⚽️🇦🇷 Tu Mundial, tu ciudad, tu selección, tu decisión

Publicado el 14/06/2026.

Por Sonia Budassi

Periodista y escritora


Todos, casi todos, hablamos del Mundial. Todos lo vivimos: por acción o por omisión, o intentos de. Con sesgos y caprichos. En compañía, o en soledad. Desde lo colectivo, desde la mezquindad. Desde la tiranía “al Mundial hay que verlo así”. Desde la obsesión de meter cada fecha en tu calendario y calcular si podrás verlo o no. Desde el debate. Desde tu punto en el mapa. Con los relatos vistos en tele y online -la vuelta de los jugadores a sus querencias luego de ganar en 2022, aquella promoción de “la selección más federal” y sentir el spot en vivo, acompañarlos (o esquivarlos) a metros de distancia, por la avenida Alem.

Ciertos hábitos, prácticas, vicios de todos los días, cambian. O se extienden, desde la vida ordinaria, hacia la vida Mundial.

Por ejemplo: hay gente que gusta de diferenciarse, de ser parte de un núcleo sectario, de reserva, minoritarios; amantes de objetos “de culto”, de ir a ver esa obra de teatro maravillosa y casi secreta que sólo conoce un pequeño grupo, de los libros autoproclamados para “un solo lector”, los que practican o siguen (o ambas) aquel deporte que roza lo exótico: del bicipolo al arco y flecha.

Existe un territorio de productos y acciones selectas de las cuales el márketing se ocupa desde hace tiempo. Nos ofrecen -así lo dicen- la posibilidad de “vivir experiencias” (pagas, obvio). Como si no tuvieras experiencias todo el tiempo desde que te despertás.

¿Viajar hacinado en la 514, o esperar otro bondi, ponele la más amable 517, mil horas con el agüita de la vereda escarchada acaso no lo es?

¿O simplemente viajar sentada y cómoda en la 519 hasta Cerri?

¿Tomarte un mate con una amiga mientras disimulás el olor a moho que exuda su perro? ¿Comer carasucias con el café con leche, y hacer sopita, y disfrutar de las partículas de azúcar negra esparcidas que le dan un dulzor diferente a la merienda?

¿Acariciar al gato, a tu gato? ¿O, “experiencia premium”, tocar al peludo de pelo largo expuesto en la vidriera de la talabartería de Chiclana, entre rebenques, aperos, bozales sin sofisticaciones, y telarañas? El local cerró. El gato dormía, con naturalidad a la vista de todos, soberbio.

Los de las publicidades no te aclaran que quieren venderte experiencias “lindas”; prescinden del adjetivo. O casi: suelen calificarlas de “únicas”. Aunque algunas puedan implicar sacrificios voluntarios, como dormir a cambio de mucha plata en una carpa hostil, fría, piso duro, para “vivir la aventura” (no para ahorrar plata como hacíamos con mis amigas, y así poder viajar a Pehuen Co, Monte, Sierra o Las Grutas). O proponen “volver a lo natural”, y bajo ese objetivo pueden llegar a darte, para abrigar tus pies, una bolsa de agua caliente; qué tecnología cruel, la usé durante mi infancia, la sensación del agua perdiendo temperatura a medida que, durante la madrugada, la helada se incrementa, es desesperante. Ni imaginemos si se abre el pico, o se rompe y te moja la cama. Por el mismo costo, podrían brindarte una buena calefacción hecha y derecha, sin la chance de “sufrir la experiencia”. Y bueno, imposible no mencionar a quienes venden “la experiencia de ir a la cancha”. Cada 4 años, por suerte “la experiencia” mundialista es inmersiva (otra palabra de moda), te envuelve sin demasiado esfuerzo, al punto de que hay quienes buscan escaparle. Y no terminan de lograrlo.

(Ilustración: Julieta Lucero.)

La provocación de sentirse “especiales”

El Mundial es masivo y, por lo menos en potencia, inclusivo.

Algunos actúan, ante su vorágine abarcativa, con ánimo festivo.

Otros, con tirria. O indiferencia.

Siguen su deseo de separarse del resto, de sentirse distintos. Detentan una pasión por desarrollar una energía diferente a la de la mayoría. Desde ya, las personas podemos ir y venir de lo masivo a lo exclusivo, de lo mayoritario a lo minoritario, aunque algunos gustan de mantenerse en la misma área en lugar de combinar. A mí, por ejemplo, me gustan bandas populares pero nunca disfruté del Indio ni de los Redondos ni de sus grupos, como tampoco me gustó Spinetta. Ojo: antes de recibir la indignación de culto y popular, aclaro que no pienso que sean malos artistas. Simplemente no me capturaron. Entiendo que haya mucha gente (bueno, quizá no tanta: en Argentina por lo menos) que prescinda del Mundial porque no le agrade ninguna de las capas del evento. Conocer países, canciones, shows, calles televisadas de las sedes anfitrionas, elementos no necesariamente puro fútbol, que pueden volverse una excusa.

Hay seres demasiado provocadores en su manera de ser especiales y casi únicos. ¿Vos estás de ese lado? Yo no. ¿Estás del otro? ¿Por qué?

Cuento un caso bochornoso.

Una vez nos juntamos en mi casa sólo con mi novio de aquel momento, un tema de cábalas, durante el Mundial de 2014, para ver el partido. En medio del Argentina- Alemania sonó el timbre. Ya sé que todavía hoy en Bahía muchas veces caemos sin avisar donde parientes o amigos para saludar, solamente porque pasábamos por ahí. En aquel momento, excepcional (¡Argentina-Alemania! LA FINAL), pensamos que algo muy malo había pasado. Y no. Lo único malo era que una amiga “justo andaba por ahí”. No se contentó con irrumpir y arruinar la cábala: aunque le dijimos “estamos viendo el partido”, no paró de hablar como una lora barranquera sobre cosas para nada relacionadas con la disputa mundialista. Nosotros subíamos el volumen y ella, cero registro, la voz. No ahondaré en lo que vino después. Ni en si esa amistad continúa.

Ojo: no soslayamos los graves conflictos políticos y sociales que persisten. Los mundiales permiten ponerlos en escena, intentar que el resto del mundo los vea, que haga algo, como sucedió en las marchas previas a la inauguración, en Ciudad de México, en reclamo por los más de 130.000 desaparecidos. Los poderosos pretenden ocultar las injusticias, taparlas bajo el vértigo de la pelota, que nos enfoquemos sólo en el fútbol, no en lo que sucede en cada país; no digo nada original. Pasó en Argentina, en Brasil, en Qatar, en Francia, en varios mundiales más. Discriminación, explotación laboral (al punto del esclavismo), racismo, autoritarismo, asesinatos y las lamentables dobles morales del poder. Ahora sabemos también de la triangulación Irán-Estados Unidos-Israel. Ojalá cada vez se conozca más lo que pasa. Lo que hacen con latinos, como los mexicanos que buscan migrar al norte; las fuerzas de ICE (ese servicio estadounidense de control de la inmigración) son capaces de matar a quemarropa, porque sí, como hicieron con la escritora Renée Nicole Good este año…

Y mil casos; es el statu quo, en medio de la excepcionalidad del acontecimiento. Perdón por perder el tono: no podía soslayar el hecho ni actuar como si no se supiera la trama más amplia. Infeliz.

Entusiasmo 100 versus entusiasmo 0

Conozco alguna persona que aprovecha para ir a la Cooperativa durante los partidos de Argentina, “porque no hay nadie”. No doy su nombre para que los empleados no lo vayan a buscar.

Me puse a pensar en cómo, en mi caso, en el de cada cual, había surgido el entusiasmo, y creo que, más allá de los escenarios o los personajes, para todos es más o menos parecido. El mío nació durante el Mundial 90. En la primaria, escuela N°1 Nicolás Avellaneda, descubrí la vibración grupal por primera vez. Aquella sensación ya dicha tantas veces, que hace que te abraces, cantes y charles hasta con las compañeras que no te caen bien.

Esa desesperación de ir corriendo varias cuadras para llegar a tiempo a la casa donde te invitaron a ver el partido porque no tenías cable. Desde Chiclana al 800 encaré por Ingeniero Luiggi, no me acuerdo hasta qué altura. La calle, desierta; las banderas, parecían miles, en ventanas y balcones. Olga, amiga de mi mamá (que hasta sus últimos días detestaba el fútbol, y nunca se familiarizó con mis idas a la cancha ni con mi amor por Independiente), ya me esperaba ahí.

Olga tenía más poder que el poder de Grayskull, por el cual el anodino Príncipe Adam (el amor de mi vida) lograba convertirse en He-Man, en la serie animada Amos del Universo.

Olga tenía cable.

A pesar de que uno de mis hermanos, cuando estaba en casa, metía fichas divertidas por Independiente, gastando a mis compañeritos de River, seguro yo envidiaba a las nenas que tenían papás vivos. En general, ellos instruyen a sus hijas e hijos en este terreno. Aunque es posible que a mi padre no le gustara el fútbol, y entonces quizás a mí tampoco me hubiera gustado, carente de mandato paterno; por lo menos hubiera sabido si sí o si no. Pero ante su muerte, resultó al revés. Quizá buscamos la normalidad en lo excepcional a nuestra manera. Y cuando me cuentan, hijos e hijas, el modo en que les heredaron la pasión por un club, por la selección, que los llevaron a alguna cancha de cualquier liga, siento nostalgia, como se dice, por lo que nunca viví.

Pero todos podemos experimentar el Mundial, que se actualiza como si fuera una permanencia incluso ante su ausencia; una eternidad.

Todo y nada se vuelve gran drama: donde está la vivencia habitual de las familias o de otras comunidades afectivas, surgen otras que difieren, las que buscan separarse, distinguirse, sustraerse, escaparse a la norma. Valoremos la cuota de rebeldía ahí.

Y las que buscan, aunque sea sin saberlo, como yo en el Mundial 90, en esa alegría anónima, y que es propia al mismo tiempo, de algún modo, encajar. ¡Y aprovechar la fiesta, la adrenalina, la emoción! ¡La posible felicidad!

Otro día, una vecinita cuyo papá trabajaba en una concesionaria de la calle San Martín me invitó a su privilegio de mundialista con cable. A pesar de que no nos dejaban entrar en el salón de esos autos nuevos, me encantaba ir. ¡Ella vivía ahí mismo!

Qué lujo, el de nuestro tiempo, la superpoblación de maneras de ver el Mundial, ¿te diste cuenta?

Digresión: al día de hoy, los porteños no entienden que quienes no pagábamos la TV por cable no podíamos ver sus “canales de aire”. Ellos los tenían como si nada, sin necesidad de un costo extra, y naturalizan que para el resto del país era y es así.

Está estudiado: el deseo de no desentonar, de ser aceptado, de integrar un “grupo de pertenencia”, puede ser peligroso. Pero también tiene el reverso positivo. El de compartir. Ser parte de algo con otros. Y vivir un entusiasmo que viene como regalado, un motivo para concentrarte en otra cosa, que quizá sea parte de lo mismo de cada día, a otra escala. En algo competitivo, sí, pero lúdico al mismo tiempo. ¿Vos también te enganchaste por primera vez y para siempre, con el Mundial, por una intensidad así?

En mi caso, tiempo después llegó lo de aprender más sobre fútbol. Con más esfuerzo y ganas que por ósmosis (no como la mayoría de los varones, a quienes le ponen una pelota en los pies casi al nacer; es tema para otro texto). Disfrutar del juego y penar por las derrotas y por las fallas en la táctica, y mil cosas más provocaron, desde hace tiempo, que ir a la cancha de Independiente sea un ritual ineludible.

Pero con el Mundial, la previa, la post, cada elemento de la juerga se democratiza, y se agranda. Y más con los aditamentos de mundialistas bahienses. Por ejemplo: este año, antes del clásico de Avellaneda que le ganamos a Racing, se decía en algunos medios que Facundo Tello iba a “impartir justicia” (la solemnidad de ese lugar común del periodismo deportivo es encantadora). Le escribí de inmediato a un amigo bahiense, también del Rojo:

—En las redes algunos dicen que es de Racing…

—¡No puede ser! ¡Claro que sí! Eso se re sabe. Si es de Villa Rosas, en el barrio le decían “Tortu”. Los hermanos, toda la familia, ¡todos de Racing son!

Por suerte, el árbitro fue otro. Independiente ganó. Mi amigo no me deja consignar su nombre: teme quedar como un chusma aunque le diga que, en realidad, su data fue primordial para chequear la información.

En aquel partido participó otro bahiense, y como titular: Lautaro Millán. En la misma semana, alardeó otro triunfo: terminar la secundaria. Este Lautaro también es mundialista, pero por el momento sub 20. Y chileno, por la nacionalidad de su papá Pascual. En estos días circuló una foto suya, feliz junto a Cristiano Ronaldo.

(Lautaro integró el plantel de la selección mayor que perdió 2-1 contra Portugal, el sábado pasado. Foto: IG LM.)

Y el hijo de “Quito”, Nico Paz, nuestro nuevo mundialista bahiense argentino universal. Nació en Santa Cruz de Tenerife (España), cuando ahí jugaba su papá, que surgió de Liniers como el “Toro” Lautaro Martínez, y se llama Pablo, pero en Bahía ya en La Armonía le decían “Quito”. Jugó en el Mundial 98 y su recorrido europeo duró 15 años. Allí nació su “europibe”. ¿Vale decir que queremos que repita y reescriba lo de Lautaro en el anterior Mundial, y que venga con él a Bahía? ¿O mejor no decir nada?

No olvido a otro #OrgulloBahiense, Germán Pezzella, que pasó por Olimpo y llegó a River: otro de nuestros campeones mundiales de 2022, y de la Copa América 2021 y 2024.

No vayas “a lavar los platos”

¿Y antes qué pasó? Elegí jugar -o así se dio- desde mi terreno, contra la solemnidad, o gracias a la solemnidad, de cierto periodismo deportivo convencional al que respeto. Primero, la idea de algo que sería un libro. Mi excusa fue, ante la negativa de un editor a incluir en el balance de fin de año de su revista una sección de literatura, ofrecer otra cosa.

Dijo: “Dale, adelante. Si lo hacés, te doy la tapa”. Creí que entrevistar y perfilar a un futbolista sería tan fácil como hacerlo con artistas y escritores. No sabía la distancia de tratar a una verdadera celebridad. Ni de los manejos de su ejército de obsecuentes, su séquito de empleados, y la competencia de otros medios que contaban con un presupuesto, en relación con el mío, descomunal. Así nació mi libro Apache. En busca de Carlos Tevez. La edición actualizada y ampliada salió por un sello bahiense y de “alcance nacional”, como el fútbol de primera división, HD. En la contratapa, los escritores María Sonia Cristoff y Cristian Alarcón dicen cosas divertidas.

Durante el proceso de su primera edición recibí otra propuesta. Donde otro varón, y más aún, con el poder de convocar a quien quisiera, con otro tipo de trayectoria, hubiera dicho “andá a lavar los platos”, o simplemente hubiera ignorado mi relación con el fútbol, y con la escritura, hizo lo opuesto. La propuesta, en este caso, vino de él.

Ni lavar platos, ni no me importa: me propuso el combo deseado de escribir sobre el Mundial. Atenti: era el año 2010. ¿Dimensionás? Apenas si había alguna periodista deportiva, calumniada con injusticia y saña, por mujer, en blogs. El feminismo era algo, digamos, “de culto”; los medios no debatían el asunto -salvo en secciones específicas, y de cultura. Y… tengamos en cuenta que, incluso en este 2026, existen discursos como el de este video que me mandó Leo, del diario platense El Día y amigo del Rojo, creo que como parte de su humor políticamente incorrecto, diciendo: “Se tenía que decir y se dijo”.

Textual del exfutbolista y actual DT Néstor Apuzzo: “Ahora viene el Mundial y las mujeres son todas técnicos, los gays son técnicos, todos son técnicos. Los normales somos técnicos”.

En fin: vuelvo a aquel Mundial de Sudáfrica 2010; entonces, el director de 8000, Abel Escudero Zadrayec, trabajaba en La Nueva Provincia. O sea, un diario que no se caracterizaba, precisamente, por su halo de frescura discursiva en muchísimas de sus páginas, sino, seguro te acordás, por su estirpe cuanto menos conservadora. Y cuanto más, “facha”. Y a Abel, en ese medio (digo: no fue en Página/12 ni en otros de los “progres”) se le ocurrió crear un espacio donde yo escribiera sobre determinados partidos, con libertad total para salirme del corsé de la sección Deportes.

El título le hacía honor al tono: “Sonia, melodrama y euforia. Diario lateral del Mundial”. (Y si él reincide en construir proyectos periodísticos y editoriales osados, yo insisto en que no me gusta mi nombre en el título, pero fracaso: ¡lo sigue usando! Pero bueno, ¡por algo uno es el editor y la otra es quien escribe!).

Perdón si suena obsecuente; juro y perjuro, ¡no es la intención! Pero, a lo largo de los años, la sorpresa no se pasa: aún hoy no puedo creer que haya propuesto, en aquel contexto, algo así. Publicábamos cosas como esta:

Todo venía bien con los europeos infiltrados en la tribuna que es el comedor de esa casa bahiense del Santa Margarita.

Aunque se quejaran porque nosotros pedíamos que suban el volumen.

Aunque hablaran, cada tanto, de otra cosa sin necesidad.

Lo más grave vino después. La argentina novia del francés dijo algo que no se dice. Que no está bien declarar, en público, siendo argentina, durante EL PRIMER partido de la selección y sin fundamentos:

—Un brasilero hubiera hecho ese gol.

Deportación ya. Cambio inmediato de ciudadanía, de nacionalidad.

* * *

Cuando termina el partido, esperamos, como lo exige el ritual, las declaraciones de los jugadores, la conferencia de prensa; compensar con lo posterior lo que no pudimos ver en la previa, y con la tranquilidad de haber ganado. ¡Pero cuánta horripilante indiferencia hubo en algunos sectores de la tribuna! Alguien del público, en ese momento, se atrevió a cambiar de canal, ¡y poner uno de cocina, el Gourmet!

—¿Para qué quieren verlo? ¿Qué van a decir de importante los jugadores o el técnico?

Probablemente nada, europeo, pero qué importa. El ritual es así.

Nuestros ilustres y nuestras experiencias

Volviendo al último Mundial: cuando el “Toro” tuvo su regreso triunfal a Bahía se le hizo un homenaje en el Teatro Municipal; saludó desde los balcones que dan a Alem.

(Foto: La Nueva.)

Qué ímpetu esa costumbre nuestra, de argentinos, de intentar treparnos, en medio de festejos, a cualquier mástil, semáforo, farol. Ese día también pasó. Antes, Lautaro dio su conferencia de prensa sobre el escenario donde solemos ver orquestas, obras, performances, danza. Yo, en aquel entonces editora de la revista de Cultura de elDiarioAR, escribí una crónica. Y me hice la canchera todo el año con que, ante su seriedad para responder, repregunté algo básico y zonzo, y lo hice reír. Bueno, algo es algo.

El artículo se tituló “Pagos chicos y campeones del mundo: la difícil tarea de volver a casa”, y arranca así:

No fue fácil. Hubo rumores. Hubo críticas. Hubo opiniones. Todos somos DT. En todas las áreas. Comentarios web, de oyentes radiales, y en la TV local juzgaban: ¿Por qué el homenaje a Lautaro Martínez no se hace en el club Liniers, de dónde “salió”? ¿Por qué no en el Parque de Mayo, en la otra punta de la avenida Alem más lejos del centro? ¿Por qué no en la plaza Rivadavia, frente a la Catedral? Y no importaba que fuera a durar apenas unas horas: los comerciantes de la zona se quejaron. Temían que la gente no fuera a cumplir con el ritual de las compras de Navidad para cumplir con el otro: recibir a su ciudadano ilustre, al jugador campeón del Mundo.

¡Qué revancha luego de soportar tantas noticias porteñas, omnipresentes, que no nos afectan en nada! Muchos, aunque prefiriéramos los relatos de TyC, prendíamos la TV Pública sólo para apreciar la bella impronta soberbia de los cartelitos que anclaban a los jugadores a su lugar de origen.

Ese día también le dieron una distinción a Facundo Tello. Y Germán Pezzella, que no pudo estar por motivos personales, fue homenajeado unos días después. Todos ciudadanos ilustres.

Las bahienses que pueden alegrarse, pueden. Aunque sea, utilizando los modismos y lugares comunes, como esta tautología de que “quien puede, puede”, tan presentes en memes, stickers, reels, redes de todo tipo, las charlas con amistades.

Pude disfrutar de aquella ceremonia y de que Lautaro, tan afecto al casete, saliera un poco de ahí.

Veo ahora, al copiar ese fragmento: es más básico que gracioso, pasados 3 años y medio, y encima ante los nervios de lo que vendrá en este Mundial. Pero cada detalle, a veces, cuenta:

Con su pelo cepillo que desafía la ley de gravedad sin tener rastros visibles de gel, su parecido a Sven, el reno personaje de Frozen, las zapatillas blancas de cuero, uniforme de todo futbolista clásico que se precie de tal fuera de la cancha, el rostro siempre mega afeitado, escucha:

—¿Qué extrañás de Bahía? Ahora te homenajean a vos. Si fuera al revés, ¿a quién le harías un homenaje?

De Bahía extraño todo.

(En la desesperación antisolemnidad, ya sin micrófono, me atreví a sumar otra pregunta, medio papelón, levanté la voz para que oyera).

—¿En serio? ¿El viento también?

—(Se ríe) Sí, el viento de ayer también. Estuve sin luz 8 horas (se ríe). Terminé durmiendo en el sillón, así que imaginate, la tengo que querer mucho. Pero de Bahía extraño todo: mi club, mi casa, mi familia, mis amigos, mi infancia. Siempre lo hablo con mi familia y con mi mujer. Si tuviera que hacer un homenaje, sería a toda mi familia. A veces suena reiterativo, pero a veces sería muy difícil mantenerse en pie con tantas cosas que se hablan, que suceden, que quizás en el día a día a uno lo lastiman. Uno termina sacando esa fuerza gracias a la familia.

Es verdad que lo último es un poco cliché, pero y qué. Es emocionante, tierno, agradecido. El que puede emocionarse en el Mundial, puede.

Somos mayoría los que sí, ¿no? Y no por eso tenemos que ser condescendientes o ignorar la cosa fea que pasa en el durante, y en el mientras, afuera y adentro.

Cada uno vive el Mundial a su manera. Esquivándolo. Durante un partido de Argentina yendo a la Cooperativa, saliendo a correr por la Carrindanga o a pasear el perro cerca de su casa, por la calle, o por la plaza más cerca, la Brown, la de Villa Mitre, el Parque Illia.

O aprovechándolo de mil modos, de pocos, por separado o a la vez.

Mirando todos los partidos. O sólo los de Argentina.

Centrándose en el gesto de cada jugador ante su Himno, en el dinero que mueve, en la cultura de los países anfitriones, la política exterior y la historia de los participantes, las estadísticas, lo que se comerá y tomará en cada encuentro de hincha, ritual. En las cábalas, en el cotillón. En las estadísticas de pases y efectividad o en datos que demuestran que el Mundial es una excusa para jugar. En estos días circularon rankings así: “Top 5 de países del Mundial con mayor porcentaje de hombres que no saben pedir perdón”, o con más gatos por hogar, o más ateos, más afinados al cantar, más dentistas, mayor insatisfacción sexual, etcétera.

Algunos pensarán en el álbum, la formación, el esquema de juego de cada equipo. En la elección de ídolos y figuras del partido o en las mejores publicidades. En recordar que Islandia, que jugó el último amistoso con Argentina, tiene casi la misma cantidad de habitantes que Bahía Blanca (¡imaginate el scouting de jugadores de primera allá, en relación con nuestro país!).

O chequear el fixture para planificar con tiempo, la visita, en soledad, casi total, al shopping de la ciudad.


La autora

Sonia Budassi es escritora, editora y periodista cultural. Su libro Animales de compañía (Entropía) ganó el primer premio de Letras del Fondo Nacional de las Artes. Además, es autora de los libros de ficción Periodismo, Los domingos son para dormir y Acto de fe, y los de no ficción Donde nada se detiene. Literatura y el resto del mundo, La frontera imposible: Israel-Palestina, Apache. En busca de Carlos Tevez y Mujeres de Dios.

Participó en antologías nacionales y de España, México, Francia y Estados Unidos.

Dirigió la revista de Cultura de elDiarioAR; antes fue editora de Anfibia, Ñ y el sello de narrativa Tamarisco, del cual fue cofundadora. (Foto: Inés Budassi)

#LaBahíaDeSonia


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