⚫️🍂 50 años del golpe: memorias de cuando nos robaron mucho más que el otoño bahiense

Publicado el 22/03/2026.

Por Diego Kenis

Testimonios: Soledad Reuque, Valeria Villagra y DK.

Equipo de 8000


Era marzo, y amanecía otro otoño. Linda estación bahiense. Sin el calor seco del verano, los soles cortos del invierno, las alergias de primavera.

Aquel tuvo algo distinto. Febril. Oscuro.

Fue hace 50 años, una madrugada de miércoles.

  • 🕒 En las primeras horas del 24 de marzo de 1976, las Fuerzas Armadas derrocaron a la presidenta María Estela Martínez e iniciaron el sexto periodo dictatorial desde 1930.
  • ☠️ Se desplegó un grado de represión que superó todo lo conocido y la Justicia probó que fue planificado. Desapariciones, muertes y exilios pasaron a ser parte de lo cotidiano.
  • ⚖️ Bahía y la zona no fueron la excepción, como se demostró en 8 juicios por delitos de lesa humanidad realizados hasta ahora acá.

 

(Ilustración: Julieta Lucero)

🗓 Marzo del 76

El 17 comenzaron las clases los colegios nacionales y el 22, los provinciales: 80 escuelas, con 25.000 estudiantes. El regreso a las aulas de la UNS estaba programado para el 7 de abril.

 

(LNP, 23 de marzo de 1976)
  • ⚽️ El fútbol local de Primera volvía el domingo 21. En el Promocional, la goleada 5-1 de Sansinena sobre Bella Vista fue la nota distintiva de la fecha inaugural.
  • 🪾 El último día de democracia, martes 23, el otoño mostró credenciales: la máxima fue de 18°7, 10 por debajo del lunes.
  • 🎞 La cartelera de cine incluía Descalzos en el parque, con Robert Redford y Jane Fonda; Destino de un capricho, protagonizada por Sandro, y… Carrera contra el diablo.

     

Canal 9 Telenueva transmitía desde las 18:30 hasta la medianoche. La cena del 23 coincidió con la emisión en directo de River 2-Portuguesa de Venezuela 1, por la Copa Libertadores.

Ese canal, al igual que LU2, pertenecía al multimedios de la familia Julio, propietaria de La Nueva Provincia. La noche previa al golpe no se plegaron a la cadena nacional por desprecio a Oscar Alende, referente del Partido Intransigente y exradical.

 

(LNP, en tono de proclama.)
  • 🎙 El peronismo gobernante había cedido el espacio a los opositores, en busca de descomprimir la inestabilidad política.
  • 👀 “Cada vez que los militares toman el poder en la Argentina, resulta que no solucionan ningún problema y agravan los existentes”, dijo Alende.

Faltaban horas para que su definición se pusiera a prueba.


📰 Editoriales

La Nueva Provincia reclamó el golpe y la represión en varios de sus editoriales. El del segundo día de marzo cerró así:

“Cabe preguntarse con justa indignación y mucha más repugnancia, frente a tanta ceguera: pero ¿hasta cuándo? ¿Cuándo llegará la hora de practicar con los quinta columnistas rojos y sus aliados, la dialéctica de la guerra total, que es, a la postre, la única que entienden los traidores?”.

  • 🔍 La violencia política (que serviría de pretexto para el golpe) estuvo ausente de los títulos principales hasta horas antes del 24.

Entre sus arengas cotidianas, LNP propuso un gobierno de minorías (el 3), señaló que “la suerte está echada” (el 14); advirtió “cuídense de los iconoclastas prestos a hacer justicia” (el 15) y clamó por “la hora de la espada” (el 21), repitiendo las palabras con las que Leopoldo Lugones anticipó en 1924 el primer golpe, de 1930.

  • 🗞 El 24 de marzo de 1976, la portada y algunas notas ya reflejaban lo ocurrido esa misma madrugada.

 

El intendente peronista Eugenio Martínez fue depuesto a las 6 de la mañana: lo reemplazó el capitán de fragata Isauro Robles Gorriti.

Héctor Núñez y Claudio Collazos, que trabajaban en la tesorería del Municipio, habían sido detenidos el 19 de marzo. Núñez, en Alsina 65. Collazos, en un colectivo.

  • 🕯 Los trasladaron al centro clandestino “La Escuelita”, ubicado en terrenos del Ejército sobre La Carrindanga, donde pronto habría decenas de secuestrados.

🗣 Memoria y memorias

Acá había una comunidad. Que algo vio y sintió por fuera de lo leído o visto o escuchado en los medios hace medio siglo: el martes 23 de marzo de 1976 se durmió en un país y se despertó en otro.

En 8000 quisimos asomarnos a aquella Bahía, para ver cómo se vivió todo, e invitamos a un grupo heterogéneo a compartir sus recuerdos.

  • Las fotos originales (obtenidas de Facebook, LB24, LN, Audiovisuales UNS y de nuestro archivo) fueron retocadas por el sistema de inteligencia artificial Claude, con la instrucción de usar sólo nuestra paleta de colores y evitar estridencias.

María Fernanda Berón

Profesora de Historia. Parte de la audiencia de 8000.

 

Me invitan a pensar sobre el golpe. Y a contarlo. Me incomoda… ¿Estoy ocupada? Seguro. ¿Será negación? Un poco. ¿Inseguridad por la exposición? También. Aunque junto a todo eso está el hecho de enfrentarme con mi vida y mis propias incomodidades.

Me asalta desde hace tiempo la pregunta: ¿cuándo, o a raíz de qué, el 24 de marzo de 1976, para mí, pasó de ser una fecha en el calendario para convertirse en un acontecimiento?

Y la respuesta es histórica: está en cómo lo fui procesando en mi vida y en el conocimiento para dotar de sentido al acontecimiento.

Tenía 9 años, vivía en el barrio Universitario y estaba haciendo la primaria en el colegio María Auxiliadora.

En aquel tiempo, nada me contaba de la dictadura: mi familia, mi barrio, mi escuela se me aparecían comunes. Desde mis ojos de niña, encontré algunas señales de que “algo pasaba” cuando un día bajé del colectivo de la línea 509, vi barricadas y bazucas y, al llegar a casa, estaba llena de soldados y todas nuestras pertenencias yacían desparramadas en el piso.

Las conversaciones traían comentarios sobre los operativos de los “milicos” en las calles para encontrar radios clandestinas, el hijo de algún vecino que se había ido o las noticias de los “abatimientos de subversivos” que publicaba el diario.

El barrio dejó de ser “común”. Claro, vivía en Aguado al 400… Universitario: hacía rato que la vida no era común.

Muchos años después, me tocó ser estudiante del Profesorado de Historia en la UNS, en la etapa de su “normalización”. Esa experiencia da para otro relato, pero no fue ahí que me surgió aquella pregunta por la dictadura.

Fueron muchas las instancias que mi vida me presentó para significar la dictadura: desde estudios académicos hasta vivencias personales y conversaciones incómodas.

Con la visión retrospectiva que nos regalan los años, ahora puedo decir que mi pasión por la historia, como disciplina de conocimiento y como devenir de la experiencia humana, me acercó y me permitió entender, significar, valorar ese 24 de marzo de 1976 como el día que llegó a la vida de los argentinos la crueldad y la impudicia que tiene la maldad cuando gobierna.


Luis Sagasti

Escritor

 

Yo estaba en séptimo grado, de modo que las noticias que tenía eran sencillamente las que escuchaba de los mayores, o de algún diario como La Nueva Provincia o La Nación.

Recuerdo haber sentido alivio, como que las cosas iban a estar mejor. Las noticias eran “llega la paz”. No sentía ningún estado de beligerancia.

En esa época, los padres decían: “Chicos, de lo que escuchen acá no digan nada afuera”. Por supuesto, cuando tenés esa edad -11, 12 años- no das ni 5 de pelota. Pero había una sensación en casa de que había algo que no estaba funcionando bien del todo.

Ese año yo había escuchado de algunos dirigentes del club Liniers todo lo que le había sucedido a Carlos Rivada, que es un desaparecido: jugaba al básquet en Liniers y al fútbol en Huracán de Tres Arroyos, y fue mi primer director técnico cuando yo era mini. Escuché que lo habían arrojado de un avión, que al bebé lo habían dejado con los suegros, y no entendía qué era lo que estaba escuchando. Pensé que era una broma, que lo habían tirado al agua. Cuando mucha gente dice que no sabía nada, me cuesta comprenderlo.

Por otro lado, el golpe fue como un “parece que viene algo nuevo” por los diarios, todo matizado por una sensación que circulaba en casa. Mi abuelo se había tenido que ir: hacía habeas corpus por estudiantes desaparecidos y no se exilió, pero estuvo escapándose por los pueblos de la provincia. En el 84 fue nombrado por Alfonsín para formar la Conadep en Bahía Blanca, por “coraje cívico”. Recuerdo en el 76 a los soldados en casa, en los techos, buscando a mi abuelo. Y para nosotros era como estar en la película La vida es bella. Pero había algo que entumecía las cosas.

Uno ahora sabe de qué se trató todo eso. Lo que tengo para decir al respecto es que la gente que decía que no sabía nada -vamos a hacer de cuenta que era verdad- es la que hoy cree saberlo todo: respecto a política, a lo que está pasando, de quien gobernó, quien gobierna… En el momento más trágico y espantoso de la historia del país, ellos no sabían nada. Hoy la tienen clarísima. Permítanme sospechar un poco. Desconfío de tanta ignorancia.

Por otro lado, lo que hoy me perturba es la normalidad con que se aceptaban las cosas, y el hecho de que fuera el entorno de uno, uno no hablaba de nada. Había miedo, pero no se escuchaba ni una ironía, ni tristeza. Se hablaba de los yanquis que compraban los equipos bahienses y todo el consumo, todo lo que es plata dulce. Pero nunca escuchabas esto con tono de “Che, loco, están haciendo mierda todo”. Lo mismo para hoy.

Estamos fingiendo: fingimos normalidad, y no es normal lo que está pasando en el país. Y lo que está pasando es, sin la violencia del golpe de Estado, lo mismo que estaba pasando en esa época.


Montserrat “Tata” Gayone

Docente. Histórica dirigente sindical.

 

Cumplí 70 el 25 de diciembre: en marzo del 76 estaba en el último año del magisterio en el Instituto Avanza.

La noticia cerraba, confirmaba el clima y las medidas que ya se percibían. La universidad estaba intervenida, el Ministerio de Educación sostenía ya un sesgo autoritario y la represión sin ningún tipo de castigo o medida por parte del Gobierno era un hecho.

El asesinato de David “Watu” Cilleruelo en los pasillos de la UNS el 3 de abril de 1975 fue parte del proyecto autoritario que comenzaba a imponerse. Con el correr del tiempo, se fue consolidando. Las instituciones estaban permeadas por la lógica represiva. Y estos asesinatos conmocionaron a la juventud, pese a que eran silenciados por la prensa.

Aunque se mantenía la resistencia por abajo, el silencio y el terror se fueron imponiendo en todos los ámbitos.

Cuando me recibí, era escasa la vida sindical. Los cargos no se tomaban por acto público porque el estatuto docente estaba suspendido. Continuaba profundizándose el miedo, a medida que el terrorismo de Estado actuaba impunemente.

Llevó años conquistar los juicios y aún hay cuestiones a reparar. La lucha sigue.


Rodolfo Lopes

Médico. Exintendente peronista (2003-06): fue destituido por presunta estafa y malversación de fondos públicos, y resultó sobreseído en 2021.

 

Yo tenía 22 años y estaba cursando el cuarto año en la Facultad de Medicina de La Plata. No la pasábamos bien: había mucha efervescencia, los días previos hubo bombas… la situación se estaba enardeciendo.

No me tomó por sorpresa el golpe militar. Ese día intenté salir de casa: había una tanqueta en la puerta, me pegaron en el pecho cuando vieron que llevaba el guardapolvo bajo el brazo para ir a cursar. Y me metieron para adentro.

Pensaba que algo podía ocurrir, y ocurrió lo peor.

Muchos estamos vivos de casualidad, esa es la realidad.

Los que no entendían que la situación era de tanta crueldad y gravedad eran muchos en Bahía: no nos creían lo que contábamos.

Yo tenía noción de lo que ocurría acá porque estaba en contacto con compañeros, de vez en cuando: no era común tener teléfono, y menos siendo estudiante. Pero yo trabajaba en Encotel, en la sala de teletipos y telegramas, entonces me podía comunicar. Con quien más hablaba era con Gerardo Víctor Carcedo; lo conocía de la militancia en el peronismo y estaba muy preocupado. El 17 de octubre del 76 lo secuestraron y nunca más se supo nada. Se supone que lo tiraron al mar, como a tantos otros compañeros.

También tenía comunicación con mi padre, que era jefe de telecomunicaciones del Correo. Pero no hablábamos mucho de eso; había temor, cuidábamos qué decir o dejar de decir. Sabíamos que todo estaba controlado.

Mis padres estaban intranquilos porque sabían de mi militancia. Mi madre ya había sufrido el secuestro y la cárcel de mi padre en el 55. Nos llevó a la cárcel durante 2 años, ya tenía esos feos recuerdos…

Sabíamos que Bahía era peligrosa, sobre todo por los retenes del Ejército y de la Marina, y con La Nueva Provincia a la cabeza: su rol fue fundamental.


Andrea Castellano

Economista. Vicerrectora de la Universidad Nacional del Sur.

 

Tenía 12 años, y la época me dejó un conjunto de imágenes sueltas que fui uniendo al crecer. Me quedó el recuerdo de los comunicados de la junta militar, pero no alcanzaba a percibir el significado que todo eso tenía. Contábamos con poca información.

Creo que, por ser todavía niños, había en los adultos una tendencia a sobreprotegernos, y que supiéramos lo menos posible sobre lo que sucedía alrededor.

Cuando fui creciendo pude unir las piezas y entender por qué.

Incluso antes del golpe, había habido casos muy cercanos de víctimas de la persecución. En marzo de 1975, la Triple A asesinó a mi madrina, Marisa Mendivil. Después del golpe, tuve noticias de los secuestros por el caso de Patricia, una de las hijas del senador peronista Carlos Gastaldi. Vivían justo enfrente de mi casa, en Casanova al 400. Horacio Russin, el marido de Patricia, sigue desaparecido.

Empecé a tomar conciencia plena con la vuelta de la democracia. Para ese momento ya tenía 20 y estaba empezando la universidad. En la UNS, tuvimos un curso de introducción al Derecho, que lo dictaba Mario Monacelli Erquiaga. Con él escuchamos por primera vez sobre las instituciones de la democracia: era algo que ni en la escuela habíamos visto.

Unos meses después, leí mucho sobre el juicio a la juntas. Creo que fue el momento en que pude dimensionar la magnitud de lo que había sucedido, más allá de mi núcleo más cercano de afectos y vecinos. De todos modos, no dejo de sorprenderme y angustiarme cuando tengo noticias de casos que no conocía.


Alberto Mac Dougall

Periodista. Cooperativista.

 

Trabajaba en el informativo de LU3. El 24 no me tocó estar en la radio, pero me quedó grabado el día siguiente: a las 5:30 fui a tomar turno y, al encarar la escalera, me interceptó un soldado armado y cotejó mi identidad con una lista del personal. Me autorizó el acceso, y al ingresar al hall me encontré con 6 o 7 soldados más, durmiendo en el piso y rodeados de armamento. Respiré hondo y subí al servicio informativo, en el segundo piso. Estuvieron varios días, como sucedió en otros medios.

Paralelamente, puedo consignar que inició un periodo de censura que abarcó no sólo a la información, sino también a la música y hasta a la publicidad. Se llegó a prohibir un aviso de 7Up por utilizar idioma extranjero.

Eran muestras de una etapa signada por secuestros, torturas y muertes, que ya habían tenido anticipos durante el año anterior, e incluso sobre un compañero: Mario Goldberg, locutor de LU7, asesinado por la Triple A en octubre de 1975.

También tengo muy presente el día en que se encontraron los cuerpos de Enrique Heinrich y Miguel Ángel Loyola (obreros gráficos de La Nueva Provincia y dirigentes sindicales, secuestrados días antes). Yo estaba leyendo la noticia al aire y justo entró Carlos Iaquinandi, mi compañero del informativo. Se quedó paralizado, porque militaba en el Sindicato de Prensa, y me dijo que iba a tener que irse del país. Era evidente que había más personas en la lista. Es macabro, pero fue así. Carlos tuvo que dejar la radio y exiliarse. Todavía hoy vive en Reus (España).

Para mí, no fue necesario esperar a la democracia o a los juicios para saber lo que ocurrió. Pero en esa época había muchísima censura, y uno no podía difundir la información que le llegaba.

Fueron tiempos muy duros, de violencia de todo tipo: con el respaldo del Fondo Monetario Internacional, se aplicó un programa de ajuste, con baja de sueldos, despidos y aumento de tarifas, y se concentró la riqueza en los grandes grupos económicos de aquí y de afuera.

Para los que tenemos varios años encima, son momentos que uno no quisiera recordar, pero no se puede olvidar.


Nora Roca

Cantante.

 

Tenía 22 años, pero no me quedó un recuerdo nítido, vívido, del día del golpe. Hacía muy poco había fallecido mi padre, que se fue muy joven, con 48: todavía estábamos resolviendo cuestiones y transitando ese duelo.

Sí recuerdo la situación de caos que se venía viviendo con el último Gobierno, donde había ya un vacío de poder.

Recién llamé a una amiga de la infancia, que es como mi hermana; vivíamos en el Barrio Obrero de Ingeniero White. Uno llega a cierta altura de la vida en la que te faltan los padres para recordar, para compartir cosas, vivencias… Conversando con esta amiga querida, nos acordamos de otros como Rubén Sampini. Supimos de su desaparición, y ella me dijo: “Nori, yo me acuerdo todavía de los gritos de la mamá, de escuchar los gritos cuando se lo llevaron esa noche”.

También se nos vino el nombre de María Angélica Ferrari y Patricia Claverie, una chica desaparecida a quien encontraron muerta.

Yo por entonces iba a la UNS, estaba cursando Bioquímica. Nunca terminé.

Había inquietud. Me acuerdo de los Falcon verdes controlando todo. Se perseguía a gente por tener una idea, por ser militantes o por tener material bibliográfico, por figurar en una agenda de alguien… Fue una época oscura, terrible.

Todo sucedía en silencio y sin dejar huellas. Pero el tiempo y el trabajo de las Madres, de esas Madres que primero salieron a enfrentar, a preguntar por sus hijos, y después comenzaron esa ronda cada semana, y el acompañamiento de quienes nos fuimos sumando de a poco, dejaron al descubierto lo que pasó, y todavía hoy se están recuperando hijos. Uno se pone a pensar, y se pone en la piel de esas familias desmembradas, y es muy triste.

Tenemos que apelar a la memoria y luchar, para que algo así no vuelva a pasar.


Lucio Iurman

Ingeniero industrial. Docente universitario.

 

Recibí la noticia estando en Buenos Aires. Me había tenido que ir de Bahía por la persecución que sufríamos quienes habíamos actuado en la UNS, por parte de Rodolfo Ponce y sus secuaces.

En el momento del golpe, yo tenía 38 años y había entrado a trabajar al Instituto Argentino de Siderurgia. Me desperté a la mañana, puse la radio que tenía en la mesita del luz y el recuerdo vívido que me quedó es el de escuchar la marcha militar y el comunicado.

La impresión es que no me sorprendió demasiado, por el clima que se vivía y lo que se veía venir. Además, mi problema y el de varios que veníamos de Bahía era la persecución de la Triple A. No estábamos tan obsesionados con el tema de los militares. Así que debo confesar que, en un primer momento, el golpe no me produjo demasiada preocupación.

Con el tiempo empecé a ver cómo todo se iba desmadrando. Pensábamos que los militares podrían traer al menos un poco de orden y algo previsible, pero no fue así.

Poco a poco empezamos a ver que no iba a haber más orden, y que teníamos otro enemigo enfrente, además de la Triple A de Bahía.

El punto culminante fue en noviembre de ese año, cuando un domingo a la mañana leí en La Opinión que el general Adel Vilas me acusaba de formar parte de una célula “terrorista” en la UNS. Logré desmentir la acusación, pero me trajo muchos inconvenientes, en particular en mi ámbito de trabajo.

Cuando volvió la democracia y Raúl Alfonsín ganó las elecciones, yo bailaba en una pata. Poco después pude volver a Bahía y a la UNS.


Rita Pérez

Jubilada del Poder Judicial.

 

Tenía 26 años, hacía casi 1 que me había casado y vivía en el centro. Trabajaba mucho: 9 horas por día en la empresa Olivetti, e incluso en las mañanas de los sábados. No estaba muy al tanto de lo que pasaba, pero veía militarizadas las calles.

No permitían 2 o 3 personas juntas, ni en las esquinas. La gente estaba tan psicopateada que si veía una reunión de muchas personas, la denunciaba. Lo mismo si un coche quedaba tirado más de 1 día.

Tengo una anécdota de cuán perseguidos estaban los militares. Estando ya embarazada, en 1977, iba en auto a lo de mi hermana, cerca de Aldea Romana. Me acompañaba la madrastra de mi exmarido. Él era policía, y tuvimos la suerte de que retiró su arma de abajo del asiento, porque en el Patagonia nos pararon. Había militares entre los árboles. Nos hicieron sacar todo. Yo no tenía los papeles del coche, porque recién se había hecho la transferencia, así que nos dejaron a un costado, como en observación. Llamé a la comisaría y mi ex me vino a buscar. Zafé. Pero fue un muy mal momento.

En lo personal, no tuve pérdidas. Pero sí supe de gente cercana con familiares desaparecidos. Había comentarios, pero no circulaba públicamente información y no había muchos lugares donde enterarse.

Se vivía un clima de temor por quebrantar reglas; se sabía que los militares te sacaban y desaparecías. Tenía una pareja amiga de La Plata que fue secuestrada, y sigue desaparecida. Eran Elisa Triana y Diego Salas, hermano de Gerardo Salas, luego presidente del Colegio de Abogados local.

Con el tiempo, ya en democracia, me di cuenta del horror que había sido. Un verdadero genocidio.


Maryta Berenguer

Narradora. Docente especializada en literatura infantil. Locutora.

 

En 1976, estaba ejerciendo la docencia como profe de teatro y ya hacía programas infantiles por radio. Lamentablemente, el golpe no sorprendió a nadie. De una u otra manera, se sabía que podía suceder.

Hubo un último pedido de algunos políticos, pero no influyeron demasiado en lo que se produjo el 24 de marzo: un golpe cívico, militar y eclesiástico destinado a cambiar la economía y exterminar a una generación.

Me quedé acá. Y fui asimilando lo que significaba la dictadura a medida que pasaba el tiempo, hasta que los medios de comunicación no pudieron suavizar más la realidad.

Para mí, volver a la democracia fue maravilloso, y ahí tomé conciencia de lo que habíamos vivido… 50 años después, lamentablemente, estamos en un clima enrarecido.


  • Para esta producción también convocamos al periodista Norman Fernández (histórico del grupo LNP, fue secretario de Prensa y Difusión del Gobierno bonaerense en 1982 y 1983), al exintendente y exsenador radical Jaime Linares y a la científica Cintia Piccolo, protagonista de nuestro ciclo #SeresBahienses. Dijeron que no.
  • “No me interesa hablar de algo que ocurrió hace 50 años y sigue despertando enfrentamientos. Tengo ganas de pensar para adelante”, nos comentó Fernández.
  • Linares no nos dio ningún motivo, y Piccolo respondió que prefería no participar por tener “ideas encontradas sobre el tema”.

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