🎂🍾 Muchos cumpleaños y ningún funeral

Publicado el 19/04/2026.

Por Sonia Budassi

Periodista y escritora


Bahía no se muere nunca. Parece.

Seguimos festejando que nació.

¿Los cumpleaños son la contrapartida del funeral o van por caminos paralelos, como la avenida Alem y su pretendida aristocracia, y la calle Estomba y su onda más barrosa, más cocoliche sin estridencia, más así nomás?

Aunque, digamos todo: ¿no hay edificios nuevos y horribles a cuadras del Teatro Municipal, moles toscas, sin gracia, que se ven carísimas?

El rito del drama adolescente

¿Y vos? ¿Y nosotros, y yo? ¿Nos gusta festejar nuestro cumpleaños como nos gusta festejar el de Bahía? ¿Cuántas veces imaginaste tu funeral? El de Bahía seguro que nunca. Si los pueblos originarios le decían “Tierra del Diablo”, también podríamos extender el asunto a “Yerba mala nunca muere”.

Dicen que los adolescentes a lo largo de la historia de la Humanidad, aun cuando no existía la categoría infancia ni adolescencia, imaginaban las maneras de la propia muerte, sus secuelas y rituales.

Algunos dejan el drama en aquella época declaradamente dramática. Otras y otros se quedan así para siempre, exagerados. Quizá todos jugamos con eso por un rato:

¿Quiénes te van a llorar?

¿Quiénes van a faltar?

¿Quiénes no van a enterarse de tu muerte?

¿Quiénes no van a ir a Bonacorsi o Ferrandi, si es que acaso los que quedaron y quieren, pueden pagarlo?

¿Van a llevarte flores o los sobrios “Pétalos de Vida” de la Cooperadora del Hospital Municipal?

 

(Ilustración: Julieta Lucero.)

Otros no nos damos, ya, tanta importancia. Pero a los cumpleaños, quizá, sí.

Ya se sabe que Bahía cumple en abril, yo sé que cumplo en marzo, que vos en junio, vos en diciembre y así. Y que a todos nos gustan tener un feriado. Aunque no sé si todos gustan de cumplir años. Hay quienes preguntan a otro la fecha de cumpleaños para calcular, con disimulo, el signo del zodíaco.

El cumpleaños: agarrarse a una excusa para celebrarse. ¿Quién habrá inventado eso que hoy es un lugar común y vital? ¿Quién inventó que los cumpleaños están para festejar? ¿Quién fue el primer humano en registrar las fechas de nacimiento para la posteridad?

Los cumples pueden ser un mimo, una fiesta, una resistencia. Un ejercicio de libertad: no celebrar como se espera; irse a otro lado. O armar un evento diferente; el permiso de hacer, si resulta posible, lo que no se te permite otros días.

Mi mamá decía, exagerando, que consideraba esa fecha como “feriado nacional”. Yo este año no festejé pero, como soy monotributista (o “independiente”) trabajé extra el fin de semana para dejarme un rato para, el lunes de mi cumple, hacerme el regalo de dormir un poquito más. ¿Por qué pesa más ese gusto en aquel momento y no otro día?

Los cumpleaños como un ritual de mil variantes. Y con sus protocolos. De chicos mostrábamos las tarjetas de invitación, impresas, de nuestros compañeritos de la escuela como prueba de que, en efecto, estábamos invitados. Y debía haber globos. Y si tenías suerte, al irte, te llevabas una bolsita con caramelos y quizá un souvenir.

La costumbre del souvenir cambió de forma, nada más. La heladera de la casa de una amiga se cubre casi por completo de rostros de niños amigos de su hija bordeados de almanaques, otros son sólo un imán con el nombre del pequeño homenajeado y la fecha.

Problemas de cumpleaños: recordar, olvidar, ignorar

¿Te hubiera gustado que aquella persona que conociste en el Club Universitario, y con quien no te contactaste nunca más, supiera de tu cumple? ¿Y de tu muerte? Esa persona que sólo pervive en tu cabeza, porque no la agregaste en ninguna red, porque no supiste ni su apellido ni mucho menos su usuario, ¿te arrepentís de no haberlo hecho? ¿Es importante? ¿Por qué? ¿Cómo afecta si para tu cumple no te llaman tus hermanos, tus amigos, un pariente no de quienes sólo son nombres y árbol genealógico, sino de los que de verdad querés? ¿Y que por ahí viven en la zona y pueden venir a verte, los de White, Pigüé, Saldungaray, Cerri? ¿Vale llamar directo, ahora que eso, en nuestra vida cotidiana, casi no se usa más?

¿Cuánta culpa sentís cuando no mandás mensaje para los cumpleaños de los otros, cuándo no los saludás? Gracias a las redes, y a WhatsApp, la tenemos más fácil.

Uno de mis pocos familiares manda aviso: “Hoy es el cumpleaños de…”, y le sigue el nombre de algún pariente, que son pocos, de todas formas. Un pequeño Facebook por otras vías y más personalizado.

Yo tengo suerte, ojalá ustedes también: Valeria Loscalzo, mi amiga “del jardín de infantes” (íbamos al número 3), me soporta desde que ambas tenemos 3 años. Suelo olvidarme de saludarla en su natalicio y me perdona. Aunque sé con precisión que cumple el 1 de diciembre, cada 2 de diciembre me siento egoísta y desconsiderada. Y ella no se enoja. Alabadas las que perdonan, y quienes gozan del don de recordar en qué día viven.

Las costumbres empresariales, corporativas, laborales alrededor del tema son estupendas. Te asegurás de, por lo menos, pedir 3 deseos aunque sea una vez durante el día. Cuando editaba en la redacción de Revista Anfibia, siempre alguien se encargaba de la torta. “Cortábamos” de trabajar para almorzar juntos y soplar las velitas. En esa convivencia obligada te deseaban feliz cumpleaños quienes más querías y los que no. En cambio, en otro lado, nos saludábamos por chat, en secreto, así el jefe no se enteraba porque, en su morbo, si no quería a alguien podía dejarte, adrede, con tareas fuera de horario.

Lo esperado versus lo previsto

Todos tenemos una lista mental de asombros de cumpleaños. El tan polémico género “fiesta sorpresa”, criticado y alabado por igual. En la excelente serie estadounidense Succession sucede una de las mejores escenas de una celebración sorpresa con la peor de las ondas. Y que encima es falsa: la pareja del protagonista le devela el plan secreto y le pide que, cuando entre a la casa y vea a los invitados, simule estupefacción.

Más allá de la planificada y organizada, hay otras, como ciertos saludos que llegan sin que los esperemos. Algún ex, alguna amistad de antaño, algún conocido buena onda.

¿Preferís mensajes de texto privados? ¿Buenos deseos declarados en redes sociales, de manera pública? ¿Un mensaje de voz?

Muchos escritores y críticos suelen decir, sobre una novela, un cuento, una obra de teatro: “El escenario es un personaje”. Trabajo de dar clases, de leer, analizar lo que leo, y escribir libros y otras piezas. No comparto ese criterio de varios de mis colegas. En una historia, en un relato, en una trama, en un conflicto, el escenario es un escenario. Y los personajes, bueno, son personajes.

Repito muchas veces esas 2 palabras para distinguir. Nosotros somos los personajes; habitamos, experimentamos, cambiamos, mantenemos, y damos dinámicas y generamos redes en territorios como Bahía Blanca. Y aun siendo escenario, festejamos su cumple, lo cual vendría a ser una excepción a lo que dije.

Ni en la novela París era una fiesta Ernest Hemingway terminaba de convertir la ciudad en personaje, ni tampoco Medianoche en París, dirigida por Woody Allen, cuando mantiene, en el mismo espacio, una sucesión de hechos y personajes de diferentes épocas. Mencionar esa ciudad es un acto arbitrario, pero los bahienses hacemos lo que queremos (y podemos). Y como en abril estamos de cumple, más.

La plaza es una fiesta

El cumpleaños de Bahía sirve para revisar y celebrar. Nuestra bahiensidad, aunque imperfecta, hace aferrarnos a su supervivencia, que es la propia.

Hay varios estilos de funerales, pero muchos más estilos de cumpleaños, ¿no? ¿De la pandemia, de la cuarentena, salimos mejores? No lo sé. Pero aprendimos a valorar más el aire libre, los espacios públicos, nuestros parques hermosos incluso diezmados por los temporales. La alternativa a la casita de fiestas.

Es genial la gesta de aquellos cumples: amigos y familias resisten el viento y hasta el frío, cargando cosas para los chicos y chicas o para los grandes, en el Parque de Mayo, en el Independencia, en la placita Brown, la de Villa Mitre y el Parque Illia, y así.

¿Cuáles más? ¿Cómo no usábamos esos espacios antes?

Yo de chica jugaba a los bicivoladores y hacíamos vandalismos de ring raje a la hora de la siesta en los alrededores de la placita Brown, la Escuela N°1 “Nicolás Avellaneda” y el Jardín de Infantes N°3. Pero los cumples eran en las casas. Algunos pasaban cortos de dibujos animados. Y sobre todo se hacían juegos que no deben jugarse más, como el Martín pescador. Coreografía de trencitos, barreras ferroviarias humanas y elección de sabores de helados, frutas y otras comidas como divisor de equipos.

¿Todos adoramos las casitas de fiestas donde los pibes corren entre remolinos y tierra pero cada tanto vuelven a entrar, y los más grandes repartimos el tiempo de la supervisión entre las lesiones del fulbito, los llantos de que Leila me pegó, que Fernando me pateó, que me hace mal el sol, y Lorenzo no me deja pasar a la cama elástica, y vamos a tomar gaseosa y quién quiere un pancho?

Los festejos se debaten entre lo espontáneo y la afectación. Acá en 8000 casi que es un plan quinquenal: vieron el ambicioso proyecto del Bicentenario. Los planes están para disfrutarlos y cumplirlos.

Está el desvío de los festejos convencionales, los esperados y los deseados.

Los cumpleaños de 15 tienen una carga extra como los que terminan con 0. Los 20, los 30, los 40, los 50, los 60, los 70, los 80, los 90, y los 100. Merecen un festejo más especial. Algunas personas se resisten.

Cuando iba al ex Colegio Nacional acompañé a una amiga que cumplía 15 hasta el Teatro Municipal, a la salida de la escuela. Era un tiempo en que varias se esperanzaban con la opción del viaje a Disney o “la fiesta”, pero sabíamos que esa chance no era para todas, como tampoco lo es hoy. Con mi amiga andábamos contentísimas porque su regalo, aunque fuera más humilde, iba a ser espectacular: un “equipo de música” con todo, radio, CD.

Hoy, su equivalente, ¿sería un parlante? ¿Un celular?

La cuestión es que esa fiesta de mi amiga me pareció bastante triste. Sólo fumó un cigarrillo bajo la sombra de Garibaldi. Creo que yo le convidé un chicle. Desde luego, nos sentimos unas delincuentes. Fumar en público era riesgosísimo. ¿Mirá si justo nos veía un conocido, un familiar, alguien que conociera a alguien que nos conociera?

Fastidios de cumpleaños

¿Qué cosas no pueden faltar en un cumple? Para mí, para que sea una fiesta verdadera, tiene que terminar con chizitos húmedos en un bol.

Si sos del gremio de las anfitrionas aunque no seas cumpleañera, ¡cuánto fastidio esos invitados que, con buena intención, tiran a la basura los paquetes vacíos de las papas fritas, de los maníes, de los palitos, cuando en las compoteras quedaron un montón! Termina la tarde o la noche y sobraron y te habías imaginado mandarlas de nuevo a su recipiente con una gomita para que no se humedezcan y no. Con buena intención arruinaron el plan. Pero como querían ayudar, no les podés recriminar nada.

Un personaje que te la hace difícil: el que te quiere terminar el festejo temprano. El que guarda la torta cuando quedan, entre cafés, tés, gaseosas o una sidra, ganas de comer más, de picotear y seguir charlando.

Se dice que mi tía Sofía era así en días normales y en los festivos. Que “te sacaba el plato de la mesa mientras estabas comiendo”. Hay personas que echan a escobazos (bueno, no es literal) a la gente que la está pasando bien. Las que te dicen -juro, me pasó- “Ustedes quedensé, yo me voy a dormir”.

Los cumpleaños, a veces, también hacen visibles, evidencian, sacan tarjeta a cosas que los días normales no. Como la probable depresión de quien busca soledad cuando todo el intercambio viene feliz y bien.

Presos del pensamiento binario, también podríamos molestarnos con los del otro extremo: los que, porque lo están pasando bárbaro, no te quieren dejar ir.

“Como no sabía qué regalarte…”

Las piñatas dan alegría, aúnan a todos en un momento, como la torta. A veces provocan susto por el ruido. Es un estallido. Aunque creo que lo verdaderamente peligroso es ese arma legal que suele ser una cuchara de madera con un clavo o alfiler en la punta.

También da placer por los objetos que podemos rescatar en el aire, o sobre el piso. ¿Se acuerdan? Además de dulces (hay que tener cuidado, o directamente privarse de los chupetines: pueden pinchar el globo fuera de tiempo) había chiches en miniatura, de plástico, exprimidor de naranjas, platitos, ollas, pelotas, valijas, todos entraban en una mano pequeña; ideales para jugar a la casita de las muñecas articuladas. A veces aparecían figuritas. Cuánta adrenalina. Aunque a veces ganara la angustiosa sensación de competencia que podría terminar en pugna física, de verdadera rivalidad, como cuando, en algunos casamientos, los invitados se pelean por el ramo de la novia.

Un cumpleañero se destaca si es capaz de soplar todas las velitas de una, tenga 3 años, u 86.

¿Y si ese día te tratan normal sentís que no es justo? ¿Facebook arruinó tu discreción, tu deseo de que ese día pase desapercibido? ¿O te ayudó a conseguir saludos lindos? ¿Te gustan esos grupos de “egresados de…”? (Completar con tu escuela, tu instituto, tu terciario, tu universidad, tu curso del club, lo que tengas). ¿Bancás que te saluden cuando no te dieron bolilla en todo el año, o en décadas? ¿Por qué otras redes no usan la notificación de los cumples? ¿Por qué, si festejás o te juntás, o estás en tu casa, siempre aparece alguien que no querías y la persona que anhelabas no? ¿Por qué no se toma feriado la Ley de Murphy que reza “Si algo puede salir mal, saldrá mal”?

El reducto imperial de los regalos, asequible, creo, para presupuestos, y edades, y gustos diversos, era, hasta hace unos años, “La Botica de Panema”.

Siempre creí que era “Ipanema”. ¿Quién será Panema? El local cerró. Otra injusticia: la ausencia de ese paraíso precursor del consumo que aunaba variedad y abundancia antes de esta época de Temu y Shein, de Mercado Libre, de hipermercados, del ya lejano nacimiento de los bazares chinos que casi todo lo ofrecen.

De aquella botica guardo uno de los mejores regalos de cumpleaños que me han hecho y que yo elegí. Un póster con el retrato de un caballo tordillo árabe. Me lo regaló una persona hermosa, un padrino sin papeles de bautismo, un tío postizo tan generoso que me cuesta creer que haya sido real, Jorge Oscar Daprotis. Aún conservo ese obsequio bellísimo.

Entrar ahí -el local de Visión 2000 o el de Alsina- implicaba sentir un pasmo de éxtasis, que derivaba en aquella angustia contradictoria: la libertad y la responsabilidad, de tener (y poder) elegir. Y sí, Bahía Blanca era y es, al fin y al cabo, siempre capitalista como casi todo el planeta, y los cumples también.

Para bajar la idealización, pasados ya tantos años, veo en el eslogan del lugar, que me parecía bien, un ninguneo encubierto. La publicidad decía: “Como no sabía qué regalarte, me fui a ‘La Botica de Panema’”. Dan ganas de responder al imaginario enunciador: ¿Tan fiaca sos que no podés pensar en un buen presente para mí, y vas a ese local para sacarte fácil el tema de encima?

Los cambios permanecen

¿Cuándo pasaste de querer hacer la torta de cumple para tu hermana, tu amiga, tu papá, tu hija, sobrino, a comprarla en la panadería?

¿Tuviste cumples que, como el de mi amiga en la placita del teatro, resultó poca onda? Algunos se bajonean con los cumpleaños, porque a veces parecen amplificar una vida, que es algo que pasa todos los días y que tampoco siempre es maravillosa. Algunos apelan al recorte, o al balance.

Y en este abril de cumple bahiense, me pregunto: ¿Nos volvimos demasiado autoconscientes luego de tanta catástrofe? ¿Los malos ratos compartidos nos motivan a festejar agradecidos este nuevo año, en este escenario de siempre, que es nuestro hogar, y por eso a veces nuestro martirio y otras, nuestro amparo? ¿O cambiamos, oscilamos, entre querer olvidarlo todo, y recordar y celebrar?

Ojalá podamos seguir festejando nuestros cumples colectivos, el de Bahía, y los personales, “con sucursales”. Pensemos que hay tiempo para amargarse, o pensar en el funeral. Mientras tanto, el cumple es para aprovechar.

O, como vemos y leemos en Alicia en el país de las maravillas, ¡feliz no cumpleaños cada día, menos uno, del calendario!


La autora

 

Sonia Budassi es escritora, editora y periodista cultural. Su libro Animales de compañía (Entropía) ganó el primer premio de Letras del Fondo Nacional de las Artes. Además, es autora de los libros de ficción Periodismo, Los domingos son para dormir y Acto de fe, y los de no ficción Donde nada se detiene. Literatura y el resto del mundo, La frontera imposible: Israel-Palestina, Apache. En busca de Carlos Tevez y Mujeres de Dios.

Participó en antologías nacionales y de España, México, Francia y Estados Unidos.

Dirigió la revista de Cultura de elDiarioAR; antes fue editora de Anfibia, Ñ y el sello de narrativa Tamarisco, del cual fue cofundadora. (Foto: Inés Budassi)

#LaBahíaDeSonia


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