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Faisal Malak, bahiense en Palestina: bancando la lucha y extrañando la ciudad

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Por Maximiliano Buss / Especial para 8000 (*)

Cuando el sol lo despabila, Faisal Malak abre la ventana de su casa y mira el Mar Mediterráneo.

—Escucho los buques y recuerdo a Bahía. Cada mañana, todos los días. Pero no me dejan llegar al mar. Y lucho por eso.

Está en Tulkarem, una ciudad palestina de Cisjordania, a 10 kilómetros de esa costa inaccesible.

—Mis abuelos iban a pescar antes de que los israelíes nos invadieran en 1948. Yo tengo 45 años y nunca fui a la playa en Palestina. Mis hijos no conocen el mar. Todos los días me piden ir. Todos los días vemos el mar, pero no podemos llegar porque somos palestinos. En nuestra propia tierra. ¿Te imaginás? 

Faisal cuenta que vio de cerca el mar recién en 2002: cuando llegó a Bahía. 

—Por eso amo a los argentinos.

Y él es uno, ya que adoptó la nacionalidad en nuestra ciudad, antes de volver a Palestina en 2014.

Ahora vive en una casa que levantó con su esposa y tienen 2 hijas de 8 y 6 años y un hijo de 5.

Extraño mucho la libertad de Bahía. La vida en Palestina es difícil. 

Tulkarem quedó rodeada por un muro después de la última rebelión de los palestinos contra Israel.

—Soy ingeniero electricista y cada vez que voy a mi trabajo, en Ramala, tengo que pasar 4 puestos de control israelíes porque sus soldados siempre cortan las rutas. 

Le piden documentos y le preguntan de dónde viene, dónde va, por qué está viajando y qué quiere.

—Hay pueblos a los que no puedo pasar. No hay tantos lugares para ir. Lo máximo que puedo viajar es hasta Hebrón, que está como de Bahía hasta Sierra de la Ventana. 

Faisal no da vueltas:

Estamos hartos de esta vida. La gente está muy enojada. Por eso en los últimos días salimos a protestar en toda Palestina y los israelíes responden con balas. Matan gente…

Dice que los palestinos se sienten “extranjeros en el corazón del mundo árabe”.

—Salgo a marchar todos los días porque estamos bajo ocupación. Es la primera vez en 70 años que los palestinos nos levantamos en todas las ciudades. Nací acá. Tengo el deber de participar con mi pueblo en todas las protestas, junto a mis hijos. 

Con su hija “Tala”, bancando la lucha.

Cuenta que charla con sus hijos sobre lo que está pasando, “porque esta lucha es larga”. 

—Pero cada día que luchamos estamos más cerca de la liberación. 

La madre de Faisal es una musulmana practicante. Ella le dice que Allah (Dios) va a liberar Palestina algún día. Pero él cree que son los palestinos quienes van a liberarla.

—Crecí con la cultura musulmana, pero no creo en Dios. Tengo muchas preguntas, porque es parte de mi personalidad. Leo mucho, escucho mucho. Pero no tengo miedo. Nosotros nunca tenemos miedo. En Palestina no le tenemos miedo a nada ni a nadie. Te juro.

Faisal vive a 2 horas de la Franja de Gaza, de “la guerra”.

—Gaza es tan grande como Bahía, tiene 2 millones de palestinos que no pueden entrar ni salir porque está encerrada por los israelíes. Imaginate lo que es vivir así. En Gaza están los grupos militares de resistencia. Está Hamas y una docena más. Ellos protegen a los ciudadanos que son atacados por Israel. Ellos van a terminar liberando a los palestinos.

—¿Pero no es un grupo terrorista?

—No, Hamas nunca fue a matar a alguien fuera de Palestina. Los israelíes sí. Yo no soy de Hamas, pero ellos son parte de mi pueblo y sufren lo mismo que sufro yo. Y luchamos juntos por la paz.

Por la misma ventana donde ve el mar cada mañana, Faisal corre a mirar los misiles que vuelan sobre Israel cada noche.

—Anoche vi los que llegaron hasta Yafa.

Tel Aviv es Yafa para él. Está a unos 30 kilómetros.

—Estoy orgulloso de ver un misil fabricado en Gaza que va hasta Yafa. Para mí, ese misil es sagrado. Y la gente que lo manda es sagrada.

Faisal se calla. Después respira y sigue:

—Tenemos armas fabricadas en Gaza, hechas en talleres como el de don Antonio en Bahía, medio truchas porque no hay materiales… Pero los palestinos somos inteligentes. Tenemos la capacidad para crear nuestras armas. Son simples pero son la resistencia a la ocupación y a la injusticia.

Uno de esos misiles voló sobre la cabeza de la bahiense Daniela Katz, que no come ni duerme por las alarmas que suenan en su barrio de Tel Aviv.

Faisal se entera por 8000.

—Lo lamento. Yo siempre espero que los misiles no maten niños o mujeres. Quiero que lleguen a las bases militares de ellos.

—Román, el novio de Daniela, tiene 23 años, también es argentino y está en una base del Ejército de Israel esperando la orden para entrar en Gaza.

—¿Cómo ese chico viene a esa edad desde Argentina, la tierra de la paz, a una tierra ocupada para hacer una guerra contra gente inocente? ¿Cómo puede ser? Ese chico no sabe que está sirviendo a una ocupación. Román, tenés que pensar. Te estás metiendo en un conflicto que no merece tu vida. ¿Qué quiere un argentino en Gaza? Que venga a comer, a jugar al fútbol, pero no a matar palestinos. Vas a entrar en un lugar que no conocés. Lleno de gente humilde. Por eso, Román: pensá un poco. Argentina es más hermosa. Volvé a Argentina. 

Villero hecho y derecho

Faisal conoció a un grupo de argentinos cuando estudiaba en Escocia en 1998. En 2002 lo invitaron a nuestro país y se vino. Vivió un par de años en el sur de la ciudad de Buenos Aires hasta que un día quiso conocer más, agarró un mapa y salió a la ruta. Así se chocó con Bahía Blanca, cuenta.

Completó unos cursos de electricista en la Universidad del Sur al tiempo que aprendía castellano. Poco después consiguió trabajo en una empresa proveedora de insumos marítimos y empezó a cambiar repuestos de buques en el puerto de Ingeniero White.

—Empecé a recorrer la zona también: desde Sierra de la Ventana hasta San Blas y Río Colorado. Me gustó tanto que primero me hice la residencia en Bahía y después el documento de identidad y el pasaporte argentino. No fue fácil porque me decían que Palestina no era un país. Tuve que pelear mucho. Pero ahora soy argentino, bahiense… y de Villa Mitre.

Luego de 13 años regresó a Cisjordania porque lo contrataron para construir el museo palestino en Ramala.

—Faisal, ¿qué es lo que está pasando entre Israel y Palestina?

—Palestina es chiquita, como de Bahía a Pedro Luro o un poco más. Hoy tenemos apenas un 22% de lo que era el territorio palestino. Luchamos para que respeten la frontera y nos devuelvan lo que nos pertenece. Estamos bajo una ocupación desde la guerra de 1948. Los israelíes destruyeron asentamientos y la población palestina, que es en su mayoría cristiana o musulmana, fue víctima de una limpieza. Por eso tenemos que ser dueños de esta tierra. Para que eso no siga pasando.

(*) ✍️ Maximiliano Buss pasó por lanueva.com y por La Nación, de cuya maestría en periodismo es egresado. Este es su segundo especial para 8000, luego de la historia de Daniela Katz desde Israel: Un futuro mejor, mientras vuelan los misiles”.

Fotos: gentileza Faisal Malak

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Especiales

👀 Milagros en la pandemia bahiense: una enfermera cuenta todo

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Hoy, 20 de marzo de 2022, se cumplen 2 años del primer caso de coronavirus que se reportó en Bahía Blanca.

Desde ese mismo momento, la enfermera Milagros Barbalace estuvo ahí, batallándolo, con todo, sin parar.

Este es su relato para 8000.


Miles de veces lloré. Incontables. 

En mi casa, muchísimo. 

En el hospital también: no aguantaba más, necesitaba descargar, y por ahí se me caía el suero al piso y ¡faaaa!, era la excusa para arrancar a llorar. 

Me hacía llorar el estrés, la carga exterior que se nos puso con eso de “son los responsables de que la persona se recupere, porque, si no, algo hicieron mal”. 

También la carga horaria, el comer mal porque pasás muchas horas en el hospital y no te sentás en tu mesa, el dormir mal porque estás preocupada por tu compañero que se contagió, por no contagiar a tu familia…

Un cúmulo de cosas que a todos nos hizo explotar por algún lado.

Mi nombre es Milagros Barbalace, tengo 27 años y soy licenciada en Enfermería, me recibí en la UNS. Comencé la pandemia en el Hospital Privado del Sur. Y ni imaginaba todo lo que iba a pasar…

Cuando estudiás, te enseñan qué es una pandemia, qué es una epidemia, en qué se diferencian… Pero de ahí a vivirlo, hay mucha diferencia. 

Al principio sentí miedo: era algo desconocido y se tardó mucho en saber cómo se comportaba. Los pacientes tenían signos y síntomas muy diversos, entonces tampoco tenías una línea para orientarte y saber qué hacer.

Era mucha la incertidumbre.

No sabíamos qué protocolo usar, si ponernos más o menos protección, si muchas horas con el paciente aumentaban el riesgo de contagio…

Los protocolos se modificaban todas las semanas, literalmente.

Y la mente nos iba a un millón de revoluciones. Me costaba mucho terminar mi turno y decir: “Bueno, listo, no estoy más en el hospital, no puedo hacer nada”. De hecho, todavía me cuesta.

En abril de 2020 ingresó al hospital Juan Carlos Rodríguez, uno de los primeros pacientes, y me acuerdo de que estuvo fácil 1 mes. Era la época en que si no te salía PCR negativo no te daban el alta, porque se suponía que todavía contagiabas. 

Se hizo como 5 o 6 PCR, ¡no sé cuántos ya! Y le seguía dando positivo.

Tuvo una larga estadía, pero siempre tuvo una energía muy positiva, de querer recuperarse. Nosotros por ahí le llevábamos algo extra que sabíamos que le gustaba, porque en el hospital es una sola comida para todo el mundo. Y cuando íbamos a controlarlo, siempre nos quedábamos charlando.

A lo último, cuando ya se sentía mejor, Juan Carlos empezó a escribir. Le gusta mucho. El anteúltimo día nos avisó que nos había hecho como un cuento anecdótico con un personaje que era él y con nosotros.

Me acuerdo de que nos manejábamos por teléfono y nos mandó una captura de pantalla de lo que había escrito. Se había generado un lazo muy estrecho

Me puse muy contenta cuando Juan Carlos salió. Fue: “Wow, logramos que una persona que estuvo tanto tiempo, un adulto mayor, pueda salir de esto”. 

Estábamos emocionados. Le habíamos hecho cartelitos y esperamos que salga de la habitación para felicitarlo. Y el encuentro con su mujer, después de tantos días… ¡fue muy lindo!

Esos son los recuerdos positivos: las personas que pudieron salir tanto de clínica como de terapia. Las que pudimos ayudar a recuperarse. Y también el equipo de trabajo: médicos, colegas, la gente de limpieza, todo, todo, todo. Esa es la base: más allá del conocimiento, tirar todos para el mismo lado.

Después no hay recuerdos positivos.

Al Hospital Penna me sumé en julio de 2020, por un plan de becas. Entré como enfermera de piso en terapia.

Me tuve que acostumbrar mucho a los sonidos, tanto del ventilador como de las máquinas de las bombas que suenan todo el tiempo. Después empecé a distinguir si sonaba un ventilador por algo en especial o porque se había quedado sin suero, y ya no salía corriendo cada vez que sonaba.

Y recuerdo ciertas imágenes… En terapia hay cosas que son bien características: las secreciones, la mucosidad tanto por nariz como por boca o por tubo cuando están intubados… La forma en la que se va transformando el cuerpo también: es más rápido el avance, es bien marcado el deterioro.

Los pacientes críticos, más que nada con mucha estadía en terapia, edematizan un montón. Al no poder moverse (y peor si están intubados), si no los rotás se inflaman muchísimo, se llenan mucho de líquido. Era impactante entregar una guardia, volver al otro día y ver al paciente así. Después te vas acostumbrando. Creo que a todos nos pasa.

A mí también me tocó: me contagié en octubre de 2020

Fue anecdótico, porque habían venido unos chicos de la universidad a hacer hisopados de gente asintomática. Nos preguntaron: “¿Quién se quiere hisopar?”, y dije: “Yo”.

En ese momento también estaba en el otro hospital y tenía que entrar a trabajar, pero me había empezado a sentir como rara. Avisé que no me sentía muy bien y que estaba esperando el resultado del hisopado. 

Dio negativo y dije: “Listo, me engripé”. Y me dormí. Cuando me desperté, al otro día, tenía llamadas perdidas: me habían querido avisar que tenía covid, que me quedara aislada.

Así que me quedé en casa, y después empecé con todos los síntomas: falta de olfato y gusto, fiebre, me sentía muy mal… Pero fueron los primeros 3 o 4 días, los demás los pasé normal.

Siempre fui muy cuidadosa. Nunca me relajé, aun habiendo tenido covid. 

Trataba de no ver mucho a mi mamá o si la veía, era a tanta distancia. Por ahí me venía a buscar y en vez de ir de acompañante, me mandaba al asiento de atrás. Siempre con barbijo.

A mis amigas también trataba de no verlas. Cuando estábamos todos adentro, obviamente no las veía. Y después, cuando se fueron dando ciertas libertades, trataba de no verlas por respeto hacia ellas. Acá estás en contacto directísimo, con muchos fluidos, secreciones…

Al principio tenía todo un protocolo… Me acuerdo de que llegaba a mi casa, abría la puerta y agarraba una bolsa, un tacho o algo que había dejado antes de irme a trabajar, y me desvestía ahí. Después lo agarraba, lo cerraba, lo metía al lavarropas y lo ponía a lavar. Y me iba a bañar. 

Ahora te das cuenta de que no tiene sentido: si te contagiaste, te contagiaste, por más que te saques toda la ropa en tu casa. Por eso, los protocolos y las cosas que se creían al principio de la pandemia cambiaron muchísimo.

Lo que hacía con la ropa hoy no lo puedo creer. O eso de ir al supermercado y estar perseguida todo el tiempo, a ver si el de atrás o si la harina que agarré estaba contaminada… Me pasaba más afuera que en el hospital, porque acá usamos guantes para todo, lo tenemos incorporado.

La peor época fue a fines de 2020 y la llamada segunda ola, en 2021, hasta poco más de mitad de año. Fallecía gente muy joven y eso me marcó, porque decía: “Pucha, soy yo, es mi edad”.

Primero era gente mayor, que tenía muchos antecedentes de salud, y recién se empezaba con las vacunas. En la segunda ola fue: “Bueno, ya tiene una parte de la vacuna, no tiene antecedentes y está haciendo estragos”. 

👉 Mayo de 2021 tuvo las cifras oficiales más altas: 8.636 contagios y 144 muertes. 

No es que a uno no le importe la gente más grande, pero una persona de 80 años tuvo más experiencias de vida, familiares que la acompañaron hasta ahora… En cambio, había gente joven que dejaba hijos muy chiquitos…

Justo ahí arrancamos con los grupos de psicología y me hizo muy bien. Fue liberar un montón de sensaciones y de emociones. Al principio nos costó romper el hielo y empezar a hablar, pero gracias a Dios tuvimos el espacio. 

Si bien trabajamos en una terapia y los pacientes que llegan no están bien, no estábamos acostumbrados a que en un día fallecieran 3 personas. Y en una semana, ni te cuento…

No estar tan fuertes mentalmente o no estar acostumbrados (¡por suerte no estamos acostumbrados a eso!) nos debilitó muchísimo. Gracias a Dios se dieron cuenta y dijeron: “Bueno, vamos a tener que hacer algo, porque no sólo se están enfermando por contagios de covid”.

También tuve la desgracia de perder a alguien: el exmarido de mi prima, de 40 y pico de años, falleció el año pasado. En esos casos, creo que quienes somos personal de salud tenemos la desventaja de saber. Eso genera más ansiedad, y no ser vos quien atiende a tu familiar o a tu allegado hace que te preguntes si se estarán haciendo las cosas bien: “¿Qué estarán haciendo?”… 

La tristeza es la misma, pero la desventaja de saber es no poder hacer algo o creer que podemos hacer algo, cuando en realidad no.

Por una cuestión del servicio, el celular no se puede usar. 

Pero más allá de lo institucional, tratamos de que los pacientes no lo usen porque muchas veces estar tanto en contacto genera más ansiedad. O si algún familiar les da alguna mala noticia, se agrava la situación. No la salud física, pero sí la psicológica

Igual, hay situaciones especiales… Hay personas que dicen: “Yo sé cuál es el paso siguiente, dejame despedirme de mi familia”. Y las dejamos. También somos humanos.

Muchas veces nos piden si podemos avisar a un familiar, a una esposa, a un hijo… entonces agarramos nosotros un celular, sea personal, del médico o de quien se ofrezca, y enviamos el mensaje.

Los enfermeros acompañamos emocionalmente a los pacientes, y por ahí les decimos: “Tené un poco de paciencia, porque esto lleva tiempo”. O: “Estás mejorando un poco”. Pero de la información específica sobre cómo va o del tratamiento, se encargan los médicos. 

Lo mismo pasa cuando te preguntan los familiares: a nosotros no nos corresponde dar el parte, así que tratamos de mantenernos al margen. 

Sí nos tocó mucho acompañar en el momento del fallecimiento, cuando algunos pudieron venir a despedirse. Y es bastante fuerte…

Va en cada persona. Pero no vas a ser más o menos profesional por no estar ahí acompañando. Cada uno reacciona diferente. Y también se le da el espacio al familiar, porque capaz que vos querés estar acompañando y el familiar quiere estar con la persona a solas. Entonces también hay que entender y respetar: esa sí es nuestra actividad.

La verdad, nunca pensé qué hacer en un caso así. 

Igual, creo que lo que uno piensa o dice que va a hacer, después termina siendo diferente. Por el tipo de familia que encontramos. O porque iba a hacer tal cosa y en el momento no me salió. O porque estaba ocupada, entonces no pude acercarme.

También tiene que ver con la personalidad de cada enfermero y de la situación: si te salió agarrarlo de la mano y contenerlo de esa forma, o si simplemente lo escuchaste, o si no pudiste porque te superó la situación y te tuviste que ir…

Yo generalmente me quedo con el paciente. Pero si hay alguna situación que me recuerda algo muy personal y por equis causa me hace mal, educadamente me retiro de la situación. Y si es necesario, le pido a algún compañero: “Cubrime, porque yo no puedo”. Eso también aprendí a decirlo: “No puedo con esto”. Y pedir ayuda. Pero generalmente estoy ahí.

Ya me conozco. Sé qué situaciones me afectan, así que directamente las evito.

Y soy más de escuchar. Muy pocas veces digo algo, porque quizá en el afán de querer ayudar, metés la pata. O decís alguna palabra que puede molestar. Entonces prefiero escuchar: tratar de calmar y acompañar, más que nada.

Las frases que más recuerdo de los pacientes son: 

“Tengo miedo”. “No quiero que me pongan esa máquina, sé que me voy a morir”. “Sé que no salgo”.

Tal vez lo buscan en internet o les pasó con alguien, pero te dicen: “Sé que si me conectás, no salgo”. Entonces tratan de hacer todo para no llegar a eso.

Nosotros no decimos nada, porque nunca sabés cómo va a responder el cuerpo de la persona, por más que tengas un 80 % de seguridad…

Gracias a Dios, no me tocó ser parte de despedidas.

Sí me ha tocado decirle al médico: “Pepe quiere el celular para despedirse”. Pero traté de no estar en el momento. Es muy personal y tenés que dar espacio para que la persona diga, exprese, haga lo que le salga. Y además, creo que no podría, entonces lo evito.

Escuchar que se están despidiendo, sí me tocó. Es horrible… Muchas veces escuchás que se dicen cosas muy fuertes entre los familiares, y nunca pensás que trabajando de esto te vas a enterar de un millón de cosas. Pero trato como de apagar los oídos o de irme lejos, hacer otra cosa.

Después de todo este tiempo, no sé si nos sentimos más valorados como enfermeros, pero creo que sí se tomó más conciencia de lo que hacemos.

Al comienzo de la pandemia, los pacientes pasaban mucho tiempo internados. La mayoría de las veces, solos, sin recibir visitas, entonces les comentaban a sus familiares. Ellos veían que no es solamente “Me ponen el suero y controlan las gotitas que caen”, sino que es contención emocional.

Además, pasábamos muchas horas: fueron enfermándose compañeros y era cubrir turnos, cubrir los baches que quedaban…. Creo que se dieron cuenta de eso, de que no es algo tan simple como se lo ve.

Nunca me creí una heroína y tampoco me creo responsable de las cosas que se dijeron y cómo atacaron a colegas. Entiendo también que a la gente se le mintió mucho en muchas cosas: los famosos antivacunas, los provacunas, los que decían “El Gobierno nos está mintiendo” y “La farmacia no sé qué”…

Traté de mantenerme al margen. Hago mi trabajo con la mayor responsabilidad y empatía posible, y nada más: hasta ahí llega lo que puedo hacer.

Los reclamos siguen… El sistema de salud está complicado desde hace muchos años. Con la pandemia salió a la luz, pero los problemas vienen desde antes, como la cantidad de personal, que siempre fue escaso. 

Las cosas se fueron solucionando en el momento, como para pasarla, pero solución, solución real, que mejore nuestra calidad de trabajo, no hubo.

El sueldo de enfermería varía mucho si estás en un privado o en una institución pública. Cuando arrancás, son 40.000 pesosY menos también. En un privado tenés cosas extras que la misma institución da, como presentismo, que te van sumando, pero es precario. O sea, familia tipo con 40.000 pesos no vive. Por eso, muchos de mis compañeros tienen doble trabajo.

Por cábala, en el hospital no podemos decir: “La guardia está tranquila”. Pero la situación actual no tiene nada que ver con la de antes.

Cuando ingresa un paciente con covid o sospecha de covid, ya no nos alborotamos. No es un: “Ay, viene, ¿qué preparo? ¿Cómo viene? ¡Ya me cambio!”. Lo esperamos como a un paciente con otra patología: preparamos las cosas y estamos tranquilos.

El último tiempo tuvimos menos ingresos. Pero la gente que entró, no se recuperó; esa es la parte negativa. Son adultos, adultos jóvenes, con patologías previas. Y si tienen o no la vacuna, es variado.

Si me preguntan qué quiero, quiero que esto se termine de una vez por todas.

Si me preguntan qué creo, creo que vamos a aprender a convivir o tenemos que aprender a convivir con esto

Espero que no sea tan mortal, que se encuentre algo específico, como la vacuna de la gripe que todos los años te la ponés y hay cepas diferentes pero no te matan.

Hoy, después de estos 2 años de pandemia, la verdad es que no sé si valoro más la vida, como dice alguna gente, pero sí creo que el estar tanto tiempo encerrada y sin poder convivir naturalmente me ayudó a conocerme mucho más

A conocerme más que nada en las cosas débiles. Yo pensaba: “¿Cómo un enfermero va a llorar por un paciente?”, porque tratás de no involucrarte. Y me pasó. Entonces aprendí que me puede pasar de todo.

  • 📹 Para ver el testimonio completo de Milagros, entrá a este enlace.

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Especiales

🙋‍♀️ 8M: las mujeres bahienses y el poder concentrado

Publicado

el

Por Belén Uriarte / Editora de 8000

Desde que el intendente Héctor Gay asumió por primera vez, en diciembre de 2015, más del 70 % de su gabinete se conformó con hombres. En el mejor de los casos, su círculo íntimo ha tenido apenas 1 mujer cada 4 funcionarios.

El dato surge del relevamiento y análisis que encaró 8000 en coincidencia con el Día Internacional de la Mujer. Y muestra un contorno claro del poder concentrado y cierta desidia hacia la igualdad de género.

  • En enero de 2016 había 81 cargos políticos y las mujeres sólo ocupaban 22. Es el 27 %.
  • En enero de 2022 había 102 cargos políticos y las mujeres sólo ocupaban 26. Es el 25 %.

🤦‍♀️ Dicho de otro modo: pasaron 6 años y el panorama empeoró.

En los cargos más altos también hay mayoría de hombres. Y, de hecho, disminuyó la cantidad de mujeres si se compara la foto actual con el inicio de la gestión de Gay

👉 Enero de 2016:

  • 4 de las 11 secretarías tenían una mujer al frente (36 %): Karina Mahon (Asesoría Letrada), Adriana Chanampa, (Gestión Ambiental), María Laura Biondini (Gobierno) y Elisa Quartucci (Modernización). 
  • 4 de las 13 subsecretarías estaban a cargo de mujeres (31 %): Silvia Jordan (Asesoría Letrada), Soledad Monárdez (Políticas Sociales), Morena Rossello (Políticas Sociales) y Susana Elliker (Salud).

👉 Enero de 2022:

  • 1 de las 11 secretarías al mando de una mujer (9 %): Vanina González (Políticas Sociales).
  • 5 de las 17 subsecretarías a cargo de mujeres (29 %): Juliana Cerritelli (Políticas Sociales), Florencia Costantino Cambiagno (Políticas Sociales), Julieta María Centeno Lascano (Producción), María Elena Calvano (Gobierno) y Karina Mahon (Gobierno), que se fue a principios de año. (Como ya te contamos, se produjeron 4 renuncias en menos de 1 mes).

👉 Y además, ni 1 de las 10 delegaciones está manejada por una mujer

👉 Hace unas semanas sí tuvimos al frente de la ciudad a Soledad Martínez, que reemplazó a Gay durante sus vacaciones. Fue la sexta vez que asumió una mujer, pero siempre fueron reemplazos durante licencias.

—Hemos logrado ocupar cargos que antes estaban destinados exclusivamente para los varones, pero es indudable que todavía falta un camino por recorrer para llegar a la verdadera equidad —le dijo a 8000 Ana Maceratesi, la encargada municipal de Políticas de Género.

Foto: bbva.com

Ausente

Al abrir las sesiones ordinarias en el Concejo, la semana pasada, el intendente Gay abordó los ejes de su gestión para este año y… ni siquiera mencionó las políticas de género.

Y eso que en 2021 había hablado de fortalecerlas… 🙄

Foto: Municipio.

La oposición viene criticando el escaso espacio que el Municipio le da al asunto: el área no figura en el organigrama oficial y por ende no tiene presupuesto propio.

Además, señalan que hay promesas sin atender, como la creación de la mesa intersectorial propuesta por el ministerio provincial para trabajar la violencia de género.

—Lo único que se cumplió fue la puesta en marcha del Hogar Refugio que está en reparaciones —dijo la concejala opositora Analía López—. El Municipio va detrás de la casuística. No hay una propensión a trabajar en el tema mujeres y diversidades.

Agostina Costantino, investigadora del Conicet, indicó que existe “un solo programa municipal destinado a mujeres”, que es el Abordaje Integral de Mujeres Víctimas de Violencia. Y marcó que no hay nada para personas LGBT.

El presupuesto para 2022 es de $ 873.138 [0,005 % del presupuesto total de $ 19.300 millones], lo cual, teniendo en cuenta una inflación esperada del 43 %, implica una caída real del 2 % —agregó Costantino, también docente de Economía de la UNS.

La edil López aclaró que el Abordaje Integral de Mujeres Víctimas de Violencia “no es un programa municipal en sí mismo”, y que lo presupuestado son los subsidios a las ONG Creer Sí, NIDO y la Red Local de Violencia de Género:

—No existe una construcción programática de política pública municipal —enfatizó—, sólo la entrega de una ayuda económica a organizaciones que sí abordan la problemática.


💁 La mano va para el otro lado

Por Ana Paula Valacco / Gerenta de Desarrollo de 8000

La forma en la que concebimos el poder político afecta cada una de las variables de desarrollo de una comunidad, especialmente en cuanto a representación y relevancia. Y más aún, en la deconstrucción de falsas creencias acerca de las mujeres que se animan al juego de la política y sus posibilidades.

La política bahiense da poco lugar a las mujeres. Y, como demuestran los datos, va a contramano de la realidad nacional, donde las representantes son más a medida que pasan las elecciones y entran en vigencia leyes como la de paridad.

Según el Gender Gap Report 2021 del Foro Económico Mundial, uno de los estudios más completos sobre la brecha de género en el mundo, Argentina ocupa el puesto 25 en el subíndice de participación política. Sin embargo, este indicador se nutre de un informe que mide la situación a nivel país.

La escisión entre las realidades hace aún más acuciante la denuncia.

Para la determinación de roles representativos, la ley de paridad se impone. Pero esto no sucede en el Poder Ejecutivo, donde los nombramientos son discrecionales.

Sólo puede torcer el rumbo la voluntad o la necesidad de rendir cuentas a una sociedad que demanda el cambio.

Municipio de Bahía Blanca – Foto: La Nueva.

En 8000 somos bastante insistentes al decir que la información local importa. Y la forma en la que se concibe y entendemos al poder local importa.

Que en Bahía Blanca las tendencias vayan contra la corriente habla del camino que falta recorrer. Y nos marca que no podemos permanecer al margen de este debate.

Este 8 de marzo nos encuentra saliendo de una pandemia que hizo estragos en las condiciones de vida y derechos de las mujeres. Si bien se dio lugar a derechos pendientes (como la interrupción voluntaria del embarazo), la falta y la invisibilización de las dirigentes en la arena política nos expone a retrocesos en la implementación de esta y otras políticas en nuestra ciudad. Ni las bahienses ni los bahienses se lo merecen.

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Especiales

Bahienses que buscan sus orígenes: la angustia de no saber

Publicado

el

Por Belén Uriarte / Editora de 8000

Vivir con la angustia de no saber. No saber cuándo naciste. O dónde. O quiénes fueron tu madre y tu padre biológicos. O por qué te abandonaron.

Atesorar fotos de tu infancia, relatar lo que te contaron, golpear puertas, preguntar…

En Bahía Blanca nos pasa: tenemos gente que busca, porque quiere saber.


Marcela Fernanda Pacheco tiene 56 años y recién hace 4 descubrió que era adoptada. Desde entonces quiso conocer sus orígenes y en octubre de 2021 compartió lo que sabía en una entrevista.

Siempre tuvo sospechas, pero no se animaba a preguntar. Cuando quiso hacerlo, su papá ya no estaba y su mamá había enfermado:

—Hablé con una tía que mucho no me dijo; lloraba… Y a partir de ahí no tengo nada. No tengo la punta del ovillo.

Imágenes: Facebook y gentileza de las protagonistas.

Marcela ya lleva 3 meses sin novedades.

Sigo en la lucha, buscando —le dice a 8000.

  • Contacto: perfil de Facebook Marcela Fernanda Pacheco.
  • Nota: la fecha que figura en su partida de nacimiento es el 10 de noviembre de 1965, pero según Marcela “es trucha”.

El 5 de agosto de 2021 María José Capannini pidió ayuda en la página de Facebook Completando mi historia: “Para cerrar muchas cosas en mi vida, necesito saber cuál es mi origen”, dijo.

—Siempre sospeché que era adoptada, pero nunca tuve la valentía de enfrentar a mis padres —contó la bahiense, de 47 años—. Mi mamá era muy autoritaria y superconservadora. Yo le tenía mucho miedo. Cuando falleció, en 2013, no me animé a preguntarle a mi papá. Y cuando falleció él, en 2018, me quedé sin datos.

Una prima de su mamá adoptiva le dijo que es hija biológica de una chica que vivía en Villa Iris, que quedó embarazada a los 16 años y luego de tenerla, en una casa de Alem al 900, la entregó.

—La partida de nacimiento no es legal y la gente que está viva, no habla. Mis papás adoptivos van a ser siempre mis padres y nunca me hicieron faltar nada, pero esto es algo pendiente.

Ya pasaron más de 5 meses de aquella publicación en Facebook. María José le dice a 8000 que sigue sin saber.

  • Contacto: perfil de Facebook María José Capannini.
  • Nota: todo indicaba que su fecha de nacimiento era el 21 de marzo de 1974, pero “en realidad no hay certezas”.

Micaela Martínez la abandonaron apenas nació, en septiembre de 1998. En octubre de 2021 inició una búsqueda y también recurrió a Facebook, en la página ¿Dónde estás?: “Detrás de todo lo que pasó, hay una explicación o un porqué. También quisiera saber si tengo hermanos, primos o abuelos”.

Mica le cuenta a 8000 que desde ese posteo sólo logró contactarse con la familia que la encontró en la entrada de su casa, envuelta en bolsas de nailon y un toallón:

—El encuentro fue hermoso y ahora tengo una relación muy linda con ellos. También son mi familia.

Igual, remarca que necesita seguir en la búsqueda:

—Cerrar un ciclo, terminar de saber quién soy.

  • Nota: Mica estima que nació el 15 de septiembre de 1998, a los 8 meses de gestación.
  • Contacto: perfil de Facebook Micaela Martinez.

Julia se rindió

Julia Rana ya no busca. Demasiado tiempo, demasiado desgaste, demasiado silencio…

—Llegué a la pantalla grande de América en 2013, al programa Los unos y los otros de Andrea Politti, y no surgió nada. Al tiempo dejé de buscar: si del otro lado no me buscan, yo no puedo encontrarlos —dice Julia, de 54 años.

El supuesto apellido de su madre biológica es Gómez:

—Es buscar una aguja en un pajar.

Igual, en su momento empapeló Punta Alta (la localidad de donde sería su madre) y también contó su historia en diarios, radios y canales. Y nada.

La única certeza que tiene es que nació el 8 de octubre de 1967 en Bahía Blanca. Todo lo demás son dichos de parientes de su mamá y su papá adoptivos, ya fallecidos.

—No se acuerdan el nombre de pila de mi madre biológica, tampoco dónde la contactaron ni la dirección —le dice a 8000—. Te podés olvidar la dirección de un local de ropa, pero de la madre biológica de una nena que tenía unos días…

Julia cree que hay un pacto de silencio. Y por eso desistió. Fueron 6 años de lucha, de 2009 a 2015.

—Perdí un montón de cosas y las pasé feas, aunque sí tengo el mejor recuerdo de la gente que me ayudó.


Los robos imperdonables

Ninguno de los testimonios anteriores se relaciona con la dictadura militar: son apenas 4 historias de “millones de adoptados que aún no tenemos una ley que nos apoye para tener un banco de ADN”, según le dice a 8000 una de las protagonistas.

Pero vaya si pasaron cosas en nuestra ciudad durante ese período tan oscuro que se inició en marzo de 1976… Y aún hay un par de búsquedas activas.

La agrupación Red x la Identidad Bahía Blanca (que actúa en colaboración con la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad –CONADI– y Abuelas de Plaza de Mayo) confirma que se trata de “2 bebés que fueron apropiados”: dicho de otro modo, se los robaron a mujeres desaparecidas.

Ambas criaturas debieron nacer en cautiverio, ya que sus padres estuvieron detenidos acá en el centro clandestino “La Escuelita”:

  • Si buscás tus orígenes o conocés a alguien que esté en eso, compartí esta nota o avisanos por las redes sociales (@8000Bahia) o por mail a orgullobahiense@gmail.com, así sumamos testimonios. Y nos ayudamos entre todos.

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