Por Sonia Budassi
Periodista y escritora
A Roberta Iannamico se la conoce desde hace mucho, por acá y por allá. Tráfico de sus libros de mano en mano, compras en librerías y ferias, redes sociales que comparten sus versos y sitios míticos como La Infancia del Procedimiento, donde aún pueden leerse los agradecidos comentarios de sus lectores; ricos archivos de la época de los blogs.
Sus palabras se expanden en festivales bahienses y otros más lejanos, Rosario, Santa Fe, Buenos Aires. En circuitos oficiales que otorgan premios, como el prestigioso Konex que la reconoció en 2024 en el rubro literatura infantil, y la mención en el Premio Nacional de Poesía 2025. Siendo jurado en concursos donde varios artistas quieren participar (y ganar aún más) como la Bienal de Arte Joven o el Néstor Perlongher. Y tantos otros.
Pero su centro de comando está entre rocas, pasto y árboles, en la gesta de la extensión cultural de la biblioteca popular “Macedonio Fernández”, en Villa Ventana.
En este octubre habitado por el fenómeno climatológico de El Niño, muchas de las plantas que la poeta y editora Roberta Iannamico (Bahía Blanca, 1972) mira en su casa del pueblito serrano crecen solas y después se vuelven arbustos grandes bajo el cielo ahora plomizo. Hace muchos, demasiados días, en los cuales no sale el sol.
“Tengo un pino que está sobreviviendo, un guindo que salió en 2 partes, y una mitad se murió ahora, así que la vamos a tener que quitar… Después hay un montón de unos que les dicen cerecitos silvestres”. Dan flores blancas en primavera. En las primaveras que no son esta. “Resulta alta plaga por acá, pero son divinos”.
La pregunta sobre qué ve mientras mantiene esta charla telefónica se vuelve, al final de la entrevista, una metáfora no forzada sobre lo indómito del lenguaje y el trabajo sobre los ecos y la conciencia del funcionamiento de un poema.
“Hay un montón de enredaderas verdes; todo verde y grande y arbustoso, y pasto, pasto, pasto”, dice Roberta. “Las malezas crecen solas y no necesitan que alguien las plante y las ponga en un cantero. Tengo un montón de plantitas de lazo de amor a la vista. No las planté. Estoy esperando un día lindo y no estaría llegando”.
Su obra, además, parte de observaciones que auscultan flora y fauna, y son experiencia y mirada.
Sobre el lazo de verdad (cita a La mujer maravilla) en la poesía dice que siempre está del lado de lo absurdo. De lo marginado. La autora de libros de poesía leídos, comentados y premiados, como Mamushkas, El collar de fideos, Tendal, Nomeolvides, Qué lindo, El arte de escribir al sol y los de literatura infantil y juvenil Nariz de higo, Ris Ras, La camisa fantasma, entre otros, dice que la poesía se ubica “con lo irracional, de ese lado que no es el que ha triunfado a lo largo de la historia, digamos, pero a su vez siempre hace que la poesía viva porque también ha creado su independencia a lo largo de la historia en relación con eso”.
Roberta colabora en la editorial Monada, que ofrece libros de traducciones propias. Lo impulsan sus hijas: edita Inés e ilustra Julia. En las tapas hay figurines, y en recitales de poesía el diseño se materializa en el vestuario sobre el cuerpo de las lectoras.
El catálogo, compuesto por mujeres, contempla desde rescates de reconocidas como Emily Dickinson hasta hallazgos recientes, como la poeta palestina Sahar Rabah y su Gaza, nuestro único amor. Ese libro logró publicarse en un momento grave del genocidio palestino, durante 2025. Aquella edición nacida en Villa Ventana ayudó a que la autora pudiera salir de la zona de conflicto y viajar a Irlanda, donde había ganado una beca de escritura.
En la presentación del sello Monada leemos: “Las tapas, ilustradas por Julia Coppolecchia, están inspiradas en el formato de la portada de la revista Vogue, con un gesto que se propone cuestionar la opresión de las mujeres tanto en el ámbito literario e intelectual, como en la industria de la moda. Nuestros libros son especiales. Algunos son pequeños, artesanales y cosidos a máquina, resignificando la costura como una tarea históricamente feminizada, en favor de la visibilización de las voces de las mujeres. Otros constituyen ediciones a color con textos bilingües, para hacer posible que las palabras de nuestras autoras lleguen hasta nuestro tiempo tal como fueron escritas”.
—¿Cómo fueron cambiando tus paisajes o tus experiencias, que has dicho son la base de tu poesía? En relación con tu escritura, ¿podés ver etapas?
—En Bahía estuve hasta los 18 años; fue mi descubrimiento de la poesía, fueron mis primeras cosas, fue mi primera búsqueda, las primeras cositas que escribí de niña o adolescente.
—Has mencionado a Mirta Colángelo como una persona que te acercó a la poesía.
—Fui a La Casa del Sol Albañil (un centro cultural en Chiclana al 700) durante los 5 años de mi secundaria, de los 12-13 a los 18.
—¿Cómo llegaste ahí?
—Era cerca de mi casa, y yo claramente tenía algún deseo de independencia y de arte al terminar la primaria. Y vi la casita medio abierta. En realidad, quería ir a clases de teatro. Era muy tímida, por un lado; pero por otro, durante toda mi primaria me había apasionado mucho por ser autora, directora y hasta actuar en todas las obras que pudiera ver. Fui a una clase y me morí de vergüenza. Presentía que me iba a pasar, porque tenía mucha timidez. Así que ahí Mirta percibió que yo no sabía si volver y me dice: “¿No te gusta la literatura?”. Y a mí me encantaba, porque yo siempre sacaba libros de la biblioteca, leía, escribía.
—¿De qué biblioteca hablás?
—La de mi escuela, la Inmaculada. Tuve muy buena formación en ese sentido; era muy piola, muy abierta la biblioteca, de poder vos acceder a los libros, buscarlos, elegirlos con tus manos y llevártelos.
—¿Cuál fue el primero que agarraste o que recuerdes?
—Ahí leí un montón las novelitas que estaban en ese momento, Elsa Bornemann, también su poesía. Yo tenía una marquita de la poesía, si querés.
—¿Y en tu casa?
—De chica me aprendía de memoria algunos poemas que me leía mi mamá, de libros. En mi casa no había demasiados y menos de poesía, pero ella leía esos de castellano de la secundaria que tenían una selección de poemas. Los de Alfonsina Storni me los aprendía, o algunos tipos españoles antiguos que me encantaban.
—¿Las ediciones de manuales escolares?
—Totalmente: anónimas, hermosas, sí. Y cuando aprendí a leer, que aprendí bastante tempranamente porque, no sé, tuve ese estímulo, me interesó. Una amiga me regaló el primer libro de mi vida, ¡que era mío solo!
—¿Cuál?
—De la colección Billiken, se llamaba 350 poesías para niños. Hoy lo veo retrospectivamente y tenía cosas muy rancias. Bueno, como toda la literatura que nos dieron en nuestra infancia, que decís: “¿Por qué hacían esto con nosotros?”. Muy rara.
—¿Por qué?
—Por ejemplo: no había un registro que ya en el momento existía, más moderno, como podía ser María Elena Walsh. Era más bien una poesía laureada.
—¿Como del Siglo de Oro español?
—Ponele: estaba Lorca, estaba Gabriela Mistral. Y después, me acuerdo de tener los libros de María Elena Walsh, que ahí sí me los compraban porque yo elegía, pero todo porque tenía conocimiento desde la biblioteca de la escuela. Así que cuando Mirta me pregunta si me interesa sumarme a su taller literario, también me aclara que no tenía armado ningún grupito. Y dice: “Si a vos no te molesta venir sola, podés empezar”.
—¿Y fuiste?
—Estuve 1 año con el privilegio de estar sola con Mirta aplicando conmigo el método Ernesto Camilli.
—¿Cómo es eso?
—El nombre de La Casa del Sol Albañil era por Camilli, un pedagogo muy de la época de lo que fue educación por el arte, en los 80.
—¡Yo también fui ahí en la primaria pero no sabía ese origen!
—Después fijate los libros. Hay uno de lectura que se llama El sol albañil. Y Mirta era muy explicadora de esas cosas: cómo era lo del adjetivo albañil para sol. Y en todo eso, además de haber una explosión poética, hay una explosión política. Eso ella lo tenía clarísimo y Camilli también. Y después, de más grande, exploré el método Camilli y me di cuenta de que era exactamente lo que Mirta trabajó conmigo. O sea: en lugar de hacer hincapié sobre la cosa escolar, estructurada, como la gramática, se busca con más libertad lo que dice cada palabra, la lógica de cada frase. Siempre usaba textos literarios para ver las infinitas posibilidades expresivas que planteaban.
—Hubo varios jóvenes ahí que luego desplegaron obra, como vos.
—Participé en un grupo de adolescentes. Se desarmó y quedé en un grupo de jóvenes, donde estaban Gustavo López de Vox o Pablo Lasala, y bastante gente que después siguió escribiendo: Laura Forchetti, Graciela Prenassi. Yo estaba encantada. Imaginate: era la más chiquita entre un montón de gente grande que me miraba. Y era nocturno, volvía a mi casa de noche. Ya era más adolescente, con más independencia.
—¿Dónde vivías?
—En Thompson y 25 de Mayo: La Casa del Sol Albañil me quedaba a 5 cuadras.
—¿No había narradores?
—El grupo de los grandes fue exclusivamente de poesía. En el de adolescentes, mi gran descubrimiento del surrealismo o de Rimbaud era que existían poetas adolescentes… Los poetas malditos… Fue algo que me impactó mucho y me hizo empezar a entender que la poesía no era un género, sino como otra cosa. ¿Quiénes eran los poetas que escribían? ¿Qué hacían los surrealistas? ¿Qué querían?
—¿Y qué sería la poesía para vos? Porque existe una cosa (después vamos por ese lado de la ebullición poética en Bahía) de que también se le tiene miedo a la poesía, como algo difícil.
—Puede ser porque hay mucho desconocimiento, y también por lo que pasa en las escuelas. Y entonces el desconocimiento y el miedo pasa porque la poesía tiene esa cuestión de no reglas, o de que justamente uno de sus mejores atributos es poder utilizar el lenguaje de cualquier manera, ¿no? No tiene que ser racional, no tiene que ser explicativo, no tiene que decir ni mostrar todo.
—Hay gente que dice: “No entiendo la poesía”…
—No se entiende algo que no está explicado o dicho, o no cuenta una historia con principio y fin. En poesía puedo mezclar las palabras a mi antojo, puedo contar y dialogar. Creo que pasa por la apertura que tenés que tener; una forma más parecida a la música o a la pintura para enfrentarte a un poema, diferente a un texto del cual querés sacar una certeza. Porque aparte la poesía es justamente lo contrario de la certeza.
—¿Qué es lo contrario de la certeza en este caso? ¿La pregunta?
—La pregunta, la paradoja, lo roto, el misterio, lo que no se va a terminar, lo que no se sabe, lo que no se puede saber. Eso sería lo contrario a la certeza. Y cuando hay certeza es generalmente algo muy poco poético, porque no deja pasar lo que tiene más fuerza y que es, al fin, la belleza de la poesía, que es lo que te desconcierta, lo que es extraño, lo que ni el poeta mismo puede llegar a entender, lo que es roto, doloroso o marginado. O también lo que se pone en evidencia. Otra de las cualidades de la poesía es tener un ojo muy poderoso en el nivel de lo ético, te diría de lo humano, como aquello de “sol albañil”.
—¿Sería reescribir el sentido de las cosas que conocemos?
—Exactamente. Esta misma cualidad de libertad que tiene que estar en oposición con todo lo que sea represivo o limitante. Eso le hace tener una actitud confrontativa a veces. Eso, tal vez, de alguna manera se intuye en el desconocimiento. Y da un poco de miedo hasta que después resulta liberador. Algo casi necesario, porque es un aspecto humano. Lo que te digo implica querer hacer una búsqueda de uno mismo, expresarse de una manera totalmente personal, sin buscar ningún objetivo.
—Es una propuesta de conocimiento del mundo.
—Claro, a partir de auscultar.
—¿Y qué pasa con el sonido? Porque viste que circula el lugar común sobre la poesía y el ritmo. No significa que por cliché no sea cierto. Vos escribís y trabajás con música: ¿qué es la sonoridad en la poesía para vos?
—La sonoridad es totalmente principal y está buenísimo. Cada vez que vos cortás, tal vez se vaya acelerando porque son esas unidades que van siendo como martillitos. Y vos hacés versos más largos, versos largos y cortos, ¿qué va pasando? Va pasando algo a nivel melódico también. Sin contar todavía ni las rimas, ni los acentos, que es otra de las cosas que suenan en el lenguaje. Todo suena; son todas cuestiones de la música y que están anotadas además en el poema.
—Cuando dicen que determinado texto narrativo es prosa poética, o que hay prosa que parece poesía, me da cierta desconfianza, porque para mí no es contradictorio. La prosa también tiene que sonar bien y ser consciente de cada palabra…
—Porque hay distintos recursos para generar sonido con la literatura, con la poesía. De hecho, hoy hay cantidad de poetas que escriben en prosa. Si le ponés un determinado tipo de puntuación… suponete todas las oraciones breves, de pocas palabras, eso te va a acelerar el ritmo, algo va a suceder con eso. Si vos ponés unas frases largas que por ahí duran varios renglones, entonces algo va a suceder en la cadencia de la lectura. La poesía nace como un arte sonoro porque es en principio oral, entonces siempre está vinculada al sonido. Y también, por ser recordada, como anterior a la escritura, se practica toda esta cuestión de las cosas clásicas, de las métricas. Juegos poéticos: por ejemplo, las repeticiones. Hay distintos tipos. Vos podés hacer una anáfora, repetir al inicio del poema; podés repetir medio mezclado, que no se note, pero las repeticiones siempre van a sonar. Es como si en una canción cada tanto volvés a la misma nota.
—¿Y te suena similar poner un estribillo en un poema o en una canción?
—Hay un montón de poemas con estribillos. Para mí, es muy diferente mi escritura de poemas y de canciones. Apenas 2 se han llegado a unir: poemas que se convirtieron en canciones o canciones que se convirtieron en poemas. Soy muy clásica con las canciones.
—¿Cómo funciona? ¿Cómo sumaste (prefiero esa palabra a “pasaste a”) la música a tu escritura?
—Sí, la sumé y tuvo siempre otro espacio. No se invadieron para nada. Son espacios diferentes en mi creación. Lo del sonido, en la canción, es obvio porque ya va a ser cantada la melodía, ya va a ser escuchada, se prepara para eso. La repetís mucho, la aprendés de memoria, la tocás con un instrumento. Más allá de que después pueda tener otros juegos sonoros internos, en el lenguaje, que por ahí no sean tan evidentes como el poema, que eso se logra con repeticiones o resonancias entre vocales y consonantes. Y como decía, lo rítmico entre lo largo, lo corto, la cantidad de sílabas. Si vos cortás un verso, significa un espacio de silencio. Entre silencios y sonidos, o sea, entre el sonido de las palabras que tienen vocales, consonantes, y tienen largueces y corteces las frases. Y entre los silencios con que esas frases están interrumpidas. Vos podés dejar un doble espacio y va a ser un doble silencio, entonces. Entonces de ese poema viene ese espacio de silencio en la lectura. Está escrito en la página, pero si lo imaginás claramente, todo espacio blanco en la poesía es un silencio.
—Hay un carácter lúdico, parece. De reglas que se prueban y combinan por fuera de una normativa.
—Claro: lo lúdico está en los permisos, por un lado; en el gusto por la experimentación y saber que se va a encontrar algo de una forma oblicua, que no va a buscarse directamente, sino que va por otro lado. Después, habrá una segunda capa que va a decir otra cosa. Otro tema de la poesía, en la lírica, es resignar el control y permitir que gane el sonido; permitirse, además, balbucear. Ese es, digamos, el punto de la poesía también. El hacer sin saber, porque aunque tengas reglas, tampoco las sabés. Porque las reglas las ponés vos y tampoco te conocés tanto.
—Y entonces, ¿cómo trabajás? Porque hay una cuestión que a veces circula como que (voy a decirlo de un modo bruto y coloquial) la poesía es cualquier cosa. ¿Vos corregís?
—No corrijo, sino que selecciono. Si el fondo me gusta, le puedo llegar a corregir un detalle, algo. Y lo que hago es escribir mucho y después seleccionar lo que me interesa de lo que escribí, hacer un corpus con eso, y el resto lo descarto. Esa es mi forma. ¿Y por qué la poesía no es una pavada o no es cualquier cosa? Porque está la parte ridículamente seria que tiene la poesía, el compromiso con la verdad que tiene el poema.
—¿Y cómo se aprende? ¿Qué te interesa enseñar o compartir en tus talleres? Cuando era chica, fui al Museo de Arte Contemporáneo en Bahía y dije: “¿Cómo hago para aprender arte contemporáneo?”. Y la persona que estaba ahí me dijo: “Viniendo a ver arte contemporáneo”.
—Trabajo mucho por lectura; lectura y escritura son muy dialécticos. Es medio parte de lo mismo. O sea: a partir de resonancias, la poesía es una reescritura de la propia experiencia. Intento leer hechos del mundo, hechos de tu propia fantasía, y otros poetas, que te revelan muchísimo. Me gusta trabajar con lecturas y habilitar el espacio de escritura. Y que cada cual haga lo que pueda. La poesía tiene conciencia de no alcanzar ni la verdad absoluta ni nada de lo absoluto; lo que logra nunca será algo tan grandilocuente ni tan perfecto. Siempre será una nueva prueba, o una piedrita más del camino. Por más que algún problema sea más lindo que otro. Es como cuando tocás la guitarra: tocás una vez más o menos, y si ensayás toda la semana, tocás muchísimo mejor. Bueno: en poesía creo que es así también. Hacés un ejercicio 10 veces, sea con las palabras, con la observación, con lo que sea. Primero va a salir lo que está más en la superficie de lo tuyo, lo que tenés a mano. Pero, si seguís, empiezan a salir cosas que están más en el fondo. Accedés a mayor conocimiento. Y van a salir cosas que probablemente te sorprendan, o te parezcan absurdas, o desconocidas. Y eso sólo lo vas a lograr practicando. Entonces, en mis clases habilito la escritura, que fue lo que aprendí de Mirta. Fui a otros talleres más de lectura, más analíticos. Pero me parece prioritario habilitar la escritura y la lectura.
—Hay una verdad que circula de manera metafórica: que levantás una baldosa en Bahía y te sale un poeta. Y yo hago la contra de chicana: levantás la baldosa de al lado y te sale un narrador. ¿Qué pasa en Bahía? ¿Por qué hay tanta poesía? Incluso llegó a ser un foco federal, hay un canon generado acá. ¿A qué lo atribuís?
—Hay mucha poesía, primero por una cuestión casi te diría confrontativa: porque hubo una agresión a la cultura, a los habitantes de Bahía Blanca, como fue la batalla cultural a través de La Nueva Provincia, y cuando se dan esas situaciones la poesía no puede más que brotar de las baldosas. Y luego, la militancia del poeta, que hace escuela de la poesía. Mencionamos a Mirta Colángelo, en los 80 y anteriormente pudimos ver poetas desaparecidos como Mónica Morán. Todo eso deja huella y crece. Se fue armando una historia. Un canon no nace de un día para otro, no se inventa: se va construyendo. Y surgen las editoriales, surge Vox también; Gustavo López empezó con la revista en el taller de Mirta; vínculos que se van ramificando. Entonces ya hay una editorial con mucha fuerza en los 90. Cada década tiene lo suyo y eso hace que empiece a haber un reguero de editoriales en Bahía. Que la gente diga: “Ah, ¿te podés hacer tu editorial y editás lo que querés?”. Y entonces son excelentes porque los bahienses nos tomamos las cosas muy en serio; siento que hay una gran preocupación en hacer las cosas bien. Y eso, aplicado a la poesía, tiene mucha fuerza porque es hacer muy seriamente algo que, en apariencia, de seriedad no tiene nada. Eso es la poesía, justamente. Se han hecho muchas acciones, cursos; ha habido carreras, ha venido mucha gente a dar cursos. Todas esas cosas siembran y multiplican. La cantidad de editoriales y de proyectos, lo mismo que Mirta porque lo viví de cerca, o los poetas mateístas, porque se visibilizaron mucho y fue hermoso, a través de las paredes, y de hecho después la poeta Eva Murari seguía haciendo su obra, Sergio Raimondi la suya, también tan implicada políticamente y con una gran difusión, y en la universidad. Siempre que nombrás gente, dejás otra afuera, porque realmente es muy grande la cantidad de activistas de la poesía en Bahía.
—¿Y ahora cómo ves a Bahía en términos artísticos, culturales, y las nuevas generaciones?
—Hay festivales a los que vienen artistas un poquito de acá, un poquito de allá, y ahí hay intercambios que dejan un enriquecimiento, ¿viste? He estado con Milton López en un taller, y con Diego Vdovichenko, Lucía Bianco, y un grupito de gente joven que me parecen hermosos y algunas bailarinas también. Poesía y danza se unieron.
—¿Cómo hacés para diferenciar cuando escribís para las infancias? Los temas del chancho peludo me hicieron llorar, y evidentemente pasé la infancia hace rato…
—Porque lo del chancho peludo no fue escrito para infancias. Mayormente no lo diferencio en el momento de escribirlo. Algunos libros sí tienen un proyecto específico, como Saltar soga en la noche, que enganché un tono.
—¡Ese es terrible también! Muy divertido, súper narrativo.
—Claro, son poemitas narrativos que imitan canciones. Bueno: de hecho hay algunos poemas que comparten libros, que están en uno infantil y en otros.
—¿Y cómo es tu relación con el medio cultural? ¿Cómo es Villa Ventana y cómo fue variando tu relación con el ambiente artístico en Buenos Aires, en Villa, en Bahía?
—Bien; acá, como es chico, estoy en el epicentro donde pasa la cuestión artístico-cultural, que es la biblioteca popular del pueblo. Soy muy activa desde hace 20 años.
—¿Qué actividades hacés?
—Doy talleres, pero también estoy mucho en la organización. Habilitamos el lugar para otras artes: cine, muestras, teatro, más talleres. Tengo una activación ahí importante, no sólo con la poesía sino todo lo que tiene que ver con el desarrollo de esta parte de los seres humanos: el arte. En Bahía te conté lo de La Casa del Sol Albañil, que fue hermoso. Compartí el momento de los mateístas, y un taller de cine que también hacían ellos. Son un poquito más grandes que yo, entonces no me junté en ese momento, pero sí los conocí por las pintadas. Hubo algo muy efervescente y lindo en esa década del 80.
—¿Y cómo fue después, cuando te fuiste a estudiar Comunicación a Buenos Aires?
—Estuve del 90 al 2000, y fui accediendo de a poco también. Hacía mis lecturas. Realmente, tenía una autoestima enorme, no tenía ninguna duda. Llegué y a los 2 años, por ahí, hacía recitales de mis poesías en bares. Yo misma me los organizaba.
—¿Te mandabas directamente u organizabas con amigos tuyos? ¿No tenías de esas figuras de padrinazgo o madrinazgo, cuando viene alguien más grande o que tiene más poder o más vínculos, y te invita, o te suma?
—No, no tenía conciencia de eso. Por lo menos, en ese primer momento. Y después, durante esos 10 años, también fui al taller de la poeta Laura Devetach, que fue totalmente revelador para mí. Y era un poco secretaria de ella. Ahí gané conocimiento sobre lo infantil, pero sobre todo de poesía porque Laura de lo que más sabe es de poesía. Y aunque ella hablaba mucho de cuentos, porque también escribe cuentos, siempre era esto de perder el control, atravesar situaciones y seguir adelante. Una de sus frases era: “La belleza no es caramelos de frutilla”, por ejemplo. Hablaba así. Ahora estamos haciendo un librito con sus frases, sus aforismos sobre escritura, lectura y poesía navideña. Buenos Aires fue eso. Hasta los últimos días de los 90, cuando tuve una hija. Crecí mucho, muy rápido en esos 10 años. Ahí publiqué mi primer libro: El zorro gris, el zorro blanco, el zorro colorado (Vox, 1997).
—¿Y por qué decidiste ir a Villa Ventana?
—Me resultaba muy áspero vivir en Buenos Aires. Estábamos a un pasito de 2001, imaginate lo que era… Estaba con una nena muy chiquita cerca del Parque Centenario, vivía en el parque y me bajoneó mucho esa Buenos Aires, que es más o menos como la que está ahora.
—¿Y por qué Villa y no, ponele, Tornquist, Monte Hermoso u otro lugar? ¿Qué te pasa con Villa?
—Conocía Sierra, pero nunca había venido a Villa. Tuve un buen laburo en ese momento y me compré un terreno. Y creo que estuve bien, aunque fue muy duro al principio porque acá no había internet, y estaba en el medio de la nada, y sigue siendo bastante aislado.
—Y las redes sociales, ¿qué tal?
—No les doy mucha bola. Casi ni las uso; sólo para mirar un ratito lindos reels de arte, de cosas que le mando a mi hija. Y Facebook ahora lo uso como una cosa completamente política, y desde eso, y desde que hablo del genocidio en Gaza, no tengo más amigos —se ríe—. Uso ese espacio público para informar: ni siquiera opino.
—Hablando del genocidio en Gaza, ¿qué pasó con esa poeta gazatí que terminó en Irlanda y qué trabajo hacés con tus hijas en la editorial donde publican poetas de otros países?
—Hacemos la editorial Monada con mis hijas: una es la editora, Inés, que tiene 26 años y es profesora de Filosofía, y la otra, Julia, de 29, hace el diseño e ilustraciones; tiene su marca de ropa (Pastizal). El criterio editorial es publicar solamente mujeres. Empezamos con rescate de mujeres de otras épocas y lugares diferentes. Cosas no tan difundidas, libros que nunca se reeditaron. Después, empezamos a hacer una colección más grande de traducciones, más o menos en la misma línea. Por ejemplo, recién publicamos una china contemporánea. Y la gazatí es Sahar Rabah, hija del poeta palestino gazatí Nasser Rabah. Vi una publicación con un link a un blog de poemas de ella, preciosos. Entonces le escribí. Y al minuto me mandó el libro armado con sus 20 poemas: una profesional total. Fue en un momento muy trágico, todo es muy trágico, el año pasado. Pasaron muchas cosas, pero lo importante es que ella consiguió una beca afuera y pudo salir de Palestina y su poesía pudo darse a conocer.
—¿Qué es Bahía Blanca para vos?
—Mi ciudad natal. Mi familia. Algo de mi melancolía y algo de dificultad. Un vínculo amoroso y trabajoso con un territorio.
“Vías”
Cuando llegamos al puente Colón
era la mejor parte
ahí mi mamá
me alzaba
hasta el borde de la baranda
y yo miraba para abajo
las vías
eran varias
se cruzaban
alrededor había árboles
era como un campito
cruzado por las vías
en el medio
de la ciudad
si venía el tren
lo esperábamos
y yo veía pasar
los vagones
por abajo de mí
y el ruido
que no se podía
ni hablar
el tren se afinaba en la punta
y se agrandaba cuando se acercaba
cuando pasaba el último vagón
ya el ruido se oía lejos
y quedaban otra vez las vías
el campito.
Roberta Iannamico
Tendal (Ediciones del Diego, 2000)
La autora
Sonia Budassi es escritora, editora y periodista cultural. Su libro Animales de compañía (Entropía) ganó el primer premio de Letras del Fondo Nacional de las Artes. Además, es autora de los libros de ficción Periodismo, Los domingos son para dormir y Acto de fe, y los de no ficción Donde nada se detiene. Literatura y el resto del mundo, La frontera imposible: Israel-Palestina, Apache. En busca de Carlos Tevez y Mujeres de Dios.
Participó en antologías nacionales y de España, México, Francia y Estados Unidos.
Dirigió la revista de Cultura de elDiarioAR; antes fue editora de Anfibia, Ñ y el sello de narrativa Tamarisco, del cual fue cofundadora. (Foto: Inés Budassi)
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