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👱‍♀️ Alicia D’Arretta, auxiliar de educación: la vida por sus chicos

Nuestra gente, nuestra mirada, nuestra ciudad.

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Alicia Susana D’Arretta tiene 64 años y en abril cumple 26 como auxiliar de educación en la escuela N° 74 de Panamá y Eduardo González, su “segunda casa”.

—Siempre estoy pensando en la escuela. Vivo y respiro por la escuela —dice Alicia, parada en un rincón del patio, donde un grupo de nenas y nenes juegan a la pelota.

Asegura que no cambiaría por nada esas 4 horas diarias que pasa con los chicos de la primaria. No sólo les hace el desayuno: también los escucha, los cuida, los contiene…

—Tengo la idea de que la vida es servicio y sé que aportando mi granito de arena estoy haciendo algo bueno para ellos. 

Si bien trabajó unos años en comercio, desde que entró en educación siempre estuvo en la escuela 74, a la que ya conocía porque sus hijos habían estudiado ahí. Es que Alicia vive a apenas 6 cuadras de ese establecimiento del barrio Santa Margarita.

—En 1997, ¡oh casualidad!, me inscribí para auxiliar y mi primera suplencia fue acá —le cuenta a 8000—. Creo que fueron 20 días y cuando llegué a mi casa tenía un telegrama. Me presenté a los 2 días y justo había un cargo a la tarde.

Recuerda que la escuela era mucho más chiquita, había menos personal… Y que la adaptación fue fácil: sus compañeras eran sus vecinas, muchas docentes habían sido maestras de sus hijos, así que “no me resultó para nada pesado”. 

Estuvo 21 años en el turno tarde y lleva casi 5 a la mañana.

Pero algunas cosas se mantienen desde el inicio. Cada día del ciclo lectivo, Alicia abre la escuela, ventila, limpia aulas y dependencias y luego prepara el desayuno.

Y también está ahí por si algún docente la necesita y le pide, por ejemplo, “cuidame un momentito a los chicos que voy hasta Dirección”.

—La actividad que más disfruto acá es hacer el desayuno para los chicos, llevarlo, que ellos abran la puerta y pregunten: “¿Hoy qué hay?”. ¡Esa carita de sorpresa!

También se emociona con las muestras de cariño que recibe de los nenes que tienen entre 6 y 11 años, con sus dibujos, cartas, corazones, frases como “te quiero”…

—Recuerdo una carta, ya hace tiempo, de un chiquito que había perdido a su mamá y la cocina era su lugar de desahogo. Cuando terminó, que se iba de la escuela, me escribió. Si te digo lo que me puso, empiezo a llorar… Unos sentimientos hermosos.

En su casa tiene una caja repleta de esos dibujos y cartas.

—Los guardo para mi vejez —asegura Alicia, que aún no piensa en su retiro—. Al principio fueron como mis hijos y ahora, por mi edad, son como mis nietos.

Con su guardapolvo azul, recorre los pasillos de la escuela y muestra con orgullo cada rincón. Cada tanto se acuerda de su compañera y quiere ir hasta la cocina para ver si necesita ayuda con el desayuno. Está en todo: no puede desprenderse de su rol.

Dice que siempre trata de colaborar. Sobre todo si se trata de los chicos.

—Si necesitan algo ellos vienen a la cocina. Por ahí tienen un día malo o les pasó algo lindo y vienen y te lo cuentan. A veces nos cuentan más cosas que a las propias señoritas porque ellas están atendiendo a todo el grupo. 

En ese vínculo radica la enorme satisfacción que le produce su trabajo.

—Si lo pensás como venir a limpiar, ordenar, hacer la leche, no. Pero si a todo eso le ponés amor

Los chicos son su debilidad.

Admira su inocencia, su bondad, su honestidad: hacen o dicen lo que sienten, “si no te quieren, no te quieren; pero si lográs el vínculo, es para siempre”.

Y a todo eso, se suman las enormes satisfacciones que el trabajo le dio por fuera de la escuela. Remarca que, por ejemplo, le permitió pagar la carrera universitaria de su hija, algo que la llena de orgullo. 

Por supuesto, en educación también hay momentos difíciles. Para ella, lo más complicado es ver partir a los chicos: cada promoción a fin de año le cuesta horrores.

—Uno crea vínculos. Los conoce cuando tienen 6 años, los ve crecer y es difícil despedirlos. Pero bueno, uno trata junto con los docentes de inculcarles cosas lindas, de ayudarlos a crecer y de acompañarlos más que nada.

Dice que los chicos también son sus grandes maestros: todos los días le enseñan algo con su cariño, su solidaridad y ciertas reflexiones que la dejan “con la boca abierta”.

Guarda también muchas anécdotas de quienes pasaron por la escuela hace años y cada tanto vuelven al presente. Alicia cuenta que es bastante habitual ver en la puerta a mamás y papás que tiempo atrás encontraron refugio en la cocina de la 74.

—¿Qué sensación te produce verlos tan grandes? 

—Yo ya no los reconozco porque los dejé de ver cuando tenían 10 años y hoy son hombres, mujeres, algunos profesionales… Pero ellos se acuerdan. ¡Es emoción!

Alicia destaca que la escuela 74 es un establecimiento inclusivo, que supo adaptarse a las necesidades de la comunidad: tiene, por ejemplo, rampas en distintos sectores y baños acondicionados para las personas con discapacidad.

Y también resalta el esfuerzo de madres y padres para que la escuela “esté linda”. 

—Lograron poner aire acondicionado en todas las aulas y así, todo: las cortinas, la pintura, todo el tiempo vienen a trabajar. Los chicos también tienen un quiosco que solventa muchísimo los gastos de materiales de limpieza, de todo lo que se necesita…

Oriunda de Bahía, describe a la ciudad como un lugar “un poquito raro”, sobre todo para la gente de afuera, ya que “de entrada no es muy cálida”. Aunque remarca:

—Tenemos un poquito de alma de pueblo también, porque si bien la ciudad es grande, muchos nos conocemos. Aunque crece cada vez más, no es como las grandes urbes.

Cuando ella arrancó en esta escuela, que está frente a la plaza La Madre, donde el sonido de las cigarras puede resultar ensordecedor, el barrio estaba compuesto por unas pocas casas bajas. Hoy las viviendas son “más suntuosas, cambió mucho la fisonomía”.

Cuenta que lo que más le gusta de la ciudad son los espacios verdes, como las plazas, donde los chicos se juntan a jugar. Mientras que el viento es lo menos agradable, sobre todo cuando se combina con “ese calor agobiante en verano”.

—¿Bahía es un buen lugar para desarrollar tu actividad?

—Sí, hay muchos establecimientos y muchos chicos que buscan este trabajo porque tiene horario de corrido y les da tiempo para estudiar. Incluso hay muchos casi profesionales en esto porque los ayuda para sobrevivir y seguir estudiando.

La trayectoria de Alicia no hubiese sido igual sin el apoyo de su familia. Madre de 2 hijos, dice que no fue difícil cumplir con los 2 roles porque cuando ingresó a la escuela sus chicos ya estaban en la secundaria, “no requería estar tan encima”.

—Más me lo reclaman mis nietos —dice entre risas—. Por ahí quieren venir y les digo “no, la abuela tiene que ir a trabajar”. Ellos siempre dicen “la escuela de la abuela”

Una abuela que va marcando caminos: cuenta que la más grande de sus 4 nietos acaba de terminar la secundaria y quiere estudiar la carrera para maestra inicial.

Alicia asegura que la educación atraviesa un momento complicado: la escuela antes “era mucho más aglutinante, las familias acompañaban más”, mientras que hoy se ve más individualismo y “muchos chicos están prácticamente solos”, diferencia.

—Los papás tienen que trabajar y hacen lo que pueden con el tiempo que les queda… Hay muchos chicos que tienen acompañamiento y otros no tanto, entonces hay que trabajar más en la escuela. Gracias a Dios siempre tenemos un equipo.

—¿Qué creés que hace falta en nuestra educación para que los chicos estén mejor? 

Que todos puedan tener un lugar cálido, lindo, confortable. Hay escuelas que están muy deterioradas… Acá logramos, después de unos cuantos años, hacer todos los baños nuevos y ahí ando yo vigilando que nadie rompa nada porque costó mucho esfuerzo. Es como la casa de uno: hay que pintarla, cuidarla, arreglarla.

—¿Qué le dirías a la Alicia de los comienzos?

—¡Qué suerte que te tocó venir acá! 

Es que ahí conoció gente “maravillosa” y pudo cumplir sus sueños. Por eso hoy sólo disfruta y agradece el respeto y el cariño que recibe a diario.

—Es cierto que siempre le dediqué mucho al colegio. Y eso se cosecha después.

—¿Te preparás de alguna manera para el momento en que ya no estés acá? 

—No, porque no lo quiero ni pensar. Además creo que para que a uno lo despidan  hay que partir, y yo no creo que me pueda ir nunca: voy a quedarme por acá haciendo algo, viniendo, mi corazón siempre va a estar. Amo este lugar.


Producción, videos y edición audiovisual: Tato Vallejos

Producción y texto: Belén Uriarte

Fotos: Eugenio V.

Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec


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👨‍🚒 Vicente Cosimay, bombero voluntario: 24 horas al servicio

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Vicente Cosimay nació en la localidad de General Daniel Cerri, tiene 45 años y es bombero voluntario. Entró al cuartel cerrense en 1999 y 1 año más tarde empezó a trabajar en el cuerpo activo: es decir, a hacer salidas en el autobomba.

Es un estilo de vida. Vos estás 24 horas de servicio y tu vida está reglamentada: sí, te anotás por propia voluntad, pero una vez que estás en este sistema tenés que organizarte en las líneas y todas las cosas que hay acá —le cuenta a 8000.

Ser parte de bomberos voluntarios implica cumplir con guardias de handy en casa, estar preparado para salir si suena la sirena, saber que por ahí vas a tener que interrumpir una juntada, una fiesta o cualquier otra actividad.

También supone estar listo para pasar varias horas en el cuartel. Vicente cuenta que, por ejemplo, cuando hay tormentas grandes con inundaciones por ahí les toca hacer hasta 30 salidas. Entonces se quedan ahí, comen ahí…

Y en medio de toda esa vorágine es importante no perder el equilibrio.

—Todos tenemos nuestro trabajo, porque de algo tenemos que vivir. Yo, por ejemplo, trabajo en una casa de repuestos. Y tenemos que equilibrar ese trabajo, la familia y bomberos. Algunos no llegan a equilibrarlo y ven que no es para ellos.

—¿Y qué pasa si estás en tu trabajo y hay una emergencia?

—Podés salir. Hay una ley nacional que ampara al bombero para que no haya ninguna sanción económica y no tengamos ningún tipo de problema. 

Sin embargo, la realidad suele ser diferente: Vicente cuenta que, en general, es difícil que el empleador les permita irse cada vez que suena la sirena.

—Tampoco queremos generar eso de “no voy a tomar a un bombero porque no sé cuándo va a venir”. Por eso, nos organizamos para respetar los horarios de trabajo.

Hacen todo tipo de servicio. Van a accidentes, incendios de casas y forestales, rescates de personas y animales, y también responden a otras necesidades del pueblo cerrense.

—Cualquier cosa que no se puede hacer, “llamemos a los bomberos”. Y nosotros vamos y tratamos de resolverlo. Es una satisfacción poder ayudar

—¿Por qué elegiste ser bombero voluntario? 

—Muchos ya nacen con esa vocación, otros porque los papás han sido bomberos… Y el caso mío es totalmente distinto: yo trabajaba en los gimnasios y me llamaron para preparar una brigada de bomberos que iba a competir a Santa Fe; entonces los preparé, fuimos a la competencia, me encantó el ambiente de bombero y quise competir, pero te pedían que tengas 1 año de bombero, así que vine y me anoté.

Desde entonces es bombero voluntario: jamás se alejó. Dice que el cuartel lo llamó para trabajar y siente una enorme satisfacción por todo lo que pudo lograr.

Fue instructor, subdirector y director en la escuela de cadetes. Después pasó a ser coordinador nacional de cuarteles en representación de la Federación Centro Sur. Y en la carrera fue bombero, ayudante, subayudante, oficial y hoy es segundo jefe.

Su trabajo consiste en ocuparse de todo lo que ocurre con el personal, la instalación, los vehículos, los equipos, y a su vez organizar, delegar, reunirse, llevar la necesidad de la comisión directiva y colaborar con los eventos que haya.

También puede hacer salidas, pero en general está para coordinar la emergencia.

El bombero voluntario no tiene sueldo. Para Vicente, la paga es esa satisfacción que se siente en el corazón cuando estás volviendo y decís “wow, lo pudimos hacer, pudimos ayudar, pudimos sacar a una persona”. Aunque no siempre es así, lamentablemente…

—Hay veces que uno no llega porque fue un accidente grave y no podemos hacer nada… Lo más difícil de ser bombero es cuando uno empieza a recorrer ese lugar y puede ver todas las pertenencias tiradas, puede ver un poco la música que escuchaba, el libro que leía, la fe que tenía… Todo eso es impactante para nosotros.

En esos momentos se cuestiona por qué se detuvo el tiempo de esa persona, qué es la vida, qué es el amor, qué es la familia…

—¿Te tocó despedir a alguien? 

—No. Sí me pasó de situaciones donde tenemos que sacar a una persona y se nos complica. Nos pasó una vez cerca de Rodovía: no la podíamos sacar, tenía los pies atrapados en una combi. Fue uno de los rescates más difíciles, pero lo logramos.

Cuando el bombero tiene una emergencia, “fracciona su vida”, dice Vicente: estás comiendo con tu familia, de repente suena la sirena y salís corriendo al cuartel, te cambiás, subís al autobomba y vas, sin saber con qué te vas a encontrar.

Y el tránsito no siempre ayuda: no todos ceden el paso. De ahí la importancia del chofer, que tiene que tener un temperamento especial para manejar la situación. Tienen que llegar lo más rápido posible a asistir, pero tienen que llegar

—Además de rescatar a alguien, todos tenemos familia. Tenemos que cuidarnos para seguir adelante. Esto no es un juego: es algo que lo tomamos muy en serio.

Una vez en el lugar, todo se vuelve acción. En el caso de un accidente tienen 60 minutos, llamados “hora dorada”, para sacar a la persona de ahí. Cuanto más eficiente es el trabajo del bombero, más probabilidad de que esa persona viva.

Ya en el cuartel, limpian todo, guardan, se cambian la ropa, registran toda la actividad y después se juntan con la psicóloga, que emplea la técnica defusing, una técnica para manejar el estrés, una especie de barrido emocional para no llevarse toda la carga a casa.

—Nos sentamos y empezamos a hablar: “¿Cómo te sentiste?”, “¿cómo trabajaste?”. Se permite expresar todo tipo de emoción porque muchos venimos en shock, de ver cosas que no estamos acostumbrados. Y después tenemos que armar lo que se fracturó de nuestra vida: nos preguntamos qué estábamos haciendo, qué vamos a hacer al llegar. Es una forma de armar otra vez tu historia y que no quede ese vacío, ese trauma.

—¿Siempre te recuperás? 

—Yo nunca he tenido problemas. Nosotros sabemos que cuando empezamos a soñar todas las noches con lo mismo o se produce algo en la emoción que altera el comportamiento, ya se produjo el trauma, y lo tenemos que tratar con la psicóloga.

Vicente también encuentra sostén en la fe, que le permite ver las cosas de otra manera: son “llamados para esto” y hacen lo posible, pero no son superhéroes.

Somos personas con sentimientos, con emociones, con necesidades. A veces estamos bien, a veces estamos cansados.

—Para los chicos sí son superhéroes, ¿no?

—Sí, eso sí. Yo siempre digo que saluden a los chicos, que estén atentos a sus necesidades, porque el día de mañana ellos pueden ser bomberos.

Es tal la admiración que continuamente reciben dibujos de los más chiquitos. Y no salen de su asombro cuando van de visitas a los jardines: ahí les enseñan a no tener miedo ni al traje de bombero, ni al tubo para respirar, ni a la sirena.

—Les enseñamos que los bomberos son sus amigos. Les compartimos la ropa para que ellos se la prueben y los ponemos en una camilla para que vean cómo es. Los preparamos por si algún día tienen un accidente, que sepan que puedan confiar.

Y son cosas que a los chicos les quedan. Les ha pasado que después de algunos años aparece alguno en la escuela de cadetes con un solo deseo: ser bombero.

—Me acuerdo de un chico que venía con sus cartas, que lo teníamos que convencer para que vaya al campamento en la escuela de cadete y hoy es oficial. Es algo muy lindo, siento que el progreso de cada uno de los chicos es también mi progreso.

El cuartel de Cerri se fundó en 1987 por las necesidades del pueblo: los bomberos de Bahía no siempre llegaban a tiempo cuando había un incendio, entonces los vecinos impulsaron el cuartel.

Hoy hay 70 bomberos en el cuerpo activo y los cupos femenino y masculino están equiparados. Está a cargo Andrea Tumminello, que entró hace más de 20 años y en 2019 se convirtió en la primera jefa del cuartel.

Los gastos del cuartel se solventan con subsidios estatales, aportes de vecinos e iniciativas propias del cuerpo de bomberos para generar recursos.

—¿Creés que esta actividad debería profesionalizarse y que haya sueldos?

—Nuestro cuerpo está profesionalizado con respecto a las técnicas y todo lo que hay que hacer. Pero el bombero voluntario es el vecino que se capacitó para ayudar a otros vecinos. Ese es el concepto y mientras se pueda sostener, está bueno que sea así. Sí necesitaríamos un cuartelero las 24 horas, que por supuesto debe ser pago.

Vicente detalla que el bombero voluntario tiene que cumplir al menos 2 horas semanales de guardias y otras 2 en la sección que le corresponda, que puede ser automotores, capacitación y ayudantía, entre otras.

Pero no tienen una cantidad definida de horas: nunca se sabe qué puede ocurrir.

El cuartel se divide en 2 brigadas y cuando suena la sirena, va la que está de guardia. Si no hay emergencia, suele coordinarse por handy. Pero cuando hay un accidente grave o un incendio de casa que requiere más gente, tocan la sirena.

—El que escucha tiene que venir. Son 3 toques que indican que tenés que venir. Y una vez que llegás, tenemos un cartel que dice qué tipo de siniestro es y ahí se organiza.

Mientras se coloca el equipo, Vicente cuenta que hay 2 tipos de vestimenta: el traje estructural y otro más liviano para los incendios forestales. Y los cascos difieren de color: blanco para oficiales y jefes, rojo para suboficiales y amarillos para bomberos. 

—¿El equipo aísla el calor?

—¡Noooo! Te morís de calor… En una época sufrí un problema respiratorio por tanto incendio: estábamos expuestos a mucha temperatura mucho tiempo y me agarró como un asma crónico. Ahí aflojé un poco.

El incendio que más lo marcó fue en el pueblo, un verano con temperaturas altísimas. Según los recuerdos, todo arrancó con un vecino queriendo quemar basura y terminó con “una tormenta de fuego” producto de las fuertes ráfagas de viento.

El fuego cruzó todo el pueblo, no lo podíamos parar. Tuvimos que pedir ayuda a los cuarteles vecinos y se llenó de autobombas. Me acuerdo de haber llevado compañeros acalambrados de tanto luchar.

Esa noche se superó la capacidad de respuesta. Pero con la ayuda de varios cuarteles y los vecinos de Cerri, pudieron extinguir el fuego cerca de las 3 de la mañana.

También recuerda como si fuese hoy la noche en que despertó a una parte de Cerri.

Fue por el año 2000. Había una sirena de baja potencia y como los handies eran caros, la mayoría tenía bíper, un dispositivo que mostraba mensajes como “Personal de guardia presentarse en el cuartel”.

—Donde vivía, a veces por el viento no se sentía la sirena. Y una noche suena el bíper a las 3 de la mañana: decía que había un accidente en la ruta 3 sur. Agarré la bicicleta, me vine con todo, llegué y no había nadie. Era imposible, ¡yo vivía a 10 cuadras!

Vicente pensó que había leído mal. Volvió a mirar, pero no: el mensaje decía “Accidente en la ruta 3”. Entonces tocó la sirena, y enseguida sonó el teléfono. Del otro lado, un comisario le preguntó qué pasaba. “Tengo un accidente en la ruta”, devolvió Vicente.

—Llegó uno de los oficiales y preguntó qué pasaba. Le dije que me había sonado el bíper y me respondió: “No, están andando mal, suenan desparejo”.

Se trataba de un incidente viejo: los bomberos ya habían ido y vuelto…

—Al otro día preguntaron: “¿Quién tocó la sirena a las 3 de la mañana?”. “Vicente, vení para acá”, y me dieron unos coscorrones… ¡Naaaa, de buena manera!

En medio de las corridas, la emergencia y los contratiempos, también se disfruta. A Vicente le causa enorme placer ver crecer a los más chicos, que formen familia y que perduren en la institución. Y también, la respuesta y el amor de su pueblo.

—Cada vez que compramos un autobomba damos la vuelta tocando la sirena y todo el pueblo sale a saludarnos. El Día del Bombero se llena de jardines, de tortas, de cartas. Son cosas muy satisfactorias, que a medida que uno crece las siente más.

Y así también pasa con los actos: se vuelven más emotivos. 

—Ves gente que no está, gente que daba órdenes y ahora está en reserva… Mirás para arriba y ya no queda nada, mirás para abajo y están los chicos que veías en la escuela. Parece mentira que en estos 24 años pasó la vida así, en un abrir y cerrar de ojos.

La vida del bombero va cambiando: no es lo mismo cuando arrancás, con toda la juventud, con toda la polenta y el tiempo del mundo, que cuando ya sos más grande, tenés más compromisos, formás una familia.

—Cambia tu forma de pensar: antes eras impulsivo, te subías al autobomba, llegabas rapidísimo. Ahora los chicos llegan mucho más rápido que vos, y vos tenés más precaución, más conciencia del peligro, pensás más en que todo vaya bien.

Insiste en la importancia de volver sano y salvo a casa. Es padre de Angelina, de 9 años, y Jazmín de 14: siempre están presentes en sus pensamientos.

—Cuando tengo un tiempo me gusta estar con ellas, con mi señora (Gabriela)… A veces hay semanas enteras que casi no puedo verlas. Es tremendo. Siempre soñé con tener una familia, por eso siempre digo que hay que tratar de tener un equilibrio y no dejarles ese vacío de “papá no estaba nunca”, aunque a veces pasa… 

—¿Ser papá te ha hecho dudar de continuar? 

—No, aunque cuando uno va creciendo se va poniendo más difícil. Uno se pone en el lugar del familiar o la persona que tuvo un accidente, y dice: “Podría ser mi hijo”, “podría ser mi familia”. 

Vicente asegura que Cerri es el ambiente justo para este tipo de actividad:

Este lugar es hermoso, nuestro cuartel es hermoso. Cuando hay un proyecto, se apoya. La escuela de cadetes surgió para sacar a los chicos de la calle, y gracias a este cuartel y a este pueblo hoy tenemos un montón de chicos y nunca nos cansamos de recibir bomberos.

Al pensar en su retiro, dice que le gustaría irse a tiempo: viendo con satisfacción cómo todos siguen el camino, cómo crecen, cómo se capacitan cada vez mejor.

—Quisiera terminar mi carrera y decir: “Hasta acá llegué, hice las cosas tratando de que salgan bien”. No todo es perfecto, pero quiero que me juzguen por mis intenciones de haber querido hacer las cosas bien cada día que estuve acá.

—Y mirando hacia atrás, ¿qué le dirías a tu yo de los comienzos?

—Que hay un camino por transitar fantástico. Si volviera a nacer, haría lo mismo.


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Fotos: Eugenio V.

Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec


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🏉 Stephania Fernández Terenzi, ingeniera y rugbier de selección: actitud ante todo

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—No importa la contextura física, la actitud es todo para mí —le dice a 8000 Stephania Fernández Terenzi, que tiene 27 años, es ingeniera química, hace un doctorado y practica rugby 7 en el club Palihue.

Stephania mide 1,49 y es wing. Es decir, juega en una punta y su función consiste básicamente en agarrar la guinda e ir para adelante, pasar rivales y correr y correr y correr para hacer un try.

—Y festejarlo con una compañera es lo que más se disfruta —cuenta—. O cuando metés un buen tackle, que sacás a alguien de la cancha.

Para ella, el rugby es liberación: cuando tiene un mal día, entrena, juega y descarga. 

—También me genera mucho amor. Este club es como mi segunda casa y me llena de cosas buenas: el tener a mis compañeras al lado mío entrenando día a día, el poder presionarte siempre un poquito, porque siempre un poquito más podés dar…

Y también es cosa bien fraternal: son 4 y a excepción de su hermana mayor, Micaela, todos son rugbiers. Inició la pasión Alexis, el menor de Stephania: empezó a jugar a los 8 años y toda la familia acompañó.

—Recuerdo de adolescente ir todo el tiempo al club a ayudar en los terceros tiempos, cocinarles a los chicos, servir mesas. Desde que mi hermano arrancó, empezamos a mirar rugby los fines de semana, se hizo parte de nuestra rutina.

Stephania empezó a finales de 2018, por insistencia de su hermana Anael, la más pequeña de la casa, que jugó en el club Palihue antes de dar el salto a España.

Y se enganchó rápido:

—Me llamó la atención el juego en equipo y la inteligencia que tenés que poner, ya que va en contra de todo lo que uno espera: el pase va para atrás, no tenés que golpear la pelota para adelante porque es un knock-on, la velocidad de juego…

—¿Y cómo fue jugar con tu hermana? 

—Es lo que más disfruté de jugar. Tenerla al lado, compartir viajes… Se genera un vínculo más profundo, porque es terminar un partido e ir a charlar de lo que hicimos, que ella meta un try y salir corriendo a felicitarla o que meta uno yo y venga ella.

Ya sin su hermana en el plantel, Stephania atraviesa un momento deportivo de mucha plenitud: en diciembre de 2022 fue convocada para entrenar con el seleccionado nacional y vivió “una verdadera locura” junto a 25 chicas de todo el país.

—Me encantó la exigencia, el nivel, la manera en que se juega. Conocés otra realidad, ves otra dinámica… Fue una experiencia completamente enriquecedora.

Su sueño es poder jugar un circuito mundial con Argentina. Reconoce que es muy difícil, pero no imposible. Y seguirá esforzándose para alcanzarlo.

Ponerse la casaca con el yaguareté es lo máximo que te puede pasar con el rugby femenino acá. Me encantaría que todas las chicas tuvieran la posibilidad de poder vivirlo al menos una vez en la vida, porque la motivación que te da es increíble. 

Stephania camina con la pelota por el medio de la cancha de césped de Palihue y luego se posiciona para explicar cómo dar pases hacia atrás. Confiesa que no patea muy bien: sus virtudes están en la aceleración y el try. También tacklea: si bien es de contextura chica, ya se acostumbró al roce.

—Nunca me golpeé feo. Una sola vez me quebré un dedo, pero no fue un golpe feo. Es más, me lo vendé y seguí jugando, o sea… ¡a ese nivel de locura!

Los golpes son lo peor del rugby, dice, pero también suelen ser indicadores del rendimiento: si el día posterior al partido “los hombros te matan de dolor, quiere decir que jugaste un partidazo y que lo diste todo”.

—Este mes comenzó el juicio por el asesinato de Fernando Báez Sosa y los autores son rugbiers: ¿qué te produce la asociación rugby-violencia?

—Siendo jugadora, duele escuchar que se diga eso de nuestro deporte, pero también hay que hacer mea culpa, quizás en los entrenadores que a veces uno tiene, en las bajadas de línea… Este tipo de cosas no pueden pasar. Desde los clubes tenemos que aumentar las charlas respecto a la violencia. Nuestro deporte nos hace tener una fuerza que puede afectar al otro; hay que evitar las peleas, incluso dentro de la cancha.

—¿Cuáles son los valores del rugby? 

El compañerismo, el trabajo en equipo, el respeto… Por más que uno es rival dentro de la cancha, afuera somos todos compañeros y compartimos un tercer tiempo donde nos olvidamos de lo que pasa en la cancha y estamos todos unidos. 

Ese momento pospartido en el que comen y charlan es muy valioso para Stephania:

—Ahí es el momento en el que te sentás y podés conocer a la persona, ¡está buenísimo! A veces te das cuenta de que un rival con el que te llevás mal en la cancha es una persona increíble afuera. 

Según dice, la victoria sirve y motiva pero se aprende más en la derrota, a pesar del enojo momentáneo que aparece cuando las cosas no salen bien.

—Cuando te va mal en un partido, y más si sabías que podías ganarlo, es cuando te sentás y hacés un mea culpa más grande. Decís: “Acá tendría que haber tackleado”, “acá me tendría que haber reposicionado”…. 

—¿Qué considerás que es el éxito? 

—Creo que es relativo y depende de cada uno. A veces puede ser algo deportivo, a veces puede ser algo personal, pero creo que el ser exitoso viene de la mano de alcanzar algo que uno sueña. Uno es exitoso cuando cumple sus sueños.

Stephania nació en la localidad chubutense de Trelew y vino a Bahía para estudiar Ingeniería Química en nuestra Universidad Nacional del Sur: se recibió hace 5 años y hoy hace su doctorado.

La clave para cumplir con todo, dice, es la organización

A la mañana, muy temprano, entrena la parte de gimnasio, luego trabaja; a la tarde tiene algún tiempito libre y a la noche hace la parte de cancha o sale a correr.

Y con la comida, como no tiene mucho tiempo, va a lo práctico: porciones cortadas, comidas en el freezer ya listas, y “así logras que la rueda siga andando”.

Está enamorada de Bahía y piensa seguir acá: 

—Fue un gran cambio. Trelew es una ciudad más chica, tuve que acostumbrarme pero la verdad, me encanta. Tengo que agradecer a la universidad que me dio mucho en estos años. Es una ciudad hermosa, que tiene muchos lugares verdes para entrenar, como la pista de atletismo, o clubes como este, casi en el centro, ¡es increíble!

—¿Creés que Bahía es un buen lugar para desarrollar el rugby femenino? 

—Sí. Hay mucha gente trabajando por el rugby en Bahía; tengo que mencionar a Elo Teófilo, que hoy forma parte de la Comisión de la Unión de Rugby del Sur. Creo que Bahía da para tener clubes de rugby femenino y para seguir desarrollando el deporte; hay mujeres y tienen ganas de jugar.

Para ella, no fue complicado unirse al rugby siendo mujer por su entorno familiar, pero reconoce que hay familias que dejan jugar al nene y no a la nena porque “es muy violento para mujeres”.

—Estamos todo el tiempo peleando con ese estereotipo. A mí siempre me gusta decir que si yo con mi tamaño puedo jugar, cualquier mujer puede jugar al rugby.

Stephania resalta que no hay deportes de mujeres ni de hombres: hay deportes, y gente que tiene ganas de hacerlos, divertirse y jugar.

—¿Qué le dirías a una nena que le gusta el rugby pero no lo practica? 

—Que se acerque a un club y empiece. Que es una actividad hermosa, que se va a llenar de amigas, de compañeras, que va a aprender un montón y se va a armar de un grupo que le va a durar para toda la vida. Y que cada vez que tenga la oportunidad de entrar con la camiseta a representar a su club, se va a sentir completamente plena.

El camino de Stephania está lleno de anécdotas. Recuerda una muy particular en uno de sus primeros partidos, cuando fue a tacklear a una rival pero no pudo bajarla y entonces apareció su hermana.

—No tuvo mejor idea que venir y tacklearnos a las 2 juntas. Hay una foto en la que se ve que yo estoy agarrada a una jugadora y viene mi hermana para bajarnos a las 2. Quedó como una anécdota divertida, ¡no me quiero imaginar si es mi rival!

Hoy ya no comparten equipo: Anael juega en España, donde este deporte es más profesional. A ella, por ejemplo, le pagaron pasajes y le dieron trabajo: “Algo que acá es muy difícil, pasa a veces con el masculino pero no con el femenino”.

—¿Te gustaría que esta actividad fuera profesional y dedicarte 100%? 

—Nunca me lo había planteado, pero me gustaría. Tenés muchos torneos y poder dedicarte de manera exclusiva hoy es el problema más grande. El entrenamiento de rugby demanda mucho: nutricionista, gimnasio, entrenar en el club, y si además tenés que trabajar es un poco difícil.

Su recorrido no hubiese sido posible sin el apoyo de la familia. Stephania asegura que es muy importante:

—A todos nos gusta hacer algo bien, mirar a la tribuna y tener a tu papá, a tu mamá, a tu tío, a quien a quien vos quieras ahí, alentándote.

Es que el aliento juega un rol trascendental: a veces, las piernas ya no te dan y ese grito de “es la última” o “dale que podés” se transforma en combustible puro.

Las críticas funcionan a la inversa. Pero a Stephania no le afectan: se cierra tanto durante el partido que ni siquiera las escucha.

—Creo que si te está abucheando toda una tribuna sí te va a afectar, pero en el rugby eso no pasa y si en algún momento alguien lo hace, en general el resto lo frena porque no es la idea. La idea es que nos divirtamos. Todos nos podemos equivocar.

Su mayor aprendizaje es el trabajo en equipo, que permite llegar más lejos que las individualidades. Sola no puede hacer nada, asegura: si la pelota no le llega, no puede lucirse; si una compañera no va y limpia cuando ella va al piso, no puede jugar…

Y ya mirando al futuro, piensa que el mayor desafío es sumar más mujeres a la disciplina. Están desarrollando un grupo juvenil y quieren tener infantiles, porque “la pirámide arranca desde abajo: si tenés nenas que arrancan a jugar a los 4 o 5, cuando lleguen a primera van a tener 14 años de rugby y van a ser jugadoras increíbles”. 

—¿Qué le dirías a tu yo de los comienzos en el rugby? 

—Probablemente le diría que lo logró. O sea, que arrancó jugando para divertirse con su hermana y logró más de lo que podía haber imaginado en toda su vida deportiva. Le diría que valió la pena el esfuerzo, esos entrenamientos con frío, con calor…


Producción, videos y edición audiovisual: Tato Vallejos

Producción y texto: Belén Uriarte

Fotos: Eugenio V.

Idea y edición general: Abel Escudero Zadrayec


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#SeresBahienses

🤝 Matías Torres, el Ciudadano Bahiense: 100 % solidaridad

Nuestra gente, nuestra mirada, nuestra ciudad.

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Matías Torres nació acá, tiene 35 años y es conocido en redes como Ciudadano Bahiense. Cuenta que creó ese usuario para compartir historias de la ciudad aunque rápidamente también se convirtió en el impulsor de movidas solidarias.

Y se sumó mucha gente: solo en Facebook lo siguen 26.000 personas.

Al principio se preguntaba qué iba a cambiar yendo un par de veces a retirar donaciones a distintas casas para llevarlas a merenderos y comedores, pero el tiempo le demostró que una pequeña acción es capaz de contagiar y generar algo más grande.

—Son esfuerzos que se suman y te dan más ganas de hacer cambios que ayuden al vecino que tenés al lado o alguien que no conocés directamente. 

Comenzó con la página a principios de 2020, con el inicio de la pandemia de coronavirus. La idea era compartir historias de la cotidianidad bahiense, “hablar de tú a tú”. Pero enseguida se sumó la posibilidad de tender puentes de ayuda.

—Comencé a retirar donaciones de gente que quería donar, pero no tenía movilidad —le dice Matías a 8000—. Y de a poquito me fui ofreciendo para hacer esa logística de lo que es la solidaridad bahiense. Empecé con mi camioneta, que me lleva a todos lados.

Desde entonces hizo innumerables viajes y algunos eventos para conocer a sus seguidores. Uno fue para el Día del Niño en la ex estación Noroeste, donde armó unos tablones con la ayuda de su pareja Lorena. El éxito fue tal que repitieron en la Plaza Rivadavia y lograron juntar más de 700 juguetes para repartir en 13 comedores.

—¿Cómo surgió este espíritu solidario?

Empecé un poco por mi personalidad. Nunca me salió decirle “no” a un amigo. Por ahí estoy en la calle dando vueltas con la camioneta, se queda un auto y me dicen “¿no me podés dar un empujón?”, y por más que esté apurado siempre me doy un minutito.

También lo motiva la gente:

—Mientras más gente conoce la página, más comparten y quieren ayudar. Es algo que se retroalimenta.

Matías vive de repartir frutas y verduras. Lo hace con su camioneta Ford color celeste que lo obliga a levantar el capot para poder arrancar. Tiene sus años, sus mañas, pero no lo deja a pie: con ella también recorre la ciudad para buscar donaciones. 

—Una tarea que obviamente no es paga, pero la verdad que mi ganancia es por otro lado: la satisfacción de poder ayudar a otros y que a la vez la gente te felicite y se sume.

El ida y vuelta se da a través de las redes sociales y WhatsApp. Los seguidores le escriben y, según sus direcciones, Matías arma el itinerario que le resulte más eficiente para poder también cumplir con su trabajo. 

—Para hacer esto no solamente se necesitan las ganas de decir “quiero ayudar”, también se necesita un vehículo y tiempo. En mi caso, como en mi trabajo no tengo horarios fijos, no tengo horario de oficina o de comercio, puedo adaptarme.

—¿Te contacta más gente para que la ayuden o para ayudar? 

—De todo. Me escribe mucha gente todos los días no tan solo para decir “tengo un colchón, ropa…”, sino también familias con mucha necesidad. Lamentablemente, en ese sentido no puedo hacer demasiado porque si además de retirar donaciones casa por casa también entregara las cosas hogar por hogar, sería muy estresante.

Por eso, en estos años hizo el contacto con distintos comedores, que son “los que conocen a las familias y saben las necesidades específicas”. Y ahí lleva todo lo que junta en sus recorridos, aunque a veces hay un paso intermedio:

—Hay ONG o grupos que también hacen este laburo solidario, como Reparasillas, que recibe donaciones de sillas de ruedas, las arreglan y las vuelven a donar; o el Hospital de Bicicletas. Ahora tengo 2 bicicletas arriba de la camioneta, que se las voy a llevar a ellos, que también las reparan, las reacondicionan y las vuelven a donar.

Más allá de su trabajo como intermediario, Matías también ha intervenido de forma directa en casos de incendios. Es lo que más lo conmueve, porque “lo peor que le puede pasar a alguien es perder su hogar, sea algo grande o un simple ranchito”.

A pesar de que en las redes sociales aparece como Ciudadano Bahiense, no es alguien oculto detrás de un teclado: asegura que la mayoría lo conoce, sabe su nombre. De hecho él no lo oculta, cada tanto también comparte fotos personales.

—¿Por qué elegiste el nombre de Ciudadano Bahiense?

—Bahiense, obviamente. Y ciudadano más que nada porque siempre hablo del ciudadano de a pie, la gente común y corriente que día a día sale a trabajar, a tratar de seguir adelante pero con los pies en la tierra, viendo lo que sucede alrededor. 

Para Matías, Bahía no es solamente el lugar donde nació. También es la ciudad que redescubrió con sus recorridos, siendo testigo de su crecimiento y sus desigualdades:

—No muy lejos del centro hay un contraste muy grande entre familias que por suerte pueden mantener su hogar, su vehículo, su estilo de vida, y las que viven en un ranchito, que lamentablemente no tienen otro lugar o forma de acceder a una vivienda. 

Por eso, a pesar del cansancio, sigue con las movidas solidarias. Uno de sus deseos es ayudar a que la ciudad sea más grande, “no solo en el nombre y su ubicación, sino también en el futuro que le puede esperar”.

Matías se crió en el barrio San Martín y actualmente vive en Villa Harding Green con su pareja y su hijo Nachito. Dice que una de las cosas que más le gusta de Bahía es su arquitectura, que da cuenta de sus casi 200 años de historia.

—Obviamente con el tiempo hay edificios que han ido desapareciendo, pero muchos otros se mantienen. Muchos piensan que Bahía tiene una historia muy cortita, pero en realidad tiene muchas cosas interesantes. También veo muchos clubes de barrio, el puerto… Pensamos en Monte Hermoso, en Pehuen Co, pero nos olvidamos que acá nomás tenemos una costanera que se podría aprovechar muchísimo más.

—¿Y qué es ser bahiense? 

—Nosotros tenemos una connotación bahiense. Nos queremos diferenciar un poco del resto de los provincianos. Tenemos nuestras propias palabras: a la tortita negra le decimos carasucia; a las galletitas, masitas… Buscamos remarcar esas diferencias: el bahiense se siente bahiense antes que de la provincia o incluso de Argentina.

Matías remarca que nada de lo que hace sería posible sin el apoyo de su pareja y su hijo de 6 años. Y siente una enorme gratitud por todas las personas que colaboran y le permiten realizar esta tarea.

—Como siempre digo, esto no es solamente por ayudar al otro a que pueda acceder a algo que de otra manera le sería muy difícil, también es algo que personalmente me da mucha retribución personal, sentimental… Es un ida y vuelta, porque a veces la misma gente que dona es la que al tiempo necesita.

—¿Recordás alguna situación que te haya marcado? 

—Estuve cerca cuando tristemente ocurrió el incendio donde fallecieron 7 personas. Estaba repartiendo, pasé cerca y vi todo el movimiento. Fue algo que afectó a muchísima gente, por eso también cuando hay incendios de esa magnitud, que por suerte muchas veces no hay víctimas, trato de ayudar.

Todos los días recibe donaciones y pedidos de ayuda, y trata de retirar 2 o 3: ya es parte de su rutina. Y en esta época, por supuesto, se suman los juguetes y las ayudas específicas para las fiestas.

Cuenta que no siempre es fácil equilibrar el trabajo, la labor solidaria, el estar en casa y las cosas que se necesitan hacer en la casa. Lo sigue aprendiendo, pero siempre con la seguridad de que dar una mano es parte fundamental y necesaria de la vida.

—Las pocas veces que entregué donaciones directamente, he charlado con gente grande que a veces queda fuera del sistema o gente que se ha quedado sola. Es lo que necesitan: alguien que los escuche y les haga sentir que son importantes. No podría hacerlo con todo el mundo, pero cuando se da la oportunidad trato de hacerlo. 

Con toda la euforia mundialista y en plena Navidad, Matías desea que estos tiempos sean de mucha felicidad, “no solo porque somos campeones del mundo”:

—Lo importante también es la familia, la salud, el cuidarse unos a otros, que no haya disturbios como lamentablemente a veces sucede cuando se junta mucha gente.


Producción, videos y edición audiovisual: Tato Vallejos

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