🎙🤣 Esto de Oliver Galak tiene gracia (y una convocatoria seria)

Publicado el 10/01/2026.

Por Oliver Galak | Especial para 8000


—No, ni en pedo lo hago. No hay forma de que me ponga a eructar arriba de un escenario.

—Lo vas a hacer, no tenés opción. Y lo mejor de todo es que la gente se va a reír.

Era mi segunda clase de stand up y yo ya estaba pensando en abandonar con tal de no tener que seguir las escatológicas sugerencias del profe Christian Vivas.

Mi idea era simplemente hacer una observación más o menos simpática sobre lo complicado que es comunicarse con hijos adolescentes. El remate “hay días en los que escucho más eructos que palabras” me parecía más que suficiente para ese propósito. Pero Míster Vivas -como se lo conoce en el ambiente- no me la dejaba pasar: sí o sí iba a tener que representar (¡ah, el temido acting!) ese diálogo imaginario entre un progenitor y su pequeña bendición convertida en batracio.

¿Quién de mis conocidos iba a creer que yo, que firmé notas sobre política y economía en la tapa de La Nación, que me toca cada tanto representar a una embajada en recepciones diplomáticas, que recibí una condecoración otorgada por el Rey de Inglaterra, que no me molesta pasar por antipático con tal de no tener que hablar con otros humanos en cualquier reunión social, quién podía imaginar que esta persona se iba a poner a simular episodios de aerofagia en público?

(Fotos: gentileza OG)

Obviamente, el profe tenía razón. El chiste sobre los eructos de mi hijo es uno de los pocos que repetí (no pun intended) en todas y cada una de las 13 veces que hice stand up desde que arranqué en mayo de 2025, y uno de los más exitosos, a juzgar por las sonoras risotadas de los casi 500 espectadores que asistieron en total a esas funciones.

Pero antes de adentrarnos en lo que vi y aprendí en estos meses que llevo como comediante amateur, aclaremos algo. ¿Por qué estoy contando todo esto acá?

Primero, porque soy bahiense (aunque ya lleve más de 3 décadas viviendo fuera de la Capital del Universo, como gustan decir en este medio). Segundo, porque conozco a 8000 desde que era un proyecto en gestación y me considero fan y amigo del producto y de sus hacedores. Y tercero, por una necesidad personal que comentaré recién en el último párrafo.

En 49 años de vida nunca se me dio por explorar la veta artística. Ni teatro, ni música, ni pintura. Con la escritura me defiendo bien, pero lejos del mundo de la ficción o de cualquier género que implique exponerse a uno mismo. Y aún así, a comienzos del año pasado me anoté en el curso para principiantes de Haciendo Stand Up, la (muy recomendable) escuela que Míster Vivas dirige junto a Hernán Traverso.

La idea llevaba tiempo formándose en mi cabeza. “Este curso es para vos”, me había dicho mi hermana Leticia, allá lejos, en la primera década del siglo, cuando terminó de hacer una experiencia similar con los pioneros de El Farabute.

La vida me llevó por otros caminos, pero llegó un día en el que tomé coraje y me inscribí. Quizás fue la necesidad de despejar un poco la cabeza con algo que no sea la familia o el trabajo. O quizás fue el impulso ganado aquella vez que conseguí una buena dosis de carcajadas cuando en un ámbito laboral me tocó dar un discurso en clave humorística.

Las risas de la gente son una droga muy poderosa. Siempre querés más —explica el profe de stand up. Y allí estaba yo, buscando la forma de conseguir un poco más, de la forma lo menos ilícita posible.

Superado el trauma de tener que simular eructos adolescentes, hallé que el curso en sí era una experiencia muy divertida. Te tocan compañeros de lo más diversos, y entonces un martes cualquiera me encontraba viendo como Susana, una actriz aficionada de 67 años, practicaba un monólogo en el que declaraba a los 4 vientos su deseo de andar por la vida “en concha”, mientras Guille, una chica de sólo 14, desplegaba ácidas ironías sobre las fiestas quinceañeras, y don Alberto ensayaba como podía un gag físico con El meneaíto. Ese era mi grupo.

Y con esa Armada Brancaleone del humor hicimos nuestra primera muestra de stand up en una sala del Complejo La Plaza. Debutar en calle Corrientes, tomá mate.

Llegado el momento, un forzado “burp” fue correctamente interpretado por la audiencia de 50 personas como la representación del eructo de mi hijo: el chiste había funcionado. Las risas están grabadas.

Hubo otras 2 muestras en esa sala y ya con eso te largan al mundo, a que busques por tu cuenta los lugares donde puedas procurarte esa “droga muy poderosa”.

Así fue como descubrí que existe en Buenos Aires un enorme circuito de salas, barcitos, centros culturales, pancherías, pubs y demás lugares de todo tipo en los que caés una noche y te podés encontrar 7 u 8 comediantes (¡no les digan standaperos, está prohibidísimo!) tratando de arrancarle alguna que otra risa a un público compuesto muchas veces por conocidos de esos mismos comediantes. O incluso puede que entre el público no haya nadie más que esos 7 u 8 comediantes que van a compartir escenario con vos. No importa: todo suma, todo calma el síndrome de abstinencia.

Por supuesto, también están las grandes ligas. Comediantes que llenan teatros o hasta el Movistar Arena, que logran cientos de miles de reproducciones de sus reels, que gracias a su talento y esfuerzo logran vivir de esto.

No aspiro a tanto: soy realista. En 5 de los 13 shows que hice, pasaron la gorra y en el reparto terminé recibiendo un promedio de 18.420 pesos. A veces también te dan un par de porciones de pizza, o una cerveza, o ambas si tenés suerte. Creo que por un buen tiempo voy a tener que seguir viviendo de otro sueldo.

En un bar de Palermo, luego de pasar la gorra, el productor me entregó 3 billetes de 1.000 pesos. Salí y se los di al trapito que me cuidaba el coche.

Llevar invitados a estos ciclos amateur es casi tan importante como presentar un buen material. Si no más.

Por eso empecé a subir a Instagram algunos clips de mi monólogo, con el objetivo de interesar a amigos y parientes a que eventualmente hagan de público. Pero las redes son las redes y terminé cosechando más de 11.000 visualizaciones entre todos los videos que compartí en @ogalak. No tengo tantos amigos, eso seguro.

Me empezó a pasar entonces que en cada evento social o laboral al que asistía, me saludaba con gente y el primer comentario que recibía era: “¿Cómo es que ahora hacés stand up?”. (Una despistada recordaba haber visto mi foto con un micrófono y me preguntó: “¿Estás cantando en una banda de rock?”. Le entendí igual, pero).

Así que ahora a cada uno que me pregunta lo voy sumando a un grupo de difusión por WhatsApp en el que voy avisando dónde y cuándo me presento. Y siempre hay un par que se prenden.

En el reciente documental Stand Up a lo argentino, Dalia Gutmann repasa la no tan larga historia de este género en nuestro país, desde que a fines de los 90 algunos artistas empezaron a hacer stand up, sin llamarlo de esa forma, hasta la actual proliferación de escuelas para comediantes, ciclos en bares y especiales en plataformas de streaming.

Aquellas primeras camadas difundieron y enseñaron los secretos del stand up a una nueva generación de humoristas, y estos a su vez contagiaron a nuevos aficionados, y así es como probablemente hoy tengamos miles de personas en Argentina que alguna vez hicieron aunque sea 7 minutos de material humorístico arriba de un escenario.

7 minutos es el estándar que te suelen pedir para subirte a un open mic (como se conoce a los ciclos abiertos a comediantes que quieran anotarse para probar sus chistes ante un público real). Pero el manejo de los tiempos se complica. Yo tengo escritos más de 20 minutos de material, que incluyen observaciones y remates sobre la paternidad de adolescentes, sobre la experiencia de ir a la cancha y sobre el golf. Se requiere bastante práctica para ir ajustando el monólogo a lo que te piden en cada lugar. Y encima da un poco de lástima dejar algunos chistes afuera, así que los voy rotando, corrigiendo, actualizando y mejorando en cada presentación.

Encontrar el tiempo para practicarlo es todo un tema. Yo me acostumbré a ensayar y medirme los tiempos mientras me como 40 o 50 minutos de tránsito en el regreso diario desde el laburo. Si alguna vez llegan a ver un conductor hablando y gesticulando solo en su auto mientras espera el eterno semáforo de Udaondo y Libertador (ahí cerquita del Monumental en el que ocurren varias de las historias de mi monólogo), no se asusten. Es probable que sea yo intentando meter eructos adolescentes, cantos de hinchadas y gritos de cocacoleros mientras mantengo un ojo en el reloj.

Un día, cansado de tener que acortar mi material siempre, decidí organizar mi propio show de stand up, junto a 3 colegas y amigos. No hace falta mucho: un micrófono que funcione y un bar o SUM o garaje espacioso donde puedas poner varias mesitas para que la gente se tome un trago mientras te escucha sacar tus miserias al sol. Me explayé todo lo que quise sin necesidad de correr y fue una de mis 2 presentaciones que mejor funcionaron.

La otra, curiosamente, fue la más corta: 5 minutos, que es lo que te dan en el open mic de Taburete Comedia, considerado por muchos el mejor club de comedia del país. Fue una enorme alegría cuando me confirmaron que podía subir a ese icónico escenario con fondo de ladrillos a la vista.

Pero aún mayor fue el desafío de prepararme para cumplir ese límite estricto, que los responsables del lugar cuidan con celo y con un sistema de luces amarillas y rojas para que el comediante sepa que su tiempo se acabó y que, si no se despide, la música empezará a sonar como si estuvieras alargando tu agradecimiento en los Martín Fierro. Valió la pena: todo fue muy profesional y el público respondió con ganas.

Casi nunca sabés con quién te va a tocar compartir escenario ni de qué temas hablarán. Entre los 80 colegas con los que compartí estos 13 shows hubo de todo: viejos y adolescentes; hombres, mujeres y no binaries; pediatras y tacheros; peronistas y libertarios; argentinos y venezolanos; gente con traje y gente con rastas; algunos que recién empiezan y otros que hace 2 décadas vienen pateando este circuito.

Uno de los shows lo cerró Marco Antonio Castaño, un español buenísimo que venía viajando por todo Latinoamérica mientras se presentaba en clubes de comedia y contaba sus peripecias por redes sociales. Hay muchos así: emprenden un viaje y llevan su stand up a cuestas, con la esperanza de conseguir nuevos públicos (y también nutrirse de las experiencias de comediantes de otros lugares).

2 veces lo hice cuando viajé a Rosario: me contacté vía Instagram con distintos productores del circuito de stand up en esa ciudad, invité a familiares y amigos que viven allí, y voilà. Pero en diciembre viajé una semana a Monte Hermoso y la suerte no me acompañó. Busqué sin éxito algún circuito más o menos establecido de comediantes bahienses, para ver si podía sumarme a un show. No encontré nada.

¿Hay bahienses que hagan stand up? Sí, ya sé: el multifacético y genial Agustín “Soy Rada” Aristarán ha hecho entre mil otras cosas stand up, pero él juega en la otra liga de la que hablaba más arriba.

Yo quiero saber si hay 4 o 5 amateurs que cada tanto se junten en una cervecería de la avenida Alem, convoquen amigos y prueben chistes hasta que le encuentren la vuelta. Que bromeen sobre el pero bahiense y sobre la épica del cubanito. Un grupo al que pueda llamar la próxima vez que viaje a Bahía o a Monte y pedir que sumen mi nombre a su flyer.

Si hay bahienses haciendo stand up amateur, contáctenme, que al fin y al cabo fue para resolver este misterio que me tomé el trabajo de escribir estos 11.488 caracteres.


El autor

Oliver Galak nació en Bahía Blanca en 1976 y vivió en nuestra ciudad hasta 1994. Luego estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario e hizo la Maestría en Periodismo del diario La Nación, pero si hay que ser estrictos podría decirse que su primer paso por los medios ocurrió cuando dirigió Ni Idea, la revista que editaban los estudiantes del Ciclo Básico en los tempranos 90.

Como periodista profesional, trabajó -entre otros medios- en Radio Dos de Rosario y en las secciones de Política y Economía de La Nación. Desde 2012 se especializa en comunicación diplomática e institucional, habiendo desempeñado roles en las embajadas de Estados Unidos y del Reino Unido, además de en la Fundación Cippec.

Está casado y tiene 2 hijos. Le salieron porteños, aunque igual aprendió a quererlos: tanto, que ellos han sido su fuente de inspiración para algunos de los chistes con los que abre su monólogo de stand up.


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