Por Abel Escudero Zadrayec
Director de 8000
Antes de participar del festival de inteligencia artificial y periodismo en Londres, antes de hablar a lo pavo en Oxford, antes de intercambiar ideas con el 1 de The Mill en Manchester, me di una vuelta por Sheffield.
Fue algo breve: me quedaba de paso y quería ver qué onda la ciudad del club de fútbol más viejo del mundo, la ciudad del actorazo Dominic West (mirá The Wire, hacete el favor: es La Odisea de estos tiempos) y la ciudad de Arctic Monkeys, la mejor banda de rock de los últimos 20 años.
Venía de Leicester, que se dice leh·stuh como si en realidad se escribiera “Lester”: se trata de una elisión, proceso lingüístico mediante el cual se omite cierto elemento, en este caso para facilitar la pronunciación. Me lo enseñó una experta.
Leicester tiene más de 2.000 años de historia: antecedentes de la Edad de Hierro, luego romanos, celtas, anglosajones, normandos, vikingos… y es el lugar de Leir, el legendario supuesto capo de Bretaña en el siglo VIII antes de Cristo: de acá sacó Shakespeare su extraordinario Rey Lear.
🏀🏍 Acá también están los Riders, el equipo de básquetbol más antiguo de la isla. Y es popular el speedway.
🥅🐘 De acá son el divulgador naturalista David Attenborough (esa voz) y Peter Shilton, el arquero que padeció los 2 goles de Maradona en el Mundial 86; también el creador del walkie-talkie, Donald Hings, y el Hombre Elefante (?)
Y acá está Leicester Tigers, el más ganador del rugby inglés con 11 títulos: acá está nuestro Joaquín Moro, nacido en Bahía Blanca el 24 de enero de 2001 y formado en Argentino, 1,89 metros, 103 kilos, octavo o ala, Puma N° 892 (3 partidos internacionales y 2 tries en el primero).
Pasé a verlo, para charlar un rato de deportes y de la vida. Morfamos en el medieval “Wygston’s”, uno de esos hermosos y envidiables pubs con olor a cerveza tirada (en el piso) y a pis ancestral.
Fue un domingo. Le hice el cuentito del Sunday roast, un clásico de la cocina inglesa cuya base es alguna carne (sobre todo vaca, o cerdo o pollo o cordero o un poco de cada), papas y el inexplicable Yorkshire pudding. Pero no compró, y eligió clavarse una regia hamburguesa. Eso sí: ambos le entramos a un Malbec argentino.
Es un pibe bien, “Joaco”: no por Bosque Alto y papá cirujano y mamá odontóloga y blablá, sino porque luce bien sencillo, centrado, tranquilo, amable.
Estudió Medicina 5 años, pero no le terminó de cerrar y el rugby empezó a abrirle otra puerta. Y se mandó. Porque le daba, no porque era su sueño.
No se siente menos que nadie a nivel internacional, pero. Y no desespera. Acepta sin bronca estar hoy afuera de la selección.
Sí le pegó cuando su club bahiense divulgó la alegría de tener un Puma: “Te das cuenta de lo que podés significar para la historia y para los chiquitos que te toman como referente”, dice. Eso lo conmovió tanto como calzarse la albiceleste y cantar el Himno en su debut, el 20 de julio de 2024, contra Uruguay allá.
Vive en un pueblito cercano a Leicester. Tiene su auto y se maneja pese al volante a la derecha (palanca automática, pero). Le gusta tirar tiros en el Call of Duty: lo juega con sus amigos, e incluso por esa vía se pone al día.
A veces se harta de las pantallas, y por ahí se aburre. Anda solo acá por ahora: su novia se quedó en San Isidro. Ella le trajo el libro que acaba de leer: El monje que vendió su Ferrari, de Robin Sharma. Autoayuda cool.
Se cocina, aunque aún no se agenció una parrillita. Probablemente lo haga en estos días, para tenerla cuando caiga su familia a celebrar las Fiestas.
Buscó jugar en Inglaterra; firmó por 1 año y puede extenderse otro. Ya verá. Lo que sí tiene 100% claro es que cuando acabe su aventura en el rugby profesional quiere volver a Bahía: es su lugar en el mundo. Sonríe cuando lo dice.
Desde nuestra visita, Leicester jugó 3 partidos y ganó los 3: “Joaco” fue titular en todos y apoyó 4 tries. Datos, no opinión: 8000 trae suerte, tipo Mirtha (?)

Ahora sí, viajo 98 kilómetros con rumbo norte hasta Sheffield.
Pateando aleatoria e indiscriminadamente (que es un gran modo de tomarle el pulso a un lugar) llego a una zona industrial poblada de esas estructuras divinas de ladrillos y hierro y vidrio, pegadas al agua por donde se movía la producción hace ya demasiados años.
En un momento cruzo un puente negro y hermoso como Michael Jordan (?) y se me aparece un paseo literalmente marginal de enredaderas potentes y húmedas y ocres.
También hay un cartelito por ahí. Indica que este puente sirvió nada menos que en el célebre Día D, aquel desembarco de los aliados en Normandía en 1944: una operación fundamental para frenar a los nazis y liquidar la Segunda Guerra Mundial.
Este puente negro y hermoso es un Bailey original y orgulloso.
🌉💰 Te suena: no hay bahiense virgen de ese apellido desde la inundación del 7 de marzo. Nos unió con el otro lado del canal arruinado y con la polémica por lo mucho que le cuesta al Municipio pagarle al Ejército, que los trajo y montó. Y ahí los tenemos.
Resulta que el responsable de este prodigio de la ingeniería fue un tal Donald Bailey, graduado de la Universidad de Sheffield a quien el Gobierno británico le asignó una misión: diseñar puentes “instantáneos” de distintas dimensiones y capacidades de carga, que pudieran armarse rápida y manualmente, sin necesidad de conocimientos ni maquinaria pesada.
💡🚚 Terminó el trabajo en 1939. Y fue revolucionario en varios sentidos: las partes eran intercambiables, bastaba con 6 personas para trasladar cada componente y todos entraban en un camión de 3 toneladas.
En total, durante el conflicto se desplegaron unos 380 kilómetros de secciones de puentes: como de Bahía a Tandil, ponele. Resultaron un insumo clave para reconquistar Italia, Francia, Alemania y el norte de África.
Según Dwight Eisenhower, comandante supremo de las tropas aliadas, los Bailey integraron el top 3 de inventos más relevantes, junto con el radar y los bombarderos pesados.
“De todos modos, son mucho más que un instrumento de guerra —dice el cartelito de Sheffield—. Siguen usándose frecuentemente en desastres naturales como terremotos, huracanes e inundaciones”. Como la que nos aguó tanto.
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