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🐄👩‍🌾 Delia Lissarrague, productora rural: aquel amor a la tierra

Nuestra gente, nuestra mirada, nuestra ciudad.

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—Me podría haber ido a la localidad de Cabildo… tenía una casa, y no: elegí la paz, la tranquilidad. Me encanta la tierra, estar acá —le dice a 8000 Delia Lissarrague, una productora agropecuaria de 73 años.

Ahí es donde transcurrió toda su vida: en varios campos bahienses, siempre cerca de Cabildo. Nació y se crió en uno llamado “Los Piches”, sobre la ruta 51.

—Mi mamá tuvo parálisis infantil y se tropezaba. Un domingo se cayó a las 9 de la noche y a las 2 horas nací yo, en pleno campo. Era la más chica de 5, y mi papá fue a buscar al médico. Nací con 8 meses, con el cordón enredado. Pero no me pasó nada.

Su mamá se llamaba Elisa Fassi y era la cocinera de la estancia; hacía dulces, quesos… Y su papá, Benjamín Lissarrague, trabajaba en el campo. Así, Delia y sus hermanas aprendieron de todo.

Siempre lo seguía a mi papá a caballo. Los alambrados eran muy pobres, de tres hilos, y se te pasaba la hacienda a todos lados. Eran 600 hectáreas: mucho campo, ¡había que recorrer!

Y ella tiene el recorrido más extenso: mientras sus hermanas mayores se casaban y se iban, Delia seguía con su papá, los días arriba del caballo: se le paspaban las piernas de tanto andar. Pero lo disfrutaba. No ocurría lo mismo con la escuela: si bien le gustaba estudiar, no soportaba el encierro.

A los 20 años se casó con Carlos Lucarelli, cuya familia formó la cooperativa Sombra de Toro. Juntos se mudaron a un campo llamado “Cola de Pato”. Después estuvieron un tiempo en “Los Leones” y en 1995 se establecieron en “La Manga”, a unos 7 kilómetros del acceso a Cabildo; su papá fue el encargado de este campo, que se bautizó así porque ahí estuvo la primera manga de hacienda en esa zona.

Delia y Carlos tuvieron 3 hijos: María Elena, Mariana y Bruno. Pero sus planes se mantuvieron entre la hacienda, la tierra, las quintas…

—Durante 25 años viajé con la camioneta a Cabildo llevando a los chicos al colegio. Nunca los dejé en el pueblo. Viajaba todos los días con tal de que ellos quisieran el campo.

Y resultó: a los 3 les gusta el campo. Incluso Bruno se transformó en su gran ayudante en “La Manga” tras el fallecimiento de Carlos.

—Cuando quedé viuda, Bruno tenía 17 y le dije: “Vamos a aprender. Yo no te voy a retar: si le erramos, le erramos” —recuerda—. Había que empezar a capar, había que trabajar la hacienda… Él se animó, y después hizo todos los trabajos.

Le transmitió todo lo que ella había aprendido de su papá: principalmente, a amar y cuidar la tierra para que el que venga después pueda disfrutarla tanto como ellos.

Delia y Bruno.

—¿Cómo es un día acá en el campo? 

—Ahora estoy más aliviada. Antes era cuidar mucho las ovejas y las vacas: no estaban tan organizadas, tenía que recorrerlas todos los días con la camioneta, a la mañana y a la tarde, por si había partos. Ahora Bruno organizó la hacienda con alambre eléctrico y es más fácil. Yo sigo manejando; y también tenemos siembra, que la hace él.

El campo tiene 250 hectáreas, con cultivos de cebada, avena y trigo. Y también crían vacas y corderos. A Delia le encantan los animales y muchas veces asistió partos y salvó vacas quebradas o con ataques.

Dice que el peor enemigo del campo es la sequía. Y la peor época fue cuando murió su marido, encima: tuvieron 8 años bien secos.

Para ella, se salvaron gracias a la fe: cuando el dique quedó prácticamente seco, fue a Sierra de la Ventana y le rogó a la Virgen de Fátima y le prometió poner una imagen suya si llovía.

—¿Sabés cuánto llovió ese mes? ¡350 milímetros! Y al año siguiente siguió la sequía y dije: “Bueno, Virgencita, prometo pintarte con tal de que llueva”. Y llovió 150 milímetros… Los ingenieros me decían: “A vos te tenemos miedo”.

Las inclemencias moldean y Delia recuerda una nevada terrible en 2009 y un fuego dañino el año pasado:

—Dije: “¡Qué olor a humo!”. Miré hacia el monte y no se veía del humo que había… Entonces agarré la camioneta, fui hasta la vía y le hablé a la familia que vive ahí: estaban haciendo la VTV en Bahía.

Pero la casa se salvó. Los bomberos le dijeron que había llamado justo a tiempo.

Por estas cosas, Delia prefiere el invierno. Sabe que los días de 38 o 40 grados no va a pegar un ojo en toda la noche. Le da mucho miedo.

—Cuando hay un rastrojo seco, traigo las vacas hacia la casa —dice.

Además, deja preparados un tacho con ropa de lana, un matafuegos y una pala de punta. Sabe que hay que estar siempre lista.

Y sabe qué es reinventarse y arreglarse:

—Toda la mano de obra la fuimos haciendo nosotros, incluso arreglar molinos, motores… Y así solventamos el campo, porque no se podía pagar mano de obra.

Hoy reciben una mano del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), que los ayuda a trabajar con rotación de pastura, un método que implementaron hace poco y permite que la misma hacienda haga su propio abono.

Mientras Delia camina por el campo contando su historia, decenas de vacas acompañan su paso lento y mugen su protagonismo. 

Hola, mis bebés, ¿qué pasa? —les pregunta. 

Y parecen devolverle el saludo… Se las ve en la misma sintonía: cuando Delia avanza, las vacas la siguen; cuando Delia se detiene, las vacas frenan y se disponen en una especie de semicírculo, atentas a su patrona.

—¿Qué sentís cuando distintos movimientos hablan del maltrato animal? 

Creen que uno los martiriza y no es así. Yo amo mucho al animal, no me gusta que sufra. A veces con la sequía, que se caen las vacas, las he tapado con frazadas y les he puesto almohadas viejas para que no sufran ni se ampollen.

Los días de temporal las lleva al monte. Y lo mismo sucede con las ovejas: si están en el lado sur y viene un viento grande, las lleva a la parte norte para que los corderitos no se mueran. Y si hace frío, los mete en su casa para que se calienten con la estufa.

Delia y los animales – Fotos: gentileza.

¿Y sobre comer carne animal qué dice Delia?

Delia dice que si no se comiera carne, las vacas serían salvajes y en las selvas o los montes los pumas les matarían los terneros… Y que las cadenas de carne dejarían de existir y habría menos fuentes de trabajo, y más hambre…

—Es difícil contestar si está bien o mal nuestro trabajo… Pero puedo decir que los chicos que se criaron de esta forma aman mucho a los animales.

—¿Creés que es un buen lugar para desarrollar este tipo de actividad? 

—Sí, se puede. Este campo fue muy usado para el trigo y perdió mucho fósforo. Entre la sequía y los trabajos intensos, no había quedado buen campo. Pero con la rotación de pastura dicen que en 4 o 5 años ya no habrá que darle desparasitario al animal.

Hoy la principal actividad en “La Manga” es la ganadera: si bien da menos ganancia, la agricultura implica un riesgo mayor porque implica más gasto en combustible y si no llueve hay que invertir más para no perder todo.

—A mí también me gusta la huerta, pero el sol te quema todo. En este lugar la vaca de cría sigue siendo el caballito de batalla, porque las vacas madres se buscan mucho.

Delia y Bruno.

Según Delia, el argentino en general desconoce lo que pasa en el campo… y para colmo se está perdiendo la cultura del trabajo:

Ese es el problema más grande: se han deshabitado los campos.

Pero considera que se vienen cambios: una vuelta a la artesanía, a la búsqueda de la tranquilidad, de la paz, sin tanta vida urbana.

—Creo que hay que volver a lo natural para criar hijos más sanos. El estudio tiene que estar, lógico, pero hay que amar más la tierra.

Delia siente que la vida rural le enseñó mucho: a tener paciencia, a rebuscársela y a tomarle el gustito a todo, incluso a la albañilería. Ha reparado mesas, revocó la casa y ahora se propuso arreglar el tanque de agua.

—¿Qué es el campo para vos? 

—La base de la Argentina, porque genera exportación, divisas. Lo que pasa es que está muy trabado. Yo creo que tiene que hacerse todo más trabajado: no vender el producto bruto, sino generar harinas, agregar valor. Eso daría trabajo a mucha gente.

En sus más de 7 décadas, Delia experimentó mucho y algunas cosas quedaron en el tintero, como trabajar en soga de emprendados de caballos, aprender a trabajar en plata para hacer herrajes para las riendas y los cuchillos, hacer bijouterie

Hasta ahora: no descarta seguir aprendiendo. De hecho, en los últimos años se puso con algún pendiente como el diseño y confecciona vestidos de novia y de 15, borda y hace ropa para sus 7 nietos… Ah, no cobra un peso: lo hace por hobby, nomás.

Delia ama las grandes reuniones familiares, como las fiestas que hizo para sus 60 y 70 años. Cuantos más son, mejor. Y dice que su gente es su motor y quiere llegar fuerte hasta los 80 para seguir ayudando a su hijo.

—¿Qué es la familia?

—Lo más importante, para que el chico tenga la base de ser buena persona, de saber lo que es cuidar, respetar, la cultura del trabajo, que es lo que necesitamos… La Argentina tiene de todo: si la cultivamos y la protegemos, vamos a salir de esta. Creo que van a venir tiempos buenos en la política, que se tiene que foguear un poco más, pero va a entender que hay que defender la tierra y a la Argentina. 

Para Delia, ser chacarera es un reto: hay que tener agallas. Pero asegura que se puede, y que ser mujer jamás fue un impedimento. 

La llaman “Chiquita” por su tamaño y por ser la menor de 5 hermanas. Pero ella se define como una persona fuerte, atributo que heredó de sus padres.

Fui luchadora, paciente. Amo el campo y nunca esquivé en el camino ninguna piedra, las agarré todas…

—¿Cuáles son esas piedras?

—Cuando nací mi papá tenía casi 50. No estudié secundario; venía el párroco a buscarme, pero yo no dejé a mi padre. En Cabildo hice de todo, hasta vendí flores para sostener a mis padres hasta que me casé. Y después cuidé a todos: a mi mamá, a mi papá que murió a los 82 topado por un ciervo, y fue muy triste… También a mis suegros (Juan Lucarelli y Ana Gabarini), a mi cuñado (Héctor “Tino” Lucarelli)… Estuve 27 años cuidando enfermos graves, ninguno fácil.

Pero Delia no duda: si le dieran a elegir, elegiría la misma vida.

—¿Qué le dirías hoy a la Delia que seguía a su papá a caballo? 

—Que me gustaría ser niña para seguir haciendo lo mismo. Fuimos criados en casas muy humildes y fuimos felices. Mi fiesta de 15 años la hice en un galpón, vino hasta el oficial de policía con la sirena, y bailamos en piso de tierra. Fui feliz con eso, del campo lo agradezco todo.


Producción, videos y edición audiovisual: Tato Vallejos

Producción y texto: Belén Uriarte

Fotos: Eugenio V.

Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec


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💁🏼‍♂️ Adrián Macre, colectivero y dirigente deportivo y barrial: manejarse colaborando

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Adrián Macre nació en Bahía Blanca, tiene 55 años y es dirigente deportivo y barrial, y participó en política. Sus días hoy se reparten entre el club La Armonía, la familia, su trabajo como chofer de colectivo y las instituciones sociales con las cuales colabora.

—Me siento orgulloso creyendo que soy un tipo honesto, leal, sincero, optimista; no me gusta dar vueltas con las cosas —se describe Adrián ante 8000.

Y dice que seguramente tiene 20.000 errores, pero elige resumir lo bueno: un tipo que trata de no complicarse ni complicarle la vida a nadie.

Adrián camina bordeando el alambrado de la cancha donde los más chicos juegan un picadito, y a cada paso extiende la mano para saludar a madres y padres que conversan entre sí. Todos lo conocen: está ahí desde siempre.

A los 17 años ya formaba parte de la comisión directiva, a los 45 se convirtió en socio vitalicio y hace una década asumió por primera vez la presidencia.

—En 2012 tuve que agarrar porque la comisión que estaba había renunciado. Nos juntamos 4 o 5 y dijimos: “¿Qué hacemos?”. Yo estaba trabajando en el fútbol formativo… Siempre digo que fui presidente porque no había otro.

Había mucho por hacer, e hicieron: en esa gestión incorporaron hockey, patín, vóley y una escuela de fútbol para chicos con discapacidad que hoy no funciona, aunque esperan recuperar y potenciar.

  • 🙋‍♂️ Adrián tuvo 4 mandatos en La Armonía: asumió en 2012, en 2014, en 2019 (con una comisión regularizadora) y en 2020. Actualmente es el vicepresidente, un cargo que también ocupó su papá Oscar Macre, “El Gordo”.

—Estoy orgulloso de ser parte. Porque yo llevo el título de, pero te imaginás que solo no hago ni un 0,05 % de lo que se hizo. Siempre hubo gente trabajando.

Eso, dice, elevó al club a otro nivel: hoy cuenta con 750 chicos, vestuarios renovados, 3 canchas con riego por aspersión para el fútbol y una sede donde se practica vóley, hockey, bochas, patín y baile, entre otras actividades.

Hay un movimiento que nunca se había visto. Nos genera un orgullo grande ver un montón de chicos y chicas que van a hacer actividades y se quedan porque se sienten cómodos —remarca.

  • 🤾‍♀️ Entre los próximos objetivos figuran alquilar un gimnasio y sumar hándbol, deporte que Adrián practicaba de chico.

—¿Cuál es la importancia de los clubes de barrio? 

—La contención a los chicos. Hay un lema viejo que dice “un chico más en un club es un chico menos en la calle”, y es verdad. El año pasado ascendimos en el fútbol y hasta ese entonces La Armonía era el único en Bahía Blanca que no le pagaba a un solo jugador en Primera. Siempre jugó con chicos del club y esa es la idea: darles la oportunidad a los chicos de acáy que los de abajo vean y se contagien.

Esa función social impulsa su trabajo, sin perder de vista las exigencias y los gastos que tiene una entidad en constante crecimiento. 

—También tenemos que asegurarnos de que paguen la cuota. Por supuesto, no se deja a ningún chico en la calle: quien no pueda pagar, va a venir a jugar. Lo único que exigimos es que los padres vengan a plantear la situación.

  • 👩‍🦰 Este año sumaron a una trabajadora social para acompañar a los pibes. Según Adrián, la institución tiene que estar y apoyar: ese es el compromiso. 

—¿Hay casos concretos de chicos que salieron de la calle o del mal camino por el deporte?

—No me animo a decir “si no era por el deporte, iba a terminar mal”… Pero sí que hay muchos chicos que están en una situación vulnerable y encuentran contención en el club; no sólo en La Armonía, sino en muchos clubes o escuelitas de fútbol.

Adrián remarca el hincapié que hacen al contratar profesores y técnicos:

—En el día a día, son ellos nuestros ojos. Y más allá de que queremos que los chicos ganen y salgan campeones, lo que más queremos es que sean felices, que no vean la hora de venir al club y quedarse hasta que se va el sol.

Sobre los recientes casos de violencia en la ciudad (con la letal interna de la barra de Villa Mitre en el centro de la escena), Adrián quiere marcar una diferencia: una cosa es el socio, el simpatizante, el que quiere al club, y otra es la hinchada.

—No sé de quién es la culpa. Jamás voy a culpar a un dirigente porque cualquier dirigente, del club más grande al más chico, está dejando vida, amigos, trabajo para trabajar gratis por instituciones, entonces jamás criticaría.

E incorpora cierto matiz sobre el conflicto tricolor:

—Según algunos periodistas, los dirigentes dijeron que no conocían a esos hinchas y sí los conocían. Imagino que los conocen: ahora, ¿qué pretenden que haga un dirigente? No sé en las instituciones más grandes, pero en los clubes chicos no tenés ayuda. Se te juntan 30, 40 tipos, vos los sacás, y ellos saben dónde vivís… 

De afuera es fácil opinar, agrega. Y para él, los dirigentes deben llevar adelante una entidad y darles contención a los chicos por medio del deporte, colaborar con la Justicia, la Policía o quien corresponda, pero no hacerse cargo de situación violentas como esta, donde incluso hubo un muerto a balazos.

A pesar de la cantidad de años y actividades, Adrián sigue metiéndole pero trata de no copar la parada: dice que La Armonía debe seguir creciendo y que hay gente con más tiempo y preparación.

—Capaz que yo tengo que ser referente del profe que contrato y el profe, de los chicos… Es una cadena que se tiene que ir construyendo y respetando. Yo digo que uniendo voluntades, cambiamos realidades. Es la única manera.

  • Entre los sueños, aparecen otro gimnasio, más actividades y piletas propias. Y entre las necesidades, anota luminarias y mayor seguridad.

Adrián vive a sólo 7 cuadras de la sede velezana de Bélgica al 1.100, donde flotan innumerables recuerdos, como las noches con “El Gordo”, su papá, mientras su mamá Elisa trabajaba como enfermera en el Hospital Municipal.

—Mi viejo la llevaba a las 21 y de ahí pasaba por el club. Era cantado: la mesa de amigos, el vermut, las charlas que duraban hasta las 2 de la mañana… Yo dormía en una silla, con mi hermano Christian. Después nos llevaba a casa y al otro día, escuela.

—¿Qué le dirías hoy a ese Adrián chiquito que se dormía en la silla? 

—Que disfrute de esa silla, del club, porque va a ser una parte muy importante en su vida, tan importante que lo ayudará a criar a su hijo (Martín), lo más importante de su vida. Le diría: “Valorá cada segundo, porque esta institución te va a dar más”. Ser dirigente es lo más ingrato que hay, pero hay algo inexplicable, un orgullo interno de decir “esto lo hice yo”, aunque la gente no se acuerde.

🚍 Desde el bondi

Con el colectivo, Adrián hizo viajes a todo el país. Hoy está la mayor parte del tiempo en la línea 507, aunque también hace recorridos con la 514 y la 505, además de ser parte de las comisiones que prestan servicios ejecutivos a empresas del Polo Petroquímico.

Arriba del bondi también ve otra ciudad y las necesidades. Y no le resulta gratis, porque se considera (como le dijo un conocido que se estaba por recibir de psicólogo) alguien con “exceso de empatía”.

—Creo que es malo, porque te genera mucho dolor de cabeza tratar de entender siempre a los demás. El otro día iba en el colectivo, sube una señora mayor y le digo a un hombre de 30 y pico: “¿No puede dejarle el asiento?”. Se levantó y se lo dio. Mi primera reacción fue pensar: “La pucha, ¿es necesario que yo le tenga que decir cuando ve que la pobre mujer no se puede ni mover?”, y automáticamente aparece en mi cabeza: “Quién soy para juzgarlo, ¿y si este tipo viene de la casa donde tiene el hijo enfermo…?”.

  • Está convencido de que Bahía puede mejorar. Y para eso hay que meterse en los barrios, escuchar y ejecutar: “Si fuese concejal (aclaro: no me estoy postulando, ¡no me interesa!), lo primero que hago es vender el auto y comprar una camioneta para ir a las instituciones, que tienen donaciones y nadie las puede buscar. Entonces llevás, traés y no solo ayudás, sino que encima te venís con 50.000 proyectos, porque andando es donde ves la necesidad”
  • Ah: también propondría que los concejales tuvieran dedicación exclusiva. Como chofer, Adrián no podría laburar 7 u 8 horas manejando y después ir a sesionar, entonces lo mismo debería pasar con los profesionales, dice: “Los abogados cobran el sueldo de concejal y atienden en su estudio. ¿Te gusta ser concejal y lo que cobrás te sirve para vivir? Si la respuesta es ‘sí’, entonces sos concejal las 24 horas durante 4 años”.

🤝 Desde los barrios

“Donde estés, intentá sumar”.

“Si podés dar una mano, dala. Comprometete”.

Ese tipo de consejos le tira Adrián a su hijo Martín.

—¿Qué es el compromiso para vos? 

El compromiso es la palabra: si das una palabra, tenés que cumplirla. Y si por esas cosas de la vida no podés, viene el segundo consejo: dar la cara, hacerte cargo, decir “perdoname, yo te prometí y no puedo”… Cuando no cumplís, no solo fallás como persona, también le complicás la vida a la gente a la que le dijiste que lo ibas a hacer —dice—. Hiciste tal cosa, pusiste todo el corazón y las cosas no se dieron, pero igual te vas a dormir tranquilo porque hiciste todo lo posible: eso es importantísimo.

  • 🤗 Además de la labor solidaria en el entorno del club, desde hace 8 años Adrián, su pareja Sandra, su hijo Martín y su nuera Sol juntan pañales para el Cottolengo: “Llegamos a juntar 11.000… Bahía es muy solidaria”.

👀 Desde la política

Adrián es peronista y participó de la política bahiense: fue director de Relaciones Institucionales durante la gestión de Gustavo Bevilacqua, secretario de Desarrollo Social y “orgulloso” delegado de Noroeste. 

No sé si fue una experiencia buena. Pensé que la política servía para ayudar, transformar, y fue la vez que menos plata cobré en mi vida. Cuando era secretario me venían a pedir 2 chapas y en el Municipio no había recursos, pero no me daba la cara para decir eso y las terminaba pagando yo. Si les decía que no tenía, iban a pensar lo mismo que yo cuando iba por el club: “¿Cómo el Municipio no va a tener 2 chapas?”.

No se sintió cómodo; dice que no se banca la hipocresía, que no tiene filtro y que por eso no terminó bien con Bevilacqua. Tampoco entiende del todo las redes sociales: solía escribir para hacer catarsis y rebotaba en el periodismo y…

—No quería armar lío, estar en el medio de esas discusiones… Hoy no soy político, entonces no tengo que estar. Era un peso con el que tenía que vivir.

—¿Hoy que pensás de la política? 

—Que es muy difícil transformar, y no significa que los políticos sean todos malos. No hay que generalizar. La política no es mala; hay que involucrarse, hay que estar, porque si no es como en la institución: tenés un montón de gente que te critica, que dice “ustedes tendrían que…”, pero le decís que venga y “no, yo no puedo”.

Según su mirada, Bahía está descuidada desde cuando era funcionario pero hoy ve “un descontrol total”, por ejemplo con las ciclovías y el alcohol cero al volante.

Si no controlamos lo que se hace, se pierde. Como colectivero te digo que el carril para el colectivo es una de las mejores cosas que hicieron, pero no se controla. Hoy vas por Chiclana y tenés 3 autos parados ahí, entonces en lugar de generar algo bueno, generás inseguridad, porque tenés que abrirte y hacer maniobras que antes no.

—¿Qué es lo mejor y lo peor que tiene la ciudad? 

Lo mejor es la gente. Y lo peor, la grieta: no sólo en Bahía, en el país… Es horrible generalizar, no respetar las ideas. Ojalá algún día se pueda armar un gobierno en conjunto. No soy partidario del gobierno actual de Bahía, pero no por eso voy a decir que son todos un desastre. Hay jóvenes con una fuerza y unas ganas… Lo malo es esa pelea absurda: si vos sos de un equipo y yo de otro, “ustedes son todos malos”.


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👨‍🚒 Vicente Cosimay, bombero voluntario: 24 horas al servicio

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Vicente Cosimay nació en la localidad de General Daniel Cerri, tiene 45 años y es bombero voluntario. Entró al cuartel cerrense en 1999 y 1 año más tarde empezó a trabajar en el cuerpo activo: es decir, a hacer salidas en el autobomba.

Es un estilo de vida. Vos estás 24 horas de servicio y tu vida está reglamentada: sí, te anotás por propia voluntad, pero una vez que estás en este sistema tenés que organizarte en las líneas y todas las cosas que hay acá —le cuenta a 8000.

Ser parte de bomberos voluntarios implica cumplir con guardias de handy en casa, estar preparado para salir si suena la sirena, saber que por ahí vas a tener que interrumpir una juntada, una fiesta o cualquier otra actividad.

También supone estar listo para pasar varias horas en el cuartel. Vicente cuenta que, por ejemplo, cuando hay tormentas grandes con inundaciones por ahí les toca hacer hasta 30 salidas. Entonces se quedan ahí, comen ahí…

Y en medio de toda esa vorágine es importante no perder el equilibrio.

—Todos tenemos nuestro trabajo, porque de algo tenemos que vivir. Yo, por ejemplo, trabajo en una casa de repuestos. Y tenemos que equilibrar ese trabajo, la familia y bomberos. Algunos no llegan a equilibrarlo y ven que no es para ellos.

—¿Y qué pasa si estás en tu trabajo y hay una emergencia?

—Podés salir. Hay una ley nacional que ampara al bombero para que no haya ninguna sanción económica y no tengamos ningún tipo de problema. 

Sin embargo, la realidad suele ser diferente: Vicente cuenta que, en general, es difícil que el empleador les permita irse cada vez que suena la sirena.

—Tampoco queremos generar eso de “no voy a tomar a un bombero porque no sé cuándo va a venir”. Por eso, nos organizamos para respetar los horarios de trabajo.

Hacen todo tipo de servicio. Van a accidentes, incendios de casas y forestales, rescates de personas y animales, y también responden a otras necesidades del pueblo cerrense.

—Cualquier cosa que no se puede hacer, “llamemos a los bomberos”. Y nosotros vamos y tratamos de resolverlo. Es una satisfacción poder ayudar

—¿Por qué elegiste ser bombero voluntario? 

—Muchos ya nacen con esa vocación, otros porque los papás han sido bomberos… Y el caso mío es totalmente distinto: yo trabajaba en los gimnasios y me llamaron para preparar una brigada de bomberos que iba a competir a Santa Fe; entonces los preparé, fuimos a la competencia, me encantó el ambiente de bombero y quise competir, pero te pedían que tengas 1 año de bombero, así que vine y me anoté.

Desde entonces es bombero voluntario: jamás se alejó. Dice que el cuartel lo llamó para trabajar y siente una enorme satisfacción por todo lo que pudo lograr.

Fue instructor, subdirector y director en la escuela de cadetes. Después pasó a ser coordinador nacional de cuarteles en representación de la Federación Centro Sur. Y en la carrera fue bombero, ayudante, subayudante, oficial y hoy es segundo jefe.

Su trabajo consiste en ocuparse de todo lo que ocurre con el personal, la instalación, los vehículos, los equipos, y a su vez organizar, delegar, reunirse, llevar la necesidad de la comisión directiva y colaborar con los eventos que haya.

También puede hacer salidas, pero en general está para coordinar la emergencia.

El bombero voluntario no tiene sueldo. Para Vicente, la paga es esa satisfacción que se siente en el corazón cuando estás volviendo y decís “wow, lo pudimos hacer, pudimos ayudar, pudimos sacar a una persona”. Aunque no siempre es así, lamentablemente…

—Hay veces que uno no llega porque fue un accidente grave y no podemos hacer nada… Lo más difícil de ser bombero es cuando uno empieza a recorrer ese lugar y puede ver todas las pertenencias tiradas, puede ver un poco la música que escuchaba, el libro que leía, la fe que tenía… Todo eso es impactante para nosotros.

En esos momentos se cuestiona por qué se detuvo el tiempo de esa persona, qué es la vida, qué es el amor, qué es la familia…

—¿Te tocó despedir a alguien? 

—No. Sí me pasó de situaciones donde tenemos que sacar a una persona y se nos complica. Nos pasó una vez cerca de Rodovía: no la podíamos sacar, tenía los pies atrapados en una combi. Fue uno de los rescates más difíciles, pero lo logramos.

Cuando el bombero tiene una emergencia, “fracciona su vida”, dice Vicente: estás comiendo con tu familia, de repente suena la sirena y salís corriendo al cuartel, te cambiás, subís al autobomba y vas, sin saber con qué te vas a encontrar.

Y el tránsito no siempre ayuda: no todos ceden el paso. De ahí la importancia del chofer, que tiene que tener un temperamento especial para manejar la situación. Tienen que llegar lo más rápido posible a asistir, pero tienen que llegar

—Además de rescatar a alguien, todos tenemos familia. Tenemos que cuidarnos para seguir adelante. Esto no es un juego: es algo que lo tomamos muy en serio.

Una vez en el lugar, todo se vuelve acción. En el caso de un accidente tienen 60 minutos, llamados “hora dorada”, para sacar a la persona de ahí. Cuanto más eficiente es el trabajo del bombero, más probabilidad de que esa persona viva.

Ya en el cuartel, limpian todo, guardan, se cambian la ropa, registran toda la actividad y después se juntan con la psicóloga, que emplea la técnica defusing, una técnica para manejar el estrés, una especie de barrido emocional para no llevarse toda la carga a casa.

—Nos sentamos y empezamos a hablar: “¿Cómo te sentiste?”, “¿cómo trabajaste?”. Se permite expresar todo tipo de emoción porque muchos venimos en shock, de ver cosas que no estamos acostumbrados. Y después tenemos que armar lo que se fracturó de nuestra vida: nos preguntamos qué estábamos haciendo, qué vamos a hacer al llegar. Es una forma de armar otra vez tu historia y que no quede ese vacío, ese trauma.

—¿Siempre te recuperás? 

—Yo nunca he tenido problemas. Nosotros sabemos que cuando empezamos a soñar todas las noches con lo mismo o se produce algo en la emoción que altera el comportamiento, ya se produjo el trauma, y lo tenemos que tratar con la psicóloga.

Vicente también encuentra sostén en la fe, que le permite ver las cosas de otra manera: son “llamados para esto” y hacen lo posible, pero no son superhéroes.

Somos personas con sentimientos, con emociones, con necesidades. A veces estamos bien, a veces estamos cansados.

—Para los chicos sí son superhéroes, ¿no?

—Sí, eso sí. Yo siempre digo que saluden a los chicos, que estén atentos a sus necesidades, porque el día de mañana ellos pueden ser bomberos.

Es tal la admiración que continuamente reciben dibujos de los más chiquitos. Y no salen de su asombro cuando van de visitas a los jardines: ahí les enseñan a no tener miedo ni al traje de bombero, ni al tubo para respirar, ni a la sirena.

—Les enseñamos que los bomberos son sus amigos. Les compartimos la ropa para que ellos se la prueben y los ponemos en una camilla para que vean cómo es. Los preparamos por si algún día tienen un accidente, que sepan que puedan confiar.

Y son cosas que a los chicos les quedan. Les ha pasado que después de algunos años aparece alguno en la escuela de cadetes con un solo deseo: ser bombero.

—Me acuerdo de un chico que venía con sus cartas, que lo teníamos que convencer para que vaya al campamento en la escuela de cadete y hoy es oficial. Es algo muy lindo, siento que el progreso de cada uno de los chicos es también mi progreso.

El cuartel de Cerri se fundó en 1987 por las necesidades del pueblo: los bomberos de Bahía no siempre llegaban a tiempo cuando había un incendio, entonces los vecinos impulsaron el cuartel.

Hoy hay 70 bomberos en el cuerpo activo y los cupos femenino y masculino están equiparados. Está a cargo Andrea Tumminello, que entró hace más de 20 años y en 2019 se convirtió en la primera jefa del cuartel.

Los gastos del cuartel se solventan con subsidios estatales, aportes de vecinos e iniciativas propias del cuerpo de bomberos para generar recursos.

—¿Creés que esta actividad debería profesionalizarse y que haya sueldos?

—Nuestro cuerpo está profesionalizado con respecto a las técnicas y todo lo que hay que hacer. Pero el bombero voluntario es el vecino que se capacitó para ayudar a otros vecinos. Ese es el concepto y mientras se pueda sostener, está bueno que sea así. Sí necesitaríamos un cuartelero las 24 horas, que por supuesto debe ser pago.

Vicente detalla que el bombero voluntario tiene que cumplir al menos 2 horas semanales de guardias y otras 2 en la sección que le corresponda, que puede ser automotores, capacitación y ayudantía, entre otras.

Pero no tienen una cantidad definida de horas: nunca se sabe qué puede ocurrir.

El cuartel se divide en 2 brigadas y cuando suena la sirena, va la que está de guardia. Si no hay emergencia, suele coordinarse por handy. Pero cuando hay un accidente grave o un incendio de casa que requiere más gente, tocan la sirena.

—El que escucha tiene que venir. Son 3 toques que indican que tenés que venir. Y una vez que llegás, tenemos un cartel que dice qué tipo de siniestro es y ahí se organiza.

Mientras se coloca el equipo, Vicente cuenta que hay 2 tipos de vestimenta: el traje estructural y otro más liviano para los incendios forestales. Y los cascos difieren de color: blanco para oficiales y jefes, rojo para suboficiales y amarillos para bomberos. 

—¿El equipo aísla el calor?

—¡Noooo! Te morís de calor… En una época sufrí un problema respiratorio por tanto incendio: estábamos expuestos a mucha temperatura mucho tiempo y me agarró como un asma crónico. Ahí aflojé un poco.

El incendio que más lo marcó fue en el pueblo, un verano con temperaturas altísimas. Según los recuerdos, todo arrancó con un vecino queriendo quemar basura y terminó con “una tormenta de fuego” producto de las fuertes ráfagas de viento.

El fuego cruzó todo el pueblo, no lo podíamos parar. Tuvimos que pedir ayuda a los cuarteles vecinos y se llenó de autobombas. Me acuerdo de haber llevado compañeros acalambrados de tanto luchar.

Esa noche se superó la capacidad de respuesta. Pero con la ayuda de varios cuarteles y los vecinos de Cerri, pudieron extinguir el fuego cerca de las 3 de la mañana.

También recuerda como si fuese hoy la noche en que despertó a una parte de Cerri.

Fue por el año 2000. Había una sirena de baja potencia y como los handies eran caros, la mayoría tenía bíper, un dispositivo que mostraba mensajes como “Personal de guardia presentarse en el cuartel”.

—Donde vivía, a veces por el viento no se sentía la sirena. Y una noche suena el bíper a las 3 de la mañana: decía que había un accidente en la ruta 3 sur. Agarré la bicicleta, me vine con todo, llegué y no había nadie. Era imposible, ¡yo vivía a 10 cuadras!

Vicente pensó que había leído mal. Volvió a mirar, pero no: el mensaje decía “Accidente en la ruta 3”. Entonces tocó la sirena, y enseguida sonó el teléfono. Del otro lado, un comisario le preguntó qué pasaba. “Tengo un accidente en la ruta”, devolvió Vicente.

—Llegó uno de los oficiales y preguntó qué pasaba. Le dije que me había sonado el bíper y me respondió: “No, están andando mal, suenan desparejo”.

Se trataba de un incidente viejo: los bomberos ya habían ido y vuelto…

—Al otro día preguntaron: “¿Quién tocó la sirena a las 3 de la mañana?”. “Vicente, vení para acá”, y me dieron unos coscorrones… ¡Naaaa, de buena manera!

En medio de las corridas, la emergencia y los contratiempos, también se disfruta. A Vicente le causa enorme placer ver crecer a los más chicos, que formen familia y que perduren en la institución. Y también, la respuesta y el amor de su pueblo.

—Cada vez que compramos un autobomba damos la vuelta tocando la sirena y todo el pueblo sale a saludarnos. El Día del Bombero se llena de jardines, de tortas, de cartas. Son cosas muy satisfactorias, que a medida que uno crece las siente más.

Y así también pasa con los actos: se vuelven más emotivos. 

—Ves gente que no está, gente que daba órdenes y ahora está en reserva… Mirás para arriba y ya no queda nada, mirás para abajo y están los chicos que veías en la escuela. Parece mentira que en estos 24 años pasó la vida así, en un abrir y cerrar de ojos.

La vida del bombero va cambiando: no es lo mismo cuando arrancás, con toda la juventud, con toda la polenta y el tiempo del mundo, que cuando ya sos más grande, tenés más compromisos, formás una familia.

—Cambia tu forma de pensar: antes eras impulsivo, te subías al autobomba, llegabas rapidísimo. Ahora los chicos llegan mucho más rápido que vos, y vos tenés más precaución, más conciencia del peligro, pensás más en que todo vaya bien.

Insiste en la importancia de volver sano y salvo a casa. Es padre de Angelina, de 9 años, y Jazmín de 14: siempre están presentes en sus pensamientos.

—Cuando tengo un tiempo me gusta estar con ellas, con mi señora (Gabriela)… A veces hay semanas enteras que casi no puedo verlas. Es tremendo. Siempre soñé con tener una familia, por eso siempre digo que hay que tratar de tener un equilibrio y no dejarles ese vacío de “papá no estaba nunca”, aunque a veces pasa… 

—¿Ser papá te ha hecho dudar de continuar? 

—No, aunque cuando uno va creciendo se va poniendo más difícil. Uno se pone en el lugar del familiar o la persona que tuvo un accidente, y dice: “Podría ser mi hijo”, “podría ser mi familia”. 

Vicente asegura que Cerri es el ambiente justo para este tipo de actividad:

Este lugar es hermoso, nuestro cuartel es hermoso. Cuando hay un proyecto, se apoya. La escuela de cadetes surgió para sacar a los chicos de la calle, y gracias a este cuartel y a este pueblo hoy tenemos un montón de chicos y nunca nos cansamos de recibir bomberos.

Al pensar en su retiro, dice que le gustaría irse a tiempo: viendo con satisfacción cómo todos siguen el camino, cómo crecen, cómo se capacitan cada vez mejor.

—Quisiera terminar mi carrera y decir: “Hasta acá llegué, hice las cosas tratando de que salgan bien”. No todo es perfecto, pero quiero que me juzguen por mis intenciones de haber querido hacer las cosas bien cada día que estuve acá.

—Y mirando hacia atrás, ¿qué le dirías a tu yo de los comienzos?

—Que hay un camino por transitar fantástico. Si volviera a nacer, haría lo mismo.


Producción, videos y edición audiovisual: Tato Vallejos

Producción y texto: Belén Uriarte

Fotos: Eugenio V.

Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec


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🏉 Stephania Fernández Terenzi, ingeniera y rugbier de selección: actitud ante todo

Nuestra gente, nuestra mirada, nuestra ciudad.

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—No importa la contextura física, la actitud es todo para mí —le dice a 8000 Stephania Fernández Terenzi, que tiene 27 años, es ingeniera química, hace un doctorado y practica rugby 7 en el club Palihue.

Stephania mide 1,49 y es wing. Es decir, juega en una punta y su función consiste básicamente en agarrar la guinda e ir para adelante, pasar rivales y correr y correr y correr para hacer un try.

—Y festejarlo con una compañera es lo que más se disfruta —cuenta—. O cuando metés un buen tackle, que sacás a alguien de la cancha.

Para ella, el rugby es liberación: cuando tiene un mal día, entrena, juega y descarga. 

—También me genera mucho amor. Este club es como mi segunda casa y me llena de cosas buenas: el tener a mis compañeras al lado mío entrenando día a día, el poder presionarte siempre un poquito, porque siempre un poquito más podés dar…

Y también es cosa bien fraternal: son 4 y a excepción de su hermana mayor, Micaela, todos son rugbiers. Inició la pasión Alexis, el menor de Stephania: empezó a jugar a los 8 años y toda la familia acompañó.

—Recuerdo de adolescente ir todo el tiempo al club a ayudar en los terceros tiempos, cocinarles a los chicos, servir mesas. Desde que mi hermano arrancó, empezamos a mirar rugby los fines de semana, se hizo parte de nuestra rutina.

Stephania empezó a finales de 2018, por insistencia de su hermana Anael, la más pequeña de la casa, que jugó en el club Palihue antes de dar el salto a España.

Y se enganchó rápido:

—Me llamó la atención el juego en equipo y la inteligencia que tenés que poner, ya que va en contra de todo lo que uno espera: el pase va para atrás, no tenés que golpear la pelota para adelante porque es un knock-on, la velocidad de juego…

—¿Y cómo fue jugar con tu hermana? 

—Es lo que más disfruté de jugar. Tenerla al lado, compartir viajes… Se genera un vínculo más profundo, porque es terminar un partido e ir a charlar de lo que hicimos, que ella meta un try y salir corriendo a felicitarla o que meta uno yo y venga ella.

Ya sin su hermana en el plantel, Stephania atraviesa un momento deportivo de mucha plenitud: en diciembre de 2022 fue convocada para entrenar con el seleccionado nacional y vivió “una verdadera locura” junto a 25 chicas de todo el país.

—Me encantó la exigencia, el nivel, la manera en que se juega. Conocés otra realidad, ves otra dinámica… Fue una experiencia completamente enriquecedora.

Su sueño es poder jugar un circuito mundial con Argentina. Reconoce que es muy difícil, pero no imposible. Y seguirá esforzándose para alcanzarlo.

Ponerse la casaca con el yaguareté es lo máximo que te puede pasar con el rugby femenino acá. Me encantaría que todas las chicas tuvieran la posibilidad de poder vivirlo al menos una vez en la vida, porque la motivación que te da es increíble. 

Stephania camina con la pelota por el medio de la cancha de césped de Palihue y luego se posiciona para explicar cómo dar pases hacia atrás. Confiesa que no patea muy bien: sus virtudes están en la aceleración y el try. También tacklea: si bien es de contextura chica, ya se acostumbró al roce.

—Nunca me golpeé feo. Una sola vez me quebré un dedo, pero no fue un golpe feo. Es más, me lo vendé y seguí jugando, o sea… ¡a ese nivel de locura!

Los golpes son lo peor del rugby, dice, pero también suelen ser indicadores del rendimiento: si el día posterior al partido “los hombros te matan de dolor, quiere decir que jugaste un partidazo y que lo diste todo”.

—Este mes comenzó el juicio por el asesinato de Fernando Báez Sosa y los autores son rugbiers: ¿qué te produce la asociación rugby-violencia?

—Siendo jugadora, duele escuchar que se diga eso de nuestro deporte, pero también hay que hacer mea culpa, quizás en los entrenadores que a veces uno tiene, en las bajadas de línea… Este tipo de cosas no pueden pasar. Desde los clubes tenemos que aumentar las charlas respecto a la violencia. Nuestro deporte nos hace tener una fuerza que puede afectar al otro; hay que evitar las peleas, incluso dentro de la cancha.

—¿Cuáles son los valores del rugby? 

El compañerismo, el trabajo en equipo, el respeto… Por más que uno es rival dentro de la cancha, afuera somos todos compañeros y compartimos un tercer tiempo donde nos olvidamos de lo que pasa en la cancha y estamos todos unidos. 

Ese momento pospartido en el que comen y charlan es muy valioso para Stephania:

—Ahí es el momento en el que te sentás y podés conocer a la persona, ¡está buenísimo! A veces te das cuenta de que un rival con el que te llevás mal en la cancha es una persona increíble afuera. 

Según dice, la victoria sirve y motiva pero se aprende más en la derrota, a pesar del enojo momentáneo que aparece cuando las cosas no salen bien.

—Cuando te va mal en un partido, y más si sabías que podías ganarlo, es cuando te sentás y hacés un mea culpa más grande. Decís: “Acá tendría que haber tackleado”, “acá me tendría que haber reposicionado”…. 

—¿Qué considerás que es el éxito? 

—Creo que es relativo y depende de cada uno. A veces puede ser algo deportivo, a veces puede ser algo personal, pero creo que el ser exitoso viene de la mano de alcanzar algo que uno sueña. Uno es exitoso cuando cumple sus sueños.

Stephania nació en la localidad chubutense de Trelew y vino a Bahía para estudiar Ingeniería Química en nuestra Universidad Nacional del Sur: se recibió hace 5 años y hoy hace su doctorado.

La clave para cumplir con todo, dice, es la organización

A la mañana, muy temprano, entrena la parte de gimnasio, luego trabaja; a la tarde tiene algún tiempito libre y a la noche hace la parte de cancha o sale a correr.

Y con la comida, como no tiene mucho tiempo, va a lo práctico: porciones cortadas, comidas en el freezer ya listas, y “así logras que la rueda siga andando”.

Está enamorada de Bahía y piensa seguir acá: 

—Fue un gran cambio. Trelew es una ciudad más chica, tuve que acostumbrarme pero la verdad, me encanta. Tengo que agradecer a la universidad que me dio mucho en estos años. Es una ciudad hermosa, que tiene muchos lugares verdes para entrenar, como la pista de atletismo, o clubes como este, casi en el centro, ¡es increíble!

—¿Creés que Bahía es un buen lugar para desarrollar el rugby femenino? 

—Sí. Hay mucha gente trabajando por el rugby en Bahía; tengo que mencionar a Elo Teófilo, que hoy forma parte de la Comisión de la Unión de Rugby del Sur. Creo que Bahía da para tener clubes de rugby femenino y para seguir desarrollando el deporte; hay mujeres y tienen ganas de jugar.

Para ella, no fue complicado unirse al rugby siendo mujer por su entorno familiar, pero reconoce que hay familias que dejan jugar al nene y no a la nena porque “es muy violento para mujeres”.

—Estamos todo el tiempo peleando con ese estereotipo. A mí siempre me gusta decir que si yo con mi tamaño puedo jugar, cualquier mujer puede jugar al rugby.

Stephania resalta que no hay deportes de mujeres ni de hombres: hay deportes, y gente que tiene ganas de hacerlos, divertirse y jugar.

—¿Qué le dirías a una nena que le gusta el rugby pero no lo practica? 

—Que se acerque a un club y empiece. Que es una actividad hermosa, que se va a llenar de amigas, de compañeras, que va a aprender un montón y se va a armar de un grupo que le va a durar para toda la vida. Y que cada vez que tenga la oportunidad de entrar con la camiseta a representar a su club, se va a sentir completamente plena.

El camino de Stephania está lleno de anécdotas. Recuerda una muy particular en uno de sus primeros partidos, cuando fue a tacklear a una rival pero no pudo bajarla y entonces apareció su hermana.

—No tuvo mejor idea que venir y tacklearnos a las 2 juntas. Hay una foto en la que se ve que yo estoy agarrada a una jugadora y viene mi hermana para bajarnos a las 2. Quedó como una anécdota divertida, ¡no me quiero imaginar si es mi rival!

Hoy ya no comparten equipo: Anael juega en España, donde este deporte es más profesional. A ella, por ejemplo, le pagaron pasajes y le dieron trabajo: “Algo que acá es muy difícil, pasa a veces con el masculino pero no con el femenino”.

—¿Te gustaría que esta actividad fuera profesional y dedicarte 100%? 

—Nunca me lo había planteado, pero me gustaría. Tenés muchos torneos y poder dedicarte de manera exclusiva hoy es el problema más grande. El entrenamiento de rugby demanda mucho: nutricionista, gimnasio, entrenar en el club, y si además tenés que trabajar es un poco difícil.

Su recorrido no hubiese sido posible sin el apoyo de la familia. Stephania asegura que es muy importante:

—A todos nos gusta hacer algo bien, mirar a la tribuna y tener a tu papá, a tu mamá, a tu tío, a quien a quien vos quieras ahí, alentándote.

Es que el aliento juega un rol trascendental: a veces, las piernas ya no te dan y ese grito de “es la última” o “dale que podés” se transforma en combustible puro.

Las críticas funcionan a la inversa. Pero a Stephania no le afectan: se cierra tanto durante el partido que ni siquiera las escucha.

—Creo que si te está abucheando toda una tribuna sí te va a afectar, pero en el rugby eso no pasa y si en algún momento alguien lo hace, en general el resto lo frena porque no es la idea. La idea es que nos divirtamos. Todos nos podemos equivocar.

Su mayor aprendizaje es el trabajo en equipo, que permite llegar más lejos que las individualidades. Sola no puede hacer nada, asegura: si la pelota no le llega, no puede lucirse; si una compañera no va y limpia cuando ella va al piso, no puede jugar…

Y ya mirando al futuro, piensa que el mayor desafío es sumar más mujeres a la disciplina. Están desarrollando un grupo juvenil y quieren tener infantiles, porque “la pirámide arranca desde abajo: si tenés nenas que arrancan a jugar a los 4 o 5, cuando lleguen a primera van a tener 14 años de rugby y van a ser jugadoras increíbles”. 

—¿Qué le dirías a tu yo de los comienzos en el rugby? 

—Probablemente le diría que lo logró. O sea, que arrancó jugando para divertirse con su hermana y logró más de lo que podía haber imaginado en toda su vida deportiva. Le diría que valió la pena el esfuerzo, esos entrenamientos con frío, con calor…


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