Seguinos

Especiales

Aquellos días en el desierto con Natty Petrosino, la capataza de una obra divina

Publicado

el

Por Abel Escudero Zadrayec

Yo pregunté por un baño. Necesitaba un inodoro. Lo deseaba poderosamente. Como Homero al borde del colapso en Nueva York, pero peor.

Yo pregunté por un baño y el tipo sonrió y me señaló con un dedito el desierto cruel e infinito:

—Ahí lo tenés.

ANTES MUERTO.

Pensé.

Hago de tripas corazón y aguante.

Pensé.

Pero dije:

—Prefiero la constipación, hermano… cómo me mandás a cagar así, a un cactus. No tenés corazón.

Eso ocurrió hace 15 años. El diario me había enviado al punto menos turístico posible de Mendoza para pasar unos días con Natty Petrosino, que empujaba su labor solidaria ahí donde no había nada parecido a la civilización.

No voy a romantizar la miseria ni puedo negar que me fui de ahí con muchas ganas (sobre todo de ir al baño), pero recuerdo muy contundentemente que me alucinó lo que vi y experimenté.

Espero que se refleje en la crónica que escribí para La Nueva Provincia el 18 de diciembre de 2005. Y espero que sirva como homenaje a Natty, que se nos fue ayer a los 83 años. Acá va.


La capataza de una obra divina

Después de una década con los indios wichis en Formosa, llevó su tarea humanitaria a los descendientes de huarpes. A los 67 años, hace casas de material con 50 grados en verano y 15 bajo cero en invierno. “No podemos dejar que se los coman las vinchucas y sufran el calor y el frío. Jesús usa mis manos para construir”, dice.

Natty Petrosino se sienta en un banquito de madera temblorosa. Moja el pincel de cerdas gastadas en una lata de pintura color caoba, lo escurre un poco y le da otra pasada a la puerta.

Está quedando hermosa.

Foto: La Nueva.

Natty se seca el sudor que hace brillar sus pecas, espanta un poco las moscas y toma un trago de Sprite. Después rocía con fijador Roby su cabello ladrillo y rastrilla con las yemas hasta el cuello.

—Hay que arreglarse para el novio.

Dice.

El novio es Jesús. Y Natty dice que Jesús usa sus manos para hacer obras como esta: una casa de material en el medio del asperísimo desierto mendocino para que viva una parejita de ascendencia huarpe, Aurora y Oscar. Ellos se quieren y acaban de debutar como padres.

—No es un esfuerzo. Es un premio de Dios —dice Natty, y sus mejillas retroceden porque le estalla una sonrisa que achina los ojazos azules—. Lo que para la gente es trabajo, para mí es recreo. Un privilegio.

Casi todo el mundo creería que privilegios-privilegios son aquellos a los que renunció Natty Petrosino hace 37 años.

Ya saben: Natty, la modelo que vivía una vida acomodada en el barrio Palihue,

y un día una enfermedad la tumbó y ella dijo que se había muerto y que Jesús le concedió volver para encargarse de una obra humanitaria,

y entonces empezó a meter vagabundos en su casa, les dio hasta los pijamas de su esposo Vicente,

y después hizo de la nada un hogar para todos y alimentó de a 7.000 necesitados por vez,

y de pronto dijo que Jesús le había pedido que dejara Bahía Blanca y continuara su tarea en Formosa con los indios wichis,

y dio cariño y techo y atención en la selva impenetrable una década, hasta que de nuevo dijo que apareció Jesús para destinarla al desierto mendocino,

y ahora está con 50 grados y 67 años, sentada en un banquito de madera temblorosa, frente a la puerta de la casa que está quedando hermosa, con la sonrisa que le estalla, espantando las moscas y diciendo:

—Acá se hace lo que dijo Jesús hace 2000 años: dejar todo y recibir todo, sin tener nada más que amor.

Nada menos: son 10.000 kilómetros cuadrados de desierto, a unas 3 horas de la ciudad de Mendoza, en el extremo nordeste de la provincia y cerca de la vecina San Juan.

El departamento al que pertenece se llama Lavalle y es como una “U” al revés, casi toda desierto. El último censo dice que hay tres habitantes por kilómetro cuadrado, casi nada en el desierto.

Un desierto desierto.

Salvo por los 600 puestos, como les dicen acá a los ranchos de adobe donde viven descendientes acriollados de indios huarpes.

Y salvo por los algarrobitos raquíticos y los chivos de mirada estoica y 4 trillones de moscas imbancables y las chicharras lloronas y alguna víbora y alguna vinchuca y hormigas del tamaño de un pibe de 4 años.

Y Natty y su grupo, claro.

Natty bautizó a su grupo Los del Camino, porque Jesús es el camino de la verdad y de la vida, y quienes integran el grupo son de Jesús.

Al plantel estable lo componen el perro “Dodi”, un Yorkshire como el de Susana Giménez que “cuando encarne tendrá que devolver tantos mimos”, y Juan Francisco y “Pochito”, los hijos del alma de Natty.

Ella dice que son más hijos que los de la panza. Porque parió a Fabián y a Jorge, pero tuvo muchos más. Como Yashodara, una chica Down que cumplió 19 y vive en el cottolengo de mujeres en Bahía.

O como “Pochito”, un hombre-nene que superó los 50 años pero su cabecita se plantó en los 3: se pone las zapatillas al revés, trabaja como el que más con su gorra de pescado y no puede dormirse sin la bendición de Natty.

O como Juan Francisco, que nació con labio leporino y lo abandonaron, y Natty lo rescató y crió y operó y ayudó a que sea el adolescente de 17 que ahora dice:

—Yo estoy acá en el desierto sólo por mi vieja.

En realidad, todos los que vienen al desierto donde está Natty lo hacen por Natty. Porque creen en ella, en la obra, y quieren ayudar.

Por ejemplo, su hermana: cuando puede dejar unos días el negocio en Bahía, Blanca se toma el colectivo y se trae su infinita calidez.

También Zulema, otra pionera que contagia calma con sus susurros de miel y cuyo espíritu está siempre listo para cualquier tarea. Y así le salió su hija Silvina, aunque más eléctrica.

Tiene 38 años y lleva una década como discípula de Natty: dice que vio milagros tras milagros y que nunca podrá borrarse la imagen de chicos que comían caca porque el estómago les lloraba.

Ahora que trabaja en una fiscalía, Silvina no puede pasarse meses fuera de Bahía. Pero sí es capaz de viajar casi 40 horas un fin de semana para colaborar un rato, por algo, por mucho:

—Estudié Derecho porque quería justicia —cuenta—. Y Natty hace justicia todos los días. No hay huecos en lo que ella propone. Yo a esta mina le creo.

La historia de Mónica es parecida. Comerciante, bahiense, anda por los 45 años y lleva 18 con Natty:

—Hago esto por amor. Fui una vez a llevar cosas al Hogar del Peregrino, me invitaron a entrar y ya no pude irme.

Entre Los del Camino hay 2 porteños que se prenden seguido: Angélica, una instrumentadora quirúrgica del Hospital de Niños encantada con la recompensa espiritual, y Marcos, un fotógrafo y camarógrafo que se enteró por un amigo que había visto a Natty en la televisión.

Y se trata de una cruzada internacional, porque se suman Tom y Susan, una pareja de suizos con plata y tiempo suficientes para viajar una vez al año y quedarse a trabajar un puñado de días en un sitio perdido y olvidado de Sudamérica, donde hace un calor inapelable y la electricidad huye si mirás fijo los cables; donde no hay agua, ni baño, ni internet, ni muchas esperanzas.

—Es como un spa—dice Tom, mientras se afeita sentado en un tronco seco y relojeando la aridez de nunca acabar.

Cuenta Juan Francisco, el hijo de Natty, que los lugareños no le dicen desierto al desierto. Para ellos es el campo. “Está lindo hoy el campo”, dicen. Y mirás alrededor y no ves ni una lagartija que se le anime a la tarde en ebullición.

Una vez, los chicos que van a la escuela-albergue de esta zona visitaron las Cataratas del Iguazú. Y uno le dijo a la maestra:

—Uf, seño, me pudre tanto verde…

Acá, en el verano hace 45 grados y sentís 60. En el invierno tenés 15 bajo cero, tranquilo. Y desde fines de junio hasta septiembre el viento Zonda te arruina: viene del noroeste y nace húmedo en el Pacífico, pero la humedad se atasca en los Andes y baja como un latigazo, por ahí a 90 kilómetros por hora, y no te deja respirar, te cambia la presión arterial, te parte la cabeza.

—Por año hay entre 5 y 10 fenómenos —dice Gerardo Vaquer, 35 años, director de Ambiente del Departamento de Lavalle—. Pero cómo serán, que los paisanos dicen: “Pasando agosto, un año más de vida”.

Para alguien nacido y criado en la ciudad, nadie en su sano juicio podría mudarse voluntariamente a este desierto. Pero el nacido y criado en el desierto dice:

—En la ciudá no somos nada. Estamos acorraláos sin corral. Pa’qué vamos dir. Acá somos dueños de la luz y del aire y del silencio.

Los últimos indios huarpes desaparecieron en silencio, a mediados del siglo XVIII, cuando esto no era tan desierto como es ahora. Porque acá una vez hubo agua. Marcos, el fotógrafo, supone que TODO era agua: el desierto como el fondo de un mar evaporado.

Lo cierto es que este pedazo de Mendoza formó la parte sur del imperio incaico. Hay un lugar que se llama Laguna del Rosario, pero primero se llamó Guanacache o Huanacache: “Gente que admira el agua que baja”, para los incas.

La actividad principal de los huarpes era la pesca. Se metían en la laguna con una calabaza en la cabeza y se acercaban a los patos sigilosamente, hasta que agarraban uno del cogote y lo ahogaban.

Pero la laguna ya no existe. No hay nada de agua que baje para admirar. Ni patos ni calabazas.

Hasta el río Mendoza se secó. Y el puente sobre la ruta 142 (Natty dice que lo construyó el exgobernador José Octavio Bordón porque ella lo pidió) cruza tremendas olas de arena irreverente.

Encima, si excavás sale agua de mala calidad por la salinidad de los suelos…

Igual, el Departamento General de Irrigación de Mendoza acaba de informar que los principales ríos ya duplicaron el promedio histórico de caudal y llevan más agua de la que necesita toda la provincia.

Eso no significa que el agua llegue al pobre desierto. Significa que este año los ricos viñedos no esperan turno de riego. Y significa que a veces los promedios disfrazan barbaridades.

También significa que si la Municipalidad no trajera de vez en cuando un camión con agua, no habría ni para lavarse los dientes (en el caso de que uno los tuviera). Porque con la lluvia no alcanza. Y menos si cae piedra sin llover.

El gobierno de Mendoza gastará esta temporada unos 8 millones de pesos para evitar que el granizo afecte las uvitas.

Por supuesto: la provincia es la quinta zona productora de vino en el mundo. Tiene 682 vinerías y 143.765 hectáreas de viñedos (casi el 70% de lo cultivado en el país). Y concentra el 90% de las exportaciones argentinas de vino: en 2005 anda en los 1.000 millones de dólares.

Por esas cosas, hace poco se convirtió en la octava Gran Capital Mundial del Vino, una glamorosa lista que integran Melbourne (Australia), Porto (Portugal), Bilbao y Rioja (España), Florencia (Italia), San Francisco y Napa Valley (Estados Unidos), Bordeaux (Francia) y Ciudad del Cabo (Sudáfrica).

Entonces ocurre que en pleno noviembre estás una mañana en el desierto y ves pasar unos aviones y al rato graniza y Natty Petrosino te dice:

—El negocio de emborrachar gente mueve fortunas.

Y te enterás de que el gobierno mendocino compró 4 aviones Piper y contrató 20 pilotos que volarán 600 horas y lanzarán 800 kilos de yoduro de plata a las nubes para que se vayan con sus piedras a otra parte.

 Y las piedras vienen al desierto.

—La lucha antigranizo es un emblema provincial por los intereses que hay detrás —cuenta Gerardo Vaquer, el funcionario de Ambiente—. Si 600 puesteros del desierto se quejan, no pasa nada.

Natty truena: dice que esto no puede ser y que si es necesario, ella hablará con la Organización de Estados Americanos y con las Naciones Unidas para que el gobierno busque una alternativa. Porque esto no es normal, no.

—¡¿Tormentas eléctricas en el desierto en esta época?! ¡Qué va a ser normal! —dice Gerardo—. Las estadísticas del Servicio Meteorológico Provincial muestran que esta es una zona extremadamente seca: caen entre 100 y 120 milímetros por año. Una lluvia en noviembre es algo muy raro… Sin embargo, ya llovió 2 días seguidos y fijate las nubes que traen los aviones: dan miedo.

Irene no teme. Las piedras de ayer le mataron uno de sus pocos pollos, pero ella está tan acostumbrada a las fatalidades que ahora observa despreocupada, fijamente esas dunas goteadas por la lluvia y barnizadas por el sol. Como si quisiera chupar el paisaje.

Irene es la mayor de los 11 hijos que sobrevivieron en los múltiples partos de Julia Mayorga. Con ellas 2, Natty inauguró las primeras construcciones de material en el desierto mendocino.

La tarea ocupó todo el invierno de 2002, con 15 grados bajo cero que te hacían despertar con un cubito en la nariz. Y sobre un terreno separado de la ruta por 4.000 metros de médanos imposibles.

Irene casi se pierde el acontecimiento histórico: en junio la picó una araña viuda negra, pero entonces sucedió, dice Natty, uno de los tantos milagros del Señor. Y de la tecnología.

Mientras Marcos pisaba el acelerador para devorarse cuanto antes los 80 kilómetros hasta el hospital de Lavalle, Natty llamaba para que prepararan el suero desde esa maravilla de la modernidad denominada teléfono satelital.

Irene se salvó y ahora también hunde la mirada en esa ternura morena de trenzas larguísimas, Alejandra, su primera hija, que nació con la casa nueva y se enchastra la cara comiendo las galletitas surtidas que le trajo Natty.

Natty dice que ya levantó más de 1.000 casas en todo el país, siempre para los sin techo (o los que tienen el techo atado con alambre). Y siempre con recursos divinos: Dios provee.

Pero no acepta cualquier donación. Hace unos meses, un empresario petrolero ofreció depositarle 500.000 pesos por mes a cambio de una factura o algo que permitiera justificar el gasto. Para eso, Natty debería constituir una fundación con personería jurídica. Y no quiere saber nada: la caridad tiene valor agregado, aunque no descarga impuestos.

Como sea, los obreros que participan en las construcciones se llevan su plata. Entre 200 y 550 pesos semanales, según la responsabilidad y el tiempo.

—Que aprendan a trabajar y a ganarse el pan —dice Natty—. Esto no es limosna.

Sí es un esfuerzo demoledor, del alba al ocaso, sin francos. Y en 15 o 20 días te hacen una casa, tipo chalé, enfocada al sol matinal, antisísmica, de 20 metros cuadrados, con techos acanalados y en declive para que juntes alguito de agua cuando al cielo se le ocurre lagrimear.

—No podemos dejar que a esta gente se la coman las vinchucas y sufran el calor y el frío —dice Natty—. Podemos darle un poco de comodidad.

A Isidoro Villegas le dicen “Lingo”, tiene 4 varones y acusa 56 años pero, como la mayoría por acá, parece bastante más: o tardaron 2 lustros en anotarlo o el desierto también erosiona las caras.

“Lingo” funciona como jefe de obra, con tal entusiasmo que la UOCRA haría muy bien en contratarlo para filmar un institucional de promoción.

—Este es un sueño muy mucho grande —dice, mientras se quita el gorro y ahuyenta moscas y polvillo—. Gracias a Natty tengo mi casita. Es como en la ciudá, mire.

Y mirás y el desierto te sopapea.

“Lingo” lo quiere mucho. Probó en varios lugares, pero volvió: esta es su tierra, es todo, es la Pacha.

—No pienso salirme más a ningún lado. Si estoy viviendo un sueño, mire… Para qué salir.

A Natty se le sale el malhumor. Se agarra la cabeza:

—¿Por qué hacen eso? —dice.

Eso a lo que se refiere es el movimiento que lucha por la cesión de estas tierras a sus pobladores. Existe una ley provincial, la 6.920, que impulsa la cuestión.

—¿Para qué necesitan un título de propiedad si están desde hace 500 años? —Vuelve a agarrarse la cabeza—. ¿Quién querría vivir acá, por el amor de Dios?

Más o menos 4.000 personas viven en este desierto. Muy pocas conocen otra cosa. La mayoría asume ascendencia huarpe: hay etnia, pero no pureza.

O sea que ya nadie ruega ni teme a Hunuc Huar, la divinidad mayor para los antiguos. Los de ahora se saben el Padrenuestro como el Padrenuestro.

Tampoco abundan quienes hagan aloja, una bebida alcohólica a base de las chauchas de algarrobo. En cambio, las mujeres suelen preparar el pan llamado patay con las semillas de esa misma especie.

Acá también llegaron los 150 pesos de los planes Jefas y Jefes de Hogar. Pero el ingreso común proviene de la cría de chivos y de la venta de su bosta (el guano) como abono. Casi siempre se encargan las mujeres, que cada día caminan muchos kilómetros para que los animales encuentren un poco de pastura.

Natty ha pensado por qué no se trata de insertar a los habitantes del desierto en otros sitios:

—¿Cómo los vas a sacar de acá? —dice—. En las ciudades terminan en una villa miseria, ellas como prostitutas y ellos, desempleados.

Y acá en el desierto juegan al fútbol a la luz de la luna más grande del mundo.

El campamento de Natty incluye una cocina de 3 por 3 hecha de troncos y redes, 3 carpas para 2 personas y 2 pequeñas casas rodantes bastante destartaladas.

También hay una camioneta 4×4 Nissan modelo 2005, donada por varios benefactores europeos. De eso se encargan Tom y Susan, difusores de la obra y recolectores de fondos. Ya retirados, viven holgadamente entre Zúrich y las montañas suizas.

Susan andaba buscando algo que hacer con su vida cuando supo sobre Natty por una vecina de la que no conocía ni el nombre. Desde entonces vino 10 veces al país y allá funciona como vocera: dice que le fluyen las palabras como si alguien le dictara.

Tom la siguió. Experto en el manejo de dinero, juega bastante bien al golf (acredita 13 de hándicap) y comentó en su club la misión de Natty. Enseguida juntó como 100 kilos de ropa entre gorras, pulóveres, chombas y remeras.

Ahora, arregladita-para-el-Señor, Susan le pasa la brocha a una ventana. Y Tom clava cajones de manzanas que se transformarán en placares.

La abuelita Benita saca de los placares nuevos un pan dulce y lo abre despacio, prolija, cariñosamente, con esas manos robustas de arrugas y venas.

—¡Esta es la verdadera comunión! —grita Natty.

La abuelita Benita también destapa una Coca: quiere festejar la inauguración de su casa.

—Nadie la merecía más que ella —dice Natty.

—Pura zalamera —responde una voz casi inaudible.

La abuelita Benita tiene 75 años y siempre vivió en un rancho de olor musculoso, apenas iluminado por los espadazos de luz solar que quebraban las paredes de barro. Nunca sola: la acompañaban lauchas, víboras, hormigas, moscas, vinchucas. Y el perro “Ñoño”, hasta que lo asesinó una culebra.

Y un tiempo la acompañó un hombre, que era su hombre, el padre de los 3 hijos que se le murieron. Pero cuando la abuelita Benita dijo basta, se acabó, no más sufrimiento, no más hijos porque se me mueren, no más sexo, el hombre le empezó a pegar. Y le pegó hasta que un día se cansó y se fue para siempre.

—Pura zalamera, nomás. Linda es la casa. Voy a dejar de sufrir muy mucho los fríos —susurra la abuelita Benita. Y para rezar con su boca ayuna de dientes se saca el pañuelo agujereado de la cabeza y quedan a la vista los pocos hilos plateados que le quedan. Con suerte llega al metro y medio. Y a los 40 kilos. Usa un pantalón de gimnasia jubilado y zapatillas remendadas. Y sus ojos, se ve, han visto demasiado sufrimiento.

—Es como un ángel —dice Susan.

Blanca y Zulema le ayudan en la mudanza del rancho a la casa. Ya acomodaron los roperos de cajones que pintó Tom, 2 baúles de cuando nos invadieron los ingleses, una cama de hierro carcomido, 2 sillas diminutas y la mesa con las migas del pan dulce que ahora la abuelita Benita junta y come para ordenar todo muy mucho.

Natty se echa un toque del perfume Christian Dior que le regaló Juan Francisco para su cumpleaños y encabeza a Los del Camino en la peregrinación por el desierto.

Pidiendo permiso, en un arbusto tímido aparece una flor amarilla del tamaño de una uña.

—Santa Clara nos llena de flores el camino —dice Natty. Y Zulema llora: sintió que la tocó el espíritu de Dios. Entonces el grupo reza y canta Aleluya.

Después, cuando enfilan hacia el sol de la tarde pegajosa, todos entonan un bolero de Armando Manzanero con la letra adaptada: el amado es Jesús.

Natty elige la sombra casi nula de un algarrobo, se acomoda el delantal marrón, se libera de los zapatos manchados de pintura y se sienta sobre la tierra. Los demás la rodean: saben que vendrán algunas enseñanzas.

Cuando habla (lo cual sucede permanentemente), Natty hipnotiza:

—Está todo manejado milimétricamente desde arriba. Nunca soy yo la que habla. Él me dice qué decir. Lo mío no tiene que ver con nada de este mundo.

Natty dice que los milagros son de Jesús, mientras dibuja en la tierra con una rama.

—Si evolucionás en el buen camino, después no tenés deuda. Eso sí: los hombres buscan El Camino, pero hay muchos caminos y no muchos eligen el correcto. Todo queda registrado en la compiuter de Dios. No se le escapa una.

¡Dios! Por qué por qué por qué por qué por qué por qué. ¿Te dormiste? Pobre “Mingo”, Dios, pobrecito.

La mujer le dio a “Mingo” 2 hijos y no dio más, se murió en el segundo parto como de pena. Primero fue María Victoria, la “Piqui”, y después Abelito. Los 2 nacieron deformes: la cabeza descomunal y los ojos vacíos. Dos monstruitos ciegos.

Natty recuerda que “Mingo” crió solo a los monstruitos, con un cariño que no cabía en este planeta. Y no quiso prestárselos a 2 médicos norteamericanos que querían estudiar sus casos tan terribles.

—Yo me los llevo así los cuidan. ¿Querés, “Mingo”? —le dijo Natty.

—En algún momento.

Cuando Abelito se murió a los 6 años por mal de Chagas, “Mingo” se quebró:

—Llevesé a la “Piqui”, hermana.

La policía tuvo que ir al desierto para certificar la cesión. El patrullero se quedó en la ruta, mientras “Mingo” recorría los 4 kilómetros de médanos con la “Piqui” en brazos.

—¿Alguna indicación, “Mingo”?

—No, hermanita. Usté sabe.

“Mingo” no quiso ver cómo se le iba la “Piqui”. Firmó los papeles, dio media vuelta y se metió en el desierto para que se lo tragara; erguido, firme por fuera pero por dentro destartalado, el corazón estropeado.

La “Piqui” falleció 5 años después en Bahía. Hicieron lo que pudieron. Natty le preguntó a “Mingo” si quería que le llevaran el cuerpo.

—No, hermanita. Gracias. Gracias nomás.

 Natty, que ya lo vio todo, dice:

—Nunca lloré tanto en mi vida. Me lloraba el alma.

“Chela” sacó del coma el alma de “Mingo”: se fue al rancho con él y le parió 4 chicos para que tenga. Los 4 están recién peinaditos porque los papás vieron a lo lejos que venían visitas.

La familia sabe que ahora le toca el turno a su casa. En una especie de galería hecha con troncos y un entretejido de ramas, Natty dice que el techo será de chapa y no de cartón, para aprovechar el agua de lluvia.

Las moscas recorren el bigote mexicano de “Mingo” cuando contesta:

—El asunto es que sea durable. Usté verá cómo queda mejor.

Susan reparte algo de la ropa que Tom recolectó en el club de golf y “Mingo” se calza una gorra azul del banco Credit Suisse.

Es un anticipo: la familia celebrará la próxima Navidad en un hogar nuevo. Gracias a Natty y a su obra que en el desierto despertó, a Dios, gracias.

El servicio gratuito que damos en 8000 no sería posible sin tu apoyo. Podés colaborar vía Mercado Pago:

Y si no, tenés los cafecitos, los planes y PayPal.

También nos ayudás mucho diciéndoles a familiares, amigos y conocidos que pasen por acá y se sumen a 8000. Y compartiendo con este botón:

Share 8000 | Bahía Blanca

¡Gracias por bancarnos! 🤗

Especiales

⛵️ Lo que aprende Oscar mientras navega sobre un “Haiku”

15 años cabalgando la ría bahiense con el mismo velero le deja una marea de lecciones al economista Oscar Liberman. Y las comparte acá.

Publicado

el

Vamos a descomponer el título de esta nota en 3 versos: el primero de 5 sílabas, el segundo de 7 y el tercero otra vez de 5. Queda así:

Lo que aprende

Oscar mientras navega

sobre un “Haiku”.

Se trata de un guiño pobretón pero respetuoso: en 8000 le pedimos a Oscar Liberman (parlante, navegante; economista, hedonista; artista de distintas artes) que nos cuente qué lecciones sacó de los 15 años que lleva cabalgando nuestra ría, a bordo de un velero que tomó el nombre de esa forma japonesa de poesía.

Qué aprendió del barco, qué aprendió del mar. Y qué aprendió de él mismo.


🤯 Mis aprendizajes

Por Oscar Liberman / Especial para 8000

Fotos: gentileza OL.

En primer grado, la maestra nos pedía que realizáramos un dibujo cada día. Soleado, lluvioso, ventoso, feísimo, caluroso: según el estado del tiempo.

Todos los días dibujé el mismo barco.

Sólo modificaba el entorno.

Nunca me planteé creer en la predestinación, pero a veces recuerdo ese cuaderno y parece que un barco me hubiera estado esperando desde siempre.

En todos esos años también navegué en mares de literatura. Salgari, Melville, Le Clézio… y los haikus. Esos mínimos poemas de 17 sílabas que me conectaban con el instante en el universo.

Hace 15 años decidí cambiar mi viejo velerito por algo un poco más cómodo.

La búsqueda me llevaba de un puerto a otro, hasta que de pronto apareció el “Haiku”.

Se detuvieron las mareas: si había un velero llamado “Haiku”, me estaba esperando a mí.

En estos 15 años, el “Haiku” y yo navegamos juntos cada rincón de la ría. Hemos enfrentado vientos, calmas, tormentas.

Nos hemos varado juntos y hemos dormido en las noches saladas entre los islotes.

Escribimos una historia cada día, impresa con agua salada. Al regreso el agua se seca y desaparecen las palabras, pero queda la huella. Por eso, en cada singladura se repiten las mismas cosas y se viven siempre como la primera vez.

Navegar con las velas del “Haiku” desplegadas al viento es la continuidad de la vida.

⛵️ 15 cosas que aprendí del “Haiku”

  1. Qué confiable resulta un barco dócil.
  2. El barco sabe.
  3. Todo barco tiene una ola con la que no puede.
  4. Cuando el mundo se viene abajo, hay un lugar donde estar.
  5. Para saber hasta dónde se puede, hay que llevar los límites más allá.
  6. De navegar se vuelve siempre con más preguntas que respuestas.
  7. El palo tirado un poco a popa le da una leve tendencia a la orza que lo hace ideal para navegar en solitario.
  8. Siempre hay que saber esperar.
  9. Cuando queda varado enseña más que navegando.
  10. El barco es una extensión de uno mismo.
  11. Saber cuándo aflojar la presión.
  12. El mar es el lugar donde vivir.
  13. Siempre tener la maniobra preparada para navegación en solitario.
  14. El universo puede ser un lugar pequeño e insuficiente.
  15. Resistir.

🌊 15 cosas que aprendí del mar

  1. Conocer el lugar propio.
  2. Aceptar.
  3. No luchar contra las mareas.
  4. Carecer de ansiedad.
  5. Soportar la tristeza.
  6. No hacer nada.
  7. Conocer la inmensidad.
  8. Coquetear con la felicidad.
  9. Conocer, respetar y disfrutar los ciclos naturales.
  10. Abrigarse antes de sentir el frío.
  11. Usar el reloj lunar.
  12. Todo pasa (la cuestión es estar para cuando pase).
  13. Encontrar belleza en todo.
  14. Vivir al revés.
  15. La vida es movimiento.

💡 15 cosas que aprendí de mí

  1. Mi lugar es el mar.
  2. Siempre se puede un poco más.
  3. No cansarse antes.
  4. Disfrutar de la soledad.
  5. No querer encontrar explicaciones a todo.
  6. Puedo ser feliz.
  7. Lo que sucede en el mar es para siempre.
  8. Respirar al ritmo de las mareas.
  9. En el mar siento todo más intenso.
  10. Puedo nadar en invierno (y sobrevivir).
  11. El mejor lugar para dormir siempre es a bordo.
  12. Ser dúctil como primera virtud.
  13. Puedo arreglar el mundo con lo que se tiene a mano.
  14. Reconocerme en el tiempo.
  15. Poner las cosas en su lugar.

🤗 En 8000 ofrecemos un periodismo bahiense, independiente y relevante.

Y vos sos clave para que podamos brindar este servicio gratuito a todos.

Con algún cafecito de $ 150 nos ayudás un montón. También podés hacer un aporte mensual, vía PayPal o por Mercado Pago:

¡Gracias por bancarnos!

 Y si querés saber más, acá te contamos quiénes somos, qué hacemos y por qué.

Seguir leyendo

Especiales

🎙 El rap de acá: “Broda” y “Sista”, las voces de nuestros juglares inquietantes

En 2 pódcast, Agustina Arias expone las entrañas de la escena bahiense.

Publicado

el

Por Abel Escudero Zadrayec / Director de 8000

El escenario es la Plaza Rivadavia: el centro del centro de Bahía Blanca.

Pibes y pibas improvisan, chocan puños; se ríen, se mueven, se saludan, se gritan, se desafían.

Fotos: Tute Sosa y Agustina Arias.

Un presentador arenga:

—¡Que se pudra!

Y termina pudriéndose:

Voy a hacer un chiste

para que se rían más completo:

hablaste de mis lompa,

retrolazo, este pajero

porque pasó de ver el escudo

a relojearme el muñeco.

Pero nadie se ofende. Son códigos: así es el rap.

Y el rap de acá pendula entre lo importado y lo local: entre el Bronx y el barrio Pedro Pico; entre un inglés de película obvia, de jerga, pendenciero

You know what I mean, madafaka!

y el lunfardo y la cultura digital y el “vesre”, propio, callejero

la lleca y el rocho¡vos la revivís, Escubi!

—Las voces del rap de acá registran el andar cotidiano y dan validez a un modo de aprendizaje experiencial: desde el barrio, en la calle —dice Agustina Arias, que es LA voz de 8000: cada sábado la escuchás es nuestros audios con el resumen informativo de la semana bahiense.

Pero además de locutora, Agus es docente, cantante y está haciendo el doctorado en Letras por la Universidad Nacional del Sur. Su tesis es sobre el rap de acá.

Y como parte de la investigación de campo se mandó 2 pódcast reveladores, que capturan las esencias de estos inquietantes juglares de los tiempos que nos tocan y nos resuenan.

  • 🎧🙋‍♂️ El primer pódcast se llama “Broda” y se enfoca en los pibes: Real Fresh, Exe, Hazel, Ach, Simmer, Dylan, Juanma, Lucio, Serafín, Ariez, Izuna, Confi, Muzi.
  • 🎧🙋 El segundo se titula “Sista” y está dedicado a las pibas: Ziva, Madeam, Fleky, Eklipce, Kazz y Cronopio. (Este ganó la Bienal 2021).

Acá abajo Agus nos cuenta más sobre ellos. Y a continuación los publicamos, hoy, en exclusiva.

“Broda”

“Sista”


🎙 Me convoca, me interpela;

me entusiasma y me desvela

Por Agustina Arias

Las batallas de rap en estilo libre (freestyle) se hacen de cerca, de frente y en ronda. No sólo son palabras que coinciden en rimas o que proyectan sentidos metafóricos; también hay cuerpos situados que se mueven, se acercan, se alejan, resuenan en el otro y los otros que están mirando.

Fleky.

Las manos, los brazos, los pies siguen un compás vocal y simpatizan con la voz porque movimiento y palabra son indisociables.

Los cuerpos se usan, se escuchan y se interpretan porque los cuerpos cuentan: expresan, y ahí donde parece haber libertad extrema, hay código. 

Los espacios (más verdes, más grises) se emplazan en el centro y macrocentro y congregan a jóvenes de distintos puntos de Bahía Blanca. Se trata de plazas, parques, playas de estacionamiento, el skatepark.

Aunque las locaciones varíen, la imagen es siempre la misma: si se enfocara desde lo alto, en un plano cenital, se vería un círculo caprichoso y movedizo: que se ensancha, se sustrae, como un organismo celular, con bordes difusos, fluidos, negados a permanecer en orden. 

El rap se hace contexto con los objetos concretos del espacio, con la emergencia, con lo inesperado y lo impredecible.

El monumento a Rivadavia, en la plaza, sirve de grada y de soporte para el grafiti. Las escalinatas de la Plaza del Sol son asientos naturales para la audiencia. Los árboles del Parque de Mayo aportan sombra y resguardo. El playón de la Universidad Nacional del Sur aporta escenografía artística.

Todo está listo, pero nadie sabe qué va a pasar.

En eso que sucede se entraman intensamente el ritmo de la respiración, las miradas, las temperaturas, las transpiraciones, los alientos, las salivas, la sangre que circula. 

El rap es, al mismo tiempo, libertad pero reglas que respetar: modalidades de improvisación, tempo y métrica impuestos por la base rítmica, adecuación de la respuesta, sentidos originales de lo que se dice, la habilidad de ser fluido y no trabarse.

Es una ficción ritualizada.

No sabemos qué va a pasar pero sabemos cómo va a pasar: la cosa va a picarse, se picantea, se pudre.

El desafío, el conflicto, el “berretín”, la chicana: no pueden faltar porque la agresión y hacer doler son elementos constitutivos de la batalla y de esa forma de interacción.

También la puteada y las palabras consideradas “malas”. Son necesarias, cobran un sentido otro y adquieren un valor de estima en ese entorno.

Es una forma de querer, una forma de hablar, una forma de decir, una forma de luchar.

Las palabras se transfiguran en “armas”, los versos en “ataques” y las entradas, en “estrategias”.

Los puntos frágiles para pudrirla son eternos: la capacidad de oralizar, la mujer (madre, hermana, novia), el origen, aspectos biográficos, lo físico y la sexualidad (aunque, por fortuna, estos emergen desde una mirada desconstruida).

Así, en las batallas salen a la luz aspectos “personales”, que se conectan con temas de agenda social y que demuestran posicionamientos claros por parte de los raperos y las raperas, como le dice Muzi a Simmer:

Nuestra diferencia es que soy más rudo,

que yo soy bueno y vos aparecés

en la lista de machirulos.

Simmer responde reflexivo: 

Yo aparecí en la lista de machirulos.

Me equivoqué, a todos eso sí se los juro.

Pero igualmente me equivoqué y yo soy artista:

pasó el tiempo y cambié mi punto de vista.

O cuando en batalla de mujeres, Ziva le tira a Kazz

Y si me agarran con las piernas abiertas, ¿cuál fue?

No es pecado coger.

¡Qué me vas a decir vos, también!

Soy madre soltera y me la banco rebién.

Eklipce.

Igual, los espacios bahienses pueden generar desarmonía en las batallas. En el rap se evocan lugares de procedencia que revelan valoraciones en torno a la “valía” de ciertos objetos materiales (marcas de indumentaria) e inmateriales (barrio y equipo de fútbol).

En una batalla con la temática “barrios de Bahía” surgió esto: 

¿Cuántos barrios pisaron tus zapas?

Nadie pisa Villa Mitre

con un conjuntito Kappa.

Así que te suelto una actitud,

mi rap es un barrio

y un equipo: me dicen Spurr.

Claro que también los barrios bahienses se usan estratégicamente para desplegar el doble sentido, en favor de la comicidad y el sentido lúdico, acentuando aspectos de lentitud y desorientación del rival en la batalla: 

¿Escucharon su freestyle?

No es nada veloz:

parece representante de Villa Caracol.

Venir del barrio, pisarlo y transitarlo, otorga presencia, sabiduría y credibilidad al relato. Los barrios se tematizan y despliegan una serie de connotaciones, junto con los equipos de fútbol: se vuelven fuentes de identidad y representatividad. Y el rap expresa esa síntesis entre lo espacial y lo pasional: barrio + fútbol. 

🎙 Detrás de escena

Desde hace algunos años el rap -como fenómeno oral, improvisado, lúdico y serio- me convoca, de manera advenediza, y me interpela como foco de aproximación, estudio, reflexión y admiración. Me desvela, me entusiasma y me mueve a buscar divergencias, convergencias e innovaciones en lo que se dice.

Tiene implicancias en mí desde lo musical, lo verbal, lo fluctuante, lo corporal, lo tradicional e igualmente novedoso.

Me parece una práctica lúdica tan vieja como modernaTan lejana como inmediata.

Es lo de antes, lo foráneo pero acá, con apropiaciones locales singulares y potentes.

Encuentro densidad ahí para bucear y tratar de entender cómo lo global se inserta en lo local.

🎙 El pódcast

Broda es la forma que predomina en sus modos de tratarse. Así, con la “a” final y, muchas veces, en su versión más corta: bro. Broda es el hermano, el compañero, el compa, el cumpa, el camarada, el pana. Y entre las mujeres, lo mismo pasa con la palabra sista. En el rap, la fraternidad es el valor transversal a cualquier estilo, región, modalidad, etnia, clase, género.

La idea de reformular algunos resultados, hipótesis e interrogantes de mi proceso doctoral en un pódcast habilita a pensar en la reutilización de un material recogido en el ámbito de la investigación para ser reconvertido a un formato diferente que funciona en otro circuito, con otras leyes.

El pódcast “Broda” es un híbrido: una criatura anfibia que se mueve entre las aguas del discurso académico-científico y las tierras de lo que pasa en el barrio, en la esquina, en la plaza, en el gueto.

“Broda” es una voz narrativa que da pie a voces genuinas del seno mismo de la cultura y la escena.

“Sista” es experimento. Es una entrevista guionada, estructurada con mínimas líneas y es performance. Las entrevistadas se someten al azar y son sorprendidas por una modalidad no convencional de improvisación: dark, poéticoflash, random.

  • El modo dark sume a las chicas en la más profunda oscuridad y ausencia del registro visual. Vendadas, deben rapear a partir de experiencias sensoriales: olores, sonidos y estímulos táctiles.
  • El modo flash privilegia la vista y motiva a la improvisación a partir de capturas fotográficas de grafitis del paisaje urbano contemporáneo.
  • El modo poético juega con la forma “rapeada” de poemas de autores y autoras locales.
  • El modo random se asemeja a las modalidades de las batallas profesionales: improvisar a partir de palabras escogidas al azar.

Ambos pódcast, “Broda” y “Sista”, se ofrecen como espacios simbólicos de aproximación y divulgación de trayectorias artísticas en expansión.

Desde Bahía Blanca, hacia el más allá.


🤗 En 8000 ofrecemos un periodismo bahiense, independiente y relevante.

Y vos sos clave para que podamos brindar este servicio gratuito a todos.

Con algún cafecito de $ 150 nos ayudás un montón. También podés hacer un aporte mensual, vía PayPal o por Mercado Pago:

¡Gracias por bancarnos!

 Y si querés saber más, acá te contamos quiénes somos, qué hacemos y por qué.

Seguir leyendo

Especiales

👀 Milagros en la pandemia bahiense: una enfermera cuenta todo

Publicado

el

Hoy, 20 de marzo de 2022, se cumplen 2 años del primer caso de coronavirus que se reportó en Bahía Blanca.

Desde ese mismo momento, la enfermera Milagros Barbalace estuvo ahí, batallándolo, con todo, sin parar.

Este es su relato para 8000.


Miles de veces lloré. Incontables. 

En mi casa, muchísimo. 

En el hospital también: no aguantaba más, necesitaba descargar, y por ahí se me caía el suero al piso y ¡faaaa!, era la excusa para arrancar a llorar. 

Me hacía llorar el estrés, la carga exterior que se nos puso con eso de “son los responsables de que la persona se recupere, porque, si no, algo hicieron mal”. 

También la carga horaria, el comer mal porque pasás muchas horas en el hospital y no te sentás en tu mesa, el dormir mal porque estás preocupada por tu compañero que se contagió, por no contagiar a tu familia…

Un cúmulo de cosas que a todos nos hizo explotar por algún lado.

Mi nombre es Milagros Barbalace, tengo 27 años y soy licenciada en Enfermería, me recibí en la UNS. Comencé la pandemia en el Hospital Privado del Sur. Y ni imaginaba todo lo que iba a pasar…

Cuando estudiás, te enseñan qué es una pandemia, qué es una epidemia, en qué se diferencian… Pero de ahí a vivirlo, hay mucha diferencia. 

Al principio sentí miedo: era algo desconocido y se tardó mucho en saber cómo se comportaba. Los pacientes tenían signos y síntomas muy diversos, entonces tampoco tenías una línea para orientarte y saber qué hacer.

Era mucha la incertidumbre.

No sabíamos qué protocolo usar, si ponernos más o menos protección, si muchas horas con el paciente aumentaban el riesgo de contagio…

Los protocolos se modificaban todas las semanas, literalmente.

Y la mente nos iba a un millón de revoluciones. Me costaba mucho terminar mi turno y decir: “Bueno, listo, no estoy más en el hospital, no puedo hacer nada”. De hecho, todavía me cuesta.

En abril de 2020 ingresó al hospital Juan Carlos Rodríguez, uno de los primeros pacientes, y me acuerdo de que estuvo fácil 1 mes. Era la época en que si no te salía PCR negativo no te daban el alta, porque se suponía que todavía contagiabas. 

Se hizo como 5 o 6 PCR, ¡no sé cuántos ya! Y le seguía dando positivo.

Tuvo una larga estadía, pero siempre tuvo una energía muy positiva, de querer recuperarse. Nosotros por ahí le llevábamos algo extra que sabíamos que le gustaba, porque en el hospital es una sola comida para todo el mundo. Y cuando íbamos a controlarlo, siempre nos quedábamos charlando.

A lo último, cuando ya se sentía mejor, Juan Carlos empezó a escribir. Le gusta mucho. El anteúltimo día nos avisó que nos había hecho como un cuento anecdótico con un personaje que era él y con nosotros.

Me acuerdo de que nos manejábamos por teléfono y nos mandó una captura de pantalla de lo que había escrito. Se había generado un lazo muy estrecho

Me puse muy contenta cuando Juan Carlos salió. Fue: “Wow, logramos que una persona que estuvo tanto tiempo, un adulto mayor, pueda salir de esto”. 

Estábamos emocionados. Le habíamos hecho cartelitos y esperamos que salga de la habitación para felicitarlo. Y el encuentro con su mujer, después de tantos días… ¡fue muy lindo!

Esos son los recuerdos positivos: las personas que pudieron salir tanto de clínica como de terapia. Las que pudimos ayudar a recuperarse. Y también el equipo de trabajo: médicos, colegas, la gente de limpieza, todo, todo, todo. Esa es la base: más allá del conocimiento, tirar todos para el mismo lado.

Después no hay recuerdos positivos.

Al Hospital Penna me sumé en julio de 2020, por un plan de becas. Entré como enfermera de piso en terapia.

Me tuve que acostumbrar mucho a los sonidos, tanto del ventilador como de las máquinas de las bombas que suenan todo el tiempo. Después empecé a distinguir si sonaba un ventilador por algo en especial o porque se había quedado sin suero, y ya no salía corriendo cada vez que sonaba.

Y recuerdo ciertas imágenes… En terapia hay cosas que son bien características: las secreciones, la mucosidad tanto por nariz como por boca o por tubo cuando están intubados… La forma en la que se va transformando el cuerpo también: es más rápido el avance, es bien marcado el deterioro.

Los pacientes críticos, más que nada con mucha estadía en terapia, edematizan un montón. Al no poder moverse (y peor si están intubados), si no los rotás se inflaman muchísimo, se llenan mucho de líquido. Era impactante entregar una guardia, volver al otro día y ver al paciente así. Después te vas acostumbrando. Creo que a todos nos pasa.

A mí también me tocó: me contagié en octubre de 2020

Fue anecdótico, porque habían venido unos chicos de la universidad a hacer hisopados de gente asintomática. Nos preguntaron: “¿Quién se quiere hisopar?”, y dije: “Yo”.

En ese momento también estaba en el otro hospital y tenía que entrar a trabajar, pero me había empezado a sentir como rara. Avisé que no me sentía muy bien y que estaba esperando el resultado del hisopado. 

Dio negativo y dije: “Listo, me engripé”. Y me dormí. Cuando me desperté, al otro día, tenía llamadas perdidas: me habían querido avisar que tenía covid, que me quedara aislada.

Así que me quedé en casa, y después empecé con todos los síntomas: falta de olfato y gusto, fiebre, me sentía muy mal… Pero fueron los primeros 3 o 4 días, los demás los pasé normal.

Siempre fui muy cuidadosa. Nunca me relajé, aun habiendo tenido covid. 

Trataba de no ver mucho a mi mamá o si la veía, era a tanta distancia. Por ahí me venía a buscar y en vez de ir de acompañante, me mandaba al asiento de atrás. Siempre con barbijo.

A mis amigas también trataba de no verlas. Cuando estábamos todos adentro, obviamente no las veía. Y después, cuando se fueron dando ciertas libertades, trataba de no verlas por respeto hacia ellas. Acá estás en contacto directísimo, con muchos fluidos, secreciones…

Al principio tenía todo un protocolo… Me acuerdo de que llegaba a mi casa, abría la puerta y agarraba una bolsa, un tacho o algo que había dejado antes de irme a trabajar, y me desvestía ahí. Después lo agarraba, lo cerraba, lo metía al lavarropas y lo ponía a lavar. Y me iba a bañar. 

Ahora te das cuenta de que no tiene sentido: si te contagiaste, te contagiaste, por más que te saques toda la ropa en tu casa. Por eso, los protocolos y las cosas que se creían al principio de la pandemia cambiaron muchísimo.

Lo que hacía con la ropa hoy no lo puedo creer. O eso de ir al supermercado y estar perseguida todo el tiempo, a ver si el de atrás o si la harina que agarré estaba contaminada… Me pasaba más afuera que en el hospital, porque acá usamos guantes para todo, lo tenemos incorporado.

La peor época fue a fines de 2020 y la llamada segunda ola, en 2021, hasta poco más de mitad de año. Fallecía gente muy joven y eso me marcó, porque decía: “Pucha, soy yo, es mi edad”.

Primero era gente mayor, que tenía muchos antecedentes de salud, y recién se empezaba con las vacunas. En la segunda ola fue: “Bueno, ya tiene una parte de la vacuna, no tiene antecedentes y está haciendo estragos”. 

👉 Mayo de 2021 tuvo las cifras oficiales más altas: 8.636 contagios y 144 muertes. 

No es que a uno no le importe la gente más grande, pero una persona de 80 años tuvo más experiencias de vida, familiares que la acompañaron hasta ahora… En cambio, había gente joven que dejaba hijos muy chiquitos…

Justo ahí arrancamos con los grupos de psicología y me hizo muy bien. Fue liberar un montón de sensaciones y de emociones. Al principio nos costó romper el hielo y empezar a hablar, pero gracias a Dios tuvimos el espacio. 

Si bien trabajamos en una terapia y los pacientes que llegan no están bien, no estábamos acostumbrados a que en un día fallecieran 3 personas. Y en una semana, ni te cuento…

No estar tan fuertes mentalmente o no estar acostumbrados (¡por suerte no estamos acostumbrados a eso!) nos debilitó muchísimo. Gracias a Dios se dieron cuenta y dijeron: “Bueno, vamos a tener que hacer algo, porque no sólo se están enfermando por contagios de covid”.

También tuve la desgracia de perder a alguien: el exmarido de mi prima, de 40 y pico de años, falleció el año pasado. En esos casos, creo que quienes somos personal de salud tenemos la desventaja de saber. Eso genera más ansiedad, y no ser vos quien atiende a tu familiar o a tu allegado hace que te preguntes si se estarán haciendo las cosas bien: “¿Qué estarán haciendo?”… 

La tristeza es la misma, pero la desventaja de saber es no poder hacer algo o creer que podemos hacer algo, cuando en realidad no.

Por una cuestión del servicio, el celular no se puede usar. 

Pero más allá de lo institucional, tratamos de que los pacientes no lo usen porque muchas veces estar tanto en contacto genera más ansiedad. O si algún familiar les da alguna mala noticia, se agrava la situación. No la salud física, pero sí la psicológica

Igual, hay situaciones especiales… Hay personas que dicen: “Yo sé cuál es el paso siguiente, dejame despedirme de mi familia”. Y las dejamos. También somos humanos.

Muchas veces nos piden si podemos avisar a un familiar, a una esposa, a un hijo… entonces agarramos nosotros un celular, sea personal, del médico o de quien se ofrezca, y enviamos el mensaje.

Los enfermeros acompañamos emocionalmente a los pacientes, y por ahí les decimos: “Tené un poco de paciencia, porque esto lleva tiempo”. O: “Estás mejorando un poco”. Pero de la información específica sobre cómo va o del tratamiento, se encargan los médicos. 

Lo mismo pasa cuando te preguntan los familiares: a nosotros no nos corresponde dar el parte, así que tratamos de mantenernos al margen. 

Sí nos tocó mucho acompañar en el momento del fallecimiento, cuando algunos pudieron venir a despedirse. Y es bastante fuerte…

Va en cada persona. Pero no vas a ser más o menos profesional por no estar ahí acompañando. Cada uno reacciona diferente. Y también se le da el espacio al familiar, porque capaz que vos querés estar acompañando y el familiar quiere estar con la persona a solas. Entonces también hay que entender y respetar: esa sí es nuestra actividad.

La verdad, nunca pensé qué hacer en un caso así. 

Igual, creo que lo que uno piensa o dice que va a hacer, después termina siendo diferente. Por el tipo de familia que encontramos. O porque iba a hacer tal cosa y en el momento no me salió. O porque estaba ocupada, entonces no pude acercarme.

También tiene que ver con la personalidad de cada enfermero y de la situación: si te salió agarrarlo de la mano y contenerlo de esa forma, o si simplemente lo escuchaste, o si no pudiste porque te superó la situación y te tuviste que ir…

Yo generalmente me quedo con el paciente. Pero si hay alguna situación que me recuerda algo muy personal y por equis causa me hace mal, educadamente me retiro de la situación. Y si es necesario, le pido a algún compañero: “Cubrime, porque yo no puedo”. Eso también aprendí a decirlo: “No puedo con esto”. Y pedir ayuda. Pero generalmente estoy ahí.

Ya me conozco. Sé qué situaciones me afectan, así que directamente las evito.

Y soy más de escuchar. Muy pocas veces digo algo, porque quizá en el afán de querer ayudar, metés la pata. O decís alguna palabra que puede molestar. Entonces prefiero escuchar: tratar de calmar y acompañar, más que nada.

Las frases que más recuerdo de los pacientes son: 

“Tengo miedo”. “No quiero que me pongan esa máquina, sé que me voy a morir”. “Sé que no salgo”.

Tal vez lo buscan en internet o les pasó con alguien, pero te dicen: “Sé que si me conectás, no salgo”. Entonces tratan de hacer todo para no llegar a eso.

Nosotros no decimos nada, porque nunca sabés cómo va a responder el cuerpo de la persona, por más que tengas un 80 % de seguridad…

Gracias a Dios, no me tocó ser parte de despedidas.

Sí me ha tocado decirle al médico: “Pepe quiere el celular para despedirse”. Pero traté de no estar en el momento. Es muy personal y tenés que dar espacio para que la persona diga, exprese, haga lo que le salga. Y además, creo que no podría, entonces lo evito.

Escuchar que se están despidiendo, sí me tocó. Es horrible… Muchas veces escuchás que se dicen cosas muy fuertes entre los familiares, y nunca pensás que trabajando de esto te vas a enterar de un millón de cosas. Pero trato como de apagar los oídos o de irme lejos, hacer otra cosa.

Después de todo este tiempo, no sé si nos sentimos más valorados como enfermeros, pero creo que sí se tomó más conciencia de lo que hacemos.

Al comienzo de la pandemia, los pacientes pasaban mucho tiempo internados. La mayoría de las veces, solos, sin recibir visitas, entonces les comentaban a sus familiares. Ellos veían que no es solamente “Me ponen el suero y controlan las gotitas que caen”, sino que es contención emocional.

Además, pasábamos muchas horas: fueron enfermándose compañeros y era cubrir turnos, cubrir los baches que quedaban…. Creo que se dieron cuenta de eso, de que no es algo tan simple como se lo ve.

Nunca me creí una heroína y tampoco me creo responsable de las cosas que se dijeron y cómo atacaron a colegas. Entiendo también que a la gente se le mintió mucho en muchas cosas: los famosos antivacunas, los provacunas, los que decían “El Gobierno nos está mintiendo” y “La farmacia no sé qué”…

Traté de mantenerme al margen. Hago mi trabajo con la mayor responsabilidad y empatía posible, y nada más: hasta ahí llega lo que puedo hacer.

Los reclamos siguen… El sistema de salud está complicado desde hace muchos años. Con la pandemia salió a la luz, pero los problemas vienen desde antes, como la cantidad de personal, que siempre fue escaso. 

Las cosas se fueron solucionando en el momento, como para pasarla, pero solución, solución real, que mejore nuestra calidad de trabajo, no hubo.

El sueldo de enfermería varía mucho si estás en un privado o en una institución pública. Cuando arrancás, son 40.000 pesosY menos también. En un privado tenés cosas extras que la misma institución da, como presentismo, que te van sumando, pero es precario. O sea, familia tipo con 40.000 pesos no vive. Por eso, muchos de mis compañeros tienen doble trabajo.

Por cábala, en el hospital no podemos decir: “La guardia está tranquila”. Pero la situación actual no tiene nada que ver con la de antes.

Cuando ingresa un paciente con covid o sospecha de covid, ya no nos alborotamos. No es un: “Ay, viene, ¿qué preparo? ¿Cómo viene? ¡Ya me cambio!”. Lo esperamos como a un paciente con otra patología: preparamos las cosas y estamos tranquilos.

El último tiempo tuvimos menos ingresos. Pero la gente que entró, no se recuperó; esa es la parte negativa. Son adultos, adultos jóvenes, con patologías previas. Y si tienen o no la vacuna, es variado.

Si me preguntan qué quiero, quiero que esto se termine de una vez por todas.

Si me preguntan qué creo, creo que vamos a aprender a convivir o tenemos que aprender a convivir con esto

Espero que no sea tan mortal, que se encuentre algo específico, como la vacuna de la gripe que todos los años te la ponés y hay cepas diferentes pero no te matan.

Hoy, después de estos 2 años de pandemia, la verdad es que no sé si valoro más la vida, como dice alguna gente, pero sí creo que el estar tanto tiempo encerrada y sin poder convivir naturalmente me ayudó a conocerme mucho más

A conocerme más que nada en las cosas débiles. Yo pensaba: “¿Cómo un enfermero va a llorar por un paciente?”, porque tratás de no involucrarte. Y me pasó. Entonces aprendí que me puede pasar de todo.

  • 📹 Para ver el testimonio completo de Milagros, entrá a este enlace.

💪 Tu apoyo es fundamental para 8000.

Ayudanos a seguir haciendo un periodismo bien bahiense, independiente y relevante.

Podés colaborar con algún cafecito de $ 100, con un aporte mensual, vía PayPal o por Mercado Pago:

¡Gracias por bancarnos! 🙌


Otros especiales de 8000

Seguir leyendo

Sumate

Apoyanos

Invitame un café en cafecito.app

El audio de 8000

Más vistos