Por Manu Danza
Docente (UNS)
Al enterarme de que Anne Carson había ganado el Premio Nobel de Literatura, me acordé de Emilio Zaina, un profesor jubilado de Latín y Literatura Latina del Departamento de Humanidades de la Universidad Nacional del Sur.
Emilio es especialista en el poeta latino Catulo (y también en Plauto); sus clases, hace 20 años, eran una especie de paseo por la antigua Roma. Podías terminar recorriendo el foro, los cementerios o los lupanares, cantando a Catulo en latín, brindando con una copita de vino, escribiendo tu propio epitafio o construyendo tu propia tablita de cera, y olvidarte maravillosamente por un rato de que estabas sentado en una de las aulas de 12 de Octubre y San Juan.
Un día, cuando ya éramos colegas, me mostró un libro que parecía un bandoneón. Se llamaba Nox. Era de Anne Carson, una poeta y ensayista canadiense, especialista en literatura clásica, de la que yo, hasta ese momento, no sabía prácticamente nada.
Salí de aquella reunión decidido a conseguir ese libro. Lo busqué por todos lados, pero estaba agotado. Hasta que finalmente lo encontré.
Nox es un libro extraño. Viene en una caja que parece de zapatos, aunque también podría ser una urna funeraria. Cuando se abre, sus páginas se despliegan como un bandoneón, o quizás como un águila que extiende sus alas al viento.
Hay fotografías, cartas, recortes, palabras latinas, definiciones de diccionario y fragmentos de recuerdos. Carson lo escribió después de la muerte de su hermano Michael, y tomó como punto de partida uno de los poemas más conmovedores de Catulo, el 101, compuesto también ante la muerte de un hermano:
Después de haber recorrido muchos pueblos y muchos mares,
llego, hermano, a estas tristes ofrendas funerarias,
para ofrecerte el último tributo de la muerte
y hablar, inútilmente, con tu ceniza muda,
puesto que la fortuna a vos mismo te apartó de mí.¡Ay, desdichado hermano,
injustamente arrebatado de mí!Ahora, pese a todo,
recibí entretanto estas ofrendas
que, según la antigua costumbre de nuestros padres,
se ofrecen en los tristes ritos funerarios,
empapadas de abundante llanto fraternal.Y para siempre, hermano,
¡salve y adiós!
Dos escritores separados por más de 2.000 años, por lenguas, geografías y mundos completamente distintos, compartiendo una misma experiencia.
¿Acaso no somos todos Catulo? ¿No somos todos Carson?
¿Cuánto duele perder a un hermano?
¿Qué hacemos con ese dolor, con nuestros muertos, con los muertos de nuestra felicidad? ¿Adónde van a parar las palabras que no llegamos a decir?
Catulo había viajado hasta la tumba de su hermano para cumplir con los antiguos ritos funerarios. Carson emprendió otro viaje, hecho de recuerdos, documentos y palabras, para intentar recuperar algo de una vida que ya no estaba.
Quizás por eso, Nox no se parece a un libro convencional. Porque la memoria tampoco funciona de manera ordenada: recordamos fragmentos, imágenes, conversaciones, objetos.
A veces una palabra nos devuelve una escena entera. Otras veces tenemos todos los recuerdos delante de nosotros y, sin embargo, sentimos que nos falta lo más importante. Ave atque vale.
Este jueves 8 de octubre de 2026, la Academia Sueca le otorgó a Carson el Premio Nobel de Literatura por “una obra audaz e inventiva que, mediante un diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea”.
La noticia le llegó mientras se encontraba en Islandia, “escuchando el viento”.
Me gusta esa imagen. Una escritora que ha dedicado buena parte de su vida a escuchar las voces de los antiguos, enterándose de que acaba de recibir el reconocimiento literario más importante del mundo mientras escucha el viento.
Carson nació en Toronto en 1950 y es una de esas escritoras difíciles de clasificar. Es poeta, ensayista, traductora, filóloga, profesora y artista. Pero ninguna de esas palabras alcanza para definir lo que hace.
Su obra cruza constantemente las fronteras entre la poesía y el ensayo, entre la traducción y la creación, entre el pensamiento académico y la experimentación artística.
La literatura grecolatina atraviesa prácticamente toda su escritura. Sus historias, sus poemas y sus mitos están vivos, se mezclan con el psicoanálisis, con las experiencias personales, con las formas contemporáneas del arte y con las preguntas que seguimos haciéndonos.
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En Autobiografía de Rojo (1998), por ejemplo, recupera la figura de Gerión, aquel monstruo de la mitología griega al que Hércules debía matar para robarle su ganado. Pero Carson transforma esa historia en una novela en verso sobre un joven enamorado, atravesado por el deseo, la vulnerabilidad y el dolor. El monstruo antiguo se convierte en alguien profundamente humano.
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En La belleza del marido (2003), el dolor de una separación amorosa se convierte en una serie de 29 tangos.
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En Flota (2020), los textos pueden leerse en cualquier orden.
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En Norma Jeane Baker de Troya (2019), Marilyn Monroe se encuentra con Helena de Troya, como si los mitos antiguos y las celebridades contemporáneas fueran distintas formas de contar una misma historia.
Carson lee a los antiguos desde el presente y, al mismo tiempo, parece mirar el presente a través de los antiguos. Como si el mundo clásico fuera una especie de embudo por el que pasan nuestras experiencias y del que salen transformadas.
No es casual que la Academia Sueca haya destacado precisamente esa capacidad. En su obra conviven la obsesión del filólogo por el origen de las palabras y la neurosis poética por encontrar nuevos significados y perseguir el deseo.
La filología y la neurosis es una combinación que me resulta demasiado cercana. Porque quienes trabajamos con las lenguas antiguas sabemos que una palabra nunca es solamente una palabra. También es su historia, sus usos, sus desplazamientos, todo lo que alguna vez significó y todo lo que todavía puede llegar a significar.
“Si arrancás una flor, si te robás un bolso, si poseés a una mujer, si saqueás un supermercado, arrasás un campo o invadís una ciudad, sos un ‘tomador’: estás tomando algo. En griego antiguo se utiliza el verbo άρπάζειν (harpázein: arrebatar, tomar por la fuerza), que pasa al latín como rapio, rapere, raptus sum y nos da las palabras inglesas rapture y rape (rapto y violación): palabras manchadas con la sangre primigenia de las niñas, con la sangre tardía de las ciudades, con la histeria del fin del mundo. A veces pienso que el lenguaje debería taparse los ojos cuando habla”.
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Anne Carson, en Norma Jeane Baker de Troya. (Traducción: AEZ–8000)
En Humanidades de la UNS, el docente y poeta Sergio Raimondi ha dedicado seminarios a la obra de Carson. Y no me sorprende. Hay algo en ella que resulta particularmente atractivo para quienes estudiamos literatura: esa capacidad de hacer que una palabra escrita hace miles de años todavía pueda interpelarnos.
Pero sospecho que muchos de nuestros estudiantes la quieren especialmente por otra cosa.
Por lo dulce y lo amargo.
Por ese glukúpikron (γλυκύπικρον) de Safo, lo dulceamargo que Carson recuperó para pensar el amor y el deseo.
En Eros, el dulce y amargo (1986), parte de la poesía griega antigua para explorar una de las experiencias más difíciles de explicar: el deseo.
¿Por qué deseamos aquello que no tenemos? ¿Por qué el amor puede producir felicidad y sufrimiento al mismo tiempo? ¿Por qué la distancia, la ausencia y la imposibilidad parecen alimentar aquello que sentimos?
Para Carson, el deseo supone siempre una distancia. Hay alguien que desea, algo o alguien deseado y un espacio que los separa. Esa distancia no es un accidente: es precisamente lo que pone en movimiento al deseo.
Y quizás la literatura también tenga algo de esa experiencia.
Leemos porque buscamos algo.
A veces no sabemos exactamente qué. Una respuesta, una emoción, una forma de comprender lo que nos pasa. Algo que está siempre un poco más allá de nuestro alcance.
El deseo funciona de una manera similar: nos mueve hacia aquello que no tenemos, hacia lo que nos falta, hacia lo que imaginamos que podría completarnos.
Es una fuerza constante, necesaria, productiva y, muchas veces, absolutamente inútil. Como la literatura. Como las letras. Como el lenguaje mismo, que intenta alcanzar aquello que se le escapa. Esa pulsión vital que nos empuja hacia algo materialmente inasible, quizás inalcanzable, pero primordial.
Pienso ahora en aquel libro que Emilio me mostró hace tantos años. En la caja, en sus páginas desplegadas, en las fotografías y en las palabras latinas que Carson intentaba traducir, como si al comprender cada una de ellas pudiera acercarse un poco más a su hermano.
Pienso también en Catulo, frente a una tumba, despidiéndose de alguien a quien ya no volvería a ver.
Y pienso en esa necesidad tan humana de seguir hablando con quienes hemos perdido.
Carson ganó el Nobel. Su nombre empezó a circular por los medios, las redes sociales, las librerías… Muchos descubrirán su obra. Otros volveremos a buscar alguno de sus libros, a releer un poema, a recordar cuándo y cómo llegamos hasta ella.
Yo me acordé de Emilio y de aquel bandoneón de papel.
Y pensé que, después de todo, quizás la literatura sea eso: una forma de seguir conversando con quienes dejan huella, con quienes ya no están, con quienes vivieron hace 2.000 años y, de alguna manera, todavía tienen algo que decirnos.
Tal vez por eso seguimos leyendo, buscando las palabras.
Aunque no sirvan para nada.
Aunque sean lo único que tenemos.
El autor
Manu Danza es doctor en Letras por la UNS y enseña Literatura Latina y Latín 1, 2 y 3. Acá también publicó una crónica íntima sobre el recital de Fito Páez en Bahía:
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