Por Sonia Budassi
Periodista y escritora
Rosalía antiargentina, cancelemos a Rosalía, Rosalía mala mala mala, no vayamos a su recital. La cantante pop, quizá la artista española de mayor proyección internacional, fue una de las protagonistas de la exacerbación sensible (y muchas veces, justificada) post Mundial, donde se dijeron muchas cosas contra nuestro país, varias de ellas desde la ignorancia, otras desde la virulencia natural de las redes, y otras desde el morbo que da ver al campeón caído después de que te eliminó, y todo eso junto…
(Casi me peleo para siempre con un amigo inglés que, alarde imperialista, nos acusaba de “salvajes”, luego de la trifulca de Leandro Paredes en la final).
¿Cuál fue el pecado de Rosalía?
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Hecho 1: la exactriz porno Mia Khalifa posteó en Instagram y TikTok “Cómo suena la vida ahora que las perlas han sido derrotadas” (luego de la caída de Argentina) y acompañó la frase con la canción de Rosalía llamada Perla, una de las más conocidas del disco Lux. La expresión se usa, en España, para referirse a gente embaucadora, deshonesta, caradura y adjetivos del estilo, peyorativos.
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Hecho 2: Rosalía reposteó aquello en su cuenta.
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Hecho 3: medios y redes, campo fértil para las fake news, detectaron ese momento “realmente existente” (como dicen de manera tautológica los papers de sociología). Lo replicaron y la nafta estaba echada. Portales de noticias, X, Facebook: una catarata de indignación, y especulaciones sobre cuándo y cómo la celebridad pediría disculpas, si es que lo hacía.
Encima, este asunto sucedió días antes de su recital en Argentina: el llamamiento a no asistir, y las declaraciones de dueños de entradas diciendo que pedirían la devolución de su dinero, fue inmediato. (Yo me ilusioné con que alguien me regalara su ticket; me encanta Rosalía pero se me iba de presupuesto).
Claro que pudo estar todo sobredimensionado por el eco de la réplica y la saña mediática. Pero tenía una base real. Rosalía borró la historia de Instagram del oprobio, aunque el linchamiento simbólico fue intenso y rico para el runrún, y aquel gesto no bastó.
Y sí, más tarde pidió disculpas desde el escenario del Movistar Arena en la ciudad de Buenos Aires. Se excusó con que estaba navegando rápido, notó que sonaba su canción de fondo y reposteó sin haber leído lo que decía. Calificó su propia acción como una “tremenda cagada” y un “gran error”.
(¿Qué será de la vida de la o el pobre community manager? ¿Alguien puede pensar en ella o él? ¿Dónde están los periodistas faranduleros de investigación? Porque nadie va a creerse que una de las estrellas más grandes de la escena mundial maneja sus propias redes como vos o yo…).
El estadio lleno demostró que la cancelación no era para tanto o, directamente, fue nada.
¿Qué nos hiciste, Axl?
El asunto me remitió de inmediato a Bahía, década del 90. Nunca supe cómo arrancó el rumor. El mismo Axl Rose, vocalista de una de las bandas más populares a nivel global de aquel momento (banda que lideraba los rankings de taquilla, y de todo, de escuchas en las radios, recitales y discos vendidos, de shows pantagruélicos y notas de tapa de revista, y tenía planeada una gira por Sudamérica que incluía a nuestro país), había quemado, sobre un escenario, la bandera argentina.
A veces se situaba ese acto en Estados Unidos, otras en Europa, ¿o había sucedido en Asia?
No sólo eso. Además, ese infeliz había declarado que, luego de pisar nuestro hermoso país, “se lavaría las botas para sacarse la mierda”… (perdón, no me gusta escribir malas palabras: así era la frase).
Recuerdo algunos noticieros bahienses que repetían a canales porteños relatando el hecho con una indignación igual o mayor a la que provocó Rosalía en este 2026… Una indignación contagiosa, esparcida también hacia adultos que recién ahí se enteraban de la existencia de mis ídolos, los Guns N’ Roses, como ahora, otros, de mi admirada Rosalía.
Se hablaba en la calle, en varias radios, en algunos programas de tele, sobre el asunto.
Yo escuchaba los Guns todo el tiempo posible, en casa o en el discman en la 514 de la escuela a vóley, usaba remera de los Guns, usaba vincha como Axl, tocaba sus hits en la guitarra (Patience, modestia aparte, me salía muy bien), escribía el nombre de la banda en cuanta superficie pudiera, con lo cual era de público conocimiento mi adhesión.
Así que, cuando me pedían opinión, yo decía que debía ser un invento y, para mis adentros, qué imbéciles estos tipos, pero los banco igual, ahora que lo pienso la bandera no me importa tanto.
No me enorgullezco, pero pensaba algo así.
Aunque descorazonada por la noticia, seguí oyéndolos, cantándolos, recreándolos, bailándolos en Hippodrome y donde fuera, con el mismo ardid de fan total. Interpretando sus letras, sólo las que me parecían inteligentes, y que clamaban por la paz en el mundo, como Civil War:
Mirá a tus jóvenes muriendo
como siempre lo han hecho.
Mirá el odio que estamos generando.
Mirá el miedo que estamos alimentando.
Mirá las vidas que llevamos
como siempre lo hemos hecho
Mis manos están atadas…
A las otras letras (muchas misóginas y alguna racista) las ignorábamos, como si no existieran.
El amor, a veces, es así. La dejás pasar aunque no lo amerite.
Grabábamos en casetes VHS partes del programa de videoclips Sábado taquilla, que pasaban en el canal público de Chile. Digo “grabábamos” porque necesité de cómplices: no era tan sencillo para mí. Lo mismo con MTV. Porque en mi casa no teníamos cable (el resentimiento persiste). Y la solidaridad bahiense lo puede todo de menor a mayor, y las cofradías adolescentes tienen una potencia que puede ser destructiva o de lo más compinche.
Por suerte, mis amigas del colegio Nacional (ex, sí, ya sé, ahora es Media 13) eran buenas. Me invitaban a sus cancherísimos hogares con TV con cable para que yo también pudiera estar al tanto de los número 1 del ranking, de los increíbles efectos especiales de los videoclips, del nuevo corte de pelo de Bon Jovi y el sufrimiento recién estrenado, en una canción, de Skid Row; ver cómo tocaban esos músicos que oían nuestros hermanos mayores pero que no dejaban de producir cosas nuevas y que a nosotras también nos gustaban: Pedro Aznar, Charly García, Fito Páez, Fabiana Cantilo, Viuda e Hijas de Roque Enroll.
Mi amiga Pamela soñaba con ser “paquita de Xuxa”; mandó su foto en un sobre por correo para ser considerada en un casting, me la mostró el sábado que fui a ver el programa a su casa; la foto tan linda, ella apoyada sobre el tronco de un árbol de su patio, debía ser el ciruelo; usaba bermudas de jean y remera de mangas cortas. Hoy su look nos resultaría un poco inocente para el objetivo de salir en pantalla.
Recuerdo, aquel día, el pasmo que me generó no sólo esa idea de ella, querer estar en la televisión como un circo de otra realidad, ¿para qué?, ¿sería posible?, y al mismo tiempo ver, por primera vez, un clip, ya viejo, de un tema de la banda noruega a-ha, Take On Me. Quizá allí había una relación con lo que yo imaginaba de Pamela y su ambición mediática.
En lo de a-ha la cosa empezaba normal para lo que es la normalidad de estas cosas: una chica toma café en un bar icónico de las películas norteamericanas (de esos en que te sirven café de filtro a la taza directo, en la mesa) y lee una revista de historietas. Allí se ve, cuadro a cuadro, una carrera de motos. El ganador, lo identificamos aunque esté dibujado, es el vocalista de la banda. Mientras lo vemos alzar la botella de champán que le dan al campeón, mira a la cámara -a la chica que lee la secuencia- y le guiña un ojo. El dibujo se anima, adquiere movimiento en 2D. ¡Y sale una mano de la revista en 3D y la lleva al interior de ese mundo ilustrado en blanco y negro! Una reversión del libro Alicia en el espejo de Lewis Carrol. Ese juego de pasajes de una dimensión a otra sigue siendo fascinante: no cuento más, porque el guión de la canción atrapa, además de los efectos, aún nobles.
¿Cómo será haber crecido con esas magias visuales y sonoras desde chicos, y otros aún más realistas y fantásticos como les pasó a los centennials de la generación Z? ¿Cómo será la vida teniendo esa percepción incorporada como algo dado, que ya está ahí, que es así porque sí?
Lejos del acceso actual de las novedades, que te llegan vía notificación de Spotify, YouTube y hasta por chat o mail, y la posibilidad de ver lo que sea cuando querés, aquello era la expectativa de algo sucediendo ahora por primera vez.
Y en lo aleatorio del sistema televisivo radicaba la sorpresa, como con lo de a-ha.
Y nunca sabías en qué puesto estaba tu banda favorita ni cuál era el orden de la programación de MuchMusic o MTV, porque si comprabas la revista 13/20 la semana anterior, quizá alguien nuevo, que quizá ni siquiera habías oído en la radio, ahora estaba en el podio. A veces, debías bancarte los videos de bandas enemigas como quien espera que pase una mala publicidad (sí, escribí “enemigas” a conciencia; era una exageración sin violencia).
Los Ramones, por ejemplo (¡que vinieron a tocar a Bahía! ¿No es increíble y maravilloso?), eran opuestos a mi banda. O sea: no me podían gustar, no te podían gustar si seguías a los Guns. Si ponían algún tema en el boliche, la matiné de Chocolate o Hippodrome -que se jactaba de ser la única disco dedicada 100% a la matiné- no lo bailabas. ¿Quién dijo que la grieta es algo actual?
Con mi amiga gunner les decíamos, a los ramoneros, “panqueques”, para burlarnos de su ridículo estatus punk.
En esa grieta se colaban criterios extraños. Criticábamos a Jon Bon Jovi por su aspecto porque, no sé por qué, nos parecía poco viril (sin darnos cuenta de que debajo de eso había una clara discriminación). Pero, al mismo tiempo, bancábamos el glam rock de Poison y Skid Row, que usaban pelo largo y maquillaje, los ojos delineados como gatúbelas. Algunos, si los agarrabas en un primer plano, podían pasar tranquilamente por mujeres. Y todo en una era donde los boliches no segmentaban como ahora: podía convivir una cumbia con una canción de U2, Oasis y David Bowie, con un rock nacional y un lento de Luis Miguel.
Las piedras filosofales de los videoclips
Recuerdo con emoción haber llorado con el video de Don’t Cry (se editaron 2 versiones, mismo título y estribillo pero distintas letras: una en el álbum Use Your Illusion I y otra, en Use Your Illusion II), donde Axl se moría en calzas blancas, y sobre una camilla sus manos temblorosas se levantaban hasta fundirse en una paloma blanca.
Y qué decir de Estranged, donde delfines de un acuario vidriado (que hoy diríamos emula al del shopping de Dubái) ¡rompen el vidrio y saltan hacia una calle! Y todo termina en el mar, donde el humilde Axl -también en calzas cortas, tipo ciclista o jugadora de vóley- se arroja en medio de la tormenta desde un buque y esos bichos magnánimos lo van a rescatar. Una pieza donde el productor debió decirle al director: “No escatimen en gastos, dejen volar su imaginación”.
Y qué decir de November Rain… Cómo latía fuerte el corazón si, cuando venían los lentos, en la pantalla gigante de Hippodrome, pasaban el video y vos bailabas con tu aspirante a novio, o un cualquiera de poca monta, con la distancia correspondiente: codos clavados sobre el pecho, bajo los hombros del varón.
La cancelación bahiense se anticipó
Me estoy desviando de Rosalía, de las redes, de los fact-checkers, de la bandera, de la campaña antiargentina, del boliche que me convoca, de Bahía y del universo, del pecado de los Guns N’ Roses y la cancelación antes del concepto “cancelación” de nuestros días.
No sé si Hippodrome era mejor que Chocolate. Pero las salidas en aquel entonces eran muy medidas; éramos menores de edad y en general, por mujeres, teníamos permisos más estrictos (y más ingenio que los varones para sortearlos, pero eso es para otro texto).
Chocolate y Hippodrome tenían “tarjeteros” que promocionaban descuentos por la antes peatonal Alsina de los sábados a la mañana. Salir a bailar era la panacea de la diversión nocturna; ya éramos tan grandes que los asaltos en casas de familia nos quedaban chicos, pero a mí me pasaba que me mandaban a hacer los mandados al supermercado Burgos (que cerró en 2016) con poco margen en relación con la entrada al boliche, y era muy estresante, también por muy anhelado, llegar a la entrada del boliche a tiempo, en forma, como mis amistades.
Siempre había algo que conspiraba para beneficio del desastre. Lo que en aquel entonces, durante las horas previas al extraordinario momento de ir a bailar, significaba desastre, claro. Siempre peor si sos mujer.
Por ahí, por hacer esas compras fatídicas no llegabas a secarte bien el pelo, ni a pensar qué ropa ponerte y si la tenías limpia.
Hablemos entonces de los Guns N’ Roses, hablemos de la única discoteca de la ciudad, ubicada en el excine Rossini, dedicada a la diversión bailable para quienes tenían entre 14 y 17 años.
Si en su época anterior, no bolichera, pasabas por la puerta, en Mitre al 200, los adultos te hacían mirar para otro lado, porque los afiches de las películas mostraban personas desnudas, un asco. Igual que si ibas a comprar empanadas a El Encuentro: “No mires esas revistas”, decía tu mamá. Luego entendí. Y al margen, ¿cómo es posible que a alguien se le ocurriera dejar sobre la mesita, para que los clientes se entretuvieran, mientras llegaba su docena, mitad humita y queso y cebolla, y pollo, y roquefort, revistas medio pornográficas? No me lo explico.
Cosas que pasaban en Bahía.
Y otras cosas pasaban en Hippodrome. Al dueño se lo conocía como “El Negro Chiro”, y antes de que el boliche “largara” hacía un discurso al costado del DJ, sobre lo que en un momento habría sido el escenario, a los asistentes. Nos hablaba desde arriba. Como lo hacían todos los adultos, padres, maestros, policías, y adultos porque sí, sin ninguna otra clasificación.
El dueño del boliche, al que pagabas para ir a divertirte, dedito en alto, clamaba su autoridad.
Su nombre real es Isidro José Pieri y también creó Relievee, me dice alguien que trabajó con él, mientras trato de chequear mi recuerdo.
Sus mensajes eran discursos mientras los adolescentes esperábamos que empezara la música, queríamos bailar, y que se callara la boca, pero aguantábamos. Él expresaba mandatos morales, como que beber alcohol hace mal. Pero de fumar no decía nada; ahí mismo, a mis 14 años, fumé mi primer cigarrillo, como escribí en un ensayo sobre la destructiva -y romántica, para mí, en aquella época- adicción al tabaco.
“El Negro Chiro” alardeaba, además, con tono de líder propagandístico, sobre el increíble despliegue técnico de humo, música y luces. Decía haber importado en exclusiva tecnologías de punta para el arranque y, luego, para la pista. De hecho, cuando “arrancaba”, la coreografía entre humo, música y luces reflejadas en bolas de espejos y láseres generaba un espectáculo en verdad alucinante.
Después de haber hecho fila con mi vestido de lycra y algodón, fucsia, bajo el bochornoso rayo de sol vespertino (estas “tertulias” arrancaban a la tardecita), lograba entrar y me volvía una mariposa liberada entre los acordes de la romántica Sweet Child O’ Mine o Used To Love Her, una oda perfecta a los femicidios (“la amaba, pero tuve que matarla”) y, otra vez, aunque me daba cuenta de la violencia de la letra, elegí creer que era una exageración, una ironía, una sátira.
De un grupo de Facebook extraje el nombre de Ariel Testa: en Hippodrome tuvo su primer trabajo como encargado de luces, y de a poco llegó a pasar música. El sueño del pibe bahiense. Ariel fue a la inauguración del boliche, vio la cabina del DJ y le dijo a un amigo: “Quiero estar ahí”.
—Quedé maravillado con lo que era el lugar —recuerda.
A la semana estaba ahí, trabajando. Aprendió a usar aquella “iluminación inteligente” importada y obtuvo ese empleo, que le duró años. Mientras, se capacitaba con cursos en Buenos Aires.
Tenía 16 años. Cuando me lo cuenta, ahora en 2026, pienso que estaba más para andar en la pista que allá arriba.
—Habían traído las cosas más modernas para la época. Hippodrome era de los 5 lugares de Argentina con iluminación inteligente, y 2 eran canales nacionales de televisión, tipo Telefe.
Más tarde a Ariel lo llamaron de la disco El Cielo, en Donado y Chiclana, que también ostentaba tecnología bolichera de punta.
No se quemaron libros, pero
Ariel me da la razón: sucedió.
Primero, ratifica que cada noche en Hippodrome se pasaban muchos temas de los Guns. Era la banda del momento.
También me confirma lo del oprobio anti Guns N’ Roses. Fue así. Cuando circulaban todos esos comentarios sobre la campaña antiargentina, seguramente el dueño del boliche sintió que debía intervenir.
Hoy sería impensable, coincide conmigo Ariel, que un adulto se pusiera a hablarles así a los pibes y pibas, y que lo escucharan sin tirarle algo desde abajo. Lo de “El Negro Chiro” aquella noche sería por convicción o por marketing. Marketing: a los padres de mis amigas les daba seguridad ese señor, dueño y vigilante; a algunas no nos dejaban ir a Chocolate pero ahí sí, porque daba la sensación de que “un adulto nos cuidaba”. Qué impresión ver las fotos de esos posteos en Facebook. Qué niños éramos, qué grandes nos sentíamos.
Pero vuelvo: entonces sucedió.
Oí al dueño del boliche decir todo eso que se decía sobre mis ídolos absolutos en algunas radios, en la tele. Que habían quemado nuestra hermosa bandera argentina, y el resto.
El DJ Ricardo Ortega, me dice Ariel, pasaba una canción de los Guns cierta noche, antes del “show de la presentación”, un disco de vinilo. Luego hizo raspar la púa para generar ese sonido molesto, que hasta hace mal a los dientes. Y luego de que el dueño dijera que no iba a pasar nunca más música de esos antipatria, el DJ rompió los discos de los Guns y tiró los restos a la pista.
Ariel dice que muchos pibes aplaudían. Yo no.
Ariel no estaba de acuerdo en aquel momento, ni ahora, con aquella prohibición.
A las semanas, Guns N’ Roses tocó en River.
Axl Rose salió al escenario con una camiseta argentina. Y antes de tocar el tercer tema, Live And Let Die, cover de Paul McCartney & Wings, coreó “¡Argentina, Argentina!”; público puro fervor. Y atizó un “gracias”, en español, para la proliferación fáustica de gritos y aplausos de la masa, ya seducida desde antes de entrar.
Estuve ahí gracias a mi hermano Pablo, que debe haberse endeudado para cumplir mi sueño. Pero esa también es otra historia.
Al tercer tema de aquel 5 de diciembre de 1992, Axl llamó a una intérprete al escenario, para que tradujera sus palabras (está en el minuto 29 del registro que hizo Telefe): “La prensa ha escrito muchas cosas. Muchas cosas sobre mí siendo antiargentino…”. Eso dijo. Da un poco de lástima cómo la traductora pifia bastante… Pobre.
Ariel Testa coincide en que aquel relato de la bandera quemada y las botas sucias carecía de evidencia. A diferencia de lo sucedido con Rosalía.
El criterio de verdad analógico, de la TV y el cara a cara del boliche, recreó, perpetuó, esparció su propio fake. Con Rosalía, las redes crearon su propia verificación. Casi inmediata. Paradojas de ayer y hoy. No siempre todo tiempo pasado fue mejor ni viceversa.
Igual, no fue tan grave.
Me confirma Ariel que, en Hippodrome, 3 meses, más o menos, después de la rotura de discos, sin que nadie dijera nada, sin actos explícitos, ni pedidos de perdón, ni de rectificación, ni fiesta, las canciones de Guns N’ Roses volvieron a sonar en el primer y único boliche bahiense destinado, íntegramente, a los menores de edad.
La autora
Sonia Budassi es escritora, editora y periodista cultural. Su libro Animales de compañía (Entropía) ganó el primer premio de Letras del Fondo Nacional de las Artes. Además, es autora de los libros de ficción Periodismo, Los domingos son para dormir y Acto de fe, y los de no ficción Donde nada se detiene. Literatura y el resto del mundo, La frontera imposible: Israel-Palestina, Apache. En busca de Carlos Tevez y Mujeres de Dios.
Participó en antologías nacionales y de España, México, Francia y Estados Unidos.
Dirigió la revista de Cultura de elDiarioAR; antes fue editora de Anfibia, Ñ y el sello de narrativa Tamarisco, del cual fue cofundadora. (Foto: Inés Budassi)
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