⛈🙏 Una lluvia fuerte, nada más

Publicado el 18/01/2026.

Por Sonia Budassi

Periodista y escritora


Hace 2 días llegó de visita, por primera vez, Julia, mi hermana menor, la paria, la casi no reconocida por mi padre, la que mamá odiaría si se hubiera enterado de que la tengo acá conmigo, pero mi madre murió hace mucho. En la ignorancia, quiero creer. Ayer nos dormimos tarde a pesar de mi trabajo pendiente; quise aprovechar el tiempo con ella, mañana corregiré todas esas pruebas, me dije. Mis hermanos no la quieren. Es lindo tener una hermana menor. Nunca lo había experimentado. Al enterarse, todos se enojaron menos yo, que dejé de ser, precisamente, la menor de los hermanos cuando nos enteramos de que ella había llegado “al mundo”, dicen ellos; “a la familia”, pienso yo.

El teléfono suena a las 7 de la mañana. A la distancia me repiten: “Comunicate por mensaje de texto”. Un sistema que no se usa de manera habitual desde hace mil años. Ahora es puro presente y prioridades impensadas. Porque la voz de Agustín, mi hermano mayor, suele ser tensa, como todo él. Se valora esa coherencia, la transparencia tan ambivalentemente suya, sus dobles discursos condensados en una misma línea de diálogo: en sus declaraciones descriptivas coinciden valoraciones contradictorias que evidencian la queja permanente, una vida percibida demasiado sacrificada.

No importa si está comiendo un opíparo desayuno en un hotel 5 estrellas invitado por la empresa: expresará fastidio con aura de agradecimiento en el mismo acto. Si le decís “qué bueno que estás en la fiesta”, dirá: “Llegué tarde, ando colapsado de trabajo”. Si comentás “ey, me alegran esas vacaciones con tus hijas y tu pareja”, responderá: “Bueno, después de sufrir tanto, igual se nos hizo corto. Un cansancio…”. Nada alcanza nunca.

A veces, Agustín se sale de control. Fabula. Exagera. Su vibración desesperante de esta mañana no debe indicar algo grave. Y quiero que mi hermanita siga durmiendo tranquila. Yo también tengo sueño. “Es una lluvia fuerte”, digo. “Nada más”.

Cuando era chica y mi padre le pegaba a mi madre, Agustín me mandaba al patio. Una forma de cuidarme, como cuando encerrás al perro y al gato en el lavadero durante las fiestas para que no oigan los estruendos de la pirotecnia. Algo así. Como si yo no me diera cuenta de lo que pasaba, él me arriaba afuera. Pobre, ¿qué otra cosa iba a hacer? Me hubiera gustado quedarme adentro, defender a mamá, y no ahí sentada sobre la baldosa, llorando con la tortuga al lado, que a veces mordía mi dedo y me hacía enojar. Ante mí ejercía una fascinación de reflejo deforme en esos instantes de mutua compañía, un extrañamiento de 2 forasteros de sí mismos y entre sí; qué lindo vivir con un caparazón.

 

(Ilustración: Julieta Lucero)

Cómo esas mandíbulas, en un ser tan pequeño, podían ser tan fuertes; cómo era posible que, durante meses, mi tortuga, un minidinosaurio inexpresivo, no apareciera en el jardín. “Manuelita” y su clan, sobrevivientes a crisis climáticas, sismos, volcanes y otros caos de la naturaleza y la cultura sin ser un desquicio repugnante como las cucarachas.

Cómo era posible que no hubieran muerto cuando todo muere, siempre, demasiado pronto.

Yo me quedaba con mi “Manuelita”, el olor de la higuera, junto a sus frutos podridos, invadidos por hormigas; mi madre se empecinaba en elaborar dulce: decenas de frascos, como quien acumula por si viene una hambruna más que para regalar, pienso, mientras miro la catástrofe en la tele.

El perfume se mezclaba con la dulzura excesiva hasta la bondad pura fantasía de los jazmines estrella. Me quedaba maldiciendo -siempre en silencio- a Dios y a todas esas cosas que me enseñaban en catecismo. Tanta era mi desolación que a veces mutaba hacia una fe absoluta. Llegué a decir a mis amigas de la parroquia de Santa Lucía, ahí cerca de la Escuela N° 1 y de la Estación Sud, que mis verdaderos padres eran la Virgen María y la catequista. No me avivé de que faltaba el varón necesario para “el asunto”: quizá creía demasiado en el Espíritu Santo y la Sagrada Concepción. Y no sabía nada del “asunto”. Y, además, querría ser poderosa y mágica como lo había sido Jesús.

Volvía adentro cuando mi hermano me indicaba.

La tele se pone peor: ¿Dónde saco a la nena para que no vea? Habito un monoambiente de 30 metros cuadrados. ¿Dónde podría mandarla para que no mire lo que necesito ver para saber qué está pasando o para intentarlo, al menos?

Estamos lejos de Bahía, donde vive su mamá y nuestro papá (un artista despreocupado de nosotros, por decirlo de manera amable), sus amigas y las mías.

Melina, otra hermana mía -y de ella; nuestra-, vive en el Caribe. Se escapó de Bahía y sus veredas escarchadas. Y de su viento huracanado, bipolar, inconstante, cruel. Bikinis, tragos y fiestas en atardeceres de mares turquesas. En su mundo pura imagen y trabajo sin francos de 6 días a la semana no existen derechos laborales ni bajas temperaturas a lo largo del año. Melina cambió: ahora, para ella, el frío son 20 grados. Y espera sus tsunamis. Con anticipación: compran agua y comida, suspenden actividades; eligen películas, preparan con regocijo sus plataformas de streaming. A salvo, se libran del trauma del shock. Las catástrofes previsibles no dejan de ser catástrofes. Pero las improbables, las inéditas, te dejan sin protocolo de acción.

No sé si mostrarle a mi hermanita, para que se entretenga, las fotos felices de Melina: temo que crea que la vida verdadera puede ser así. Temo arrojarle la maldición de la esperanza. Pero si mira a su tía y no la otra pantalla evitaré que oiga a un nene contar cómo a su abuela se la llevó la corriente, y a pesar de que lo intentó no pudo alcanzarla. Fue la última vez que la vio. Así evitaré que mi hermanita reconozca a nuestro primo en el techo de su casa de Ingeniero White llorar como se dice lloran los chicos: esa frase es arbitraria. La desesperación expresada en llanto rige en todas las edades, ¿por qué infantilizar esa inevitable necesidad? El puente que su madre cruza para ir de su casa al trabajo, quebrado, partido en 2 y más pedazos, como en una película catástrofe copiada de esta catástrofe y al revés.

 

(Foto: La Nueva.)

Le digo a la nena: “Quedate en el pasillo”. Le doy un juego de cartas, lápices y papel, dejo la puerta abierta y, aun así, siento la culpa de expulsarla.

¿Qué otra cosa podría hacer? Necesito el celular para mandar mensajes de texto, necesito la tele para saber todo lo posible de lo que pasa allá.


Antes de que se cortara la luz llegamos a leer la advertencia: era posible que el servicio 911 estuviera colapsado y Defensa Civil también. Desde la ventana del departamento que alquilamos en el piso 2 vemos el agua expandirse sobre la calle, subir a la vereda por donde caminamos cada día para ir a la universidad y al trabajo en el centro. Por suerte, el agua no nos llega, pienso fuerte, porque vivimos en edificio; yo que siempre quise vivir en un PH, nunca hubiera imaginado esto, una suerte mi deseo no cumplido.

Un auto flota, choca contra un árbol, se queda de trompa enterrado en el agua, la mitad afuera como un iceberg de metal en un flujo barroso. Petrificados, Juan y yo recordamos, con angustia, que en la otra cuadra, en una casita, vive un hombre solo. Juan dice: “Bajo a ver a José”. Es nuestro amigo del primero. “Vos quedate”.

Al rato oigo gritos del chalé de enfrente. José estudió para guardavidas, ha hecho temporadas en Monte. Pavura, taquicardia. Me acuerdo de aquel cuento que leímos en la secundaria, de Poe. El corazón del muerto sigue latiendo aunque esté oculto, escondido, enterrado; aunque nadie lo vea ni quiera oírlo.

Por la ventana yo sí veo: José con una soga, seguido por Juan, y por un desconocido. Cruzan transversal a la corriente. Terror de que se los lleve. ¿Cómo está mi mamá en Tornquist? ¿Esto habrá llegado hasta allá? ¿Los primos de White?

La hermanita de Juan se fue de la ciudad con mi cuñada, que vive en Buenos Aires. El zonzo de mi novio se niega a verla porque tiene otra mamá. El papá de Juan está acá pero nunca se ven; no me preocupa. Mi familia y los chicos sí: van en dirección al chalé con patio delantero. La puerta cancel no abre. Los 3 se agarran como en trencito. El agua les llega a la cintura. Si desde acá arriba no muero ahogada, será del susto. Todo rebalsa como cuando dejás la canilla abierta del bebedero del perro. Como cuando queda perdiendo la mochila del baño. Como cuando se rompe un caño en la cocina. No dispongo de una llave de paso para detener esto mientras los chicos avanzan. Uno sube por la medianera. Desde adentro gritan. La puerta, hinchada, no cede. El agua les sube: “¡Auxilio, nos vamos a morir!”.

Juan no mide el riesgo, Juan no mide nada. Y su equipo improvisado, tampoco. Juan trepa y sube al techo, el resto lo empuja desde abajo, la soga llega hasta él. La adrenalina para avanzar o huir; yo sólo testigo. ¿Cobarde? ¿Soy útil desde acá?

Al rato veo una persona que yace horizontal sobre ¿una tabla? Parece inconsciente. La dejan en el edificio de al lado, donde, parada sobre escalones, la recibe una chica mojada hasta el pelo y un varón la asiste. La persona parece revivir, la vecina la abraza y la carga como a una muñeca de trapo pesadísima y voluminosa hacia adentro, con la ayuda del hombre.

Los chicos vuelven a la carga. Ahora otra mujer sale del chalecito, el agua le llega al cuello, a los tumbos intenta mantener cierta estabilidad y ganar fuerza para avanzar, quizá en puntas de pie; no es tan alta como ellos. Con una mano se deja arrastrar con la soga. Por momentos queda con las piernas flotando como cuando yo de chica tomaba clases de natación y la profesora me hacía afirmarme con las manos sobre el borde de la pileta y patalear. Detrás, el desconocido trepa y se mete a la casa otra vez. Me asusto todavía más, tarda demasiado en salir. Sostiene un perrito por encima de su cabeza. Alivio. Aunque me enojo: son unos inconscientes.

Les grito desde la ventana y Juan hace señas. Van a seguir para el lado de Florencio Sánchez hasta alcanzar, imagino, al hombre de la otra cuadra. Hubiera preferido vivir en un contrafrente. Hubiera preferido no ver.

Si los chicos vuelven, seguro voy a arrepentirme de lo que pienso ahora y, con orgullo, voy a mostrar el video del rescate que grabé, desde la ventana, hasta que se terminó la batería.


Justo ahora vienen a pedir ayuda, cuando me estoy yendo por la medianera y veo al fondo el techo que será mi refugio como para un náufrago un tronco, una tabla flotante, para mí un puerto sólido, de material el galpón alto del fondo, la lluvia más fuerte ya paró pero sigue y sigue cayendo como una regadera electrónica, una constancia emperrada, y ellos gritan; sonido de golpes, de correntada, y de las gotas cerca de la oreja como una capa, un filtro de otros sonidos que logran meterse, se oyen menos pero se oyen, o quizá al contrario: se escucha más porque es un zumbido, y cada elemento más lejano sobreimprime su sonoridad; gritos de varón, otro de mujer, un crujido de lo que debe ser un desprendimiento, el vozarrón del viento, aullidos de perro, ¿si vuelvo sobre mis pasos podré llegar de nuevo hasta acá?, espero que mi nena esté con su hermana en Buenos Aires, que la mamá la haya dejado ir, si no se las arreglarán de alguna manera; la madre, como los gatos, siempre cae bien parada, giro pero no sé, seguro llega Defensa Civil y los salva, seguro algún otro vecino los salva, seguro Dios los salva, yo qué tengo que ver, ni siquiera creo en Dios y ellos siempre me cayeron mal pero no, ellos empezaron, si cuando me mudé para acá me miraban raro porque no soy del barrio, porque ando solo, porque creen que no trabajo, no tienen idea de lo que es ser artista, no sé, qué sé yo, mi amigo y colega, Damián, me decía que era idea mía, que la gente, incluso en Bahía, incluso en este barrio, ya no mira a nadie, no registra a nadie, a nadie le importa nada del otro, mirá que vas a tomártelo personal, decía Damián y para mí sí que me tenían idea y eso nunca cambió, cuando filtró la pared del fondo lo pagué yo enterito el arreglo, les pedí por las buenas y nada, me resigné, mi primo abogado que me dice no seas rata, hacete cargo y sacate el problema de encima, y cuando en otra oportunidad la raíz del árbol nos levantaba la vereda yo me ocupé de llamar a la Municipalidad y ellos ni cargo, además ponen la música a todo lo que da y no me dejan concentrar para pintar, les pedí de buena manera, bájenla un poco, una de las tantas veces me dijeron que sí pero a las 2 semanas lo mismo y así siempre, y les dije y me contestaron que yo oía muy fuerte la radio y la televisión, en realidad sigo las cosas por YouTube, para qué andar explicando y mejor no pelear, la lluvia sigue y avanzo, esos gritos son un castigo, no les puedo bajar el volumen, me hacen dudar, vuelvo un poco para atrás, me asusto, tendría que saltar por donde seguro hay cables, ellos tienen las ventanas selladas por eso quizá no pueden abrirlas, no pueden romperse fácil como las mías, y ellos cuándo me ayudaron a mí, deben tener algún martillo, el agua crece y va a chuparme, y para qué voy a arriesgarme si total todo el mundo debe oírlos, y seguro Defensa Civil, algún vecino, el 911, los viene a buscar.


Dedico este cuento, que es una ficción, a los héroes reales que rescataron a mi mamá, Rosa Esperanza, y a la persona que la acompañaba, Fátima Luna, y al cuzco “León”, el 7 de marzo de 2025. Arriesgaron su vida para salvar la de desconocidos. (Algo mil veces dicho, pero lo bueno, creo, no redunda). Fue en Caronti al 700, cerca del Paseo de las Esculturas. Y de ahí siguieron.

Lo que hicieron deja un rastro histórico, una reconfiguración de lo que es la solidaridad fuera de todo lugar común, en la biografía de mi familia y mis amigos y, ojalá, de toda la ciudad. Como ellos y ellas, hubo muchísimos más. Nunca terminaremos de valorar y agradecer sus actos tan benévolamente desquiciados. También, a la amorosa vecina que albergó en su departamento a los rescatados de la cuadra, hasta que pudieron evacuarse.

 

(El rescate de Rosa Esperanza. Foto: Sabrina Ruano)

Mi madre murió 1 mes más tarde. Le entusiasmaba la idea de volver a ver a sus valientes y nobles salvadores. Nos habíamos prometido que, cuando pudiéramos reconstruir su casa, yo iba a hacerles un asado y ella, una torta.

Gracias infinitas, Joaquín Salamanca, Joaquín Ornella, Aylen Ocampo, Emmanuel Trelles, Sabrina Ruano, Alejo Videla, Mauro de Angelis, Enrique Compostini, Ludmila Piñero, Patricia Martín, María Agustina Larriera, Lucrecia Abajo y Demis Castaño.


✍️ La autora

 

Sonia Budassi es escritora, editora y periodista cultural. Su libro Animales de compañía (Entropía) ganó el primer premio de Letras del Fondo Nacional de las Artes. Además, es autora de los libros de ficción Periodismo, Los domingos son para dormir y Acto de fe, y los de no ficción Donde nada se detiene. Literatura y el resto del mundo, La frontera imposible: Israel-Palestina, Apache. En busca de Carlos Tevez y Mujeres de Dios.

Participó en antologías nacionales y de España, México, Francia y Estados Unidos.

Dirigió la revista de Cultura de elDiarioAR; antes fue editora de Anfibia, Ñ y el sello de narrativa Tamarisco, del cual fue cofundadora. (Foto: Inés Budassi)

#LaBahíaDeSonia


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