📼🎼 Fito Páez en Bahía: ese Walkman, aquel amor, estas gracias

Publicado el 04/10/2026.

Por Manu Danza

Docente (UNS)


Yo tendría 9 o 10 años cuando a mi vieja Elisabet le regalaron un Walkman. Y con ese apego que tienen los chicos por las cosas de sus papás, una especie de extensión material del amor, me lo apropié como si me lo hubieran regalado a mí.

No sé cómo llegó a casa, pero había también un casete de El amor después del amor. Durante mucho tiempo, fue prácticamente lo único que escuché. Andaba con el Walkman para todos lados, gastando pilas y a veces rebobinando con una lapicera Bic, para no consumirlas y volver a escuchar las canciones que me gustaban.

Después, para mis 11 o 12 años, tuve mi propio Walkman. Llegaron otros casetes, otras canciones. Más tarde los CD y Circo Beat y Gustavo Cerati y Sueño Stereo. Pero esa es otra historia.

Primero fue El amor después del amor. Fito Páez había entrado en mi vida por aquel Walkman de mi vieja, y se quedaría para siempre.

También eran los largos y bastante pesados años 90.

Yo era un chico desafiante, díscolo y rebelde, con una masculinidad que evidentemente no se ajustaba demasiado a lo que otros esperaban. Y me lo hacían saber. En el barrio me decían puto, trolo, maricón.

Sobre todo, maricón. Era una palabra que se usaba muchísimo para poner bajo sospecha la integridad de cualquier varón. Porque me gustaba leer, escuchar música, bailar, enamorarme, llorar…

Y había una coincidencia extraña. De Fito decían cosas parecidas, aunque más fuertes. Que tenía sida. Que era drogadicto. Que era trolo. Que sus canciones eran satánicas. Todo ese repertorio absurdo y bastante siniestro de los 90.

A mí me importaba un carajo todo eso.

Estaba enloquecido con Fito Páez.

Lo seguía a todos lados.

¿A dónde lo iba a seguir? Vivíamos en Villa del Parque, un barrio donde recién habían puesto el asfalto. Había que cruzar el canal y llegaban 2 colectivos. Mi universo era bastante más chico que el mundo que aparecía en esas canciones.

Pero mi vieja, que tenía una polenta y una energía descomunal, tenía también una idea que nos inculcó siempre: había que intentar cumplir los sueños, perseguir el deseo.

Obvio que la criticaban por soñar en grande y construir castillos en el aire. Sea como fuere: había perseguir el deseo, nuestros sueños, porque alguna vez, quién sabía, podían materializarse.

Y vaya si algunos se materializaron.

Mi vieja era profesora de Letras. Daba clases en el secundario, criaba a 3 hijos varones, hacía lo que podía.

Y un día pudo llevarnos a ver a Fito.

Era mi regalo de cumpleaños. Ella iba con los alumnos del colegio La Piedad, donde trabajaba, y de alguna manera consiguió sumarnos a mi hermano Martín y a mí. Martín me lleva 1 año: él tenía 12 y yo, 11. Recuerdo que nos llevaron mis abuelos, nos dejaron con mi mamá en la puerta y los chicos de La Piedad nos hicieron pasar rápido: la estaban esperando, y en algún momento hasta nos cargaron a upa.

Así entramos al club Estudiantes.

Era la primera vez que veía a Fito. Una locura.

Pero una locura total.

Yo siento ahora que era muy chico, y que estaba al mismo tiempo emocionado y asustado.

Había una cantidad de gente que me parecía infinita. La gente fumaba, chupaba, prendía encendedores. Cantaba El amor después del amor. Había una mujer que gritaba como una loca. Fito tenía esos pelos largos que se movían mientras tocaba y en un momento levantaba las manos, hacía acordes en el aire y decía que podía expresar la música así.

Y entonces pasó algo incomprensible.

Mi vieja gritó:

—¡Fito, te amo! ¡Fito, te amo!

Martín y yo la miramos. No entendíamos nada. Pero nada de nada.

Nuestra mamá estaba gritándole “te amo” a un tipo que tocaba el piano a no sé cuántos metros de distancia, en un estadio lleno. Una mamá recién separada a la que no le escuchábamos decir “te amo” a nadie más que a nosotros.

Y ahora estaba ahí, gritando como una loca:

—¡Fito, te amo!

Durante mucho tiempo recordé la escena así: como una cosa graciosa de mi vieja.

Ahora tengo 42 años. Y recién ahora puedo entender algo que a los 11 era imposible entender.

Mi vieja tenía más o menos la misma que edad que yo ahora.

No era solamente mi mamá. Era una mujer joven, recién separada, con 3 hijos, que daba clases de Lengua y Literatura y todavía podía ir a un recital, emocionarse con una canción y gritarle “te amo” a Fito Páez.

Y era también la mujer que había hecho lo imposible para que sus hijos estuvieran ahí.

En pocos días se van a cumplir 4 años desde que partió mi vieja. Igual, algo de su vida continúa en la mía. Estudié Letras. Hice una licenciatura, después un doctorado y soy docente universitario. Tengo 2 hijos hermosos (Mateo y Joaquina) y a Anto, una compañera adorable.

Pasaron más de 30 años. Pasaron muchas cosas. Cambió Fito. Cambié yo. Tantas veces…

Y ahora volví a verlo. Sentía que tenía que ir.

No sabía exactamente por qué. Tal vez necesitaba volver a poner mi propia historia en perspectiva: ver a este nuevo Fito desde este nuevo yo. Tenía que ir con Anto. Ya no era el chico de 11 años que lo había visto en Estudiantes de la mano de su mamá. Tampoco Fito era aquel tipo de pelo largo que hacía acordes en el aire.

Pero en algún lugar seguíamos siendo los mismos.

En un momento, empezó a tocar Al lado del camino.

  • Video: Soledad Reuque-8000.

La versión era muy íntima. Y entonces Fito articuló:

—“Yo puse las canciones en tu Walkman”…

Hubo una pausa.

Un silencio.

Y algo me atravesó.

Porque sí.

Las había puesto.

Había puesto las canciones en mi Walkman, en ese Walkman de mi vieja, ese del que me había apropiado.

Las había puesto en esas tardes de angustia, de padres separados, de pilas gastadas y casetes rebobinados a fuerza de Bic.

Las había puesto en aquel barrio, en República Siria 1.653. Las había puesto en aquellos años en que me decían puto, trolo, maricón.

Las había puesto cuando yo todavía no sabía muy bien quién era ni quién iba a ser en la vida, mientras me rompía la cabeza “la melancolía de morir en este mundo y de vivir sin una estúpida razón”.

Había puesto las canciones ahí.

Y entonces grité.

No lo pensé. No decidí hacerlo. Me salió de algún lugar que no sé nombrar:

—¡Gracias!

Después me dijeron que se había escuchado. Rocío, la pareja de mi amigo Julián, estaba filmando, justo, desde muy lejos, y mi voz quedó registrada en el video.

Yo creo que Fito me escuchó. Estoy casi seguro.

Me parece que hubo algo en su reacción, una pequeña emoción. Tal vez algún día mire el video 100 veces y siga preguntándome si efectivamente me oyó.

Pero hay algo que ya no necesito comprobar.

Yo sí pude decírselo.

Aquel chico de 9 o 10 años no podía saber que algún día tendría 42. No podía saber que estudiaría Letras, que sería profesor, que tendría hijos, que atravesaría todo lo que atravesó para llegar hasta acá. Nada especial, lo mismo que muchos: “Hablo del peligro de estar vivos”.

Mucho menos podía imaginar que 30 y tantos años después estaría nuevamente frente a Fito y que Fito dispararía precisamente eso: “Yo puse las canciones en tu Walkman”…

En aquel primer recital, entre miles de personas, mi vieja había gritado:

—¡Fito, te amo!

Y sus 2 hijos la miramos sin entender nada.

Más de 30 años después, entre miles de personas, grité yo.

Pero no le dije “te amo”. Que también hubiera estado muy bien. Le dije:

—¡Gracias!

  • 👆 El video lo filmó Rocío Scoppa, pareja de Julián Kotliroff: el ginecólogo que trajo al mundo a los hijos del autor.

(Anto, Manu, Rocío y Julián. Foto: gentileza.)

Fito Páez volvió a la ciudad tras 11 años, y en el predio de la Corporación dio inicio a la gira nacional “Sale el sol”.

—Hay algo que no se puede explicar y está en nuestros corazones… —expresó el artista apenas hubo terminado el show—. El tiempo, las palabras y la música que nos enlazan en un para siempre improbable y deseado… eso sentí fuerte esta noche aquí… ¡noche vibrante donde renové votos de amor a través de tantos años volviendo a mi querida Bahía Blanca!


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