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🔎 Bahienses que buscan sus orígenes: la angustia de no saber

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Por Belén Uriarte / Editora de 8000

Vivir con la angustia de no saber. No saber cuándo naciste. O dónde. O quiénes fueron tu madre y tu padre biológicos. O por qué te abandonaron.

Atesorar fotos de tu infancia, relatar lo que te contaron, golpear puertas, preguntar…

En Bahía Blanca nos pasa: tenemos gente que busca, porque quiere saber.


Marcela Fernanda Pacheco tiene 56 años y recién hace 4 descubrió que era adoptada. Desde entonces quiso conocer sus orígenes y en octubre de 2021 compartió lo que sabía en una entrevista.

Siempre tuvo sospechas, pero no se animaba a preguntar. Cuando quiso hacerlo, su papá ya no estaba y su mamá había enfermado:

—Hablé con una tía que mucho no me dijo; lloraba… Y a partir de ahí no tengo nada. No tengo la punta del ovillo.

Imágenes: Facebook y gentileza de las protagonistas.

Marcela ya lleva 3 meses sin novedades.

—Sigo en la lucha, buscando â€”le dice a 8000.

  • Contacto: perfil de Facebook Marcela Fernanda Pacheco.
  • Nota: la fecha que figura en su partida de nacimiento es el 10 de noviembre de 1965, pero según Marcela “es trucha”.

El 5 de agosto de 2021 María José Capannini pidió ayuda en la página de Facebook Completando mi historia: “Para cerrar muchas cosas en mi vida, necesito saber cuál es mi origen”, dijo.

—Siempre sospeché que era adoptada, pero nunca tuve la valentía de enfrentar a mis padres —contó la bahiense, de 47 años—. Mi mamá era muy autoritaria y superconservadora. Yo le tenía mucho miedo. Cuando falleció, en 2013, no me animé a preguntarle a mi papá. Y cuando falleció él, en 2018, me quedé sin datos.

Una prima de su mamá adoptiva le dijo que es hija biológica de una chica que vivía en Villa Iris, que quedó embarazada a los 16 años y luego de tenerla, en una casa de Alem al 900, la entregó.

—La partida de nacimiento no es legal y la gente que está viva, no habla. Mis papás adoptivos van a ser siempre mis padres y nunca me hicieron faltar nada, pero esto es algo pendiente.

Ya pasaron más de 5 meses de aquella publicación en Facebook. María José le dice a 8000 que sigue sin saber.

  • Contacto: perfil de Facebook María José Capannini.
  • Nota: todo indicaba que su fecha de nacimiento era el 21 de marzo de 1974, pero “en realidad no hay certezas”.

Micaela Martínez la abandonaron apenas nació, en septiembre de 1998. En octubre de 2021 inició una búsqueda y también recurrió a Facebook, en la página Â¿Dónde estás?: “Detrás de todo lo que pasó, hay una explicación o un porqué. También quisiera saber si tengo hermanos, primos o abuelos”.

Mica le cuenta a 8000 que desde ese posteo sólo logró contactarse con la familia que la encontró en la entrada de su casa, envuelta en bolsas de nailon y un toallón:

—El encuentro fue hermoso y ahora tengo una relación muy linda con ellos. También son mi familia.

Igual, remarca que necesita seguir en la búsqueda:

—Cerrar un ciclo, terminar de saber quién soy.

  • Nota: Mica estima que nació el 15 de septiembre de 1998, a los 8 meses de gestación.
  • Contacto: perfil de Facebook Micaela Martinez.

Julia se rindió

Julia Rana ya no busca. Demasiado tiempo, demasiado desgaste, demasiado silencio…

—Llegué a la pantalla grande de América en 2013, al programa Los unos y los otros de Andrea Politti, y no surgió nada. Al tiempo dejé de buscar: si del otro lado no me buscan, yo no puedo encontrarlos â€”dice Julia, de 54 años.

El supuesto apellido de su madre biológica es Gómez:

—Es buscar una aguja en un pajar.

Igual, en su momento empapeló Punta Alta (la localidad de donde sería su madre) y también contó su historia en diarios, radios y canales. Y nada.

La única certeza que tiene es que nació el 8 de octubre de 1967 en Bahía Blanca. Todo lo demás son dichos de parientes de su mamá y su papá adoptivos, ya fallecidos.

—No se acuerdan el nombre de pila de mi madre biológica, tampoco dónde la contactaron ni la dirección —le dice a 8000—. Te podés olvidar la dirección de un local de ropa, pero de la madre biológica de una nena que tenía unos días…

Julia cree que hay un pacto de silencio. Y por eso desistió. Fueron 6 años de lucha, de 2009 a 2015.

—Perdí un montón de cosas y las pasé feas, aunque sí tengo el mejor recuerdo de la gente que me ayudó.


Los robos imperdonables

Ninguno de los testimonios anteriores se relaciona con la dictadura militar: son apenas 4 historias de “millones de adoptados que aún no tenemos una ley que nos apoye para tener un banco de ADN”, según le dice a 8000 una de las protagonistas.

Pero vaya si pasaron cosas en nuestra ciudad durante ese período tan oscuro que se inició en marzo de 1976… Y aún hay un par de búsquedas activas.

La agrupación Red x la Identidad Bahía Blanca (que actúa en colaboración con la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad –CONADI– y Abuelas de Plaza de Mayo) confirma que se trata de “2 bebés que fueron apropiados”: dicho de otro modo, se los robaron a mujeres desaparecidas.

Ambas criaturas debieron nacer en cautiverio, ya que sus padres estuvieron detenidos acá en el centro clandestino “La Escuelita”:

  • Si buscás tus orígenes o conocés a alguien que esté en eso, compartí esta nota o avisanos por las redes sociales (@8000Bahia) o por mail a orgullobahiense@gmail.com, así sumamos testimonios. Y nos ayudamos entre todos.

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⛵️ Lo que aprende Oscar mientras navega sobre un “Haiku”

15 años cabalgando la ría bahiense con el mismo velero le deja una marea de lecciones al economista Oscar Liberman. Y las comparte acá.

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Vamos a descomponer el título de esta nota en 3 versos: el primero de 5 sílabas, el segundo de 7 y el tercero otra vez de 5. Queda así:

Lo que aprende

Oscar mientras navega

sobre un “Haiku”.

Se trata de un guiño pobretón pero respetuoso: en 8000 le pedimos a Oscar Liberman (parlante, navegante; economista, hedonista; artista de distintas artes) que nos cuente qué lecciones sacó de los 15 años que lleva cabalgando nuestra ría, a bordo de un velero que tomó el nombre de esa forma japonesa de poesía.

Qué aprendió del barco, qué aprendió del mar. Y qué aprendió de él mismo.


🤯 Mis aprendizajes

Por Oscar Liberman / Especial para 8000

Fotos: gentileza OL.

En primer grado, la maestra nos pedía que realizáramos un dibujo cada día. Soleado, lluvioso, ventoso, feísimo, caluroso: según el estado del tiempo.

Todos los días dibujé el mismo barco.

Sólo modificaba el entorno.

Nunca me planteé creer en la predestinación, pero a veces recuerdo ese cuaderno y parece que un barco me hubiera estado esperando desde siempre.

En todos esos años también navegué en mares de literatura. Salgari, Melville, Le Clézio… y los haikus. Esos mínimos poemas de 17 sílabas que me conectaban con el instante en el universo.

Hace 15 años decidí cambiar mi viejo velerito por algo un poco más cómodo.

La búsqueda me llevaba de un puerto a otro, hasta que de pronto apareció el “Haiku”.

Se detuvieron las mareas: si había un velero llamado “Haiku”, me estaba esperando a mí.

En estos 15 años, el “Haiku” y yo navegamos juntos cada rincón de la ría. Hemos enfrentado vientos, calmas, tormentas.

Nos hemos varado juntos y hemos dormido en las noches saladas entre los islotes.

Escribimos una historia cada día, impresa con agua salada. Al regreso el agua se seca y desaparecen las palabras, pero queda la huella. Por eso, en cada singladura se repiten las mismas cosas y se viven siempre como la primera vez.

Navegar con las velas del “Haiku” desplegadas al viento es la continuidad de la vida.

⛵️ 15 cosas que aprendí del “Haiku”

  1. Qué confiable resulta un barco dócil.
  2. El barco sabe.
  3. Todo barco tiene una ola con la que no puede.
  4. Cuando el mundo se viene abajo, hay un lugar donde estar.
  5. Para saber hasta dónde se puede, hay que llevar los límites más allá.
  6. De navegar se vuelve siempre con más preguntas que respuestas.
  7. El palo tirado un poco a popa le da una leve tendencia a la orza que lo hace ideal para navegar en solitario.
  8. Siempre hay que saber esperar.
  9. Cuando queda varado enseña más que navegando.
  10. El barco es una extensión de uno mismo.
  11. Saber cuándo aflojar la presión.
  12. El mar es el lugar donde vivir.
  13. Siempre tener la maniobra preparada para navegación en solitario.
  14. El universo puede ser un lugar pequeño e insuficiente.
  15. Resistir.

🌊 15 cosas que aprendí del mar

  1. Conocer el lugar propio.
  2. Aceptar.
  3. No luchar contra las mareas.
  4. Carecer de ansiedad.
  5. Soportar la tristeza.
  6. No hacer nada.
  7. Conocer la inmensidad.
  8. Coquetear con la felicidad.
  9. Conocer, respetar y disfrutar los ciclos naturales.
  10. Abrigarse antes de sentir el frío.
  11. Usar el reloj lunar.
  12. Todo pasa (la cuestión es estar para cuando pase).
  13. Encontrar belleza en todo.
  14. Vivir al revés.
  15. La vida es movimiento.

💡 15 cosas que aprendí de mí

  1. Mi lugar es el mar.
  2. Siempre se puede un poco más.
  3. No cansarse antes.
  4. Disfrutar de la soledad.
  5. No querer encontrar explicaciones a todo.
  6. Puedo ser feliz.
  7. Lo que sucede en el mar es para siempre.
  8. Respirar al ritmo de las mareas.
  9. En el mar siento todo más intenso.
  10. Puedo nadar en invierno (y sobrevivir).
  11. El mejor lugar para dormir siempre es a bordo.
  12. Ser dúctil como primera virtud.
  13. Puedo arreglar el mundo con lo que se tiene a mano.
  14. Reconocerme en el tiempo.
  15. Poner las cosas en su lugar.

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🎙 El rap de acá: “Broda” y “Sista”, las voces de nuestros juglares inquietantes

En 2 pódcast, Agustina Arias expone las entrañas de la escena bahiense.

Publicado

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Por Abel Escudero Zadrayec / Director de 8000

El escenario es la Plaza Rivadavia: el centro del centro de Bahía Blanca.

Pibes y pibas improvisan, chocan puños; se ríen, se mueven, se saludan, se gritan, se desafían.

Fotos: Tute Sosa y Agustina Arias.

Un presentador arenga:

—¡Que se pudra!

Y termina pudriéndose:

Voy a hacer un chiste

para que se rían más completo:

hablaste de mis lompa,

retrolazo, este pajero

porque pasó de ver el escudo

a relojearme el muñeco.

Pero nadie se ofende. Son códigos: así es el rap.

Y el rap de acá pendula entre lo importado y lo local: entre el Bronx y el barrio Pedro Pico; entre un inglés de película obvia, de jerga, pendenciero

You know what I mean, madafaka!

y el lunfardo y la cultura digital y el “vesre”, propio, callejero

la lleca y el rocho¡vos la revivís, Escubi!

—Las voces del rap de acá registran el andar cotidiano y dan validez a un modo de aprendizaje experiencial: desde el barrio, en la calle —dice Agustina Arias, que es LA voz de 8000: cada sábado la escuchás es nuestros audios con el resumen informativo de la semana bahiense.

Pero además de locutora, Agus es docente, cantante y está haciendo el doctorado en Letras por la Universidad Nacional del Sur. Su tesis es sobre el rap de acá.

Y como parte de la investigación de campo se mandó 2 pódcast reveladores, que capturan las esencias de estos inquietantes juglares de los tiempos que nos tocan y nos resuenan.

  • 🎧🙋‍♂️ El primer pódcast se llama â€œBroda” y se enfoca en los pibes: Real Fresh, Exe, Hazel, Ach, Simmer, Dylan, Juanma, Lucio, Serafín, Ariez, Izuna, Confi, Muzi.
  • 🎧🙋 El segundo se titula â€œSista” y está dedicado a las pibas: Ziva, Madeam, Fleky, Eklipce, Kazz y Cronopio. (Este ganó la Bienal 2021).

Acá abajo Agus nos cuenta más sobre ellos. Y a continuación los publicamos, hoy, en exclusiva.

“Broda”

“Sista”


🎙 Me convoca, me interpela;

me entusiasma y me desvela

Por Agustina Arias

Las batallas de rap en estilo libre (freestyle) se hacen de cerca, de frente y en ronda. No sólo son palabras que coinciden en rimas o que proyectan sentidos metafóricos; también hay cuerpos situados que se mueven, se acercan, se alejan, resuenan en el otro y los otros que están mirando.

Fleky.

Las manos, los brazos, los pies siguen un compás vocal y simpatizan con la voz porque movimiento y palabra son indisociables.

Los cuerpos se usan, se escuchan y se interpretan porque los cuerpos cuentan: expresan, y ahí donde parece haber libertad extrema, hay código. 

Los espacios (más verdes, más grises) se emplazan en el centro y macrocentro y congregan a jóvenes de distintos puntos de Bahía Blanca. Se trata de plazas, parques, playas de estacionamiento, el skatepark.

Aunque las locaciones varíen, la imagen es siempre la misma: si se enfocara desde lo alto, en un plano cenital, se vería un círculo caprichoso y movedizo: que se ensancha, se sustrae, como un organismo celular, con bordes difusos, fluidos, negados a permanecer en orden. 

El rap se hace contexto con los objetos concretos del espacio, con la emergencia, con lo inesperado y lo impredecible.

El monumento a Rivadavia, en la plaza, sirve de grada y de soporte para el grafiti. Las escalinatas de la Plaza del Sol son asientos naturales para la audiencia. Los árboles del Parque de Mayo aportan sombra y resguardo. El playón de la Universidad Nacional del Sur aporta escenografía artística.

Todo está listo, pero nadie sabe qué va a pasar.

En eso que sucede se entraman intensamente el ritmo de la respiración, las miradas, las temperaturas, las transpiraciones, los alientos, las salivas, la sangre que circula. 

El rap es, al mismo tiempo, libertad pero reglas que respetar: modalidades de improvisación, tempo y métrica impuestos por la base rítmica, adecuación de la respuesta, sentidos originales de lo que se dice, la habilidad de ser fluido y no trabarse.

Es una ficción ritualizada.

No sabemos qué va a pasar pero sabemos cómo va a pasar: la cosa va a picarse, se picantea, se pudre.

El desafío, el conflicto, el “berretín”, la chicana: no pueden faltar porque la agresión y hacer doler son elementos constitutivos de la batalla y de esa forma de interacción.

También la puteada y las palabras consideradas “malas”. Son necesarias, cobran un sentido otro y adquieren un valor de estima en ese entorno.

Es una forma de querer, una forma de hablar, una forma de decir, una forma de luchar.

Las palabras se transfiguran en “armas”, los versos en “ataques” y las entradas, en “estrategias”.

Los puntos frágiles para pudrirla son eternos: la capacidad de oralizar, la mujer (madre, hermana, novia), el origen, aspectos biográficos, lo físico y la sexualidad (aunque, por fortuna, estos emergen desde una mirada desconstruida).

Así, en las batallas salen a la luz aspectos “personales”, que se conectan con temas de agenda social y que demuestran posicionamientos claros por parte de los raperos y las raperas, como le dice Muzi a Simmer:

Nuestra diferencia es que soy más rudo,

que yo soy bueno y vos aparecés

en la lista de machirulos.

Simmer responde reflexivo: 

Yo aparecí en la lista de machirulos.

Me equivoqué, a todos eso sí se los juro.

Pero igualmente me equivoqué y yo soy artista:

pasó el tiempo y cambié mi punto de vista.

O cuando en batalla de mujeres, Ziva le tira a Kazz

Y si me agarran con las piernas abiertas, ¿cuál fue?

No es pecado coger.

¡Qué me vas a decir vos, también!

Soy madre soltera y me la banco rebién.

Eklipce.

Igual, los espacios bahienses pueden generar desarmonía en las batallas. En el rap se evocan lugares de procedencia que revelan valoraciones en torno a la “valía” de ciertos objetos materiales (marcas de indumentaria) e inmateriales (barrio y equipo de fútbol).

En una batalla con la temática “barrios de Bahía” surgió esto: 

¿Cuántos barrios pisaron tus zapas?

Nadie pisa Villa Mitre

con un conjuntito Kappa.

Así que te suelto una actitud,

mi rap es un barrio

y un equipo: me dicen Spurr.

Claro que también los barrios bahienses se usan estratégicamente para desplegar el doble sentido, en favor de la comicidad y el sentido lúdico, acentuando aspectos de lentitud y desorientación del rival en la batalla: 

¿Escucharon su freestyle?

No es nada veloz:

parece representante de Villa Caracol.

Venir del barrio, pisarlo y transitarlo, otorga presencia, sabiduría y credibilidad al relato. Los barrios se tematizan y despliegan una serie de connotaciones, junto con los equipos de fútbol: se vuelven fuentes de identidad y representatividad. Y el rap expresa esa síntesis entre lo espacial y lo pasional: barrio + fútbol. 

🎙 Detrás de escena

Desde hace algunos años el rap -como fenómeno oral, improvisado, lúdico y serio- me convoca, de manera advenediza, y me interpela como foco de aproximación, estudio, reflexión y admiración. Me desvela, me entusiasma y me mueve a buscar divergencias, convergencias e innovaciones en lo que se dice.

Tiene implicancias en mí desde lo musical, lo verbal, lo fluctuante, lo corporal, lo tradicional e igualmente novedoso.

Me parece una práctica lúdica tan vieja como modernaTan lejana como inmediata.

Es lo de antes, lo foráneo pero acá, con apropiaciones locales singulares y potentes.

Encuentro densidad ahí para bucear y tratar de entender cómo lo global se inserta en lo local.

🎙 El pódcast

Broda es la forma que predomina en sus modos de tratarse. Así, con la “a” final y, muchas veces, en su versión más corta: bro. Broda es el hermano, el compañero, el compa, el cumpa, el camarada, el pana. Y entre las mujeres, lo mismo pasa con la palabra sista. En el rap, la fraternidad es el valor transversal a cualquier estilo, región, modalidad, etnia, clase, género.

La idea de reformular algunos resultados, hipótesis e interrogantes de mi proceso doctoral en un pódcast habilita a pensar en la reutilización de un material recogido en el ámbito de la investigación para ser reconvertido a un formato diferente que funciona en otro circuito, con otras leyes.

El pódcast “Broda” es un híbrido: una criatura anfibia que se mueve entre las aguas del discurso académico-científico y las tierras de lo que pasa en el barrio, en la esquina, en la plaza, en el gueto.

“Broda” es una voz narrativa que da pie a voces genuinas del seno mismo de la cultura y la escena.

“Sista” es experimento. Es una entrevista guionada, estructurada con mínimas líneas y es performance. Las entrevistadas se someten al azar y son sorprendidas por una modalidad no convencional de improvisación: dark, poéticoflash, random.

  • El modo dark sume a las chicas en la más profunda oscuridad y ausencia del registro visual. Vendadas, deben rapear a partir de experiencias sensoriales: olores, sonidos y estímulos táctiles.
  • El modo flash privilegia la vista y motiva a la improvisación a partir de capturas fotográficas de grafitis del paisaje urbano contemporáneo.
  • El modo poético juega con la forma “rapeada” de poemas de autores y autoras locales.
  • El modo random se asemeja a las modalidades de las batallas profesionales: improvisar a partir de palabras escogidas al azar.

Ambos pódcast, “Broda” y “Sista”, se ofrecen como espacios simbólicos de aproximación y divulgación de trayectorias artísticas en expansión.

Desde Bahía Blanca, hacia el más allá.


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👀 Milagros en la pandemia bahiense: una enfermera cuenta todo

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Hoy, 20 de marzo de 2022, se cumplen 2 años del primer caso de coronavirus que se reportó en Bahía Blanca.

Desde ese mismo momento, la enfermera Milagros Barbalace estuvo ahí, batallándolo, con todo, sin parar.

Este es su relato para 8000.


Miles de veces lloré. Incontables. 

En mi casa, muchísimo. 

En el hospital también: no aguantaba más, necesitaba descargar, y por ahí se me caía el suero al piso y ¡faaaa!, era la excusa para arrancar a llorar. 

Me hacía llorar el estrés, la carga exterior que se nos puso con eso de “son los responsables de que la persona se recupere, porque, si no, algo hicieron mal”. 

También la carga horaria, el comer mal porque pasás muchas horas en el hospital y no te sentás en tu mesa, el dormir mal porque estás preocupada por tu compañero que se contagió, por no contagiar a tu familia…

Un cúmulo de cosas que a todos nos hizo explotar por algún lado.

Mi nombre es Milagros Barbalace, tengo 27 años y soy licenciada en Enfermería, me recibí en la UNS. Comencé la pandemia en el Hospital Privado del Sur. Y ni imaginaba todo lo que iba a pasar…

Cuando estudiás, te enseñan qué es una pandemia, qué es una epidemia, en qué se diferencian… Pero de ahí a vivirlo, hay mucha diferencia. 

Al principio sentí miedo: era algo desconocido y se tardó mucho en saber cómo se comportaba. Los pacientes tenían signos y síntomas muy diversos, entonces tampoco tenías una línea para orientarte y saber qué hacer.

Era mucha la incertidumbre.

No sabíamos qué protocolo usar, si ponernos más o menos protección, si muchas horas con el paciente aumentaban el riesgo de contagio…

Los protocolos se modificaban todas las semanas, literalmente.

Y la mente nos iba a un millón de revoluciones. Me costaba mucho terminar mi turno y decir: “Bueno, listo, no estoy más en el hospital, no puedo hacer nada”. De hecho, todavía me cuesta.

En abril de 2020 ingresó al hospital Juan Carlos Rodríguez, uno de los primeros pacientes, y me acuerdo de que estuvo fácil 1 mes. Era la época en que si no te salía PCR negativo no te daban el alta, porque se suponía que todavía contagiabas. 

Se hizo como 5 o 6 PCR, ¡no sé cuántos ya! Y le seguía dando positivo.

Tuvo una larga estadía, pero siempre tuvo una energía muy positiva, de querer recuperarse. Nosotros por ahí le llevábamos algo extra que sabíamos que le gustaba, porque en el hospital es una sola comida para todo el mundo. Y cuando íbamos a controlarlo, siempre nos quedábamos charlando.

A lo último, cuando ya se sentía mejor, Juan Carlos empezó a escribir. Le gusta mucho. El anteúltimo día nos avisó que nos había hecho como un cuento anecdótico con un personaje que era él y con nosotros.

Me acuerdo de que nos manejábamos por teléfono y nos mandó una captura de pantalla de lo que había escrito. Se había generado un lazo muy estrecho

Me puse muy contenta cuando Juan Carlos salió. Fue: “Wow, logramos que una persona que estuvo tanto tiempo, un adulto mayor, pueda salir de esto”. 

Estábamos emocionados. Le habíamos hecho cartelitos y esperamos que salga de la habitación para felicitarlo. Y el encuentro con su mujer, después de tantos días… ¡fue muy lindo!

Esos son los recuerdos positivos: las personas que pudieron salir tanto de clínica como de terapia. Las que pudimos ayudar a recuperarse. Y también el equipo de trabajo: médicos, colegas, la gente de limpieza, todo, todo, todo. Esa es la base: más allá del conocimiento, tirar todos para el mismo lado.

Después no hay recuerdos positivos.

Al Hospital Penna me sumé en julio de 2020, por un plan de becas. Entré como enfermera de piso en terapia.

Me tuve que acostumbrar mucho a los sonidos, tanto del ventilador como de las máquinas de las bombas que suenan todo el tiempo. Después empecé a distinguir si sonaba un ventilador por algo en especial o porque se había quedado sin suero, y ya no salía corriendo cada vez que sonaba.

Y recuerdo ciertas imágenes… En terapia hay cosas que son bien características: las secreciones, la mucosidad tanto por nariz como por boca o por tubo cuando están intubados… La forma en la que se va transformando el cuerpo también: es más rápido el avance, es bien marcado el deterioro.

Los pacientes críticos, más que nada con mucha estadía en terapia, edematizan un montón. Al no poder moverse (y peor si están intubados), si no los rotás se inflaman muchísimo, se llenan mucho de líquido. Era impactante entregar una guardia, volver al otro día y ver al paciente así. Después te vas acostumbrando. Creo que a todos nos pasa.

A mí también me tocó: me contagié en octubre de 2020

Fue anecdótico, porque habían venido unos chicos de la universidad a hacer hisopados de gente asintomática. Nos preguntaron: “¿Quién se quiere hisopar?”, y dije: “Yo”.

En ese momento también estaba en el otro hospital y tenía que entrar a trabajar, pero me había empezado a sentir como rara. Avisé que no me sentía muy bien y que estaba esperando el resultado del hisopado. 

Dio negativo y dije: “Listo, me engripé”. Y me dormí. Cuando me desperté, al otro día, tenía llamadas perdidas: me habían querido avisar que tenía covid, que me quedara aislada.

Así que me quedé en casa, y después empecé con todos los síntomas: falta de olfato y gusto, fiebre, me sentía muy mal… Pero fueron los primeros 3 o 4 días, los demás los pasé normal.

Siempre fui muy cuidadosa. Nunca me relajé, aun habiendo tenido covid. 

Trataba de no ver mucho a mi mamá o si la veía, era a tanta distancia. Por ahí me venía a buscar y en vez de ir de acompañante, me mandaba al asiento de atrás. Siempre con barbijo.

A mis amigas también trataba de no verlas. Cuando estábamos todos adentro, obviamente no las veía. Y después, cuando se fueron dando ciertas libertades, trataba de no verlas por respeto hacia ellas. Acá estás en contacto directísimo, con muchos fluidos, secreciones…

Al principio tenía todo un protocolo… Me acuerdo de que llegaba a mi casa, abría la puerta y agarraba una bolsa, un tacho o algo que había dejado antes de irme a trabajar, y me desvestía ahí. Después lo agarraba, lo cerraba, lo metía al lavarropas y lo ponía a lavar. Y me iba a bañar. 

Ahora te das cuenta de que no tiene sentido: si te contagiaste, te contagiaste, por más que te saques toda la ropa en tu casa. Por eso, los protocolos y las cosas que se creían al principio de la pandemia cambiaron muchísimo.

Lo que hacía con la ropa hoy no lo puedo creer. O eso de ir al supermercado y estar perseguida todo el tiempo, a ver si el de atrás o si la harina que agarré estaba contaminada… Me pasaba más afuera que en el hospital, porque acá usamos guantes para todo, lo tenemos incorporado.

La peor época fue a fines de 2020 y la llamada segunda ola, en 2021, hasta poco más de mitad de año. Fallecía gente muy joven y eso me marcó, porque decía: “Pucha, soy yo, es mi edad”.

Primero era gente mayor, que tenía muchos antecedentes de salud, y recién se empezaba con las vacunas. En la segunda ola fue: “Bueno, ya tiene una parte de la vacuna, no tiene antecedentes y está haciendo estragos”. 

👉 Mayo de 2021 tuvo las cifras oficiales más altas: 8.636 contagios y 144 muertes. 

No es que a uno no le importe la gente más grande, pero una persona de 80 años tuvo más experiencias de vida, familiares que la acompañaron hasta ahora… En cambio, había gente joven que dejaba hijos muy chiquitos…

Justo ahí arrancamos con los grupos de psicología y me hizo muy bien. Fue liberar un montón de sensaciones y de emociones. Al principio nos costó romper el hielo y empezar a hablar, pero gracias a Dios tuvimos el espacio. 

Si bien trabajamos en una terapia y los pacientes que llegan no están bien, no estábamos acostumbrados a que en un día fallecieran 3 personas. Y en una semana, ni te cuento…

No estar tan fuertes mentalmente o no estar acostumbrados (¡por suerte no estamos acostumbrados a eso!) nos debilitó muchísimo. Gracias a Dios se dieron cuenta y dijeron: “Bueno, vamos a tener que hacer algo, porque no sólo se están enfermando por contagios de covid”.

También tuve la desgracia de perder a alguien: el exmarido de mi prima, de 40 y pico de años, falleció el año pasado. En esos casos, creo que quienes somos personal de salud tenemos la desventaja de saber. Eso genera más ansiedad, y no ser vos quien atiende a tu familiar o a tu allegado hace que te preguntes si se estarán haciendo las cosas bien: “¿Qué estarán haciendo?”… 

La tristeza es la misma, pero la desventaja de saber es no poder hacer algo o creer que podemos hacer algo, cuando en realidad no.

Por una cuestión del servicio, el celular no se puede usar. 

Pero más allá de lo institucional, tratamos de que los pacientes no lo usen porque muchas veces estar tanto en contacto genera más ansiedad. O si algún familiar les da alguna mala noticia, se agrava la situación. No la salud física, pero sí la psicológica

Igual, hay situaciones especiales… Hay personas que dicen: “Yo sé cuál es el paso siguiente, dejame despedirme de mi familia”. Y las dejamos. También somos humanos.

Muchas veces nos piden si podemos avisar a un familiar, a una esposa, a un hijo… entonces agarramos nosotros un celular, sea personal, del médico o de quien se ofrezca, y enviamos el mensaje.

Los enfermeros acompañamos emocionalmente a los pacientes, y por ahí les decimos: “Tené un poco de paciencia, porque esto lleva tiempo”. O: “Estás mejorando un poco”. Pero de la información específica sobre cómo va o del tratamiento, se encargan los médicos. 

Lo mismo pasa cuando te preguntan los familiares: a nosotros no nos corresponde dar el parte, así que tratamos de mantenernos al margen. 

Sí nos tocó mucho acompañar en el momento del fallecimiento, cuando algunos pudieron venir a despedirse. Y es bastante fuerte…

Va en cada persona. Pero no vas a ser más o menos profesional por no estar ahí acompañando. Cada uno reacciona diferente. Y también se le da el espacio al familiar, porque capaz que vos querés estar acompañando y el familiar quiere estar con la persona a solas. Entonces también hay que entender y respetar: esa sí es nuestra actividad.

La verdad, nunca pensé qué hacer en un caso así. 

Igual, creo que lo que uno piensa o dice que va a hacer, después termina siendo diferente. Por el tipo de familia que encontramos. O porque iba a hacer tal cosa y en el momento no me salió. O porque estaba ocupada, entonces no pude acercarme.

También tiene que ver con la personalidad de cada enfermero y de la situación: si te salió agarrarlo de la mano y contenerlo de esa forma, o si simplemente lo escuchaste, o si no pudiste porque te superó la situación y te tuviste que ir…

Yo generalmente me quedo con el paciente. Pero si hay alguna situación que me recuerda algo muy personal y por equis causa me hace mal, educadamente me retiro de la situación. Y si es necesario, le pido a algún compañero: “Cubrime, porque yo no puedo”. Eso también aprendí a decirlo: “No puedo con esto”. Y pedir ayuda. Pero generalmente estoy ahí.

Ya me conozco. Sé qué situaciones me afectan, así que directamente las evito.

Y soy más de escuchar. Muy pocas veces digo algo, porque quizá en el afán de querer ayudar, metés la pata. O decís alguna palabra que puede molestar. Entonces prefiero escuchar: tratar de calmar y acompañar, más que nada.

Las frases que más recuerdo de los pacientes son: 

“Tengo miedo”. “No quiero que me pongan esa máquina, sé que me voy a morir”. “Sé que no salgo”.

Tal vez lo buscan en internet o les pasó con alguien, pero te dicen: “Sé que si me conectás, no salgo”. Entonces tratan de hacer todo para no llegar a eso.

Nosotros no decimos nada, porque nunca sabés cómo va a responder el cuerpo de la persona, por más que tengas un 80 % de seguridad…

Gracias a Dios, no me tocó ser parte de despedidas.

Sí me ha tocado decirle al médico: “Pepe quiere el celular para despedirse”. Pero traté de no estar en el momento. Es muy personal y tenés que dar espacio para que la persona diga, exprese, haga lo que le salga. Y además, creo que no podría, entonces lo evito.

Escuchar que se están despidiendo, sí me tocó. Es horrible… Muchas veces escuchás que se dicen cosas muy fuertes entre los familiares, y nunca pensás que trabajando de esto te vas a enterar de un millón de cosas. Pero trato como de apagar los oídos o de irme lejos, hacer otra cosa.

Después de todo este tiempo, no sé si nos sentimos más valorados como enfermeros, pero creo que sí se tomó más conciencia de lo que hacemos.

Al comienzo de la pandemia, los pacientes pasaban mucho tiempo internados. La mayoría de las veces, solos, sin recibir visitas, entonces les comentaban a sus familiares. Ellos veían que no es solamente “Me ponen el suero y controlan las gotitas que caen”, sino que es contención emocional.

Además, pasábamos muchas horas: fueron enfermándose compañeros y era cubrir turnos, cubrir los baches que quedaban…. Creo que se dieron cuenta de eso, de que no es algo tan simple como se lo ve.

Nunca me creí una heroína y tampoco me creo responsable de las cosas que se dijeron y cómo atacaron a colegas. Entiendo también que a la gente se le mintió mucho en muchas cosas: los famosos antivacunas, los provacunas, los que decían “El Gobierno nos está mintiendo” y “La farmacia no sé qué”…

Traté de mantenerme al margen. Hago mi trabajo con la mayor responsabilidad y empatía posible, y nada más: hasta ahí llega lo que puedo hacer.

Los reclamos siguen… El sistema de salud está complicado desde hace muchos años. Con la pandemia salió a la luz, pero los problemas vienen desde antes, como la cantidad de personal, que siempre fue escaso. 

Las cosas se fueron solucionando en el momento, como para pasarla, pero solución, solución real, que mejore nuestra calidad de trabajo, no hubo.

El sueldo de enfermería varía mucho si estás en un privado o en una institución pública. Cuando arrancás, son 40.000 pesosY menos también. En un privado tenés cosas extras que la misma institución da, como presentismo, que te van sumando, pero es precario. O sea, familia tipo con 40.000 pesos no vive. Por eso, muchos de mis compañeros tienen doble trabajo.

Por cábala, en el hospital no podemos decir: “La guardia está tranquila”. Pero la situación actual no tiene nada que ver con la de antes.

Cuando ingresa un paciente con covid o sospecha de covid, ya no nos alborotamos. No es un: “Ay, viene, ¿qué preparo? ¿Cómo viene? ¡Ya me cambio!”. Lo esperamos como a un paciente con otra patología: preparamos las cosas y estamos tranquilos.

El último tiempo tuvimos menos ingresos. Pero la gente que entró, no se recuperó; esa es la parte negativa. Son adultos, adultos jóvenes, con patologías previas. Y si tienen o no la vacuna, es variado.

Si me preguntan qué quiero, quiero que esto se termine de una vez por todas.

Si me preguntan qué creo, creo que vamos a aprender a convivir o tenemos que aprender a convivir con esto

Espero que no sea tan mortal, que se encuentre algo específico, como la vacuna de la gripe que todos los años te la ponés y hay cepas diferentes pero no te matan.

Hoy, después de estos 2 años de pandemia, la verdad es que no sé si valoro más la vida, como dice alguna gente, pero sí creo que el estar tanto tiempo encerrada y sin poder convivir naturalmente me ayudó a conocerme mucho más

A conocerme más que nada en las cosas débiles. Yo pensaba: “¿Cómo un enfermero va a llorar por un paciente?”, porque tratás de no involucrarte. Y me pasó. Entonces aprendí que me puede pasar de todo.

  • 📹 Para ver el testimonio completo de Milagros, entrá a este enlace.

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