🎀🚲 La ciudad es un acontecimiento

Publicado el 16/08/2026.

Por Sonia Budassi

Periodista y escritora


“¿Qué hacen ustedes en invierno?” es una buena pregunta. Más en el marco de Monte Hermoso, o de cualquier ciudad balnearia de las nuestras, donde el frío arrecia en la estación del año correspondiente.

Dirán que ciertos días de verano son frescos también, pero en ese caso “la sucursal de Bahía” anda invadida por veraneantes más voluntariosos que entusiasmados; entre la esperanza y la resignación, ante la afrenta del clima y las aguavivas, y esa conciencia de que es lo que hay.

Aquel interrogante es el título del buen libro de Francisco Errasti Martínez, montehermoseño él. Su trabajo dispara para otro lado: es una etnografía cuya bajada indica “Crónicas de fútbol, potreros y otras formas de fundar un club en Monte Hermoso”.

(Francisco. Foto: La Nueva.)

Y sirve (me sirve de excusa, sí) como eje de transición entre los textos futboleros y los literarios que vienen, que vuelven, ahora, acá.

Todavía padecemos la readaptación del Mundial, que se terminó; los días adquieren ese ritmo de resquicio, de resaca; colores en degradé. De conciencia de este invierno, soslayado en aquellas celebraciones en noches bajo cero durante junio y julio, frente al Teatro Municipal puro festejo, y que ahora nos aprieta el pecho con esa sensación de que el frío, este frío, no se termina más.

Entonces volvemos a las fuentes. Cuántas veces oí, oíste, oyeron, las preguntas: “¿No te aburrís en Bahía? ¿No hay poco para hacer?”.

Obvio: también está la voz opuesta, que preferimos: “¡Qué lindo Bahía! Tantas actividades, tantos eventos para participar, para ver”.

Cuando fui a estudiar a Buenos Aires, varios me preguntaron lo primero. Y me venía una imagen, una escena, fundacional, que atesoro como uno de los momentos iniciáticos en los cuales aparece la conciencia de ser un poco libre, un poco feliz, un poco hacedora de la ciudad y de la ciudad que te delinea, te moldea, te dibuja a vos.

Yo, una audaz conductora (aunque en verdad siempre fui muy torpe y temerosa) de una bicicleta poderosa (aunque en realidad mi bici era dura, pesada, vieja, y lenta) por el centro y otros barrios que, heroína fraudulenta, o más bien autoinventada, pensaba conquistar.

Es vergonzante, puede ser. Pero admito: lo sentía así.

¿Tenés registro de cuándo, en tu cotidiano, te pasó sentirte tu propia creación, disfrutar un sentido de autonomía, de juego total? ¿Con qué actividades, y dónde, si andabas en el colectivo, en el patio de la escuela, en el club Estrella o en el Parque de Mayo, en un patio, en la calle o un balcón?

La rutina como performance

Me explico, puedo analizarlo un poco: el desenlace de la rutina esperada de disfrute y esfuerzo fue gracias a que, antes, se erigió una estructura, un espacio habitado por personas que me permitieron -sin saberlo- vivir un personaje en el mapa de la vida e idiosincrasia que es la ciudad.

La Universidad Nacional del Sur contaba, como ahora, con cursos de extensión, abiertos a toda la comunidad, sin importar los estudios ni la edad.

Y mi querido (ex) Colegio Nacional contaba con bibliotecaria y profe de literatura en una misma persona: Helena Di Sarli.

Ella armaba, todo a pulmón, concursos de dictado. Mi curso, división A (por supuesto, éramos los mejores) ganó el primer premio que consistió, precisamente, en un viaje a pasar el día a Monte Hermoso. En invierno.

También auspiciaban, entre los estudiantes de todos los turnos, concursos de cuentos y poesía. Y, además, un taller literario.

En aquel espacio no curricular, en una escuela pública, conocí a varios de los autores, gestores culturales, profes de literatura y lectores que admiro hoy.

Emiliano Vuela y su librería Lamasmédula, por ejemplo, en Saavedra 381.

La profe del taller, Elsa Calzetta, destacada poeta local, autora incluida en la antología Bahía Gris (compilada este año por el grupo Elijo Leer, Luciano Peter y Julieta Zamora, publicada por HD Ediciones a 50 años del golpe), dejó la escuela y nos ofreció continuar en su casa, en Villa Mitre. Nosotros, sus talleristas adolescentes, aceptamos felices.

(Elsa. Foto: LB24)

Los cursos de extensión de la UNS incluían las clases de guitarra de Alberto D’Alessandro. Yo era malísima, pero me encantaban aquellas tardes aunque, ya cuando la cosa empezaba a cambiar de los acordes de ciertos temas elegidos de Serú Girán a canciones más complicadas, resultaba de lo más frustrante. Apenas alcanzaba, lo mío, para tocar una que sepamos todos en el precario zaguán de la carpa del camping en Pehuen Co.

Pero mientras, el trayecto, la aventura: la escuela, mi casa, la guitarra con estuche y soga; trepar a la bici, el viento, los pozos de la calle, la tierra del camino de tierra, en contra o a favor.

En ese recorrido, entre la UNS y Villa Mitre, iba yo, como habremos transitado tantos adolescentes bahienses, y jóvenes, y adultos, y niños, en alegre vértigo personal antiaburrimiento, concepto vivido en presente pero elaborado más tarde, a la distancia. Una experiencia vital, cultural, bahiense, única, universal.

Con mi bicicleta rosa de paseo, con canasto, entonces, arrancaba a la mañana hasta la escuela, volvía a mi casa a almorzar, agarraba la guitarra soñando con ser en aquel mismo momento, no en el futuro, mi propia versión bahiense de Alanis Morissette o Janis Joplin ciclistas; mi fanatismo colonizado era el de todas, lo habitual.

A veces pasaba por mi clase de inglés, y luego por la Biblioteca Rivadavia, si el libro que quería no estaba en la del colegio. Porque ya que estoy, alardeo: llegué a ser asistente orgullosa de bibliotecaria (Helena) en el Nacional.

Ahí leí mi primer libro del psiquiatra Erich Fromm, miembro de la Escuela de Frankfurt, El miedo a la libertad, sin saber que era psiquiatra ni tener idea de qué era la Escuela de Frankfurt. No entendí nada, pero, pura fe, me convencí de que sí. Y el título era punchero.

Yo no tenía miedo, creía entonces, a esa libertad de libros urbanos y bicicletas que me volvía poderosa en mi imaginación; invención y autoficción.

(Ilustración: Julieta Lucero.)

Durante aquella adolescente sensación inauguré la conciencia de que el pensamiento y el movimiento orbitan la ciudad y yo pude, afortunada, treparme hasta ahí.

Y, sí, además debemos ejercer docencia ante los foráneos: Bahía crea y esparce teatro, artes plásticas, recitales, orquestas, literatura, textiles, alfarería, talabartería; mil cosas más. Lo sabemos todos los bahienses.

Si antes decíamos “levantás una baldosa, en Bahía, y te sale un poeta”, desde hace tiempo se pondera lo que hubo siempre; quizás desde hace unos años, gracias a su Festival de Narrativa, decimos, digo, también, “levantás una baldosa y te sale un narrador”.

Y si la Capital del Sur Argentino o, como se le dice acá, del Universo, fue protagonista del movimiento, o la categoría, o como quieran decirle los críticos especializados, de “la poesía de los 90”, con Vox y los Poetas Mateístas, más adelante también surgieron las editoriales que sumaron narrativa y ensayo. De 17grises a la mencionada HD.

Y escritores, por suerte demasiados. Las últimas novedades, sólo para mencionar libros, que no serán todos, del último tiempito. Por ejemplo, Agustín Hernandorena y su estilo híbrido, que bien personifica, junto a otros, cierto riesgo estético de nuestra tierra -las oraciones, sin puntos, hormiguean el límite entre poesía y prosa, con guiños a la contemporaneidad de las redes, y sus oraciones sin puntuación-, en Cómo deshacernos de los escombros (HD). Un poco antes, la novela Anti Superhéroes de Claudio Dobal (Unidad de Sentido) y “las Valerias”: Valeria Mussio, con La llanura y yo (Elefanta Ediciones), y Valeria Tentoni, con La vida privada (Seix Barral).

Antes pasaron muchas más cosas que, repetimos, ni llegamos a esbozar.

De ayer a hoy

Bahía aún es pura efervescencia, pase lo que pase, y tomando apenas 2 novedades, empezamos por la primera novela de Valeria Tentoni. También poeta, periodista y ensayista, autora de cuentos en el sello bahiense 17grises, El sistema del silencio y luego Furia diamante, es editora del sitio de cultura de Eterna Cadencia. Fue y vino de Bahía, ahora sigue en Buenos Aires.

(Valeria. Foto: Clarín)

En La vida privada, entre temas clásicos, universales, como la identidad, Valeria habla -en mi opinión- de cómo la literatura y el arte todo (como nos pasa tanto a quienes escribimos, a quienes leemos) se meten en nuestras vidas de manera que nos afecta, a veces de forma involuntaria, o buscada: siempre bestial.

Si bien el relato carece de referencias locales explícitas, a quienes iniciamos el camino de la lectura y el otear mundos posibles en Bahía nos resulta imposible no imaginar (aunque no se mencione de manera directa, reitero), ante ciertos pasajes, a la bellísima y masónica Biblioteca Rivadavia; todavía conservo el carné marrón, ajado, de socia, de mi mamá.

Las descripciones de cómo ese montacargas pequeño, ascensor pescalibros, subía y bajaba hasta el sótano, chirridos de engranajes y olor a papel viejo son parte de La vida privada y de nuestros recuerdos.

Aquel tiempo, apenas anterior al de la bicicleta enloquecida por Chiclana, sacando ventaja -sobreviviendo, o sea- entre la 514 y la 517, a los saltitos entre los baches, mochila y guitarra al hombro, hasta atravesar las vías. O cruzar el Puente Negro, el que une las avenidas Cerri y Parchappe, escalera arriba arrastrando bici sobre los temblorosos, en aquel entonces, escalones, y luego ese tablón, hoy reconstruido, antes demasiada distancia entre madera y madera, la fantasía de caer, en esa era pre bicisenda.

¿Genera melancolía? Nostalgia, un poco, sí. Pero también ambición de ese presente del pasado, y viceversa.

La idea de movimiento. Y de vanguardia. En la plaquette editada por el proyecto independiente Salta y Perú se rescatan momentos perdidos del escritor Héctor Libertella, uno de los grandes artistas y personalidades bahienses.

El texto (que, junto a otros del catálogo, pueden comprarse vía Instagram) se llama como el segundo capítulo: Bahía Blanca fue un happening. ¿Qué vendría a ser esta pieza de arte?

(Foto: Salta y Perú)

La magia mística

Happening, palabra inglesa popularizada desde los 50, y plausible de traducirse como “acontecimiento”, es un evento artístico en el cual el público participa, y dura lo que tiene que durar. Es, digamos, efímero. Sucede una vez y sí, puede quedar registro en forma de imágenes evocativas. Como en fotos. O en una película…

Un happening sucede: no es un cuadro, no se puede manipular, ni vender. Los referentes en Argentina pasaban, en Buenos Aires, en el Instituto Di Tella.

La plaquette comienza con la conferencia de Libertella “Academia y literatura”, para luego dar pie a un ensayo de Rafael Cippollini que cuenta algo poco conocido: hubo una película estrenada -otra vez- en la Biblioteca Rivadavia, y después proyectada en la Asociación Empleados de Comercio. Un cortometraje, con el escenario de la ciudad, dirigido por el mismo Libertella. Hicieron obras en conjunto con Cippollini entre 1995 y 2003, leemos. Libertella falleció en 2006.

Cippollini dice que sucedió en 1970, pero otras fuentes afirman que fue en 1967. El misterio no siempre es una noticia falsa si de arte performático se trata, sino, tal vez, puro capricho o ingeniosas versiones para la construcción del mito.

“El escenario elegido para el rodaje total fue la misma ciudad. 20 actores animaron el celuloide definitivo (fue filmada en 8 milímetros, blanco y negro). 20 actores irreconocibles: cada uno de ellos tuvo sobre su cabeza una capucha negra, similar a la de los penitentes. Y, si es que había un tema, este fue la irrupción de la turba de oscuros encapuchados por la tranquila ciudad (mucha calle O’Higgins, mucha Chiclana)”.

Y reaparece la omnipresente UNS. El primer texto de este pequeño volumen, llamado, como dijimos, “Academia y literatura”, es la conferencia que Libertella brindó para el aniversario número 50. Antes sucedió, según Cippollini, “el film más innovador de la vanguardia bahiablanquense de los desquiciados 60, (que) tuvo lugar en el verano de 1969, en un bar justo al lado de Colón 80, o sea, del predio del actual Rectorado de la Universidad Nacional del Sur”.

Parece que, sobre avenida Colón, se alzaban los 2 pisos de una peluquería; cerca, también, del Arzobispado. El peluquero, Mario Pieri, hijo de griegos, estuvo encantado con que su lugar de trabajo se convirtiera en una “demoníaca boîte” para la película, titulada Los misticistas.

De la lectura de este hallazgo quedan esas escenas imaginables, junto a lo que Libertella llama “el imaginario”; en el texto homenaje de 2005, piensa la relación entre las 2 áreas que dan título a la charla -academia y literatura-, al tiempo que rescata sus personajes y cartografía bahienses de la infancia, incluidos faquires y un excéntrico hombre que, en plena Plaza Rivadavia, mostraba por unos pesos su pacífica víbora.

Evoca varios lugares icónicos, como el barrio Palihue, sus altos, y el cementerio, donde cuenta cómo los caballos arrastraban los féretros. Y señala algo que me llama la atención en ese sentido, en estos días, mil años a después de que Libertella haya escrito esto: la funeraria Bonacorsi, desde hace un tiempo, y hasta hoy, convive en la misma cuadra, para mi indignación, que no le importa a nadie, con un bar. ¿Cómo van a poner un lugar de esparcimiento mientras lloran, otros, a sus muertos recientes?

Dice Libertella: “Como ocurre con la Recoleta en Buenos Aires: en una vereda, el cementerio, y en la otra vereda, la fiesta, los boliches”.

(Héctor. Foto: El Cohete a la Luna)

Entre descripciones de Ojo en la Ruta, la antena de LU3, narra Galerías Plaza, o la esquina de la sede de la CGT donde, cuenta, al morir Eva Perón colocaron un ataúd con una muñeca para que la gente pudiera despedir el alma de la capitana a la distancia. Vaya happening real.

No tenía estrictas intenciones artísticas, pienso. Y dudo. Quizá sí. Y al mismo tiempo, de algo estoy segura: una cosa no quita la otra.

En su conferencia, Libertella también rescata la definición de estilo, preciosa, de Roland Barthes, un autor que nos alumbró a quienes estudiamos literatura, comunicación, o somos simples lectores, desde la imposible de eludir, para sufrir por amor y pensar el dolor, Fragmentos de un discurso amoroso, a El grado cero de la escritura, clásico estelar de la teoría literaria.

Copio, porque no podría referirlo de mejor manera: “Voy a robarle a un crítico francés, otro viejo amigo al que no llegué a conocer porque una moto lo mató a principios de 1980, Roland Barthes, unos elementos que él depositaba en el estilo, entendiendo por estilo la vertical del autor siempre en diálogo con la horizontal de la lengua, con aquello que uno tiene a mano en la época que le tocó vivir, las convenciones, las modas, los formularios que fabrica la institución, ¿no?”.

Libertella habla de vida y universidad, y en eso podemos elucubrar, y juntar: vida universitaria. Y realiza un rescate no, un reconocimiento (uno entre tantos posibles) a tantas personalidades que colaboraron tanto, desde las bibliotecas de las escuelas a la Rivadavia, a los faquires de Galerías Plaza y la performance de la suplantación de un cuerpo, que es una deuda de todos los bahienses con nuestra cultura.

Comenta: “En congresos internacionales yo dije cómo había leído en la Universidad del Sur a Roland Barthes allá por 1962, antes aún de que las editoriales lo hubieran traducido y difundido mucho después. Conté en esos congresos que la UNS se anticipaba a la vanguardia en la educación simplemente por el mínimo hecho, por la mínima ocurrencia de que un profesor, Héctor Ciocchini, hubiera traducido por gusto a Roland Barthes antes de tiempo, antes de que se publicara el libro, y nos lo hubiera transmitido a nosotros, gente de 17, 18 años”.

Ciocchini no es reconocido, según hemos averiguado, como el primer traductor y divulgador del ensayista francés en Argentina, aunque todo parece indicar que lo fue.

La calle y la universidad

Es gracioso el juego que establece Libertella, y que nos da ganas de decir: “la universidad de la calle”. Sigue, como quien está orgulloso de un privilegio bien ganado: “Ya los estudiantes de Bahía Blanca, habiendo leído El grado cero de la escritura, tendríamos más calle para posicionarnos en las relaciones entre academia y literatura”.

La película Los misticistas, parece, está perdida. Escribe Cippollini: “La única copia existente de este happening de acetato sigue en manos de su camarógrafo, ‘Buby’ Fitipaldi, esté donde esté”.

Consulto al poeta Matías Matarazzo, uno de los editores de Salta y Perú y trabajador del área de comunicación del Museo del Puerto, y me dice que buscó a los Fittipaldi bahienses vinculados a la cultura, y a gente ocupada en rescatar archivos de cine en Bahía, y nada.

Tampoco en las redes aparece el Fittipaldi mencionado. ¿Algún lector de 8000 conocerá a “Buby”?

Por el momento, sólo podemos evocar ese acontecimiento a través de aquellas páginas, tan frescas, tan profundas.

Además, resultan una invitación, quizá, a revivir nuestra vida como happening, puestas en escenas, algo inventado y real.

A rescatar nuestros propios personajes, incluso los que hacemos, para nosotros, de nosotros mismos.

Imaginar el atlas urbano como espontáneo aun en las instancias de la rutina, como una adolescente que cualquiera pudo haber sido, guitarra al hombro, del Club Universitario a Villa Mitre, a veces con paradas en el colegio para la clase de Educación Física.

Y también, como aquel profesor genial, extraordinario, que regaló su conocimiento en nombre de un autor nuevo, en aquel entonces, francés, constitutivo, fundacional.

O vos, yendo al trabajo, a la fiesta, al cementerio, al bar díscolo que tuvo el tupé de instalarse como la boîte de ficción cerca del Arzobispado, irreverente, en la misma cuadra que la funeraria.

O donde sea que hayas ido, o que quieras ir, en nombre de un acontecimiento que tal vez sea sólo la ciudad, sólo vos, en una imperfecta conjunción.


La autora

Sonia Budassi es escritora, editora y periodista cultural. Su libro Animales de compañía (Entropía) ganó el primer premio de Letras del Fondo Nacional de las Artes. Además, es autora de los libros de ficción Periodismo, Los domingos son para dormir y Acto de fe, y los de no ficción Donde nada se detiene. Literatura y el resto del mundo, La frontera imposible: Israel-Palestina, Apache. En busca de Carlos Tevez y Mujeres de Dios.

Participó en antologías nacionales y de España, México, Francia y Estados Unidos.

Dirigió la revista de Cultura de elDiarioAR; antes fue editora de Anfibia, Ñ y el sello de narrativa Tamarisco, del cual fue cofundadora. (Foto: Inés Budassi)

#LaBahíaDeSonia


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