AFIP y pudo colaborar, espero que a algún empresario o a algún político le toquemos el corazón y diga: “Veamos cómo trabaja”… Que alguien nos pueda acompañar y vea que la necesidad existe, que no está dibujada, y que no siempre la ayuda es material, a veces se necesita un psicólogo, un pediatra…

Como no todo es económico, también llevan adelante talleres, como costura y panadería, para que la gente del barrio pueda tener una salida laboral.

―Muchos colaboradores me decían: “No es todo dar, dar y dar. También es abrir las puertas para que la gente venga a aprender” —dice Paola—. Así que pusimos hincapié en eso y ya tuvimos, por ejemplo, 15 egresados de soldadura.

  • 👩‍🍳 También el año pasado 12 chicas terminaron un taller de cocina saludable y aprendieron a hacer pastas, verduras envasadas…

―¿Qué respondés cuando escuchás frases como “No quieren trabajar”?

―Digo siempre que la gente que piensa así es la que no va a visitar un merendero o un comedor. Conozco muchas instituciones que tienen cursos, muchísimas; hay un merendero que hizo albañilería tanto para hombres como para mujeres, hay cosas muy interesantes en los barrios, pasa que no se dan a conocer o a veces es más fácil juzgar en vez de mirarse uno al espejo y decir: “En qué estoy fallando, qué estoy haciendo mal”…

Según Paola, la comunidad de Villa Nocito y alrededores es “maravillosa” y se notó mucho más tras el temporal que nos pasó por encima el 16 de diciembre.

―El día que pasó dije: “Esto va a ser como la pandemia”. Pero ahora te digo que no se asimila 1 gramo a lo que fue la pandemia: esto es mucho, mucho peor. Al principio nos quedamos sin alimentos… Y la tristeza se nota en la mirada de toda la gente.

Nocito es uno de los tantos barrios bahienses pasados de hartazgo por la falta de luz… Y encima se suman los desalmados de siempre:

―Que te obliguen a consumir en una estación de servicio para acceder a una red wifi e informarles algo a tus familiares, o que tengas que comprar para cargar el teléfono en ciertos lugares es vergonzoso… Necesitamos que la comunidad tenga empatía porque, si no, no va a cambiar esto.

―¿Qué es la empatía? 

―Es pensar en el otro. Es decir: “¿Qué puedo hacer por aquel o qué puedo cambiar de mí para ser parte del cambio?”. La gente que nos acompaña viene desde hace años, y en ellos veo empatía. Pero falta… Hay muchas personas que pueden pensar en el otro, que tienen los medios para hacer muchas cosas, pero no lo hacen.

―¿Te ha pasado alguna vez de decir: “Largo todo, no quiero saber más nada con esto”? 

―¡Uh, sí! Me pasó en pandemia, me pasó varias veces… Cuando estoy muy depresiva también me pasa, pero las chicas no dejan nunca que me rinda, siempre le buscan el lado bueno para activar y que salgamos adelante todos juntos. Como siempre digo, somos un equipo, así que si se cae uno, caemos todos.

Paola no se imagina haciendo otra cosa. En estos años aprendió que hay que comprometerse para cambiar lo que no nos gusta

Todos tenemos que pensar que no tenemos que pasar en vano por este mundo. Es decir, pasó por la Tierra Juan Pablo: “¿Y cómo pasaste, Juan Pablo, por la Tierra?”. “Y, nada, viví para el trabajo, viví para la familia….”. No, yo no quiero eso, ni en pedo. Yo quiero que el día de mañana, cuando me pregunten arriba o abajo, donde me toque estar, qué hiciste en la Tierra, pueda decir que traté de hacer lo mejor que pude, con defectos y virtudes, como todos, pero que traté de hacer algo por alguien.

Y se nota que Paola hace: dice que un día fue al centro con “Pocho” y de pronto un pibe de más de 20 años se acercó corriendo, les dio un beso y les dijo: “Conocí la playa por ustedes, gracias por todo. El día de mañana lo voy a hacer por mi hijo y por un montón de chicos más”.

―¿Qué te genera eso? 

Es la cosecha más linda que puede haber. Una vez me puse muy mal porque había abierto un curso y no venía nadie; después de un tiempo sólo se anotó una mamá. Estaba muy amargada y un colaborador me dijo: “No te sientas fracasada, con que de 100 uno haya escuchado y haya dado el paso, ya tenés el triunfo”. Y lo aprendí. 

Los adultos mayores son su otra debilidad y quiere hacer algo para ellos, también en su casa de Villa Nocito.

Acá hay muchos abuelos y abuelas solas. Muchísimos. Entonces, qué más lindo sería que pudieran tener un hogar con un patio enorme, donde les puedan cortar el pelo, higienizar sus uñas… Vivir lo que les quede de vida bien, dignamente.

Para eso, deben agrandar el espacio y sumar muchas manos y aportes. Y aún espera el subsidio de impuestos como la luz: se hace muy difícil pagar entre 25.000 y 30.000 pesos.

  • 📌 Paola y “Pocho” se sostienen gracias a la pensión por discapacidad motora que cobra él (recibió un disparo en la cabeza cuando era chico por intentar salvar a un perro al que querían sacrificar) y la venta de canastas de mimbre y de plumeros.

―¿Qué es la soledad? 

―Encontrarte sola mirando por una ventana y ver que pasa la gente, los vecinos, y uno es una planta. Hoy no lo vivo, pero lo viví con mi anterior pareja: mi poca familia me dio la espalda, con razón, porque me explicaba lo mal que estaba haciendo con esa persona, pero una cuando es chica no se da cuenta de esas cosas y comete errores… Ahí me tocó vivir la soledad: era imaginarme que venía la camioneta de mi cuñado con mi hermana y mis sobrinas, y no venía…

Paola no se siente una referente: dice que simplemente trata de ser parte del cambio hacia la paz y el amor, y de dejar una huella.

―Mirando hacia atrás, ¿qué le dirías a la Paola que arrancó con esta tarea solidaria? 

Que la felicito porque salió adelante. A veces digo que no creo en mí, pero sí creí en mí y acá estoy, firme, apoyando a un montón de personas que la pasan como yo y no lo dicen. Hay mucha gente que sufre obesidad y no lo habla o no sale de su casa, porque le da vergüenza. Hay muchas historias, mucha gente que se queda callada en su hogar, y quiero ser útil para todos aquellos a los que no llega nada y nadie.


Producción y texto: Belén Uriarte

Producción, videos y edición audiovisual: Tato Vallejos

Fotos: Fran Appignanesi

Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec


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