Por Sonia Budassi
Periodista y escritora
Esta columna empieza mal. Porque confieso, di mil vueltas: cuando, después de mi cuento publicado en enero, retomé contacto y conocí gente nueva que salvó a personas queridas el 7 de marzo. Le dije a mi editor de 8000 que la escribiría. Luego dije que no, que no podía. Y que no quería. Si todo me hace llorar. Qué se puede escribir así. Pero él insistió y yo ya me había subido al caballo. Bajarme sería irresponsable.
Esta columna empieza mal porque, encima, esta autorreferencialidad. ¿A quién le importa mi yo con algo que nos pasó a todos?
Y esta columna también empieza mal porque voy a copiar, sólo al principio, algo que escribí, a 3 días de la inundación, en Revista Anfibia. No puedo reescribir de otro modo lo de aquella mañana. Pero lo que pasó luego, sí, porque la historia fue ganando voces, potencia, tonos diferentes. Capas de sentido y emociones. Personajes. Y sigue reescribiéndose en cada bahiense.
El 7 de marzo de 2025 yo dormía en el silloncito incómodo del departamento que habito en Buenos Aires porque mi gata Emma, odiosa ella, enojada porque la había dejado unos días sola para ir a Bahía, había hecho pis en la cama.
Dejé la habitación ventilando y cuando sonó el teléfono a las 7 de la mañana pensé qué bueno, así no me quedo dormida. Era mi hermana Nadia. Me alertaba sobre la lluvia tremenda en Bahía. Pensé qué bien, con la sequía enorme de todos estos meses.
Hoy pienso qué suerte tener un sillón, una gata, una cama, una hermana.
* * *
“Hola Sonia. Buenos días. Acá en Bahía llueve mucho y tenemos alerta. Los colectivos no andan. La cuidadora está complicada para ir a lo de tu mamá. Estoy quedándome sin batería. Los celulares no cargan”. Antes de las 10 de la mañana recibo, en Buenos Aires, ese mensaje de una de las empleadas de mi madre.
Mi respuesta fue lo suficientemente tonta y negadora, muy digna del inicio de una secuencia de ridiculeces y desesperaciones que duran hasta hoy.
―Hay que esperar, no se me ocurre otra cosa ―respondí.
―Están muy asustadas, el agua no deja de subir.
―Ahora la llamo a mi mamá y le digo que cargue el celular.
―No, Sonia. Tienen agua hasta las rodillas. Por La Escondida el agua ya llegó al techo. Dios quiera que esto pare pronto.
Se corta la comunicación.
Apenas tres minutos más tarde me llegan videos de la casa de mi madre, a 700 km de donde estoy. Se ve el agua a la altura de la mesa, y tapando las camas. Me siento como la receptora de un canal de noticias al que “la gente” manda sus denuncias y registros de tragedias. Pronto la sensación se evapora: lo que veo, en la distancia, me pasa a mí, es mi ciudad, es mi casa. Llamo al 911. Mientras, gugleo qué hacer ante este tipo de emergencias. Me felicito por tener aún teléfono fijo, dos armas en cada mano. Alcanzo a oír a mi madre. Dice que tiene frío, que el agua sube rápido. Me siento una mezcla de ministra Patricia Bullrich con exministro Sergio Berni, de pronto doy órdenes con una firmeza de la cual no me sabía capaz, y actúo una seguridad ante una situación que desconozco absolutamente. Imperativa, digo:
―Agarren una muda de ropa, la medicación y la llave de la casa de mi hermano. Es una catástrofe natural, qué va a ser. No llores, hay que actuar.
La respuesta son llantos y gritos. Tan efectiva no soy.
Y, como en las películas con guiones de impacto, se corta, de nuevo, la comunicación. Hubiera preferido evitar ese plot.
* * *
Spoiler alert. En ese texto, publicado el 10 de marzo de 2025, también escribí:
Mi madre está viva. Durante mil horas pensé que no: el agua le había llegado al pecho. La puerta de madera, hinchada, no se abría.
Hoy escribo: mi mamá está muerta desde el 12 de abril.
Es raro, aunque no lo pensemos tanto, lo de ver a un ser vivo que te habla, te abraza, te charla y tenés planes para la semana siguiente, y luego verlo cadáver. En mi caso pasó 1 mes y 5 días después de la inundación.
Aun sin muertos, a los bahienses nos sale, sin pensar, situar algunos eventos como antes o después de la inundación: AI o DI.
Mi madre, en sus últimos días, vivió la pavura de la catástrofe y el amor inconmensurable de la salvación y el cobijo inesperado de desconocidos; el reencuentro con sus hijos y nietos después de aquel día. La esperanza, quiero creer, de que yo (que había ido a Bahía el 13 de marzo pero tuve que volver a Buenos Aires) la vería en pocos días y festejaríamos juntas las Pascuas, nuestra fiesta favorita.
Elogiamos el pescado bahiense en nuestra última feliz conversación. Tenía tantas ganas de volver a su casa, y yo de verla.
* * *
Esta es otra historia de nuestra inundación. De sobrevivientes y zombis como yo, de muertos; de vivos, fantasmas, ángeles y héroes. De seres que nos sentimos, un poco, a mitad de camino.
De las cosas que pasan tras bambalinas en el teatro del drama que irrumpe en nuestras simples vidas cotidianas, el backstage impensado donde los no actores deben salir a escena si quieren y pueden. Y se animan a improvisar.
* * *
Enero de 2026.
Que no suene egoísta.
Eso me dice Joaquín Salamanca, uno de los que salvó a mi mamá, después de admitir que, con el grupo de rescate improvisado en Caronti al 700, se juntan a tomar algo, a comer, y a veces comentan:
Ese día se perdió muchísimo pero nosotros ganamos amigos.
Joaquín es de Jacinto Aráuz y vino en 2019 a estudiar Administración, como varios de la zona. Vive con Sabrina Ruano, ya martillera, de Darregueira: en aquel entonces, en el edificio de enfrente de mi casa. Bueno: de la casa de mi mamá, Rosa, que murió días después; de la excasa, porque quedó inhabitable.
Sabrina tomó las imágenes de aquella mañana. Las vi a los pocos días. No nos conocíamos.
La calle: un río.
Un iceberg el auto enterrado de punta hasta la mitad, como una tabla de surf que no flota, objeto averiado con ruedas, apenas asoma el baúl. Luego supe que el coche pertenecía a María Larriera, vecina con quien mi mamá solía juntarse a tomar mate. No sé por qué, mi madre la llamaba “Gusti”.
Sí, es realmente increíble que en las calles que caminás todos los días teníamos 1 metro 80 de agua. Cuesta creer e imaginarlo.
Dice Joaquín.
Sabrina registró, desde su celular, a los chicos mientras el agua les llegaba a las axilas; mientras trepaban al techo, mientras empujaban una tabla que supo ser un silloncito de madera donde yo conversaba con mi madre, entre mates o café con leche y picoteando masitas Lincoln o torta con dulce de leche. Ella se quejaba de cosas -de que yo no quería compartir el mate para no transmitirle ninguna bacteria ¿o virus?, de que no la visité antes, de que tengo mal el pelo y tendría que haber ido a la peluquería, de que estoy demasiado flaca y fea y no puedo estar así vestida como varón, con esa camiseta de Independiente, ponete ropa más linda, que la tenés, ¿Necesitás que te compre algo?, y comentaba al pasar, frente a otro, que en aquella entrevista Sonia sí estaba mejor, bien vestida, con una blusa. Y qué horror que cuando salen del boliche tiran las botellas en el cantero, y qué se puede hacer con eso. Y me elogiaba mi libro más nuevo, “es de lo mejor que escribiste”, y yo sentía que no, y se apasionaba con datos sobre animales y viajes y, orgullosa de sus nietos, enumeraba los logros de cada uno, y mostraba lo último que había leído y los ejercicios de las clases “de cognitiva”, en cuadernos donde luego la humedad lavó la tinta y disgregó las partículas de papel.
En las imágenes de Sabrina, mi madre, viva, arriba de nuestro banco. Recostada sobre una camilla flotante.
En tiempos de odas a la “reutilización” ecológica, la versión triste de la reconversión urgente, desesperada, de lo conocido. El perrito León encaramado.
León es de esos cuzcos chantas que siempre caen bien parados. No como la gata Irina, que por gata tendría que ostentar ese mote. Ella agredió a Emmanuel Trelles, su rescatista. ¡Qué desagradecida! Sufriría, pienso, de aquellos impulsos defensivos de cuando nos gana el terror y se vuelven ataque. Siempre se caracterizó por distinguida, carismática y orgullosa a la vez, a pesar de exhibir una fisonomía del montón, lo cual no es poco; los gatos son lindos todos, los perros también.
Irina siempre manejaba la escena. Debió pensar: no necesito ayuda, por algo conseguí pasar de gata abandonada sin clase, sola, a ser dueña de casa, bautizada con nombre ruso brindado con amor y trato privilegiado, de zarina, que rima, claro, con Irina.
María Larriera solía a juntarse a tomar mate con mi mamá y terminó refugiada en el mismo departamento, el de Lucrecia Abajo:
Cuando me vio, su alegría de que yo estaba ahí con ella era total. Qué desastre, me decía, y me mandaba al segundo piso, donde había una vecina con una ventana, para ver cómo seguía la gata Irina. León estaba con nosotras, pero la gata había quedado en la torre de atrás…
Muchos la dieron por muerta.
Pero Irina sobrevivió al 7 de marzo.
Días más tarde, en la casa de mi hermana Nadia en el barrio Santa Margarita, porque la de mi madre se volvió inhabitable, recibió el zarpazo de otro gato y perdió un ojo. Tuerta, sangrante, corrió para escapar de su inesperado agresor, con tanta mala suerte que la atropelló un auto y le quebró la mandíbula. Su rostro quedó no solo chueco, triste de ver, sino imposibilitado de comer.
Sobrevivir tiene un costo.
Las secuelas, ¿pueden medirse?
* * *
“Hoy te convertís en héroe”, le dijo Javier Mascherano al arquero Sergio Romero, que debía atajar penales en la semifinal del Mundial 2014, un 9 de julio, en Brasil, contra Países Bajos. El desenlace marcaría avanzar hacia la final, acercarse a ser campeón, o volver sin el título.
La frase se volvió popular de inmediato. Se repitió hasta llegar al límite del cliché, del lugar común, de decirla tanto que ya no implicaba casi nada, de esos chistes lavados porque te animás a hacer el mate cuando al resto le da fiaca.
En la ciudad de Bahía Blanca, República Argentina, el 7 de marzo de 2025, un año atrás, se resignificó.
La cosa heroica en Bahía no fue declarativa sino pura acción. No frente a una posible victoria deportiva. Sino ante el paisaje catastrófico. Entre el instinto de supervivencia apareció otro, más extraño.
Todavía no pude pensar, ni estudiar, el porqué de la extrema solidaridad, surgida de pronto, inaudita.
¿Qué clase de locura bondadosa se apodera, de una manera abrupta, de ciertas personas que dejan lo propio para ayudar y salvar a los demás, aun a riesgo de morir?
Si hubiéramos podido elegir, habríamos preferido que nadie se convirtiera en héroe. Que todo siguiera más o menos igual, sin experiencias traumáticas compartidas, sin enormes gestas, sin encerronas de viento y agua ni amenazas de cables ocultos, sin faltas de refugio y comunicación, sin tanta oscuridad y frío y miedo a no ver más a alguien, sin perder nuestra comida, muebles, trabajo, plazas donde ir a jugar, y sin saber en cuerpo y mente que, de un día y para siempre, no todo puede planificarse. Y que nada sería igual.
Pero algunos eventos no se eligen.
Las decisiones de qué hacer, a veces no, otras sí.
* * *
¿Cómo podría sonar egoísta que construyeran amistad personas como Joaquín y tantos más, que literalmente -repito, reitero, redundo pues todavía no lo puedo creer; el shock persiste- arriesgaron su vida en medio de la correntada para ir casa por casa a rescatar gente?
Me refiero a ellos, aunque no todos sigan en contacto: Joaquín Salamanca, Joaquín Ornella, Aylen Ocampo, Emmanuel Trelles, Sabrina Ruano, Alejo Videla, Mauro de Angelis, Enrique Compostini, Ludmila Piñero, Patricia Martín, María Agustina Larriera, Lucrecia Abajo y Demis Castaño. Y seguro muchos más.
Mi mamá fue la primera afortunada. Al dejarla en el edificio donde Lucrecia amparó a otras personas, el grupo comando siguió por otros hogares, entró por techos, ventanas, por donde se pudiera, y según oyeran gritos.
Algunos emergían de las voces de vecinos desesperados, otros de quienes, al resguardo, indicaban dónde vivía gente sola.
Una de las mujeres a quienes encontraron les habló en ruso.
Debía ser una adulta mayor, porque cuando horas después la buscó su hijo, vi que él también ya era un hombre.
Dice Joaquín.
Aquella mañana rescataron a 15 personas.
Ese tipo de escuadrones de la vida surgieron en cada barrio, en toda la ciudad.
Algunos brindaron refugio, otros cocinaron, repartieron viandas; médicas como Patricia Martín asistieron a la gente evacuada de forma improvisada.
Días después, otros ordenaron donaciones, caminaron nuestras veredas quebradas, barrosas y, al ver esos séquitos tristes y enérgicos, en las puertas de sus casas, baldes y secadores en mano, sacando una tierra nunca vista, mezcla de residuos, combustibles, grasitud inconmensurable, tirando muebles destruidos, colchones, ropa y almohadones mojados, una imagen apabullante, desoladora, la sensación de que esa tarea nunca podrá resolverse, se ofrecían a ayudar. Y cumplían. Aliados nuevos para cargar, mover, limpiar, tirar, secar. En viviendas de gente, hasta aquel momento, desconocida. La cooperación espontánea; donde sólo se pregunta: “¿En qué puedo darte una mano?”.
* * *
Hay relatos que sólo pueden contarse uniendo fragmentos, oyendo voces. Relatos que son uno, gigante, formado por cientos de miles.
¿Eso es una comunidad?
Hay relatos que son constelaciones, como de alambre tejido, de mediasombra que ampara o contiene, de red de pescar, de tejido de adornos atrapaángeles colgados en un balcón. Del circuito invisible del recorrido de la ronda del mate. Que también tironean, tensionan.
Desde Buenos Aires, yo veía en redes y TV lo que pasaba. La catástrofe televisada versus el silencio personal, interpersonal, familiar. Nadie atendía el celular. Las rutas de acceso cerradas.
Antes de que se cortara la comunicación, vi los videos de la casa de mi mamá, el agua subía demasiado rápido, fue tonto decirles suban a la cama; el agua la había tapado. Y a la mesa. Las oí decir: “Nos vamos a ahogar”.
No pude seguir trabajando en todo el día; una banalidad, ¿qué hacer, más que llamar una y otra vez a celulares mudos?
Un amigo periodista había organizado para esa noche una pequeña reunión. Le dije que no iría. Luego que sí. No sé qué hacer, le dije, pasan las horas y no sé nada de mi mamá, de mis hermanos, de mis amigos. “Venite y te hacemos el aguante”, dijo. Con culpa, enfilé a su casa. Éramos pocos.
Cuando recibí el mensaje de que mi mamá ya estaba evacuada, gracias a la labor de todas esas personas y el rescate final de mi hermana, nos abrazamos pero nadie sabía bien qué decir mientras yo, para variar, lloraba.
* * *
¿Es posible enumerar cada escena? ¿Un suceso que se estira y nos aleja un poco y a veces rebota y vuelve, como un chicotazo, a pegar en los daños residuales, en el recuerdo de lo vivido, y el puro presente y el ímpetu de avanzar?
* * *
Joaquín Salamanca, junto a su tocayo Ornella, más Emmanuel Trelles y Demis Castaño arrancaron con el arrojo frenético, urgentísimo. Luego, otros continuaron con mil tareas.
Lucrecia, la contadora que alojó en su pequeño departamento a tantas personas, hacia el final de nuestra charla se alegra cuando le digo que es una gran narradora oral. Valoro el detallismo de su relato y lo inconmensurable de su obra. Sabia, dice algo que sentimos todos: lo que pasó es “intransmisible”.
* * *
Muchas personas en Bahía decían y dicen:
No hay más ganas de hablar de esto.
Y otros:
Tenemos que hablar mucho de lo que nos pasó.
* * *
Lucrecia se despertó como a las 5 de la mañana por el sonido de la lluvia.
Realmente era ensordecedor, pero jamás en mi vida me hubiera imaginado lo que se iba a venir después.
Volvió a dormirse y a las 8 se despertó con el llamado de su madre, que le preguntó si estaba bien. ¿A qué se debía la pregunta?
Fue la última comunicación que tuvieron por varios días.
Abrí la persiana y vi vecinos abajo, el agua casi hasta la rodilla.
Ninguno se imaginó que iba a seguir subiendo.
Empezamos a traer a los chicos de abajo; Agustina, que tiene a su nene y el marido, a los perros. Cuando nos quisimos acordar vino la siguiente oleada, que fue como 1 metro más de agua.
Ya eran varios en aquel primer piso. Veían cómo iban desapareciendo los números de las direcciones de las casas de enfrente, cómo llegaba a las ventanas, y la correntada arrastraba los autos: el de Lucrecia, el de María, pero pasado el primer momento ya no les importó.
Empieza a llegar gente toda mojada, algunos vecinos conocidos, otros no, chicos que estaban rescatando gente. En un momento llega una señora grande, toda mojada, sólo con un bolsito en la mano que no soltaba por nada, que era la mamá de José, que vive a la derecha de mi departamento.
Imaginate que yo vivo sola, así que nada, tengo 2 toallones, 2 frazadas…
Después al rato cayó Rosa, tu mamá. Venía envueltita en una frazada. La habían traído flotando a modo de camilla, creo que era una tapa de una mesa o una puerta, si no me equivoco. Toda empapada, con Fátima y León bajo el brazo, así que también cayeron pobrecitas todas mojadas.
A Rosa le di mis pantuflas para que pudiera sacarse esos zapatitos mojados que tenía.
Alicia, otra vecina, zafó de 3 metros de agua, saliendo por 3 techos. Su perra saltó al agua mientras ella trepaba. Al rato la vieron desde el balcón. Nadaba. Flotaba. Y los chicos del departamento bajaron y se metieron para salvarla.
Ya eran 4 perros en el departamento de Lucrecia. Mi mamá me lo negaba, pero parece que sí: León se portó un poco mal. Chiquito como era, se creía del tamaño de su nombre, y peleaba a los demás.
Las horas pasaban y el frío y el hambre crecían. Como había empezado a la madrugada, estaban todos en ayunas desde la noche. Y a las 13 el agua seguía subiendo.
La heladera de Lucrecia, casi vacía, y ni un paquete de fideos o de arroz.
Me siento identificada: me hubiera pasado lo mismo.
Lucrecia hizo mate en un jarrito, porque no tenía pava, y se avivó. Con harina, agua y huevos se puso a cocinar una torta. Mi mamá me había dicho que estaba muy rica. Me acuerdo y, otra vez, la extraño y lloro.
Ahora en marzo, Lucrecia confirma que sí, que ese bizcochuelo era una delicia.
Se acercaba la noche y ya no había agua en el baño.
La situación me empezaba a preocupar. Las personas como tu mamá, que estaba sin la medicación. Cómo haríamos para dormir todos acá.
Cuando bajó el sol, algunos intentaron volver a sus casas pero no se podía entrar, el barro era demasiado.
En el momento de la adrenalina, se jugó la negación. Mi mamá, dice Lucrecia, se preocupaba por sus muebles y la vajilla, sin darse cuenta de que ya todo estaba destruido. Cuando Fátima, que la acompañaba, le pudo conseguir un abrigo, la retó: esa campera era “de salir”.
Mientras pasaba esto, yo, desde Buenos Aires, mandaba mensajes de texto. Llamaba. Volvía a llamar. No sabía dónde estaban mi mamá ni el resto de los míos. Mi hermana Nadia, poco prudente, desesperada, dio mil vueltas en auto alrededor de los puentes quebrados que dividían la ciudad, para intentar acercarse, sin resultados.
En un momento pude contactarme con mi expareja y gran amigo, Sebastián Morfes, que, también imprudente y arriesgado, se mandó a pie a buscarla, hasta que el barro y el agua le impidieron avanzar.
* * *
Ya muy de noche, a oscuras, escuchamos los gritos de alguien que venía caminando. Porque empezó a pasar eso: empezó a venir gente gritando, buscando a sus familiares. Así que si no recuerdo mal, Paloma, amiga de alguno de ustedes, pasó gritando por la vereda a ver si Rosa estaba en algún lado.
Dice Lucrecia.
Era una locura. En medio del barro, gente gritando, buscando a sus familiares, terrible, algo impensado. Y la gente gritando estoy acá, estoy allá.
Paloma Schvartz es amiga de mi sobrina Lara, otra de las campeonas en esta historia.
Lucrecia le pasó a mi familia el teléfono de su mamá, por si había señal, para que le avisaran que estaba bien.
Esa fue la primera noticia que tuvo después de todo el día. Fue la salvación, porque si no, no sé cuándo ellos hubieran podido tener noticias mías, porque yo seguí sin poder comunicarme por 3 días.
* * *
Enero de 2026.
Joaquín Salamanca, uno de “los chicos” del salvataje de Caronti al 700, me invitó a sumarme a tomar algo con ellos mientras yo, re pesada, seguía preguntando sobre sus vidas.
Antes de que mi madre muriese, yo les había prometido que, cuando lo peor pasara, los invitaría a comer. En aquella casa que quedó inhabitable teníamos una parrilla que ya sólo usábamos nosotras 2. En realidad, mi mamá me dijo que iba a hacerles una torta, y yo, sin saber que eran sus últimos días, y creyendo que íbamos a poder reparar tantos daños de la vivienda, iba a cocinarles un asado.
Te paso una entrevista que no sé si alguna vez te pasé.
Dice Joaquín.
Es del 10 de marzo de 2025, en Darregueira Noticias. Oír en esos relatos, tanta vitalidad postraumática…
Para esa nota, apenas 3 días más tarde, Emmanuel Trelles, acompañante terapéutico y docente, dibujó, creativo y talentoso, la primera escena de aquella mañana para que no se le escaparan cosas. Lo dibujado: nombres, flores, mi mamá en la camilla improvisada, árboles, nubes, truenos, un sol espiralado, personitas entre las olas, y en la ventana de un edificio. Y hasta una víbora.
Las alimañas, roedores y todo tipo de animales viajaron kilómetros arrastrados por la corriente. Y muchos cuzcos de departamentos aprendieron, como la perra de Alicia, a la fuerza, a nadar.
* * *
Cuando fui a 2Museos en julio de ese 2025, durante el Festival Nacional de Literatura realizado en Bahía por gestores culturales y escritores locales y la Fundación Filba, una muestra me impactó.
Participé, entre otras actividades, de la mesa “Memorias del agua”, junto a los poetas Marcelo Díaz, Lucía Bianco y Sebastián Morfes.
Allí pude ver una exhibición que mezclaba artistas consagrados con obras de los talleres para adultos con discapacidades, según me contó Marcelo, el director. La consigna propuso escribir qué es un puente, pensar para qué sirven.
La capa de profundidad de aquella intervención, inteligente, sensible, invitaba a pensar y recrear nuevos sentidos alrededor de esa palabra y de nuestros puentes rotos.
La obra de Emmanuel podría haber formado parte de la muestra: arte, archivo, imaginación y memoria en un papelito dibujado con lapicera. Algo que con mayor o menor pericia artística podría crear, quizá, cualquiera de nosotros.
¿Cómo pudo Emmanuel elaborar de ese modo brillante esa escena? La estupefacción de quien mira alrededor sin saber bien qué pasa, la igualdad entre los animales y nosotros que, bajo la tempestad, padecimos, de manera explícita, todo el peso, al mismo nivel.
* * *
Durante un año noté reacciones diversas.
Quienes dicen tuve suerte, a mí no me pasó nada.
“Nada” resulta una palabra demasiado gigante: por menos que te haya tocado, algo te pasó, nos pasó.
Eso no niega la declaración legítima. Puede leerse, quizá, bajo el tamiz del injusto sentimiento de culpa de quien la tuvo mal pero no tan mal. Como, se ha estudiado, padecen los sobrevivientes. Que se preguntan, apesadumbrados, ¿por qué ellos y no yo?
Jamás vimos la ciudad así; desesperados cada uno, a pesar de los matices. Las diferencias de grado y de naturaleza. La angustia de quedar, como nunca antes, incomunicados tanto tiempo. Las escenas tristísimas del frío, la angustia, la muerte, preferible no evocar esas imágenes ahora. Existe el fuerte recuerdo de las historias de los fallecidos.
* * *
Repaso lo dicho por aquellos a quienes no les pasó nada.
Vaivenes en pocas horas; ir de la incertidumbre absoluta al pequeño discernimiento: transcurrir desde la incredulidad a la sorpresa. No poder entender ni explicar. Del pensé que era una lluvia muy fuerte, nada más, a la noción cabal de lo ocurrido.
Pablo, uno de mis hermanos, vive en el Barrio Patagonia, que por su ubicación no fue de los más afectados. Se animó a salir en bici, ante la falta de electricidad, señal y agua corriente, a buscar a mi mamá. Y, supongo, como otros tantos, a amigos y parientes, y descubrió la gravedad a medida que avanzaba.
La plaza que no era más plaza, el puente, un cráter, la calle partida al medio, la calle un canal de agua y barro, la bicicleta de la cual debía bajarse porque la corriente, por momentos, y los pozos, por otros, los fondos de mugre y cables, no dejaban avanzar. Cosas así, en los casos “leves”.
¿Es posible hablar de no me pasó nada a mí cuando las preguntas ese día eran ¿mis queridas y queridos estarán bien? ¿mis compañeros? ¿mis vecinos? ¿mis amigos??
Algunos decían y dicen no sufrimos pérdidas, aunque en realidad todos las padecimos. Quiero decir, en busca de una esquiva, quizá imposible, precisión: algunos no tuvieron muertos cercanos, es verdad. Pero los muertos de la ciudad, aunque desconocidos, son de todos; aunque no puedan compararse las experiencias cercanas, familiares, y las subjetivas. Sabemos, más que antes, que la fragilidad acecha.
Sabemos: quienes tienen viviendas más precarias, menos recursos, siempre, siempre, sufren mayores daños.
* * *
En diciembre de 2023 pasamos la destrucción extrema del viento. Nunca habíamos visto árboles raíces al cielo. El viento tan conocido, doblegándonos.
Jamás nos había pasado el paisaje de colchones en serie, como un dominó, en las veredas; oficinas improvisadas de ropa, paquetes de fideos, bidones de agua. Kilos de desperdicios acumulados que, apenas días antes, estaban vivos; utilizables, prácticos, en nuestras habitaciones, cocinas, patios.
La sensación de abrir el cajón de la mesada, de la mesita de luz, meter la mano y que adentro hubiera agua junto a la caja de fósforos, los pañuelos, el reloj…
Podría ser descripción cosmética y no: cambió nuestro mundo doméstico, cotidiano, objetos que formaban parte de nuestro refugio, desfigurados.
* * *
Perdimos las fotos de nuestras vidas. Las de la abuela, la prima, la amiga de la infancia del acto escolar, la mamá, el papá, la formación de todos los del curso a fin de año, la tortuga come lechuga: sólo podíamos recordarnos ahí por aquella imagen. La comunión de un amigo en la capilla de Santa Lucía, el casamiento de la tía más copada y pesada de tan religiosa en la Catedral. La foto de despedida de ese cuñado en la conscripción. La recibida de la cuñada. Los nenes en el subibaja de la plaza Brown, que se quedó sin árboles. Aquellos parientes, irreconocibles desde antes, ahora ya fuera de registro, o como si no hubiesen sido registrados jamás. Quedaron manchas, basura, buracos, nada; antes eran momentos, esas fotos.
Las fotos que salvé de la casa de mi mamá olían a podrido y a tóxico químico; una mezcla nauseabunda. Si abrías las ventanas, tampoco es que recibías un aire prístino. Les apunté con un secador de pelo. No siempre funcionó. Se pegaban con las otras. Las que zafaron exhiben bordes burbujeantes, multicolor, hacia un contorno desvanecido donde los límites de personas y plantas o paredes se disuelven. Difícil despegarlas y desplegarlas, porque pocas superficies conservaban sequedad o pulcritud.
En la casa de mi mamá no había ni un rincón donde sentarse. ¿Cuántos meses tuvimos que convivir, por más que fregáramos, con esa mugre?
* * *
Enero de 2026.
Escribí un cuento para 8000. Una ficción. Con disparadores de cuestiones reales, y especulación basada en lo visto, vivido y oído.
En relación a una escena, imaginé la bronca posible de madres, tíos, amigos, para con los rescatistas, por haberse arriesgado así con desconocidos en lugar de haberse cuidado para asegurarse la supervivencia y volver a encontrarse con sus seres queridos.
Días más tarde, recibí varios mensajes de personas que no conocía, pero con las cuales, sin saberlo, ya estaba relacionada. Y agradecida para siempre.
Uno decía:
Me permito felicitarla. Lo leí y me emocioné al igual que ese día de marzo, que mi hijo me llama y entre emoción y susto me cuenta que habían podido rescatar a una señora, la primera. ¡¡Hermoso su escrito!!!! Emociona hasta las lágrimas. Le mando un abrazo y le cuento que soy la mamá de uno de esos chicos. Joaquín Salamanca. Un beso grande y para el alma de su madre, que seguramente está en los brazos de nuestro Señor.
Leer a Marisol Bonjour, para variar, me hizo llorar. Tanto, que no pude responder sino horas más tarde.
No se enojó con su hijo como estimo lo hubiera hecho yo en su lugar. Marisol le avisó, aquel 7 de marzo, que desde el Municipio de Aráuz habían mandado una combi para que pudieran regresar. Habló con la coordinadora para que esperase a su hijo, pero ese hijo, qué ganas de hacer renegar a la madre, luego se arrepintió:
Joaco me dice que está con los chicos que ayudaron a sacar las personas. Me pide avisale a la de la combi que no voy a ir. Y yo le digo: ¿por qué no? Porque me voy a quedar, hace falta gente para colaborar. Y dice: Gracias a Dios nuestro departamento está en un tercer piso. No tuvo ningún daño. Pero hay gente que necesita ayuda.
Lo re apoyé. Yo soy bombera voluntaria hace muchos años. Amo el servicio, ayudar. Hay que estar. Entonces cuando él me dijo eso, dije: sí, Joaco, quedate.
* * *
Dije que esta columna empezó mal. Ahora no sé cuándo termina ni cómo, porque, delirante o realista, fantaseo con que podría ser una continuidad, una conversación que viene desde hace mucho, mucho antes. Escenas compartidas, y únicas, donde participamos un montón de gente. Las cofradías de la calle Caronti y las de cada rincón donde, sin pensarlo mucho, se ayudó, y se armaron grupos un día, y otro, y otro. Ojalá aquel impulso nunca cese.
No soy optimista ni romántica, tampoco sé si de estas cosas se sale “mejor”. Sé que el dolor queda.
Las secuelas persisten en la arquitectura urbana, en la subjetiva, en la relacional. Junto a la noción, aunque suene cursi, de que existe un otro, una otra, que abraza y ayuda; que intenta a pesar del riesgo, que apuesta aunque fracase.
También es cierto que muchos no podemos evitar despertarnos sobresaltados a las 5, a las 7, a las 9, cualquier día, en la evocación inconsciente del estruendo de la lluvia, o de aquel llamado de una alerta que no podremos olvidar jamás.
La autora
Sonia Budassi es escritora, editora y periodista cultural. Su libro Animales de compañía (Entropía) ganó el primer premio de Letras del Fondo Nacional de las Artes. Además, es autora de los libros de ficción Periodismo, Los domingos son para dormir y Acto de fe, y los de no ficción Donde nada se detiene. Literatura y el resto del mundo, La frontera imposible: Israel-Palestina, Apache. En busca de Carlos Tevez y Mujeres de Dios.
Participó en antologías nacionales y de España, México, Francia y Estados Unidos.
Dirigió la revista de Cultura de elDiarioAR; antes fue editora de Anfibia, Ñ y el sello de narrativa Tamarisco, del cual fue cofundadora. (Foto: Inés Budassi)
#LaBahíaDeSonia
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