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Daniela Katz, bahiense en Israel: un futuro mejor, mientras vuelan los misiles

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Por Maximiliano Buss / Especial para 8000 (*)

👉 Miércoles 12 de mayo de 2021, Ramat Gan, Tel Aviv, Israel. 19:20:

—Tuve muchas épocas de estar sola, de padecer… ¡Uy! ¡Sí, rega! Perdón…

Rega en hebreo quiere decir “pará, bancá, un momento”.

Daniela agarra su celular y la imagen se corta. De fondo se oye una sirena.

Ahora sólo se escuchan sus pasos en la escalera. La imagen vuelve y Daniela está sentada en un lugar oscuro. Su cara se congela por unos segundos. La videollamada se corta.

Ya perdió la cuenta de las veces que se tuvo que esconder en el refugio del segundo piso desde que empezaron a volar misiles por el cielo de Israel, el país que eligió para vivir con su novio en 2019 y así “tener un futuro mejor”.

Daniela Katz es de Bahía, tiene 23 años y trabaja en una guardería. Su novio, Román Karlin, también de 23, es de Rosario y cumple con el servicio militar obligatorio en el Ejército israelí.

Se conocieron en 2012 en un campamento de Hejalutz Lamerjav, una organización de estudiantes judíos que en 2016 los llevó a vivir en Israel durante un año. Entonces se pusieron de novios.

Pero el clima de esta primavera es otro.

Por la tensión entre el Movimiento de Resistencia Islámica y el Estado de Israel, las sirenas no se callan y los misiles revientan por ahí.

—Mi novio estaba en una base en Dimona, una ciudad alejada del conflicto. Pero me llamó para avisarme que se tiene que ir a preparar porque en colectivo lo llevan a Beerseba, cerca de la frontera de la Franja de Gaza. Quieren que esté preparado en caso de que tengan que entrar a pie al territorio donde están los terroristas. Eso sería… un gran problema.

¿Cuándo es la última vez que se ven?

👉 Sábado 8 de mayo de 2021:

—En Tel Aviv no sabíamos nada de los enfrentamientos. Román llegó el día anterior y pasamos un día relindo. Más allá de que es shabat (el día sagrado de la semana) acá hay mucha actividad. A la mañana nos fuimos en monopatín eléctrico hasta la playa. Yo bailé rikudim, una danza israelí, y él me filmó. Me acuerdo de que le decía: “¡Filmá este baile, filmá este baile!”. Después nos fuimos a comer a un McDonald’s. Caminamos por la playa de vuelta a casa y nos sacamos unas fotos.

—Esa noche, a eso de las 22, nos fuimos a cenar afuera. Estábamos súper felices porque acá no es normal la milanesa de carne y habíamos conseguido una reserva para ir a comer a un lugar famoso por sus milanesas de carne. Miramos unos capítulos de nuestra serie. Estamos viendo El inocente. Nos quedan los últimos 2 capítulos. Así que le dije: “¡Volvé pronto! No me dejes con la intriga”.

👉 Domingo 9 de mayo de 2021.

Bien temprano, Daniela se va a trabajar a la guardería y Román parte hacia la base.

Integra la unidad de paracaidistas. Toda la semana van al terreno para practicar ejercicios y dejan el celular. Entonces casi no charla con Daniela. Desde el lunes le dejan usar el teléfono: en medio de este conflicto le permiten llamarla, cada tanto.

—Está contento porque entró en una unidad en la que hay que pasar varios exámenes y es todo un logro. Tiene amigos que son como su familia y siempre están muy pendientes de él. Desde darle una golosina en la base o para invitarlo a cenar en shabat. Pero no es nada fácil. Es un gran desafío estar en el Ejército de Israel; tiene que estar muy preparado para esto.

—Es un Ejército que tiene que actuar en estos casos y ser efectivo. Es muy duro. Él siempre me dice que hay que ir para adelante. Pero es la primera vez que pasa una situación así. Me traslada mucha calma, pero sé que no está tan tranquilo, sobre todo por la falta de información. Ellos no se enteran de nada salvo cuando ven los misiles volando.

👉 Lunes 10 de mayo de 2021, Muro de los Lamentos, Jerusalén, Israel.

En las redes sociales empiezan a circular videos de los enfrentamientos en la Explanada de las Mezquitas, después de que se dispararan misiles desde la Franja de Gaza hacia el centro y el sur de Israel.

En un comunicado, la policía informa sobre la activación de un estado de alarma para evacuar hacia lugares más seguros a cientos de personas reunidas en el Muro de los Lamentos por la celebración del Día de Jerusalén, que marca la conquista de la parte oriental de la ciudad por Israel en 1967.

—Yo estaba en un mundo distinto. Porque Tel Aviv, pese a estar a una hora de Jerusalén, es un mundo distinto. Fui a la guardería y con los chicos estuvimos hablando de shavuot, que es una celebración para conmemorar la entrega de las tablas de la ley por parte de Dios a Moisés. Ni idea de que era el Día de Jerusalén. Caí recién  a la 1 de la tarde porque vi algo en el celu, cuando compartieron las imágenes de los incidentes cerca de la Cúpula de la Roca. Vi cómo algunos judíos marchaban con cánticos fuertes y cómo algunos árabes incendiaban cosas. Y ahí dije: “¡Hola! Estoy en Tel Aviv, pero hay algo que está pasando que se llama el Día de Jerusalén y está trayendo muchas consecuencias”. Ese día cayeron 6 misiles en el sur de Jerusalén, que es raro porque pueden tirar misiles a Israel pero nunca se toca Jerusalén por ser un lugar sagrado para los cristianos, los judíos y los musulmanes. Me empecé a preguntar qué iba a pasar al otro día.

👉 Martes 11 de mayo de 2021. 8:30:

Daniela se levanta de la cama y antes de salir de casa le llega un mensaje. Alguien de la guardería le avisa que las clases se suspenden.

—Ahí me empecé a preocupar un poco. Pensé que por algo lo estaban haciendo, que sabían algo que hasta el momento nosotros no. Y al rato el Gobierno dio alerta roja en Tel Aviv.

Están en la mira de los misiles.

—Hasta que no llega, no se imagina. Toda la vida estudié las guerras, pero hasta que uno no lo vive no puede tomar dimensión Yo no siento miedo por mí, sino por mi novio y tantos jóvenes que están en el Ejército. Ese día no salí de casa. Descansé, ordené, miré una serie y almorcé.

Es la última vez que come.

👉 20:30:

—Estaba en una videollamada con mi abuela y justo cuando le estaba diciendo que estaba todo en paz, tuve que largar todo y salir. â€œÂ¡Abuela te dejo, tengo que correr!”, le dije y fui a las escaleras del segundo piso, que están resguardadas. Acá casi no hay refugios porque es una zona donde nunca pasa nada. Hay varios refugios en la calle que son públicos, pero igual no te da el tiempo para ir corriendo hasta ahí si algo pasa.

Daniela empieza a temblar. Escucha cómo los misiles son interceptados por “la cúpula de hierro” del Ejército israelí.

—Escuché las explosiones sobre mi cabeza. Fue muy terrible. Fueron 17, 18, 19 estallidos en el aire, arriba nuestro. Las paredes de concreto temblaban. Yo estaba con mis vecinos, muy asustados. El corazón me latía muy fuerte. No dejé de pensar ni un segundo en mi novio. Me besaba un anillo que es jai, que significa “vida” en hebreo. Es un regalo de mi familia para cuando hice mi bar mitzvah a los 12 años. Es el único símbolo judío que tengo. Los sentía, lo tocaba como muy parte de mí. Eso me calmaba un poco.

Pasa 40 minutos debajo de la escalera.

—Cuando escuchamos la alarma, tenemos que ir al refugio y esperar 10 minutos. Pero la alarma frenaba y seguía, frenaba y seguía, frenaba y seguía. Y cada vez caían más, y más, y más, y más, y más.  En un momento pensamos que se había clamado todo y subí a mi departamento, pero volví a bajar porque sonó la sirena otra vez. Después de una hora y media, pasó. Mucha gente me escribía y traté de tranquilizarlos. Antes de irme a la cama quise sacar a mi gata de abajo del sillón, pero estaba tan asustada que no quiso salir. La dejé ahí y con mucha tensión me fui a dormir tratando de pensar que todo iba a estar bien.

👉 Miércoles 12 de mayo de 2021. 3:00:

—En la mitad de la noche volví a saltar del susto por la sirena. Yo duermo en pijama, así que me puse las chancletas que aprendí a dejar al lado de la cama y salí. Cuando estaba en la escalera volví a escuchar los estallidos. Al rato empezaron a pasar ambulancias, bomberos: “¡IU, IU, IU!”. Nunca vas a escuchar un misil sin sirenas. Es terrible porque la cúpula de hierro intercepta el 85% de los misiles que tiran desde Gaza. Pero no todos. Entonces uno impactó en un colectivo, otro en una escuela.

Daniela se duerme recién a las 5.

—“Dormir” es una forma de decir. Porque te acostás sabiendo que en 3 segundos podés estar corriendo de nuevo.

De los nervios tampoco come.

—Yo amo la comida. Me encanta. Puedo estar súper cansada, pero me cocino bien y como porque lo disfruto. Comí ayer al mediodía por última vez. Me siento al frente del plato y no puedo. No me pasa la comida. Ahora me hice un licuado y tomé unos sorbos, pero ya me llené.

No sale del departamento en todo el día. En Tel Aviv la vida sigue. Los negocios tienen las persianas levantadas, los colectivos mantienen sus recorridos. Pero la primera parte del día sólo contesta mensajes.

Y recibe una llamada de Román, su novio. Dura apenas 2 minutos y él le dice:

“No me importa que me descubran. Lo único que me importa ahora es saber que vos estás bien”.

—Después de eso siguieron los misiles. Trato de no ver muchas noticias ni videos de lo que está volando por encima de mí, pero hoy escuché un reporte del Gobierno que dice que ya identificaron 1.050 misiles. Y empezó a correr un rumor de que iban a seguir lanzando más. Eso me puso remal.

Daniela agarra una cadenita con la estrella de David, que es de Román.

—La agarré muy fuerte y sentí una conexión. No sé si a Dios, porque uno se pregunta dónde está en estos momentos. Pero sí a la fe. Sentí algo de esperanza. Sé que vamos a estar en paz. Los civiles de ambos lados no tenemos la culpa.

Hija ‘e tigres tangueros

Daniela es hija de Sergio y Adriana, la legendaria pareja bahiense de tango. Tiene un hermano: Martín.

Hizo la primaria en la 63 y la secundaria entre la 306 y la Media 12. Y asistió a la escuela hebrea, por supuesto. También dio clases de la danza israelí rikudim.

—Daniela, ¿qué es lo que está pasando entre Israel y Palestina?

—Hamas tira misiles a civiles israelíes así porque sí: el objetivo de los extremistas es matar a todos los judíos. Te hablo desde una postura centro: Israel no ataca, Israel defiende. Recibimos un montón de misiles y la Fuerza Aérea tiró bombas para aminorar los ataques. Si Israel quisiera matar a todos, como dicen, podría hacerlo porque tiene las herramientas y la inteligencia. Pero no quiere matar civiles.


(*) ✍️ Maximiliano Buss pasó por lanueva.com y por La Nación, de cuya maestría en periodismo es egresado.

Fotos: gentileza Daniela Katz


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Curas abusadores

🛐🙏 Silencios, vergüenzas, culpas y ausencias

CURAS ABUSADORES EN BAHÍA | Las víctimas suelen ser menores. Y denunciar se hace difícil.

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En la cara veinteañera de Juan Cuatrecasas se ve clarita la bronca.

Y más clarita se ve la vergüenza.

Y bastante más clarita se ve la pena: cuando baja la mirada, cuando se quiebra, cuando parece que no podrá seguir contándole al Papa Francisco cómo a los 11 años fue abusado sexualmente por un cura del Opus Dei en un colegio de Bilbao, España.

Juan se quiebra, y tarda 4 minutos y 47 segundos pero finalmente hace su planteo. Y el Papa le contesta:

—Estos casos de abusos de menores no prescriben. En la Iglesia, al menos. Y si por los años prescriben, yo levanto la proscripción automáticamente. No quiero que esto prescriba nunca. Es un drama el del abuso de los menores. No sólo en la Iglesia, sino en todas partes. En la Iglesia es más escandaloso, porque donde precisamente tenés que cuidar a la gente, la destruís.

¿Y qué pasa acá, en nuestra Bahía a veces no tan blanca pero bastante católica? 

  • 🛐 Bueno: al menos, así se moldeó la ciudad: es la religión predominante y las instituciones más poderosas que nos rodean conservan un fuerte arraigo eclesiástico. Como la Armada y el Ejército, por ejemplo. O lo que fue La Nueva Provincia durante más de un siglo.
  • En la era Massot del diario, directamente se evitaba publicar cualquier cosa que pudiera dañar a la Iglesia. La mayoría de las veces era por miedo y autocensura: por ser más massotistas que los Massot.

Sin ningún condicionamiento más que hacer periodismo, acá en 8000 llevamos meses poniendo la lupa sobre este tema: qué pasa en Bahía con los abusos eclesiásticos.


Aquella escena de Juan y el Papa forma parte del documental Amén. Francisco responde, que se estrenó el 5 de abril de este año y muestra a 10 jóvenes que le trasladan sus inquietudes a Jorge Bergoglio.

—El abusador o la abusadora destruyen a un chico. Y si es una persona de Iglesia, es una hipocresía y una doble vida horrorosa, ¿no? —dice el Papa—. La política es limpiar. Que venga la denuncia y limpiamos. Tolerancia cero: esa es la política de la Iglesia.

En 2016 bajó la orden, como respuesta a los reclamos de víctimas y familiares.

—La cultura del abuso está por todos lados, lamentablemente —añade Francisco—. La Iglesia está tratando de que sus curas y sus monjas no abusen.

Palabra clave: tratando.

  • El escándalo de los sacerdotes católicos pederastas estalló en 2002, cuando el equipo de investigación del diario Boston Globe reveló un esquema dantesco: los curas abusaban de menores y la Iglesia se enteraba, pero toleraba, encubría y relocalizaba a esas bestias, que empezaban a abusar en otra parte. Y así. 
  • Una fuente clave de ese trabajo periodístico fue Richard Sipe, un exsacerdote que se dedicaba a la rehabilitación de curas abusadores. Escribió 6 libros y según sus estudios, el 6% de los clérigos eran abusadores.
  • Pero los reporteros del Boston Globe descubrieron un panorama aún peor: había unos 200 abusadores en una diócesis de 2.200 curas. Es decir: alrededor del 10%. Y tras la publicación, surgieron más víctimas y se judicializaron 249 casos.
  • Esta investigación provocó un efecto dominó a nivel mundial: aparecieron curas abusadores por todos lados. Hay una película extraordinaria al respecto: salió en 2015, se llama Spotlight y ganó el Oscar.
Michael Keaton hace de jefe del equipo del Globe. Imagen: captura.

Bueno, ¿y qué pasa acá?

Acá tenemos, incluyendo Cerri, White y Cabildo, 30 clérigos católicos: 22 son sacerdotes y 8, diáconos (no ordenados).

¿Tenemos entonces algún abusador en Bahía Blanca?

  • Abundan los rumores, pero el único caso denunciado (y público) es el del padre barnabita Mauro Henrique Cantanhede Ferreira, un brasileño que era el párroco de San Roque cuando en 2019 una mujer lo acusó de haberla obligado a practicarle sexo oral.
  • Poco después, otra mujer que se confesaba con Mauro lo señaló por abuso y amenazas: “Me regaló bombachas y me pedía fotos”.
  • El cura fue suspendido. Pero la causa acaba de ser archivadacomo te contamos el viernes: según la Justicia, no hay pruebas suficientes para determinar si es culpable o no.

¿Y entonces? Â¿Justo acá tenemos un extraordinario 0% entre 30 clérigos? ¿Ninguno comete abusos sexuales?

—Lamentablemente, no puedo decir que no sucede â€”nos comenta Verónica Orio, canciller del Arzobispado bahiense.

Lo que sucede es que no hay denuncias.

8000 verificó en las fuentes disponibles:

  • ⚖️ Justicia: “El sistema no trabaja por ocupación de víctima ni victimario, sólo por delito”, nos indicaron en Fiscalía. O sea: para conocer si existe alguna denuncia por abuso contra un cura hay que ver causa por causa…
  • 🙏 Iglesia católica: en los últimos 6 años, sólo se registró la acusación contra el padre Mauro, según nos confirma Orio, que es la encargada de recibir las denuncias junto con el padre César Cardozo.
  • 🔎 Red de Sobrevivientes de Abusos Eclesiásticos de Argentina: aún no hay nada de Bahía Blancanos asegura la psicóloga Liliana Rodríguez, integrante de la entidad.

En Amén, el Papa le dice a Juan, el chico español abusado:

—Yo te agradezco la valentía de haberlo denunciado, porque hace falta tener pantalones para denunciar esto. No es fácil, porque los condicionamientos sociales son muy grandes.

Tiene toda la razón el Sumo Pontífice: es jodido denunciar al mediador entre Dios y los terrenales. El cura tiene mucho poder sobre su rebaño, que tiende a confiarle. Además, las víctimas suelen ser menores y callan por miedo, por vergüenza, por culpa.

De acuerdo con la psicóloga Rodríguez, a veces en la Red de Sobrevivientes aparecen testimonios de personas adultas que se animan a hablar cuando sus padres mueren o cuando tienen sus propios hijos.

Pero sobre todo ocurre que la Iglesia no te facilita las cosas.

Es verdad que (por la orden de Francisco) acá en Bahía hay gente designada para recibir denuncias. Pero…

  • 🤨 No se promociona mucho que digamos. Â¿Habías oído hablar de esto? ¿Viste alguna mención en los avisos parroquiales? Durante la semana, 8000 visitó 3 iglesias al azar (la Catedral, San Luis Gonzaga y San Roque) y no vimos ni un cartelito hecho a mano…
  • 🙄 Â¡Ni siquiera les dicen “abusos” y “denuncias”! En el sitio oficial de la Arquidiócesis colocaron un aviso (debajo del enlace para donar…) que se arrodilla ante los eufemismos â€œprotección de menores” y “recepción de informes”. Mirá:
  • Sólo cliqueando ahí llegás a una nota y al final hay un correo electrónico y un celular.

En fin. Lo cierto es que si tenés un vínculo más o menos estrecho con el esquema católico bahiense, quizá alguna vez escuchaste que tal hizo tal cosa. O algo por el estilo.

De ahí no pasa, pero. Las vergüenzas y ciertos delitos se guardanY prácticamente no se habla de esto, ni en los medios ni en las mesas familiares.

Sin embargo, hay que hacerlo. Hay que hablar y hay que denunciar, aunque duela tantísimo.

Porque se trata de depredadores conscientes y recurrentes.

Porque las víctimas casi siempre son menores y vulnerables.

Y porque si no hacemos algo, la impunidad se torna eterna como el Señor.

Si sabés algo, por favor denunciá:

Y si no te sentís cómodo haciendo la denuncia pero querés aportar tu testimonio para ayudar a otros, podés charlar con nosotros. Te garantizamos total respeto y absoluta discreción:

Hagamos algo, por el amor de Dios.


Textos y edición general: Abel Escudero Zadrayec

Producción, entrevistas y textos: Belén Uriarte

Producción y edición: Tato Vallejos

Fotos: Eugenio V.


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El resto de nuestro informe especial sobre abusos eclesiásticos:

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Una recorrida por nuestras calles durante la semana del aniversario, los personajes y sus voces y sus miradas: un coro visual sobre la ciudad cumpleañera.

Por Maximiliano Buss | Especial para 8000

Nicolás empuja con el dedo una bolita de algodón en su oreja. Con la otra mano sigue dándole y dándole con un palo a un colador de metal como espejo, que está al lado de una lata de conserva aplastada, chatita, envuelta con una bolsa verde de nailon, que está al lado de una tapa de olla vieja, que está al lado de una tapa plástica de un balde de aceite para motor, de esos de 20 litros.

Nicolás está en una esquina de la plaza Rivadavia, en Sarmiento y Zelarrayán: desde la pandemia. Tiene 30 años. No quiere una entrevista con nadie, me avisa.

Y los mira a todos pasar. Les mira la cara, las manos, los pies. 

Y toca:

Olla, lata, lata, lata, 

olla, colador, lata, lata

olla, 

tapa, tapa, tapa, tapa, tapa, 

olla, colador.

—Yo compongo lo que a mí me sale. Es música resiliente. A veces es medio triste y otras la intento levantar. Por los tiempos que estamos viviendo, viste. Bastante difíciles. Entonces levanto la vibra: cambio de sonido, le meto volúmenes —cuenta—. Se me han acercado para decirme que les cambió el ánimo, el ritmo de la caminata o hasta que se les ocurrió una idea…

Tapa, tapa, tapa, tapa, tapa,

lata.

—En la vida uno tiene que despertar las emociones. Salir del pozo —dice Nicolás—. A veces no tenés una supercrisis, pero. La rutina te baja al pozo. Y acá por eso se drogan: porque buscan levantar. 

Marcos (se presenta así: a secas, y ni siquiera da su edad pero no supera los 30) vende laja peruana “de la buena” y flor de la planta de cannabis.

—La podés probar al toque. Si te gusta, te la llevás. Sin vueltas. El gramo de merca está 5 (mil) y tengo hasta 3 ahora. La flor, 5 gramos a $ 5.500 y te puedo traer hasta 15.

Se maneja con una repartidora que viene a la plaza, o no: donde le digas. Y muchas ventas las arregla por Telegram.

—No me vayas a cagar —advierte. Pero me da la mano, suave. Se ríe y se va caminando por Yrigoyen.

El viento tira un carrito con revistas y 2 mujeres de polleras largas (una marrón y otra azul), con el pelo suelto, corren a perseguir 3 ejemplares que se vuelan. Llevan 2 horas ahí, al solcito, paradas sobre la vereda, cerca del monumento a Rivadavia. 

Foto: bahiaen360.com.

—¡Podés llevarte la que quieras! —me dicen, quizá con demasiado entusiasmo—. Nosotras somos testigos de Jehová. Estamos todos los días. Mirá: esta —se titula “La salud mental: la ayuda que da la Biblia”— es la que más nos piden. Es sobre cómo la Biblia te ayuda con tus miedos, frustraciones, insatisfacciones. Hay mucho de eso. Acá siempre se acercan a pedir consejos, a que los escuchemos. Buscan algo que los alivie. 

—¿Y ustedes qué les dicen?

—Que nuestro creador, Jehová, sabe lo que pasamos y nos quiere cuidar.

Un señor canoso de boina para. Frunce; mira en silencio. Ellas le devuelven la mirada. Hay algo de perplejidad en esta escena.

—¿La 319 dónde para? —pregunta el señor canoso.

Y ellas no saben.

Entonces yo le digo que creo que enfrente: le señalo el Juzgado Civil N° 1.

—¿Donde está el negro? ¿O más adelante?

—Ehhh, sí. Donde está el negro. Digamos. 

El negro.

Se llama Paul, tiene 42 y es de Angola; sus 3 hijos nacieron en Bahía. Se vino en 2013 y vende anillos, cadenas, pulseras, gorras, relojes. Y no me quiere contar mucho más: dice que la policía lo persigue.

—Si uno viene, me roba y le hablo al policía, me agarra a mí y no a ese. Por eso no salgo de casa a ningún lado. Sólo trabajo desde temprano hasta ahora de noche, voy a la iglesia católica Nuevo Pueblo y de ahí a casa.

—Perdón, ¿fundas para celular tenés? —le pregunta un chico.

—No, no, no, no.

El pibe sigue caminando para ver si consigue, esquivando mochilazos de pibitos del Don Bosco que encaran, alguno masticando chicle, otro explicando algo sobre una derivada, un grupo de chicas hablando de quién se come a quién. (Aparentemente, Valen estuvo con Mili el finde pero esto no lo debería leer Ari, porque, si bien no están seguras, la cagó).

Y no es el único, parece:

—¡Che, gordo! ¿No me das una mano? Necesito el mejor ramo que tengas porque hace 3 días no vuelvo a mi casa.

—JAJA.

Ricardo García vende flores en la esquina de O’Higgins y Chiclana. Está sentado con su canastita de mimbre en la ventana de Grand Central.

—¿Cuántos años creés que tengo? —me pregunta.

—Mmm, ¿60?

—¡Señor, gracias por no darle buena vista a este pibe!

Ricardo tiene 71. Y dice que está joya, pese a ser un hombre atropellado: una vez, una camioneta lo empujó como 25 metros y otra, un motor de 3 toneladas le golpeó el pecho, cuenta, casi orgulloso. 

—Soy nacido y criado acá. Todos me conocen por mi carrito, que no lo tengo más. Pero las flores son las mismas. Tengo crisantemos, rosas, gerberas, astromelias. Yyy… tenés distintos ramos.

—Perdón, buen día, ¿a cuánto están? —le pregunta una señora.

—Tiene estos de 700 y estos de 1.000, señora. 

—Bueno, voy al banco y cuando paso, compro.

Según Ricardo, la gente ahora se fija mucho en los precios. Antes no. Y compran más las mujeres:

—Las llevan para la casa o para el cementerio. Los hombres compran para salvarse.

María Aguilar apura el paso para que no la pise la 504 en la primera cuadra de Chiclana. Lleva 13 años juntando cartón.

—Arranco de Colón al 1.200 y voy todo por Juan Molina hasta Panamá, después vengo haciendo zigzag por Estomba y vuelvo. En toda la ciudad el tránsito es pésimo. No respetan a nadie: ven un cartonero y parece que se lo quieren llevar puesto.

Así nos ven desde la Estación Espacial Internacional.

Pero María también cree que los bahienses somos muy solidarios.

—Cuando empecé, encontraba alimentos: polenta, comida elaborada, pancitos. Eso ya no. 

Este mediodía de martes va cargada sobre todo de cartón. Dice:

—La gente aprendió a reciclar.

Unos 175 kilos de cartón lleva María. Con 47 kilos, un jean apretado, un suéter rosa de lana apelotonada. 

—Después de esto, imaginate… ¡no necesito gimnasio! —le escucho bajito, porque usa un barbijo de tela.

María tira del carro unas 6 horas. El invierno es mejor para ella, aunque al final le da igual:

—No me importa mojarme. Piso escarcha, paso 40 grados, me corren los perros. Se me gastan las zapatillas, pero yo sigo.

Hablan. Los zapatos, para Juan, hablan. Juan empezó a lustrar hace unos 20 años, siempre en las escalinatas del Palacio Municipal. Vino de Río Colorado y acá formó familia. 

—Todos pasan apurados, con ojeras, corriendo, con impuestos en la mano, cargados con bolsas de compras, con cara de preocupados. No paran. Y si paran, es para ver el celular.

Astor mira desde enfrente, su pelo largo y canoso con un rodete. Pero no presta mucha atención. Él sí que no tiene apuro. Está atrás de un hilo de humo que sale de un sahumerio.

—La gente vive alterada. Bueno, acá me piden muchos aromas que son dulces y que te bajan un cambio. ¡El palo santo! El palo santo lo llevan muchísimo, como si fuese milagroso.

Después le eligen mucho las varillas de jazmín, lavanda, coco, vainilla, las maderas del oriente. O la reina de la noche. 

Foto: Gustavo Lobos.

Carla anda cerca de la cancha de Olimpo y el predio del ferrocarril, entre los árboles. Donde la luz no la alcanza. Tiene unas bucaneras de color negro, una minifalda negra, un top negro. Y pelo negro.

Hace poco empezó a cobrar por sexo. Fue en el verano, cuando una amiga le contó lo que ganaba:

—Y me prendí. Estoy cobrando la hora $ 3.000 completo. Puedo hacer un oral por menos, lo vamos viendo.

Acá viene cada tanto, cuando no sale nada con quienes llama “clientes fijos”.

—La verdad es que siempre me trataron bien. Todos tienen entre 45 y 50. Algunos con familia. Me cuentan sus problemas: es un desahogo. Cuentan poco, pero son gentes solas.

Solo un gusto. 

—¿Cuál es EL gusto de los bahienses?

—Dulce de leche granizado. Sin la menor duda —dice Liliana Aranda, que lleva 41 años sirviendo helados en la París de Brown y Undiano: 41 años hundiendo la cuchara cotidianamente en esos potes de tanto colorido gusto.

—Prendete, Hacke: ¿con qué rimás “colorido gusto”?

—Con “sonido justo”.

Hacke es Andrés Peña, tiene 21 años y desde 2015 persigue ese sonido que lo lleva esta tarde hasta las paradas de la 504 y 506, para hacer unas rondas de improvisación con palabras que le sugieren los pasajeros.

—¿Cuáles son las que más te tiraron hoy?

—Amor, familia, lealtad.

Dice que siempre participan más los chicos.

—Una nena mientras íbamos en el colectivo me vio que agarré el celu para poner el instrumental y me dijo: “¡Ehhh, lo tenés armado y lo vas a leer…!”.

Y no: nada que ver. Hacke es libre.

—¿Te animás a improvisar un rap sobre lo que ves de Bahía?

—¡Claro! ¿Con qué palabras?

—Las que te salgan.

Y le mete, así:

Yo, yo, yo me siento libre, 

nadie puede limitar lo que siento 

a menos que lo haga yo, por supuesto.  

Todo lo que ahora brota del cuerpo; 

voy a hablar de Bahía, la cuna del talento: 

Ginóbili, Palacio, Lautaro Martínez, 

algún otro bahiense que rompió algún récord Guinness. 

Yo no lo sé y ahora sale el líder,

sale un talento nato como este pibe, 

o algún otro que hace freestyle, 

que hace arte,

arte sano en Bahía, 

por todas partes. 

¡Es impresionante!

Naturaleza y la ciudad:

las 2 combinan este arte 

y esta forma es impresionante. 

Yo creo que Bahía no es reemplazable, 

acá hay gente que disfruta el baile, 

hay movimiento,

se respira un fresco aire. 

Hacemos lo que hacemos 

si podemos todo honesto. 

Partes de este cuerpo,

de lo que sabemos hacer

como un arte perfecto, 

y si no lo hacemos bien,

bueno, nos lleva el viento. 

El viento sopla

un calor genuino,

calor o frío, los dos investigo. 

Demasiado sentido, en realidad, 

cuando hace frío hace frío, pero de verdad, 

frío polar

parece que esta forma drástica,

¿me encuentro en Bahía

o en la Antártida? 

No sé, no entendí, mi pana, 

y cuando hace calor

en el desierto del Sahara 

y acá, allá, nos conocemos, 

eso es lo que pruebo 

y por eso es que yo quiero

a Bahía, mi ciudad, 

en la que sí vemos gente con talento, 

pero bueno, aprobemos todo eso. 

Vamos a dar oportunidad

a aquel que está en la calle 

y está en lo musical, 

no entiende todo esto, 

lo contrario, los que son artistas en la calle 

tienen que estar en los escenarios 

y no lo entiendo, por eso a diario 

encuentro talento nato

dentro de estos barrios

dentro de lo que somos 

y de lo que sabemos hacer, 

Bahía hoy manda

porque sí que tiene poder.

Hacke. Foto: MB.

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💣⚓️ Las confesiones del almirante Jorge Anaya, el bahiense que nos mandó a la guerra de Malvinas

Una entrevista inédita, áspera y única con el hombre fuerte de la Junta Militar en 1982.

Publicado

el

Por Abel Escudero Zadrayec | Director de 8000

La primera vez que Jorge Isaac Anaya estuvo en las Malvinas, las detestó:

—Vi esas tierras desiertas, áridas, espantosas y pensé: “¡Uy, Dios mío! Si estas islas llegan a ser argentinas algún día, van a hacer una base naval y será uno de mis destinos”…

Por entonces, Anaya era teniente de navío y había llegado a bordo del crucero General Belgrano: el mismo en cuyo hundimiento murieron 323 argentinos durante la guerra de 1982 que él empujó fervientemente siendo almirante, jefe de la Armada e integrante de la Junta Militar con el teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri y el brigadier general Basilio Lami Dozo.

—Era un convencido de que debíamos recuperar Malvinas —me dijo una tarde de noviembre de 2001, mientras la Argentina ardía. Para variar.

Petiso y morocho (2 características que no terminaban de agradarle), Anaya podía poner una cara de malo muy malo malísimo pésimo, con una mirada fija de odio o desprecio, o una combinación: según.

Ocurrió algunas veces durante nuestra charla. Especialmente cuando le hice alguna repregunta incómoda: claramente no estaba acostumbrado. Y metía miedo, eh. Su palabra clave: “Patapúfete”.

—Usted es el primer periodista al que le cuento algo —me avisó, el índice en alto, el ceño fruncido.

Me recibió en su casa, un semipiso en Recoleta. Vestía chomba azul y pantalón marrón; tenía un cinturón con sus iniciales y un audífono en su oreja izquierda. Andaba en los 75 años. Y yo, con 26: estaba cursando la Maestría en Periodismo de Clarín y quería entrevistarlo para mi tesis sobre los 3 periodistas que acompañaron a la tropa argentina en el desembarco, hace hoy 41 años (entre ellos, los bahienses Salvador “Pichón” Fernández y Osvaldo Zurlo).

Logré que Anaya me recibiera gracias a su cariñosa relación histórica con La Nueva Provincia, donde yo trabajaba.

—A los Massot les tengo una confianza ciega. A Diana Julio la conozco desde hace 70 años; vivimos la guerra contra la subversión juntos â€”me dijo—. Ella estaba amenazada y los choferes del diario eran de Marina. Un día me pidió que le recortase algunas escopetas. Nos encontramos con Vicente en algún lugar extraño de Bahía Blanca, sacó las armas del baúl de su coche, las pusimos en el baúl del mío, volví a Puerto Belgrano, las hice recortar, nos encontramos otra vez y se las di. Tengo mi corazoncito en La Nueva Provincia: su relación con la Armada es muy estrecha.

Es muy probable que por esa misma razón me haya tenido más paciencia de lo habitual.

Anaya nació en Bahía Blanca el 27 de septiembre de 1926. Juzgado, condenado y destituido durante el Gobierno de Raúl Alfonsín (con quien había compartido el Liceo Militar), fue luego indultado por Carlos Menem. Murió a los 81 años, el 9 de enero de 2008.

Por supuesto, nada de lo que dijo en estrictísimo off the record (“Esto no es publicable, ¿entiende?”, me advirtió: y el índice, y el ceño) aparece en el diálogo que sigue, editado mínimamente por motivos de extensión y claridad.

  • ✍️ Una versión de este material inédito y exclusivo también se publica hoy en Infobae. Las fotos son de archivo.

—¿Le dan ganas de hablar de Malvinas?

—Me cuesta, porque me duele. Pero pregunte lo que quiera.

—¿Lo único que les salió completamente bien desde el punto de vista militar fue el desembarco del 2 de abril de 1982?

—Sí. Fue impecable.

—¿Cuándo se definió?

—El día que tomamos la decisión, que fue el 26 de marzo, analizamos la situación con el canciller [Nicanor] Costa Méndez. Y él dijo: “Para mí, la única solución que existe es la militar”.

—Y usted coincidió, claro.

—Absolutamente.

—¿Por qué?

—[El jefe del Foreign Office] Lord Carrington le dijo a Costa Méndez que debíamos aceptar que le firmaran los pasaportes a la gente de Davidoff [NdR: se refiere a un grupo de obreros contratados por el empresario Constantino Davidoff para desmantelar instalaciones balleneras en las Georgias del Sur]. Si accedíamos, estábamos reconociendo de jure que las Georgias eran británicas. Y como la resolución de las Naciones Unidas habla de “Malvinas, Georgias y Sandwich”, ¡patapúfete!, también perdíamos las otras islas. En ese momento, dije: â€œNo hay más remedio”.

—Después de tantos años, ¿piensa que fue un error? 

—Pienso que fue una maniobra tramada por Gran Bretaña. Ellos forzaron la guerra. Nos pusieron en un callejón sin salida. Al tiempo que advirtieron que el conflicto era inevitable si no retirábamos a los obreros de las Georgias, zarparon submarinos y buques logísticos de Gibraltar. No me dejaron otra opción. 

—¿Se arrepiente? 

—Ahora que la historia ya está escrita y sé que fue una trampa inglesa, asumo que tendría que haber retirado a los obreros. Y patapúfete. Se acababa. Los ingleses son los tipos más ruines que usted se pueda imaginar en cuestión de política.

—¿Y qué objetivo perseguía esa “trampa inglesa”? 

—La señora [primera ministra Margaret] Thatcher se estaba cayendo. 

—Sin embargo, se dice que fue al revés: que la Junta tomó la decisión porque el régimen militar se desplomaba.

—¿Quién dice eso? Los ingleses. 

—Muchos argentinos opinan igual. 

—Sí. Pero, en su momento, quien primero lo dijo fue la señora Thatcher. Y después, el señor [presidente estadounidense Ronald] Reagan. La gallina que canta primero es la que puso el huevo…

—Entonces, usted admite…

—Asumo que tenía elementos suficientes para darme cuenta. Y lo que tendría que haber hecho, a lo sumo, es una nota de protesta por el pedido de Inglaterra de evacuar a los obreros. Y patapúfete. Nada más.

—Pero en cambio, nos mandaron a la guerra y murieron más de 700 argentinos. Y perdimos.

—Yo realmente no capté el asunto. Hoy confieso que caí en una trampa

—La Junta Militar hacía lo que usted decía… 

—Lo que pasa es que yo siempre digo lo que pienso y lo digo con gran firmeza, porque tengo el convencimiento. El hombre de más carácter de los tres era yo.

De izquierda a derecha: Anaya, Galtieri y Lami Dozo.

—¿Y su idea cuál era?

—Tomar las islas, replegarse dejando 500 hombres y retomar las negociaciones diplomáticas. Cuando las cosas no salen como nosotros pensábamos y empieza a avanzar la flota inglesa, se refuerza. Ellos no sabían qué grado de adiestramiento tenía nuestra tropa. Para recuperar una posición defendida por 10.000 hombres, usted necesita 20.000. Y nosotros fuimos agregando y agregando. Por supuesto, eran tipos disfrazados de soldados.

—Ni siquiera tipos: muchos eran pibes. 

—No. El problema de los chicos de la guerra es un cuento. Los ingleses también tenían chicos de 17 y 18 años. Además, no sé qué edad tenía el Tambor de Tacuarí, pero seguro menos de 17… Cuando usted defiende algo que es suyo… Fíjese: cuando hicieron la comisión Rattenbach [NdR: la evaluación oficial de las responsabilidades militares en Malvinas], una de las cosas que me preguntó el general Tomás Sánchez de Bustamante fue: “¿Usted sabía que iban a perder?”. “Sí”, le respondí. Antes del 14 de junio, yo estaba convencido de que íbamos a perder luego de una batalla honrosa. Me preguntó: “¿Y si sabía que iban a perder por qué lo hizo?”. Le dije: “Vea, mi general: si a su mujer le toca el culo en la calle un grandote, ¿usted qué hace? Para conservarles el padre a sus hijos y para alimentar a su mujer, no hace nada. ¿Usted salió del Colegio Militar?”. En el acta lo omitieron y yo acepté que lo hicieran, porque fue una grosería.

—¿Y pensó que Gran Bretaña no iba a responder militarmente? 

—El problema fue la ayuda de los Estados Unidos. Si no hubiera sido por eso, Inglaterra habría tenido que replegarse. Si hubiera sido una lucha mano a mano, les habríamos ganado. Pero no: el mismo 2 de abril Estados Unidos ya estaba dándoles asistencia.

—¿Descarta la idea arraigada de que la guerra serviría para que la Junta se prolongara en el poder?

—Es lamentable que haya gente que crea eso, porque se trata de algo absolutamente falso. El día que lo echaron a Galtieri, nos íbamos a reunir para aprobar el estatuto de los partidos políticos. Además, ¿cómo se llamaba el grupo ese de toda la clase política? 

—La multipartidaria. 

—Eso. La multipartidaria se creó a instancias de la Junta, para estudiar el estatuto de los partidos políticos. Pensábamos que el 24 de marzo del 84 había que entregar el poder sí o sí.

—¿Usted no quiso ser presidente? 

—No. Vea: para ser presidente se necesita una serie de cualidades que yo no tengo. 

—¿Cómo cuáles?

—Por ejemplo, si tal ministro me hace tal cosa, ¡patapúfete!, y a su casa de inmediato. Además, cuando ajustamos los sueldos, por iniciativa mía no se aumentaron los de almirante, brigadier general y teniente general. Yo veía que la población pasaba necesidades económicas. Por supuesto, estaba en la gloria con respecto a cómo está ahora… [NdR: se reitera que esta entrevista se hizo durante el infierno argentino de 2001]. De cualquier forma, si hay que hacer un sacrificio, tiene que comenzar por la cabeza. El otro día leí que un senador cobra cerca de 10.000 pesos, más 31.000 para nombrar asesores, más pasajes, más 1.200 pesos de nafta y seguro del auto… Mire: yo tengo un Duna del 91 y pago 29 pesos por bimestre… si me dieran 1.200 pesos, ¡por favor! Es una cargada. Una vergüenza.

—Usted no quería el poder, entonces.

—Vea: hay que estar muy preparado para conducir un país, como los políticos ingleses, franceses o norteamericanos. Si usted no tiene conocimientos de economía, de sociología, etcétera, no puede ser presidente. 

—¿Galtieri los tenía?

—No.

—¿Lami Dozo los tenía? 

—No.

—Bueno: ustedes tres condujeron el país y Galtieri fue presidente…

—Galtieri es una buena persona.

—Mi papá también es una buena persona, pero no funcionaría como presidente. 

—Qué quiere que le diga.

—¿Galtieri quería perpetuarse en el poder?

—Yo no sé lo que pensaba interiormente; en todo caso, a mí no me lo dijo nunca. 

—¿No son amigos?

—Fuimos compañeros en el Liceo Militar y hoy nos seguimos viendo. Soy amigote; nos juntamos cada 2 o 3 meses a almorzar en el Centro de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Quintana 161.

—¿Y es borracho Galtieri? ¿O lo era?

—Yo nunca lo vi borracho. Algún whiskicito, de vez en cuando, sí. Pero no borracho. El que sí le daba al whisky a las 10 de la mañana era Viola [Roberto, el predecesor de Galtieri]. Mamita, cómo tomaba. Yo me tomo alguno, pero no todos los días y a las 9 de la noche…

—¿Le pareció injusto que los juzgaran?

—Vea: el problema surgió fundamentalmente por parte del Ejército. El Ejército estaba avergonzado por su actuación. El Código de Justicia Militar establece que la rendición sólo es posible frente a 2 tercios de bajas o las municiones agotadas. Nada de eso había ocurrido. Y tan sólo por esto, corresponden 20 años de prisión. Igual, la rendición es comprensible. Los británicos tenían superioridad aérea las 24 horas y relevaban a sus batallones cada día; en cambio, los nuestros estaban en sus pozos de zorro 15 días. La moral de la gente se había venido abajo. Lo que no sabía [el general Mario Benjamín] Menéndez era que si los ingleses no tomaban las Malvinas para el 14 de junio, al día siguiente reembarcaban a todo el mundo y se volvían. Pero los ingleses sí sabían que Menéndez había llamado a Galtieri —fue delante de mí, en la Casa de Gobierno ¡y por línea abierta!— para comunicarle: “Mi general, estoy dispuesto a rendirme porque mi gente ya no da más“. Galtieri le respondió: “Usted debe seguir peleando hasta las últimas consecuencias. Y si no, después tendrá que rendir cuentas al país”. 

—¿Usted coincidía?

—Sí, era lo correcto. Y eso que Galtieri no se acordaba de lo que decía el Código de Justicia Militar, eh… Yo lo recordaba porque lo había aprendido en el Liceo; había que saberlo de memoria.

—¿Y Alfonsín no lo aprendió?

—Vea: yo he tenido toda clase de compañeros. Alfonsín fue compañero mío de banco… Era un gran charleta. Fíjese que cuando decía un discurso sin leer, decía cualquier disparate pero muy bien dicho. Alfonsín hablaba al reverendísimo pedo, pero muy bien… Siempre le tuvo un odio visceral a Galtieri. A mí no, porque yo lo dejaba copiarse en los exámenes. Era un gran pícaro. Pero lo suyo contra las Fuerzas Armadas en su gestión fue perverso. Jamás podré ser amigo de Alfonsín. La traición… lo que hizo denigrando a las Fuerzas Armadas es de tal magnitud… En fin, es lo único que hay que agradecerle porque siempre fueron los radicales los que hicieron las revoluciones: ellos se ponían a salvo, pero nos mandaban a nosotros y después los nombrábamos embajadores, ministros, gobernadores…

—¿Y si hoy lo tuviera enfrente a Alfonsín?

—Hasta le daría la mano… Yo pretendo ser un buen cristiano. Y el mandamiento más hijo de puta que existe es “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Cada vez que me confieso, debo confesar algo en ese sentido: falta de amor al prójimo… Si mi mujer se cruza con Alfonsín, lo escupe. Yo no. Yo no tengo algo personal contra él. Repito: reconozco el mérito de que en estos momentos a los radicales ni se les ocurre golpear las puertas de los cuarteles. Hasta el 76, siempre fueron ellos. Pero durante el período de Menem, a quien los radicales odiaban, nadie dijo ni mu. Y hoy es imposible que las Fuerzas Armadas intervengan. Para nada. La culpa de perder la guerra contra la subversión tanto política como mediáticamente es de la dirigencia política. Si los políticos hubieran reconocido que hubo que hacer lo de Malvinas… Pero no: nos hicieron pelota. 

—¿Cree en la democracia?

—Creo en la democracia cuando existe democracia en los partidos políticos. Los partidos políticos son una verdadera dictadura. Si usted no es amigo de Alfonsín, no entra en el comité de la UCR ni por joda. En el peronismo pasa lo mismo. Y así en todos los partidos políticos. Es decir: hay una dictadura por parte de quienes pretenden ejercer la democracia. Además, si bien en la Armada tuvimos algunos casos lamentables, hoy es generalizado el problema de llegar al poder para servirse del poder. Los políticos representan al partido y hacen todo para sacar cosas primero para ellos y después para el partido. Esa es la democracia que tenemos, porque no hay democracia pura dentro de los partidos. Los candidatos son los que decide el partido y punto. Y ni hablemos de las listas sábana. Si nuestros políticos fueran argentinos, como yo pienso que un argentino debe ser, no correrían más ni la lista sábana, ni el voto obligatorio, ni semejantes dietas y gastos de representación. Los políticos cobran fortunas mientras el pueblo se muere de hambre. 

—¿Qué ve hoy en el país?

—El resultado de las últimas elecciones, en las que el 40% de la gente votó en blanco o anuló, dice que los políticos están causando asco. Pero estoy convencido de que las Fuerzas Armadas no van a hacer absolutamente nada. Si queman la Casa de Gobierno, que la quemen. Para eso están la Policía, la Prefectura, la Gendarmería, los bomberos.

—¿Y por qué cree que las Fuerzas Armadas no van a hacer nada? 

—Porque, además, todos aprendieron lo que es ser represor. Frente a cualquier lío, en la televisión siempre dicen: “La policía reprime”. ¿¡Reprime!? ¡¡Eso es poner orden!! Y fíjese que todo lo que ocurre es porque en el Gobierno tienen miedo de ser represores. La primera vez que hubo un corte de ruta en La Matanza, en vez de despejar y dejar libre el camino (porque “todo ciudadano tiene derecho a transitar libremente…”), la señora Patricia Bullrich cometió el único error que le conozco: fue y les entregó Planes Trabajar. A partir de ese momento, se transformó en un problema dominó: empezaron a cortar rutas en todo el país. Â¿Y ahora cómo los para? ¡A los golpes!

—Usted no tiene miedo de ser represor, claro…

—Los políticos tienen miedo de perder votos por ser “represores”. Yo qué voy a tener miedo. Pero repito que eso no es reprimir: es poner orden. Y hacer cumplir la Constitución, ¿o acaso no juraron hacer cumplir la Constitución? Yo siempre he querido servir a mi país. Amo a mi Argentina. Y creo que mi Argentina está ocupada por una manga de sinvergüenzas. No puedo dar fe de la honestidad de ningún político. Y esas cosas no se destapan porque entre bueyes no hay cornadas. En la clase dirigente argentina son todos atorrantes. 

—Ah, no sólo los políticos.

—También los empresarios. Fíjese: el 23 de diciembre de 1981 Franco Macri me pidió una audiencia por “razones personales”. Cuando llegué a mi casa, había una sopera de plata inglesa. Le dije a mi mujer: “¿Cómo se te ocurre comprar eso?”. “No, es un regalo”. “¿Cómo un regalo?”. “Sí, de Ricciardi”. Miré la tarjeta: decía “Feliz Navidad”, con la firma de Macri. Llamé a mi ayudante: “Retire este regalo de mi casa, ubique al señor Macri y entrégueselo en persona. Dígale que hasta que no me pida disculpas por darme un regalo que no corresponde, no pienso recibirlo”. Me pidió disculpas por escrito, diciéndome que había sido un error de su secretaria. Entonces lo recibí: “¿A qué debo el honor de su visita?”. Y me dijo: “Únicamente quería conocerlo, porque soy un italiano que ha servido siempre a la Argentina y quiero seguir sirviéndola”. “Bueno. ¿Nada más?”, le dije. “Nada más”. “Bien, buenos días, señor Macri”. Ni un café nos tomamos. En la Escuela Naval y en el Liceo a uno le enseñan una serie de principios que después todo el mundo olvida. Les ponen cien mangos y listo: “Todo hombre tiene su precio”, como dijo Napoleón

—Hablando de influencias: en el libro La trama secreta se asegura que usted pidió por su hijo Guillermo [NdR: combatió en Malvinas y tras la guerra quedó prisionero].

—Es una infamia. Yo jamás pedí por mi hijo.

—¿Y por qué?

—Varios me vinieron a pedir que firmara el cese de hostilidades para que liberaran a todos los prisioneros. Yo me negué. Un capitán de navío, infante de Marina, me dijo: “Señor almirante, mi hijo está preso”. “El mío también”, le dije, “pero no voy a firmar porque sería decir que todo lo que hicieron fue al pedo”. Habrá sido para el 18, 20 de junio. Después me llamó Cristino Nicolaides [el sucesor de Galtieri] y me dijo que todos los padres de los presos le estaban exigiendo la firma. Me pidió que les hablara. Y lo hice: “Me da vergüenza escuchar de ustedes, argentinos y hombres de las Fuerzas Armadas, que tenemos que firmar el cese de hostilidades como si fuéramos unos verdaderos cobardes. Yo tengo a mi hijo detenido y no voy a pedir por él aunque me digan que lo van a fusilar“. Me emocioné mucho, porque evidentemente yo a mi hijo lo adoro. Se me cayeron los lagrimones. Aplaudieron todos y no se firmó nada. 

—¿Su hijo se lo reclamó?

—No. Guillermo se portó muy bien.

–¿Así que usted es de llorar? 

—Sí, soy muy emotivo.

—¿Revisó su actuación durante la llamada “lucha contra la subversión”?

—Fue algo que había que hacer. Aniquilar a la subversión era orden de Lúder [Ítalo, efímero presidente peronista que firmó los decretos]. Y todo el mundo entiende que aniquilar es con cuidado. Las subversivas iban con sus bebés en el cochecito y ponían bombas debajo de los autos… Los subversivos eran unos flor de hijos de puta. Para entrar, los novatos tenían que matar a un vigilante. Con esa clase de gente es muy difícil tratar. Fíjese el caso de Alfredo Astiz. Era teniente de corbeta, era muy joven, y lo mandaron al Grupo de Tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Y ahí a él se le ocurrió infiltrarse en las Madres de Plaza de Mayo. A raíz de eso, supo cómo se hacían las conexiones para hacer un golpe y a partir de entonces, cada operación era desbaratada… Y ellas le decían “El Ángel”…

—¿Está conforme con lo que hicieron?

—Vea: hubo excesos. Hubo excesos. Hubo excesos, pero, digamos… fíjese que en este momento el presidente de los Estados Unidos dio la orden de capturar a Bin Laden vivo o muerto…

—¿Usted mató o torturó?

—No… Yo entonces era comandante de la flota; estábamos siempre navegando. Pero si hubiera tenido que matar a alguien, lo habría hecho. Con la tortura no estoy de acuerdo, aunque es comprensible para obtener información. Vea: los israelíes la autorizaron, por ejemplo. ¿Sabe qué pasa? Por ahí vuela un edificio porque usted no torturó… Igual, yo sería incapaz de torturar. Hay que tener mucho estómago. Y como ya le dije, trato de ser un buen cristiano.

  • Esta entrevista con Anaya formó parte de la investigación que finalmente se publicó como suplemento en La Nueva Provincia en 2007, bajo el título El desembarco de una primicia.

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